El idioma de los girasoles VI, Kavan
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VI, Kavan

Flashback

Nevaba cuando llegué a las canchas. El suelo resbalaba tanto que tuve que apretar los dedos de los pies para no tropezar mientras practicaba jugadas que ya nunca volvería a llevar a cabo en un partido.

Mientras me despedía de aquel deporte que me lo había dado todo.

Mientras me preguntaba qué haría a partir de entonces cada lunes, miércoles y viernes por la tarde.

Estaba tan abstraído que no me encontré con Eleonor hasta que no me giré en una de las tácticas, para recuperar el balón al que me aferraba como si la vida me fuera en ello. Al verla, me detuve en seco y se me escapó el poco aliento que había conseguido almacenar en los pulmones.

Llevaba un par de días evitándola, consciente de que se daría cuenta de que algo iba mal en cuanto acabáramos los dos solos y me hiciese las preguntas correctas.

Y, conociéndola, sabía que lo haría. Que con dos cuestiones conseguiría la suficiente información de mi parte como para hilarlo todo y crear una conclusión.

—Déjame adivinar —pronuncié al distinguir cómo se acercaba a mí. Aguanté la respiración cuando me quitó la pelota y comenzó a pasársela de una mano a otra. Las tenía rojas por culpa del frío—. Te han enviado mis padres para que vuelva a casa cuanto antes.

Su expresión se ablandó tanto que temí que se le derritieran las facciones.

—¿De ser así cambiaría algo?

Su voz, más suave y dulce que de costumbre, hizo que me sintiera peor por que hubiese venido hasta aquí y se estuviera congelando por culpa de mis impulsos.

—No, supongo que no. —Me mordí el interior de la mejilla hasta que me sangró—. Te lo ha dicho mi madre, ¿verdad? Que he dejado el baloncesto. —Cuando asintió, añadí—: Y te ha pedido que me convenzas no solo de regresar a casa antes de que se ponga a nevar aún más, sino también de volver al equipo.

Contra todo pronóstico, negó con la cabeza.

—Solo me ha pedido que viniese a hacerte compañía, por ser la única persona en la que confías lo suficiente como para abrirte por completo.

Sin contar a Axel, por supuesto —matizó a la vez que se agachaba para dejar la pelota sobre el suelo, sin que rebotase—.

Las dos sabemos que eres demasiado inteligente como para haber tomado esa decisión a la ligera.

Así que… —En lugar de ponerse en pie, se sentó en el suelo helado y me indicó que yo hiciera lo mismo a su derecha—.

Cuéntame lo que ha sucedido. Tenemos tiempo de sobra.

Apreté los labios en una fina línea y obedecí su petición, colocándome a dos centímetros de su brazo.

Un movimiento en falso y su jersey me rozaría la piel desnuda de los bíceps, que llevaba al descubierto tras desprenderme de la sudadera que había traído conmigo y que había dejado sobre una de las porterías de fútbol que había en la cancha.

Pese a saber su respuesta, necesitaba más confirmación que mi simple intuición, así que no pude evitar preguntar:

—Si te cuento lo que pasó, ¿me aseguras que no se lo dirás a mi madre?

Bufó, ofendida, y eso fue suficiente para mí.

—No sé qué te hace pensar que traicionaría tu confianza de ese modo.

—Le di una paliza al hijo del entrenador. Delante de él. —Me acomodé el cuello de la camiseta deportiva, que no era otra que la de mi uniforme, en un gesto soberbio y altivo que le hizo poner los ojos en blanco—. Ojalá hubieras estado ahí para verlo. Fue increíble.

En lugar de sorprenderse, pestañeó con lentitud.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué? —me hice el tonto.

—¿Por qué le pegaste?

Al contrario que ella, que odiaba cualquier tipo de conflicto, yo no tenía ningún reparo en meterme en peleas. De hecho, podía contar con los dedos de una sola mano todas las veces que alguna discusión había escalado hasta llegar a los puños. ¿Me sobrarían muchos? No, pero algo era algo.

De todas formas, hacía falta más que un malentendido para que sacara a relucir mis buenos reflejos.

—Iban a elegir capitán para la siguiente temporada —empecé a explicar, tras aclararme la garganta con un carraspeo—.

Normalmente cambiamos de titular cada tres meses, para que todos tengamos la oportunidad de serlo.

Pero en cuanto Adrien se enteró de que era mi turno, y no el suyo, se puso hecho un basilisco.

—No lo entiendo. Si se supone que todos seríais líderes en algún momento, solo era cuestión de esperar y…

El nudo que tanto me había esforzado en deshacer se hizo más prieto.

—Dijo que no era justo que el único negro del grupo lo fuese antes que él.

Nunca olvidaría su cara de estupefacción, sus cejas juntas por el enfado y su boca abierta. La manera en la que aquellas palabras la sorprendieron tanto que fue incapaz de responder algo coherente durante los siguientes dos minutos.

—Dime que le rompiste algo.

—No quiero decir que estoy orgulloso de partirle la nariz, pero...

Acabó la frase por mí.

—Pero lo estás.

—Lo único malo es que se curará —me mofé, echando la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada amarga que la sobresaltó—.

Sus moratones, su ojo hinchado, su nariz desviada.

Todo eso se curará, se irá, se borrará. Él seguirá siendo el mismo niño blanco y mimado que consigue todo lo que quiere y yo…

¿Y yo qué? —La vista se me nubló por culpa de las lágrimas que me empañaron los ojos—.

Yo seguiré siendo el negro marginado que no puede aspirar a nada, ni siquiera a ser el capitán de un equipo de mierda.

El negro que tuvo que renunciar a lo que más le gustaba por miedo a que las represalias fuesen peores. El negro que...

Justo cuando se me quebró la voz, se giró hacia mí para romper la escasa distancia que nos separaba y me rodeó la cintura. De algún modo, se las ingenió para colocar la cabeza contra la curva de mi cuello.

Aunque no era la primera vez que nos abrazábamos, sí que era la primera que ella tomaba la iniciativa.

Perdí la cuenta del tiempo que estuvimos así, ella pellizcándome la espalda para sacarme alguna carcajada por culpa de las cosquillas y yo con la mejilla presionada contra su coronilla.

—¿Qué harás ahora? —se interesó tras asegurarse de que ya no lloraba.

—Axel me ha dicho que podría unirme a su equipo de fútbol —musité—. Sería suplente y pasaría casi todos los partidos en el banquillo, pero no me importa. Según me ha comentado, hay un chico asiático en la plantilla y le tratan como si fuese una persona normal.

Dentro de lo malo, adoraba el fútbol casi tanto como el baloncesto y me pasaba horas y horas comparando jugadores de diferentes equipos entre sí o fantaseando con participar en algunas de las ligas más famosas de Europa junto a mis ídolos.

Quizás todo aquello era una señal de que ese era el camino correcto.

—Llo que es. Ser algo más que blanco no te hace ser un bicho raro.

Volví a carcajearme con amargura.

—Ojalá todo el mundo pensase como tú, Riviere.