V, Kylian
N o me gustó el modo en que Naomi torció la boca al ver los cuadros que le había llevado para que escogiera los que encajaban mejor con la propuesta que me hizo un par de días atrás.
—Venga, suéltalo —no pude evitar decir, consciente de que planeaba alargar el silencio hasta que me diera aludido y yo mismo recogiese las cosas en silencio—. No te parecen buenos, ¿verdad?
El ceño, que había fruncido al ponerse a analizar los lienzos, se le alisó hasta que la mueca de incomodidad que se había perfilado en su rostro desapareció por completo.
Eso no significaba que fuese a decirme cosas bonitas; el chasquido de lengua que emitió y la forma en la que se agachó para acariciar la pintura con la yema de los dedos fueron señales claras de que sucedería todo lo contrario.
—A ver, no es que sean malos —convino al cabo de unos cinco segundos que me mantuvieron con la espalda bien recta y los brazos cruzados sobre el pecho—. Es solo que… Siento que podrían ser mejores. El control de las pinceladas es bueno, los colores escogidos también. Pero no transmite nada.
De todos los que había llevado hasta la trastienda de la papelería, ese era el que más me gustaba.
Representaba un bosque invertido donde los árboles crecían en las nubes y rozaban la tierra con las ramas bien extendidas.
En mi mente, reflejaba a la perfección cómo se sienten quienes tratan de florecer en un lugar que no está hecho para ellos y cómo sus esfuerzos, en la mayoría de casos, no sirve de mucho más que para gastar su propia energía.
Llevaba experimentando eso en mis carnes desde hacía casi un lustro, así que no pude evitar suspirar al ver que aquello que en mi mente resultaba tan evidente no se traducía del mismo modo al exterior.
Me hizo sentir como un fracaso, porque si no era capaz de sacar hacia fuera lo que me quemaba por dentro, ¿qué clase de artista era?
Naomi, que conocía tanto mis virtudes como mis defectos y se sabía de memoria todas mis manías y lo que era capaz de bajarme los ánimos, intuyó lo que se me estaba pasando por la cabeza y se puso de pie.
Menos de un pestañeo después, eliminó los metros que nos separaban y me colocó una mano en el hombro.
—¿Por qué no me has traído ningún retrato? Antes eran tu especialidad. —Se pasó las manos por el cabello, que llevaba decolorado de color blanco y salpicado de mechas color malva —. Dudo muchísimo que, con la calidad que tienen estos paisajes, no hayas pulido tu técnica después de tanto tiempo.
Incapaz de responder con propiedad, se me escapó una mísera palabra.
—No.
—¿No, qué? —insistió, imitándome y colocando los brazos sobre el pecho. No estaba a la defensiva y tampoco parecía enfadada; si acaso, lucía intrigada. Y eso, en Naomi, era mucho más peligroso—. No he preguntado algo que se pueda responder con un «sí» o con un «no».
Me planteé guardarme lo que pensaba, pero acabé claudicando, no supe muy bien si porque sus ojos —pintados del mismo color purpúreo que el de su mata de pelo— me escrutaron el rostro y me sentí obligado a dar mi brazo a torcer; o porque era la única a la que podía contarle aquello que me reconcomía sin miedo a que me juzgase antes de tiempo.
Lo había comprobado la mañana siguiente a nuestro regreso al pueblo, cuando tras deshacer la maleta decidí acercarme a la papelería que regentaban sus abuelos y preguntar por ella.
Pese a que me planté allí y sin tener muy claro qué era lo que esperaba al aparecer sin previo aviso, me recibió con la misma sonrisa torcida que blandía como un escudo desde pequeña.
—Dios mío, no me puedo creer que hayas crecido tanto —fue lo único que comentó en cuanto salió del mostrador y me estrechó entre sus brazos—. No te pareces en nada al niño bajito y lleno de granos del que nunca tuve la oportunidad de despedirme.
No lo dijo con pena o con ironía, y eso fue justo lo que necesitaba: esa facilidad de volver a ser amigos como en el pasado, sin que ninguno de los dos tuviera que esforzarse demasiado por arreglar una conexión que se había estropeado con el paso de los años.
Después de ponerla al día, y de que me acribillase a preguntas sobre cómo era la vida en Nantes, por qué había decidido tomarme unos años sabáticos antes de intentar entrar en la universidad y cuándo pensábamos marcharnos, llegó su propuesta.
No era nada del otro mundo; simplemente quería que le prestase alguno de mis lienzos para que le sirvieran como decoración y poner otros a la venta por un módico precio, pues la única tienda de pintura de Saint Julien iba a echar el cierre y ella quería aprovechar para llevarse la clientela a su terreno.
Al principio me negué. No porque no confiara en su capacidad de gestión, sino porque llevaba demasiado tiempo sumergido en un bloqueo artístico del que, por muchos esfuerzos que hiciera para nadar a contracorriente, parecía ser incapaz de quitarme de encima.
Seguía pintando, pues era tan esencial para mí como dormir y comer, pero no me sentía del todo satisfecho con el resultado. Siempre que me colocaba delante del caballete y lo analizaba con ojo crítico, llegaba a la misma conclusión: le faltaba algo. Emoción, color, perspectiva.
Si cedí fue, más que nada, como agradecimiento por recibirme con los brazos abiertos y por escucharme cuando nadie más lo hacía.
—Tengo muchos retratos —admití al fin, saliendo de mi cerebro y regresando tanto al presente como a la pregunta que había dejado sin responder. Tragué con fuerza y me obligué a mirarla a los ojos—. Son buenos. Pero… Nadie conoce su existencia y, por el momento, pretendo que siga siendo así.
Al ver cómo volvía a arrugar la frente, le tendí la libreta que me acompañaba siempre; era del gramaje perfecto para bocetar o derramar acuarelas sin preocuparme por que se doblasen las páginas. Además, así me aseguraba que nadie la encontrase por accidente.
Me sabía de memoria todos los dibujos que había ahí dentro: bosquejos de quien había considerado mi mejor amiga desde antes incluso de aprender cómo hablar sin tartamudear.
Desde mucho antes de saber lo que significaban las palabras «estar enamorado» y entender que la rapidez con la que me latía el corazón cuando Eleonor aparecía en mi campo visual no era normal.
El primer retrato que había llevado a cabo en toda mi vida había sido uno de ella, esquematizada con garabatos ininteligibles que solo yo sabía interpretar.
El primer cuadro que había pintado tras mudarnos y dejar Saint Julien atrás también lo protagonizaba ella, rodeada de esos libros de los que hablaba a todas horas y que me había obligado a leer para tener alguien con quien comentarlos.
El primer premio de dibujo que había ganado había sido gracias a ella, tras presentar algunos de mis trabajos a escondidas, consciente de que yo no confiaba lo suficiente en mis trazos como para atreverme a compartirlos.
Ella, ella, ella.
Siempre ella.
—¡Kylian, esto es…! —exclamó Naomi, alternando la vista entre las páginas y mi cara—. Hacía mucho que no veía algo tan… Tan bueno. ¿Cómo es posible que no me lo hayas enseñado antes?
—Porque tampoco es para tanto.
Dejó escapar un suspiro de lo más exagerado y negó con la cabeza.
—Sí que lo es. —Como si fuera necesario, abrió la ilustración que había hecho, en la que salía ella con la cara apoyada en un espejo que le devolvía una imagen más cansada de la real, y me la enseñó—.
Mira esto y dime a la cara que no narra una historia.
Que no te remueve nada. —Cerró la libreta, le pasó la goma por encima para que no se abriese sola y me la entregó—.
El otro día me dijiste que te has pasado meses sin inspiración y sin dibujar nada nuevo, pero…
Se me calentaron las mejillas. Justo era esta la conversación que estaba intentando evitar.
—Eleonor es la única capaz de adentrarse en mi mente cuando estoy bloqueado —aclaré, rascándome el cuero cabelludo.
No me importó que los rizos se me deshicieran entre los dedos; planeaba darme una buena ducha en cuanto llegara a casa, para quitarme la humedad de encima—.
Siempre ha sido así, desde que éramos críos.
Sus sonrisas tímidas, cómo se le ilumina el rostro cuando habla de lo que le gusta y cómo arruga la nariz cuando algo no le sale bien a la primera…
es fácil dibujarlo. Lo único difícil de captar es el color de sus ojos.
El silencio que reinó en el cuarto en cuanto acabé de sincerarme me llevó a replantearme si debería haber apretado los labios y haberme callado.
—Ahí dentro hay bocetos con tanto potencial que, si los transfirieses a un cuadro y les dedicaras mucho más tiempo, se convertirían en verdaderas obras de arte. Piensa en las pinceladas de tus paisajes y en la emoción de tus retratos. Sería… —tartamudeó, algo raro en ella—. Sería perfecto.
Sabía a dónde quería conducirme y, por ello, moví la cabeza de izquierda a derecha.
—No voy a hacerlo.
—¿No te has planteado que tal vez uno de los motivos por los que estás bloqueado es porque te estás reprimiendo, en lugar de pintar lo que de verdad anhelas?
—Giró la cabeza y señaló con la barbilla otro de los escenarios que había traído conmigo, mucho más tétrico y enrevesado que los demás—.
Ese no eres tú, Kylian. Esa tenebrosidad, oscuridad y sombras no te representa, no cuando siempre has sido alguien lleno de luz.
Tu problema no es que no tengas talento, sino que prefieres recluirte en sí mismo y dejar que las tormentas que te nublan el entendimiento te impidan ver lo bueno que eres.
Sus palabras me impactaron en la cabeza, el corazón, el estómago y el alma.
En todas las partes que creía adormecidas.
—Ya, pero una cosa es hacer esquemas y garabatos para mí, y otra muy distinta es tomar a alguien como inspiración para crear más cuadros.
Y más aún si ese alguien me odia y parece querer sacarme los ojos con cucharas.
—Dejé de hablar al ver cómo se tapaba la boca con la mano—. No he dicho nada gracioso.
—¿Qué te hace creer que te odia?
La forma en que me observaba, como si que respirara a cinco metros de ella le resultase molesto. La manera en que no era capaz de sostenerme la mirada más de unos segundos. El modo en que solo se dirigía a mí con palabras hirientes.
Eso último era lo que más me dolía, pues en las cinco quedadas que habíamos hecho la había visto con Kendra y con Kavan en tantas ocasiones que me faltaban dedos para contabilizarlas. Y si bien no era la alegría convertida en persona, al menos no les hablaba con tanta frialdad o les plantaba cara.
—¿Qué te hace creer a ti que no es así? —contraataqué con otra pregunta. No me apetecía enumerar todas las razones por las que creía que conseguir el perdón de Eleonor sería más complicado que subir a la luna y ponérsela en una bandeja de plata.
Para mi sorpresa, la sonrisa de Naomi se ensanchó hasta ocupar su cara entera.
—Que te conozco lo suficiente como para saber que eres un puto cabezota y que, por mucho que ahora te estés pensando las cosas, acabarás consiguiendo lo que te propongas con ella.
Además —agregó al ver cómo separaba los labios para llevarle la contraria—, en más de una ocasión me contaste que tendía a encerrarse en sí misma para protegerse de los demás y que tú eras el único capaz de romper sus esquemas.
Si ya lo hiciste en el pasado, ¿qué te hace pensar que ahora no podrías?
Ojalá fuese tan fácil como lo hacía parecer.
—¿Y de verdad piensas que lo lograré llenando las paredes de la papelería con dibujos de su cara? —Me carcajeé, sarcástico, y ella bufó al mismo tiempo que ponía los ojos en blanco—. Lo único que conseguiré con eso será una orden de alejamiento, y con razón.
Dándose cuenta de lo absurdo que sonaba, bajó los hombros a modo de derrota hasta que se le volvió a iluminar el rostro por la llegada de otra idea. No me dio tiempo a decirle que no pensaba cambiar de idea, porque enseguida soltó:
—¿Y por qué no los reutilizas para el portafolio que tienes que hacer para entrar en la universidad?
Para acceder a la carrera de mis sueños, en una de las universidades más reputadas de París, se les exigía a los candidatos que entregaran una colección de seis cuadros en torno a una temática libre.
De todos los participantes, solo se escogía a veinte, que serían los afortunados en conseguir una plaza.
En un primer momento, aquel requisito no me había preocupado mucho.
Tenía un montón de ideas y contaba con que sería fácil ejecutarlas; no obstante, en cuanto acabé el tercer lienzo, me di con un canto en los dientes y estuve a punto de tirar la toalla.
Me faltaba demasiada técnica, dominio de los diferentes medios, sentimientos. Confianza.
Todos esos retratos que había acabado en cuestión de minutos, con el objetivo de llenar las páginas de la libreta, eran muchísimo mejores que los paisajes a los que les dedicaba días. Y si el nivel era tan alto como sospechaba, yo no llegaría ni a premio de consolación.
Así que no. La idea de Naomi no era mala.
—Pero el problema sigue siendo el mismo —bisbiseé, tan bajo que creía que no me había escuchado.
—Sí, tienes razón —me concedió—. El problema sigue siendo el mismo, aunque no es el que tú crees.
—Arrugué la frente—. Lo único que debe cambiar en esta ecuación es tu actitud, Kylian.
¿Cómo pretendes que los demás vean potencial en ti si tú ni siquiera eres capaz de decir algo bueno de tus proyectos?
Cuando salí de la papelería, una hora después, Naomi había conseguido justo lo que buscaba: que abriese los ojos y me comprometiese, como mínimo, a intentarlo. Que consiguiera, en parte, dejar de lado el pasado y pasara a centrarme en el futuro más próximo.
El resto, lamentablemente, dependía de mí.