El idioma de los girasoles IX, Eleonor
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IX, Eleonor

T reinta minutos.

Eso era lo que había tardado Lalia en irse con sus mejores amigos nada más llegar a la playa. Lo único bueno era que, al menos, había tenido la decencia de pedirme perdón con un puchero antes de desaparecer y dejarme sola.

Yo me limité a quitarle importancia con un movimiento de muñeca y dedicarle tanto una sonrisa tirante como un pulgar hacia arriba, para que no se preocupase por mí. Estaba acostumbrada a pasar desapercibida y a fundirme con el ambiente para que nadie reparase en mi presencia.

Esa noche, sin embargo, llevaba a las espaldas una frase de la que no había conseguido sacudirme de encima.

De hecho, el repiqueteo en mi cerebro era tan insistente como cuando se te pega una canción y eres incapaz de olvidarla por muchas horas que pasaran y por muchas melodías que escucharas entremedias.

«Todas las palabras que me dirigiste el otro día quedan anuladas, que lo sepas».

Cerré los ojos un segundo, los apreté con fuerza y los abrí.

—Toma, creo que te hace más falta que a mí.

Alcé la cabeza y fruncí el ceño al encontrarme con Cyprien, el recepcionista del polideportivo en el que trabajaba.

No solo me estaba mirando con fijeza, como si fuera un cuadro que analizar de arriba abajo, sino que además tenía el brazo estirado en mi dirección para ofrecerme un botellín de cerveza.

Dubitativa, lo acepté. Él lo tomó como una invitación a sentarse a mi lado.

—¿Tan mal aspecto tengo como para que me traigas alcohol? —pronuncié con amargura, aceptando el abrebotellas que se sacó del bolsillo de los pantalones de lino.

—No, pero llevo días queriendo acercarme a ti y esta me ha parecido la mejor forma de romper el hielo. —Después de que le pasase el objeto, abrió su propio tercio y le dio un buen trago—. ¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un sitio como este?

Puse los ojos en blanco.

Todo el que conociera a Cyprien sabía que le gustaban los chicos; solo había que ver cómo intentaba ligarse a cualquier guaperas que pasara por delante de su puesto de trabajo.

O las veces que yo había tenido que pedirle, amablemente, que se fuera de la piscina y que dejara de coquetear con todo el mundo.

Lejos de eso, no hablábamos mucho.

—Observar a los demás. —Bebí del tercio y suspiré, mirando la marabunta de adolescentes que se había congregado en el mar para darse el último baño del día bajo la luz de las farolas y de la luna—. Es lo que mejor se me da, al parecer.

Cualquier otro se habría marchado con una excusa barata y me habría dejado allí, pero si algo caracterizaba a Cyprien era que iba en contra de todo el mundo.

—Juguemos a algo, entonces. —Ladeé la cabeza y levanté una ceja, lo que hizo que añadiera—: Yo te señalo a alguien y tú me dices qué crees que se le está pasando por la cabeza.

Empecemos —agregó al ver que no me negaba—.

¿Ves el chico del bañador rojo? ¿El que está pegado como una lapa a la pelirroja?

Cada catorce de julio, todos los jóvenes del pueblo se acercaban a la costa para encender pequeñas hogueras con las cuales refugiarse de la brisa marítima que se levantaba a estas horas.

A medianoche, la tradición dictaba que debíamos apuntar nuestro mayor deseo en un papel, lanzarlo al fuego y esperar que las llamas lo redujeran a cenizas.

Decían que si de verdad era lo que querías, y no se trataba de un capricho, tardaba muy poco en manifestarse.

—Llevan saliendo una sola semana, después de que ella se le declarara en medio de otra fiesta —comencé a narrar, tras aclararme la garganta con un carraspeo—.

Están en ese punto de la relación en el que todo es perfecto, todo es idílico.

Pero lo que no saben es que él conseguirá una beca para una universidad londinense y tendrán que separarse durante unos años. Ella no le esperará.

—¿Y él? ¿Volverá a por ella?

Me mordí el interior de la mejilla.

—El tiempo lo dirá.

Cyprien silbó, alzó las cejas en un gesto de sorpresa y soltó una carcajada estridente que me reverberó por todo el cuerpo.

—Tienes buena imaginación —concedió. Yo tuve que hincar más los dientes en la piel de mi boca para no confesar que de pequeña me encantaba escribir cuentos y que, no hacía mucho, había acabado mi primera novela—.

Bueno, mi turno. ¿Ves esa chica que está sentada sola, a lo lejos?

—Asentí—. Se ha pasado los últimos años soñando con saltar al estrellato.

Le gusta cantar y tiene un perfil en Soundcloud donde sube covers a escondidas de sus padres, que creen que no hace más que perder el tiempo y que debería dedicarse a los estudios.

Esa vez fui yo quien se rio. Al contrario que Cyprien, que vivía en el pueblo de al lado —mucho más pequeño que el nuestro, con apenas quinientos habitantes—, yo conocía a esa chica y sabía que su historia se alejaba muchísimo de la realidad.

—¿Y conseguirá alcanzar la fama? —inquirí, saboreando el regusto amargo de la cerveza. No era muy de mi predilección, pero la conversación me estaba pareciendo tan entretenida e interesante que ni siquiera le presté mucha atención.

—Pues claro. Al contrario que a ti —acompañó sus palabras con un codazo—, me encantan los finales felices. No sabes la rabia que me da cuando estoy viendo una serie o una película y todos acaban o muertos, o abandonados. La vida ya es demasiado dura como para que la ficción también lo sea.

Durante la siguiente media hora, nos entretuvimos adjudicándole historias cada vez más enrevesadas a los jóvenes que caminaban delante de nosotros. Uno llevaba años luchando por conseguir plaza en la carrera de Medicina, otra quería heredar la carpintería de su padre.

Mi favorita fue la última que se le ocurrió a Cyprien, tal vez porque era la más enrevesada: una pareja destinada a reencarnarse en cada vida y reencontrarse siempre, pues estaban unidos por el hilo rojo del destino y, por mucho que este se enredase, nunca se rompería.

—A riesgo de sonar como un entrometido… ¿Qué puedes decirme de él? —La sonrisa que había decorado mi rostro durante los últimos quince minutos se desvaneció al seguir la punta de su dedo y encontrarme, a lo lejos, con la silueta de Kavan—. Me confunde muchísimo. ¿Te gusta? ¿Le gustas? ¿Os gustáis?

Antes de que pudiera decirle que teníamos una relación muy complicada que se remontaba a varios años atrás, escuché voces a mi espalda.

Me giré un poco y vi que Lalia, acompañada de un grupo de unas diez personas que no reconocí, se instaló a pocos metros de donde estábamos y nos presentó con esa energía suya que lo llenaba todo.

Me alegré por ella. Me gustaba verla rodeada de quienes la hacían feliz, de verdad.

Pero el ruido se multiplicó de golpe y el espacio que había tenido para respirar durante los últimos treinta minutos desapareció en cuestión de segundos.

Tampoco ayudó que encendiera el teléfono para comprobar la hora y descubrir que, para mi desgracia, quedaban cincuenta minutos para los fuegos artificiales.

Eso significaba pasar casi una hora socializando con gente con la que no me sentía cómoda y, además, agotando mi poca batería social. Todo ello sabiendo que los Ajax se encontraban a muy poca distancia y que, quizá, acababan también con nosotros.

Después de la discusión con Kylian, no me quedaba energía para nada de eso.

—Eleonor, ¿estás bien? —se preocupó Cyprien, que dejó de mirar a mi hermana para prestarme atención.

Me abaniqué el rostro, que notaba en ascuas, y asentí.

—Sí. Es el calor, que…

Mentí. No era el calor; era el ruido y las risas a borbotones y las preguntas sin respuesta acumuladas y la frase de Kylian repitiéndose en mi cabeza sin parar.

Era la cerveza que había acabado en tres tragos y la arena que se me pegaba a los pies y la sensación de que el mundo era tan pequeño que no quedaba espacio para alguien tan aburrido como yo. Era…

Tenía que irme, huir.

Tranquilizarme, encontrar un refugio.

Respirar, contar cuántas veces inspiraba antes de que mis pulmones colapsaran por la falta de oxígeno.

—Acabo de recordar que tenía que hacer una llamada —acerté a decir, levantándome como pude. Las piernas me temblaron y trastabillé con las chanclas, pero lo conseguí. A duras penas, eso sí—. Vuelvo enseguida.

Todo me daba vueltas. El suelo parecía haberse vuelto líquido. Veía borroso por culpa de las lágrimas.

Y, aun así, me las apañé para llegar a la zona donde sabía que no se encontraría nadie: los aparcamientos de la playa.

Estaban atestados de coches, así que fue fácil esconderme entre dos de ellos y hacerme un ovillo, abrazándome las rodillas con los brazos temblorosos mientras contaba números en mi mente y esperaba a dejar de hiperventilar.

Acababa de enterrar la cabeza entre las piernas cuando alguien me acarició las manos. Intenté gritar, pero no contaba con el aire suficiente como para hacerlo.

Solo me calmé cuando vi que se trataba de Kavan.

—¿Estás bien? —me preguntó, alarmado, aunque ya sabía la respuesta. No hacía falta más que ver mis ojos rojos, mis mejillas ardientes y mis lágrimas—. He visto tu caída y…

—¿Caída? —repetí, confusa—. No recuerdo haberme ca…

Aprovechó mi guardia baja para tomarme de la muñeca y alzarla. Solo entonces me fijé en que, efectivamente, tenía las palmas de las manos reventadas por haber aterrizado sobre ellas.

No notaba ningún dolor, al menos físico.

Su mirada se ablandó de inmediato.

—Riviere…

Vi en sus ojos la intención de limpiarme las lágrimas, así que me adelanté y me deshice de ellas.

Compuse una mueca al ver cómo se me manchaban las yemas de los dedos por el maquillaje que me había aplicado mi hermana un par de horas atrás.

Genial, justo lo que necesitaba: regresar con las palmas de las manos en carne viva y los ojos como un mapache.

—¿No te vas a burlar de mí?

Frunció el ceño ante mi pregunta.

—¿Por qué haría eso?