VIII, Eleonor
N i siquiera había pasado una hora desde que los Ajax se habían presentado y ya quería marcharme a mi habitación, cerrar la puerta con llave y refugiarme en las páginas del libro que me estaba leyendo.
La comida estaba siendo un verdadero desastre. Y no ayudaba en absoluto que Lalia se hubiera pasado los últimos quince minutos dándome codazos disimulados, en un intento pobre de animarme a seguir la conversación de forma activa, en vez de limitarme a asentir con gesto ausente.
Pero ¿qué quería que dijese? Ya bastante me estaba costando responder a las preguntas incesantes de Kendra y hacer el esfuerzo de sonreír cuando mis padres respondían para mí, excusándome con que era demasiado humilde como para hablar de mis buenas notas y de mis logros en la universidad.
No me gustaba hablar de la carrera. Y menos aún después de empezar a plantearme, a menos de dos años para graduarme, el dejarla y sustituirla por otra que me llenase un poco más.
Nadie estaba al tanto de ello, claro; había decidido vivir la penitencia por dentro, por miedo a cometer un error grave y no poder deshacerlo, y seguir adelante.
—Así que estudias Filología en una universidad a distancia —comentó Kavan con una sonrisa ladeada y su típico tono burlón, sin apartar los ojos de mí—. ¿Por qué será que no me sorprende, con lo que siempre te ha gustado leer?
Noté cómo Lalia me miraba de reojo, esperando esa oportunidad de oro para abrirme un poco.
No lo hice; en su lugar, pinché el filete con más fuerza de la necesaria y me llevé un buen trozo a la boca, que paladeé hasta darme cuenta de que nadie pensaba seguir con la conversación hasta que no dijera algo.
—Ya, eso pensaba yo.
Era la respuesta más corta y segura que se me ocurrió, una que no dejaba espacio para más pregunta ni para felicitaciones que no merecía. Y mucho menos, para esas sonrisas de orgullo que mis padres intercambiaban y que conseguían hacerme sentir, cada vez más, como una mentirosa. Y una impostora.
Me callé lo que de verdad pensaba: que quería marcharme y labrar mi futuro lejos de este pueblo.
Sí, me gustaba la tranquilidad de Saint Julien y lo más probable era que el ritmo acelerado de las grandes ciudades me sacaría de quicio, pero al mismo tiempo era uno de mis mayores deseos.
Empezar de cero sin que nadie me conociese y descubrir quién era, lejos de los libros y de las buenas notas.
—¿Y no te has planteado estudiar de forma presencial? —se interesó Kendra justo cuando yo pensaba que comenzarían a charlar sobre el viento que se había levantado, las fogatas de medianoche o lo deliciosa que estaba la comida.
Sentí que alguien me enterraba la mano en el corazón y lo estrujaba.
—Estaba… —Tosí para librarme del nudo que me atenazaba la garganta—.
Estaba pensando en trasladar mi expediente a La Sorbona.
—Me callé que ya había enviado la solicitud y que, por supuesto, había sido admitida; con mis notas era imposible que no hubiera sido así—. Pero es muy complicado entrar ahí.
—Así que quieres estudiar en París —volvió a intervenir Kavan, aunque en esa ocasión lo hizo sin su expresión socarrona. Ahora parecía intrigado de verdad—. Qué pequeño es el mundo, ¿eh?
Al ver mi cara de confusión, Kendra tomó el turno de palabra para explicarme a qué venía aquello.
—Kylian también va a estudiar en París.
A pesar de que traté de controlarme, mi cuerpo actuó por sí solo. Moví la cabeza hasta que mis pupilas se encontraron con las del recién mencionado. Tirité de pies a cabeza cuando se enzarzaron en una batalla que ninguno parecía dispuesto a perder.
Era imposible no fijarse en lo atractivo que se veía con el pelo tan despeinado, revuelto como el mar en un día aciago. En lo bien que le quedaba aquella camiseta ancha, de un tono azul grisáceo que hacía que su piel oscura destacase. En lo mucho que se habían ensanchado su espalda y sus hombros.
Solo aparté la vista cuando separó los labios para hablar y su voz grave lo invadió todo.
—Depende de cómo vaya el examen de admisión. —Pese a que me centré en la rebanada de pan que me habían servido, supe que seguía observándome. Notaba sus ojos en todas partes—. Y lo dudo mucho. Debo entregar una colección de varios cuadros y llevo meses sin estar satisfecho con ninguno.
Mamá, que se había mantenido en silencio para no cortar nuestro intercambio, estiró el brazo para acariciarle el hombro con cariño.
—Todo irá bien, ya lo verás. Además, ¿qué artista no tiene bloqueos?
—Todos sabemos que le aceptarán —asintió Kendra al mismo tiempo que le indicaba a Lalia con la barbilla que le pasara la jarra de agua.
Si mis padres habían hablado poco, el de los Ajax lo había hecho menos aún.
De hecho, sus intervenciones habían sido tan escuetas y limitadas que pegué un bote en la silla cuando escuché su voz abriéndose paso.
—Menos él —matizó Daren tras soltar un resoplido. Me desconcertó no saber si era de preocupación o de decepción; no le recordaba tan frío ni distante—. La negatividad de Kylian a veces resulta de lo más… exasperante.
Decepcionado. Con ese último adjetivo entendí que estaba decepcionado.
—Es un examen muy difícil y aceptan a muy pocas personas al año —zanjó Kylian, evidentemente a la defensiva.
Lo vi en el modo en que se le hinchó la vena del cuello y en cómo apretó con fuerza el tenedor—.
Además, por si lo habéis olvidado, ni siquiera he empezado el portafolio y debo entregarlo a principios de septiembre, lo cual me deja apenas un mes y medio de trabajo por delante.
Lalia se puso en pie de un salto, entusiasmada.
—¿Por qué no usas los del invernadero? El otro día colocamos varios de ellos en el rincón de lectura de Eleonor y han quedado preciosos, pero podrías llevártelos y…
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
No supe qué sonrisa se desvaneció primero. Si la de los Ajax, que tensaron los hombros y las piernas como si estuviesen preparados para salir huyendo; o la de nuestros padres, que le hicieron una señal sutil para que no siguiera por ahí.
Envalentonada por la tristeza que le inundó los ojos a mi hermana, y porque en cierta forma era un tema que me involucraba, me levanté de la silla y me esforcé en poner mi expresión más amable antes de decir:
—Creo que es hora del postre.
Nadie protestó ni dijo nada.
Caminé hacia la cocina con paso tranquilo, aunque por dentro sentía una marabunta de emociones que no casaban entre sí y que me estaban asfixiando.
Llevaba así, con ese ruido constante en la cabeza que no desaparecía por mucho que intentara silenciarlo, desde que habían llamado al timbre.
La conversación sobre los cuadros había sido el último empujón que necesitaba para recordarme que no tenía ningún control sobre lo que pasaba a mi alrededor.
Papá me pidió que sacara la tarta helada del congelador.
Pero no había siquiera abierto la puerta de este cuando lo percibí. Ese aroma cítrico que le rodeaba siempre, mezclado con el calor residual del verano que parecía llevar pegado a la ropa, llegó antes que su voz.
Pero fue esta, baja y ronca, la que me bloqueó las piernas y me impidió seguir con mi única misión.
—¿Por qué? —fue lo único que dijo.
No hizo falta añadir nada más. Era evidente a qué se refería, aunque fingí que no lo entendía.
—No sé de qué me hablas.
—Te has pasado todos estos días diciendo que ahora no somos más que desconocidos.
Que no quieres saber nada de mí. Que todo lo que fuimos no es más que un recuerdo enterrado bajo kilos y kilos de tierra.
Y, sin embargo, acabo de enterarme de que sigues guardando los cuadros que te regalé a lo largo de nuestras vidas.
Se detuvo justo detrás de mí y, aunque había bastante distancia entre su cuerpo y el mío, juro que sentí su aliento en la nuca.
Abrí la puerta, saqué la tarta y la dejé sobre la encimera en cuestión de segundos. Me conocía tanto como para saber que, si la sujetaba, se me resbalaría de los dedos por culpa de los nervios de tenerle tan próximo a mí.
—Las paredes estaban tan vacías que había que colocar algo para decorarlas. Fue la decisión más fácil y rápida.
Oí cómo tomaba una amplia bocanada de aire.
—Si de verdad crees eso, date la vuelta y repítemelo a la cara.
Me giré pensando que era mejor tenerle de frente que sentirle a mi espalda.
Pero eso fue un craso error. Se encontraba demasiado cerca y me miraba con esa expresión —una mezcla de preocupación y determinación— que no había cambiado con el tiempo.
Tenía los labios apretados en una fina línea y el ceño tan fruncido que sus cejas pobladas parecían acariciarse entre sí.
Y le brillaba la mirada.
Le brillaba la mirada tanto que se me secó la garganta.
—No significan nada —rebatí aun así, sin apenas pestañear ni respirar—. Los guardé porque me parecía un desperdicio tirarlos y porque a mi madre le hacía ilusión. Nada más.
Sonrió igual que cuando le mandé a la mierda frente a la cafetería, con ironía e incredulidad. Porque no me creía. No me creía ni un poco.
Dio un paso hacia el frente y yo di uno hacia atrás.
El fregadero se me clavó en la parte baja de la espalda.
—Bien. Ahora sé honesta contigo misma y dilo sin mentir, Leo.
Ahí estaba. El apodo que me recordaba, en contra de mi voluntad, que había una versión de mí que todavía le echaba de menos.
—Ya te he dicho que no me llames así.
Avanzó una zancada más, ignorándome por completo, hasta que la distancia que quedó entre los dos se volvió tan mínima que pude percibir el calor que irradiaba su piel y el zumbido constante que se instalaba en mis terminaciones nerviosas cada vez que le tenía enfrente.
Me quedé sin palabras, totalmente desarmada y sin que nada coherente me viniese a la cabeza. Me flaquearon las piernas y se me aceleró el pulso al descubrir la intensidad con la que me analizaba, como si fuera el jeroglífico más ilegible del mundo y quisiera descifrarme en el menor tiempo posible.
El problema era que siempre lo lograba. Daba igual que mi mente, mis pensamientos y mis sentimientos estuvieran enredados entre sí como marañas de cables con nudos interminables; Kylian era el único capaz de ponerlos en orden.
Y eso era algo que odiaba y me asustaba a partes iguales, porque no me gustaba pensar que seguía siendo como un puzzle infantil para él. No me gustaba pensar que tenía el suficiente poder como para arreglarme. No me gustaba pensar que, si quería, podía destrozarme y hacer añicos mi corazón.
De nuevo.
—Necesito entender por qué te empeñas tanto en alejarme y, al mismo tiempo, actúas de una forma tan contradictoria —murmuró, ahora con una confusión demasiado genuina como para pasarla por algo—.
Te lo dije el otro día y te lo diré las veces que haga falta: no te pido que me perdones hoy.
No te pido tampoco que actúes como si nada hubiera pasado.
Solo quiero entender por qué dices una cosa y haces otra completamente distinta, porque ahora mismo no sé si escuchar a tu mente o a tu corazón.
Me quedé todavía más paralizada cuando sus dedos rozaron apenas mi muñeca. No la rodearon, no me sujetaron. Solo la acariciaron con una delicadeza tan deliberada que me fragmentó el corazón un poquito más.
—No tienes ningún derecho a hacer esto —pronuncié, apartando el brazo con más brusquedad de la que ameritaba la situación.
—¿Hacer el qué?
—Actuar como si te importara cuando está claro que no es así.
Me arrepentí de soltar ese comentario en el instante en el que acabé la frase y pestañeó con lentitud, como si le hubiese propinado un puñetazo en la mandíbula y le hubiera desestabilizado.
—Puedes insultarme, echarme en cara todos mis errores y hablar de lo mal amigo que fui en su momento. Lo que sea. ¿Pero sugerir que no me importas o que no me has importado jamás? —La carcajada cínica que se le escapó me hizo estremecer—. Eso sí que no pienso permitírtelo, Leo.
Tragué con fuerza en un intento de disipar el nudo que me constreñía la garganta, cada vez más apretado. Porque había algo que quería decirle. Algo que llevaba queriendo decirle mucho tiempo.
—¿Y tienes por costumbre abandonar a las personas que te importan? ¿Desaparecer de la faz de la tierra y volver solo cuando te enteras de algo que nunca deberías haber sabido?
No me di cuenta de que me había pegado a su cuerpo hasta que no sentí la rugosidad de sus vaqueros en las piernas y la tela de su camiseta acariciando la mía, con una delicadeza y suavidad que distaba mucho de las palabras que nos estábamos dirigiendo.
—Por si se te ha olvidado, tenía catorce años cuando mi madre murió de la noche a la mañana —bisbiseó al mismo tiempo que agachaba la cabeza para que estuviéramos, más o menos, a la misma altura—.
Entiendo que te doliese que no respondiera ninguna de tus cartas hasta que me contaste que estabas enferma, pero del mismo modo que yo te comprendo a ti, espero que tú comprendas que no podía enfrentarme a nada así. Necesitaba espacio, tiempo. Terapia.
La amargura, tristeza y desolación palpable en cada una de sus frases hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Tampoco ayudó la forma en que le costó terminar la última palabra, la que dejaba caer que había tenido que recurrir a ayuda profesional para salir del duelo.
Por mucho que me esforzase en separar los labios para darme a entender, sabía que tenía razón. Había sido una egoísta al anteponer mis problemas a los suyos, al no tratar de verlo todo de su perspectiva o al cerrarme sin darle opción a réplica alguna.
—Kylian, yo...
—¿Qué sentido tiene que no seas capaz de mirarme más de dos segundos, pero luego me entere de que has remodelado el rincón de lectura que te hizo mi padre y que has incluido mis cuadros?
¿Qué sentido tiene que me odies, pero al mismo tiempo no seas capaz de deshacerme de mí?
—Bajó la mirada un solo instante y la clavó en mi boca—.
¿Y qué sentido tiene que me digas que me aparte de ti, porque no quieres ni verme, pero lleves cinco minutos con los dedos enroscados en mi camiseta para que no me aleje más de la cuenta?
Bajé la vista de golpe y comprobé que tenía razón.
Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había ocurrido, de en qué momento mis manos habían decidido actuar por su cuenta y aferrarse a la tela de la prenda como si fuera lo único que me mantuviese en pie.
Las retiré de golpe, como si me ardieran, y sentí las mejillas calientes.
Él, en cambio, lo único que hizo fue alzar una mano con mucha lentitud —tantísima que podría haberme apartado si así lo hubiera querido— y me agarró la barbilla con el índice y el pulgar. El contacto no duró más que un segundo, porque enseguida inclinó más la cabeza y susurró contra mi boca:
—Todas las palabras que me dirigiste el otro día quedan anuladas, que lo sepas.
Le odié cuando se marchó sin darme opción a contestar.
Pero me odié más a mí misma cuando lo único que hice fue llevarme los dedos a los labios y preguntarme qué habría sucedido si me hubiese besado.