VII, Kylian
L o primero que hice, en cuanto Kavan subió la persiana de mi cuarto, fue preguntarme cuántos años me adjudicarían si le asesinaba en ese mismo momento.
—¡Despierta, hermanito! Tenemos muchas cosas que hacer antes de la hora de la comida, así que a mover el culo.
Gruñí e intenté taparme los oídos con la almohada para ahogar sus gritos.
No sirvió de nada.
—¿Qué gilipollez se te ha ocurrido ahora? —protesté a la vez que él estiraba la mano para quitarme el cojín y tirarlo al otro lado del cuarto.
—Quiero llevarte a un sitio.
—Es el catorce de julio —le recordé mientras fruncía el ceño—. No pienso moverme de la cama si no se trata de algo verdaderamente importante.
La fiesta nacional de Francia era una de mis festividades favoritas.
Adoraba cómo las calles se decoraban con banderines, carteles y luces que replicaban los colores de la bandera; cómo el ambiente veraniego se acentuaba aún más debido a las risas y las buenas compañías; cómo los fuegos artificiales iluminaban el cielo en cuanto el reloj señalaba la medianoche.
—Por eso he dicho que no hay tiempo que perder, idiota. —Al ver que seguía tumbado, me tomó del brazo y tiró de mí hasta que acabamos a la misma altura—. Si lo que te preocupa es perderte la comida con los Riviere, no pasará. Lo tengo todo bajo control.
Me desperté de golpe.
—¿Comida con los Riviere?
—Genevieve se acercó anoche, cuando estabas ocupado pintando, para invitarnos hoy a su casa. Ya sabes, como en los viejos tiempos.
Me mordí el labio inferior con fuerza.
Desde que nos mudamos a Nantes, el catorce de julio era un día como otro cualquiera.
No porque hubiera pedido parte de su encanto, sino porque nos recordaba a mamá y a las tortitas que solía preparar cada año antes de que nos despertásemos.
A su sonrisa cada vez que le preguntábamos por qué le gustaba tanto celebrar aquellas fiestas, si ni siquiera era francesa, y ella respondía que no había nada que le hiciese más feliz que vernos tan contentos.
Todo lo que me recordaba al pasado se había convertido en un tabú para mí.
¿Las tortitas? Llevaba sin probarlas desde su muerte. ¿El invernadero? Había sido incapaz de echarle siquiera un vistazo a través de la ventana. ¿El color amarillo? Ya no era mi favorito. ¿Los girasoles? No podía ni mirarlos sin que la impotencia me anegara los ojos de lágrimas.
Era consciente de que en algún momento debía enfrentarme a todo aquello y permitir que me consumiese. Pero era algo que todavía veía demasiado lejos, así que pretendía seguir haciéndome el tonto.
—Genial —musité, intentando que no se notara la poca ilusión.
Kavan me miró con una ceja enarcada en cuanto llegamos a la cocina.
—No pareces muy contento por la idea.
—Solo me ha tomado por sorpresa.
Casi suspiré de alivio cuando Kendra apareció.
No me sorprendió que estuviese tan arreglada pese a no ser ni las diez de la mañana; era del tipo de persona que se vestía bien incluso para ir a comprar pan. Aquella mañana se había recogido el cabello, decorado de trenzas diminutas, en una coleta alta y tirante que le despejaba el rostro.
—Buenos días —saludó, guiñándonos cada ojo para que viéramos el delineado rosa chicle que se había hecho esa mañana—. ¿A qué vienen esas caras?
Apoyé los brazos sobre la encimera y coloqué la cabeza sobre ellos.
—Yo he dormido fatal.
Me arrepentí de pronunciar aquella frase en cuanto Kendra soltó, con un sarcasmo tan marcado que me vi obligado a alzar la vista y enfrentarme a su mirada adusta:
—Qué casualidad que lleves cuatro años sin dormir bien cada vez que se celebra el catorce de julio, ¿no?
—Aunque había preparado la excusa perfecta, que incluía el hecho de que los petardos me ponían de los nervios, se me adelantó y dijo—: ¿Podemos dejar de actuar como si estuviésemos encantados de estar aquí?
—Kendra… —suspiró Kavan, apretándose el puente de la nariz.
Se me secó la boca. Cada vez que Kavan mencionaba nuestros nombres y los acompañaba con ese gesto acabábamos discutiendo.
Y en un día como ese, era justo lo que menos necesitaba.
—¿Qué? Es agotador fingir que no me doy cuenta de que tú —me señaló con el pulgar— te pasas horas encerrado en tu habitación porque tienes miedo de afrontar el mundo exterior. Y que tú —se dirigió a Kavan— apenas pisas la casa porque te da miedo enfrentarte a los recuerdos que hay aquí.
Este último dejó la cafetera sobre la vitrocerámica y observó a nuestra hermana con la mandíbula tensa y los hombros cuadrados.
—¿Sabes? Es curioso que digas todo eso cuando tú…
Kendra era la única capaz de plantarle cara, así que a ninguno nos tomó con la guardia baja que cruzara los brazos, levantara la barbilla y le mirara con los ojos entrecerrados.
—¿Cuando yo me refugio en Lalia porque es lo único que me ancla a este pueblo, aparte de vosotros?
—le interrumpió—. Sí, no tengo ningún problema en admitirlo.
Han pasado cinco años desde la muerte de mamá.
Cinco. Y esta es una de las pocas veces que hemos hablado del tema porque seguís con miedo a sinceraros y ser honestos.
No exageraba. Nunca habíamos hablado largo y tendido sobre lo sucedido, y viendo lo estancados que seguíamos Kavan y yo por la angustia que nos daba pasar página, todo apuntaba a que sería así durante mucho más tiempo.
—Soltar toda la mierda que tenemos dentro no va a cambiar lo evidente —musitó este, sin apenas pestañear.
—Ayer fui al invernadero.
Los dos nos quedamos estáticos ante el ligero cambio de tema.
—¿Al invernadero? —repetí con lentitud.
—Genevieve tiene una copia de las llaves y va todos los días a regar las plantas y mantenerlo en buen estado —informó sin levantar la vista de su vaso de leche fría. Me pregunté si no quería ver la molestia en los ojos de Kavan o el dolor en los míos—. Le ayudan Lalia y Eleonor.
No me sorprendía que Genevieve tuviese acceso a algo tan importante para mamá. Si había alguien que podía encargarse de aquello en nuestra ausencia, era ella. Nadie más.
Tampoco me chocó oír el nombre de Eleonor. Siempre había mostrado un interés inusitado por la jardinería, hasta el punto en que había creado un herbario con toda esa información que solo ellas entendían.
Aún recordaba todas esas ocasiones en las que me había pedido, con los ojos brillantes, que le dibujara flores diminutas y plantas en los márgenes de las páginas para que quedase mucho más visual.
Quise hacer muchas preguntas a Kendra, pero por mucho que forzase a mi garganta a pronunciar las palabras, me resultó imposible soltar más que una simple.
—¿Está…?
Aunque no terminé, me entendió.
—Está precioso. Te encantaría.
Los hombros de Kavan seguían rígidos cuando aparcó el coche en el único polideportivo que había en el pueblo.
—¿Esta es la cosa tan importante que nos ibas a enseñar? —se quejó Kendra nada más apearse y analizar todos los vehículos que había estacionados—. ¿El lugar al que vienes todos los días para entrenar? Porque si es así, te juro que soy capaz de robarte a la maldita Betsie para volver a casa.
A pesar de que continuaba tenso, sonrió un poco.
—Dessie —corrigió, ofendido por la manera en que había pronunciado el nombre de su deportivo rojo—. Y no, no es el lugar al que vengo para entrenar, pero sí donde trabajaré a partir del lunes. El otro día me hicieron una entrevista.
—¿Vas a sobreexplotar a los ancianos? —me carcajeé, guiñando los ojos porque el edificio era de un color tan blanco que brillaba tanto como el maldito Edward Cullen—. ¿O vas a darle clases de spinning a turistas hasta que se desmayen?
—Sois insoportables. —Dejamos que nos condujera por las instalaciones y, antes de acercarse al recepcionista, sacó de los bolsillos de sus vaqueros su credencial como trabajador—. Buenos días, Cyprien. ¿Sabes si hoy ha venido el señor Peng?
El joven, que parecía de mi edad, tenía el pelo azul eléctrico y la oreja tan llena de perforaciones que me pregunté cómo era posible que no se le enredaran los cascos que llevaba.
Cuando me descubrió observándole, él hizo lo mismo, sonriéndome con una confianza arrolladora que me sacó una risotada.
No por el hecho de que no parecía tener ni un ápice de vergüenza, sino porque estaba coqueteando conmigo sin importarle la presencia de mi hermano, que bufó al ver que sus esfuerzos para reclamar su atención eran en vano.
—Se ha tomado el día libre —respondió después de un rato, agachándose para buscar algo que se escapaba de nuestra vista. Al reincorporarse, nos tendió a Kendra y a mí dos tarjetas blancas de visitante. Cuando nuestras manos se rozaron, me guiñó un ojo—. Kylian, ¿verdad?
No sabía cómo conocía mi nombre y tampoco me dio tiempo de preguntarlo, porque mi hermana tomó el turno de palabra.
—No pierdas el tiempo. Juega en una liga diferente a la tuya.
—Eso no quita que sepa apreciar a un chico guapo cuando se me pone delante —fue lo único que dijo este, antes de despedirse de mí con otro guiño y una sonrisa despampanante.
Las instalaciones eran mucho más grandes de lo que parecían por fuera, con un gimnasio a rebosar, una piscina climatizada reservada para clases de natación, una cafetería que olía a canela y azúcar, una pequeña pista de pádel y…
—¿Te has apuntado al equipo de fútbol? —preguntamos Kendra y yo al unísono.
—No, idiotas. Seré el segundo entrenador de dos grupos infantiles durante el tiempo que me quede aquí.
—Al ver nuestra cara de sorpresa, añadió—: Alaric cree que me vendrá bien conectar con el fútbol desde otra perspectiva y entender, así, que cuando me deja en el banquillo es por mi bien y no para sabotearme.
Después de que nos mudáramos, mi hermano se refugió aún más en el fútbol.
No tardó en fichar por el Nantes FC y, desde entonces, no solo se había convertido en su única vía de escape sino que, además, todo había salido a pedir de boca; el público le vitoreaba cada vez que salía al terreno, tenía admiradores que celebraban todos sus goles con la misma emoción que él, ganaba mucho más dinero del que jamás habría imaginado...
No podía pedir nada más.
—¿Por qué el segundo entrenador? —me interesé tras palmearle la espalda a modo de felicitación.
—El equipo ya tiene entrenador. Lo que pasa es que es un señor al borde de la jubilación que, al parecer, no puede con tanto trabajo. Y, según Cyprien, tampoco tiene mucha paciencia con los niños.
—¿Y tú? ¿Tendrás la paciencia suficiente?
Me dio una patadita en el gemelo.
—Mientras no sean como tú cuando eras pequeño, todo irá bien. —Puse los ojos en blanco—. Ah, se me olvidaba. Antes de irnos, tengo que ir a saludar a alguien. Si queréis, podéis acompañarme.
Kendra bufó.
—Tampoco es como si tuviésemos otra opción.
Nos condujo hasta la piscina exterior, que estaba llena de familias que habían ido a pasar la mañana. Con el calor que hacía, casi les envidié.
Escaneé todo el lugar con curiosidad, tratando de quedarme con todos los detalles y matices posibles; sin embargo, en el instante en que mis ojos se posaron en una figura no muy lejos de donde estábamos, olvidé de todo.
—Buenos días, Riviere —la saludó Kavan en cuanto llegamos a su posición. Al ver que no levantaba la barbilla, demasiado entretenida con el libro que tenía en las manos, agitó una mano delante de su cara—. Ignorar a la gente que te habla está feo. ¿Qué tal estás?
Pasó de página con una tranquilidad que me tomó por sorpresa. La Eleonor que conocía habría saltado a la mínima para deshacerse de él.
—Disfrutando de mi descanso, ¿es que no lo ves?
—¿Eso significa que no me harás caso si finjo que me estoy ahogando? —propuso con tono jocoso, sin inmutarse ante su tono despectivo.
—No. Hay otros socorristas que podrían encargarse de ti.
Me mordí el labio con fuerza para acallar la carcajada que me trepó por la garganta justo cuando ella ladeó la cabeza en mi dirección. Aunque no me sostuvo la mirada ni un segundo, fue suficiente para acelerarme el pulso.
—Va, Riviere. No seas tan fría —le pidió Kavan con un puchero exagerado—, solo estoy siendo amable. De hecho, hoy es mi día libre y aquí me tienes, saludándote cuando podría estar ayudando a tus padres con la comida.
Eso llamó tanto su atención que cerró el libro y se subió las gafas, con el ceño fruncido. Pestañeó un par de veces y le miró muy fijamente, como si estuviese tratando de descubrir si le estaba tomando el pelo o si decía la verdad.
—¿A mis padres?
—¿Tú tampoco te has enterado? —Sonrió con suficiencia—. Pasaremos juntos el día de hoy, como en el pasado. ¿No te hace ilusión?
Por cómo apretó la mandíbula con fuerza, intuí que la respuesta era negativa.
—Supongo —dijo en cambio.
—Bueno, no te entretenemos durante más tiempo. —Se pasó la mano por el cabello en un gesto que pretendía ser provocativo pero que hizo que ella soltara un bufido—. Nos vemos en un par de horas. No sufras en mi ausencia.
Justo cuando mi hermano se giró para marcharse, solté lo que llevaba un par de minutos aguantando.
—Así que la entrevista salió bien.
Cuando su mirada se encontró con la mía, esa vez sin los cristales de las gafas de por medio, casi tirité.
No había emoción en sus pupilas. Solo una estoicidad que, en lugar de molestarme, me hizo sonreír como aquel día.
No porque me hiciese gracia la situación, sino porque me resultaba adorable la forma en la que se le sonrojaban las mejillas y arrugaba la nariz cuando algo le ofendía.
—Creo que, si estoy aquí, es más que obvio.
La estudié de arriba abajo y me fijé en el uniforme que llevaba. No era nada del otro mundo, solo una camiseta blanca con la palabra «socorrista» estampada en el pecho y unos pantalones cortos celestes que hacían ver sus piernas, levemente bronceadas, más largas de lo normal.
—¿Te han dicho alguna vez lo bien que te queda el color azul? En especial ese tono tan pálido.
Entendió la referencia de inmediato. Lo vi en la forma en la que su mirada se iluminó por la sorpresa durante un segundo, efímero y casi imperceptible.
—No, nunca.