IV, Eleonor #2
Agobiada, me recogí el cabello en un moño bajo y le dirigí una sonrisa tirante a la imagen que me devolvió el espejo antes de salir de aquel cubículo.
Tardé solo dos segundos en ubicarlo. Se había sentado al lado del ventanal más amplio del local, distraído con el teléfono e ignorando al grupo de chicas que entró en la cafetería y que le señalaron sin mucho disimulo, hablando por lo bajo de lo guapo que era.
Con trece años, él mismo me había hablado del síndrome de Stendhal.
En ese instante, con diecinueve, comprendí a la perfección esos síntomas que me había descrito. Porque estudiarle desde la lejanía se sintió igual que colocarse frente al monumento que llevas toda la vida queriendo ver y descubrir que, en persona, es mucho mejor.
Ese latido detrás de las orejas que se eleva hasta que lo notas por todo el cuerpo.
Ese temblor en la yema de los dedos que parece acalambrarte hasta las piernas.
Ese momento de incredulidad en el que no eres capaz de discernir si lo que estás visualizando es real o una imaginación demasiado vívida.
Podía entender por qué había llamado la atención de aquellas jóvenes.
—Tenemos una conversación pendiente —sentenció en cuanto me senté enfrente de él.
Saboreé el café y me obligué a respirar hondo.
—Si los cálculos no me fallan, llegas dos años tarde.
Como él no había pedido nada para tomar, se entretuvo arrancándose los padrastros con las uñas. Me fijé entonces al ver lo destrozadas que tenía las manos y amagué una mueca. Las recordaba mucho más cuidadas y llenas de pintura seca. Gentiles, suaves. Sin tantos callos y tantas venas.
—Leo, yo…
—Eleonor —le corregí. Me negaba a que siguiera llamándome así.
Pasó por alto mi intervención y siguió insistiendo en arruinarse aún más la piel. Un calambrazo me recorrió el brazo y me instó a alargarlo para impedir que continuara con ese método de autolesión; no obstante, se detuvo antes de que pudiera pensarlo dos veces.
—No fuiste a París cuando me puse en contacto contigo. —Puede que no lo pronunciara como un reproche, pero no pude evitar tensarme y cuadrar los hombros.
El fuego que me crepitó en el estómago hizo que me levantara de la silla y agarrara el vaso con fuerza. Al igual que él, necesitaba algo con lo que entretenerme para que no se diese cuenta de lo mucho que me afectaba aquello.
—Te escribí durante meses —le recordé, por si se le había olvidado esos capítulos de nuestra historia—.
Y tú solo te dignaste a hablarme cuando te enteraste de que estaba enferma.
Lo siento si no te he recibido con la efusividad que te habría gustado y con el mismo cariño que el resto de mi familia, pero ahora mismo dudo que te merezcas algo más que cortesía de mi parte.
Sacar el tema de lo que había sucedido entre nosotros me hizo viajar a cuando tenía dieciséis años y los médicos encontraron algo en mi pecho.
Tumor ; tardé semanas en pronunciar aquella palabra sin que se me rompiera la voz a mitad de camino, y otros tantos meses en aceptar que, por muy bueno que fuera el pronóstico —lo habían diagnosticado con bastante antelación—, ese proceso me cambiaría para siempre.
Aunque nunca había respondido a ninguna de mis llamadas o mensajes, no me di por vencida. Seguí contándole todo, porque era incapaz de decirle a nadie más qué era lo que me preocupaba. Lo asustada que estaba. Lo mucho que necesitaba saber de él.
Lo único que recibí por su parte, poco después de que me operaran y muchísimo antes de que yo aprendiera a mirarme al espejo sin apartar la vista o sentir arcadas por culpa del asco, fue una carta con una fecha y un lugar.
Quería verme. En París, tras una exposición que el instituto le había conseguido en una galería bastante importante de la ciudad.
Y aunque yo fui, envalentonada por la idea de solucionar nuestros problemas de comunicación (que eran unidireccionales), me fui en cuanto le vi aparecer a lo lejos.
No porque no quisiera hablar con él, sino porque tenía demasiado miedo de necesitarle lo suficiente como para olvidar que nunca me había hablado.
Por eso mismo no podía permitir que volviera a entrar en mi corazón maltrecho. Ya había soportado la pérdida una vez y me había costado levantar cabeza. No creía que pudiera pasar por lo mismo de nuevo, porque eso no me haría más fuerte; por el contrario, acabaría por destruirme.
—Soy más que consciente de que no actué como debía y que fui un cobarde al desaparecer sin dar una sola explicación. —Se limpió la sangre de los dedos con una servilleta sin despegar la mirada de mí—. Pero ¿qué quieres que haga? ¿Que te ignore o te sonría como si nada cada vez que nos encontremos?
Intenté ignorar la punzada que me retorció las entrañas.
—Sí. Eso haría que todo fuese mucho más fácil.
—Solo para ti.
Parecía tan seguro que, durante unos segundos, me lo creí. Durante unos segundos, tuve ganas de dar mi brazo a torcer. Durante unos segundos, me tentó la idea de ponérselo fácil.
Pero pestañeé y la venda que me cubría los ojos cayó al suelo.
—Está claro que tú no vas a ceder y yo tampoco, así que esta discusión no tiene sentido.
Su mano me rodeó la muñeca con suavidad antes de que pudiera alejarme. Acto seguido, al ver que me quedaba quieta y que le daba la oportunidad de comentar una última cosa, se levantó.
Había crecido tanto que me vi obligada a alzar la barbilla para sostenerle la mirada.
—¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?
—Nada —repuse—. Si de verdad me aprecias, aunque sea un poco, aléjate de mí. Es lo único que te pido, Kylian. Lo único que te he pedido en la vida.
Negó con la cabeza.
—Sabes que puedo llegar a ser muy cabezota cuando me propongo algo. Y sabes que, si me propongo ganarme tu perdón, lo conseguiré.
Y eso era justo lo que más miedo me daba.