IV, Eleonor
E ran las siete de la mañana cuando llegué al faro.
El horizonte ya estaba tintado de berenjena, buganvilla y, justo en el punto donde el cielo perdía su nombre y se fundía con el agua, un tono muy parecido al amarillo cadmio que tanto utilizaba Kylian en sus cuadros.
Por mucho que intentase apartar su nombre de mi mente, fue imposible. Daba igual que hubiese ido hasta allí para silenciar los pensamientos que me asediaban el cerebro; era cerrar los ojos y verle con claridad, como si estuviera a mi lado.
Con un suspiro hastiado, me centré en silenciar las voces insistentes de mi cabeza y en otear el ocaso, entretenida en contar las gaviotas que surcaban las nubes.
Solo me marché cuando, a las diez, empezaron a llegar los primeros turistas. Pese a que el faro no era un lugar muy transitado, necesitaba estar sola. Después de haber pasado cuatro días seguidos con los Ajax, me hacía falta.
Si no me negué fue por mi madre, por lo mucho que se le iluminaba la mirada cuando nos veía juntos después de tantos años. Al fin y al cabo, eran lo único que le quedaba de su mejor amiga. No quería que, por mi negativa, perdiera esa oportunidad de sentirla más cerca.
Por supuesto, ella no estaba al tanto de lo que había sucedido entre Kylian y yo. De ser así, me diría que no tenía que hacer nada por contentarla. Después, se iría a pedirle explicaciones y le dejaría bien claro que ya no tenía cabida en nuestra familia.
Y yo no me lo perdonaría jamás.
En lugar de volver a casa para terminar de preparar la entrevista que tenía en una hora y media (la cual no era más que un trámite absurdo, pues llevaba trabajando en el mismo sitio dos veranos consecutivos), decidí pasarme por mi cafetería favorita para hacer algo de tiempo.
—¿Lo de siempre? —me preguntó Théo cuando llegó mi turno, con esa expresión radiante que al principio me crispaba los nervios. A veces rozaba lo espeluznante.
Como ya era costumbre, después de pedirme un buen café y deambular por las calles del pueblo, mis pies me condujeron hasta la papelería donde trabajaba Naomi.
Acababa de darle el último mordisco al rollito de canela y de tirar el papel cuando alguien se chocó contra mí. El café se me resbaló de las manos, manchándome tanto la blusa como los zapatos de ese líquido negruzco del que dependía para ser una persona funcional.
—¿Es que no puedes ver por dónde…?
La lengua se me adormeció y el corazón se me paró ipso facto cuando levanté la vista y me encontré con la mirada arrepentida de Kylian.
Joder, de todas las personas que había en Saint Julien por estas fechas, tenía que ser él y no un maldito turista con la nariz enterrada en un mapa.
—Perdón —se disculpó a toda prisa—, no te había visto.
—Ya —gruñí y me fijé en cómo agarraba el dobladillo de su camiseta. Le temblaban las manos tanto como a mí las piernas—, eso es más que evidente.
Al entender que su intención era arreglar el estropicio que había sobre mi blusa, di un paso atrás.
O bien no se dio cuenta y lo achacó al susto, o bien decidió ignorarlo, porque reaccionó de inmediato y eliminó con una zancada el espacio que había entre nosotros para inclinarse y deshacerse de la mancha.
Respiré muy hondo y traté de calmar los latidos furiosos de mi corazón. Eso fue mucho más fácil que ignorar el calor que se había asentado en mis mejillas.
Lo que no ayudó en absoluto, eso sí, fue notar sus dedos —tan suaves como los recordaba— sobre mi cuello en cuanto se inclinó hacia mí para limpiarme las gotas de café que se habían quedado pegadas a mi mandíbula.
Quise empujarle y poner mínimo quince mil kilómetros entre nosotros, pero en el instante en el que alcé el mentón los reproches murieron en mi lengua. Porque, pese a que estaba a nada de explotar y arrasar con él, me estaba observando con diversión.
De hecho, solo entonces caí en que no temblaba por los nervios. Temblaba por estar aguantándose la risa.
—¿Sabes qué? Da igual —Agradecí que no tratase de eliminar el metro que nos separaba cuando di un paso atrás y tomé una amplia bocanada de aire que solté en forma de suspiro—. Ya conseguiré otra camisa y otro café.
Frunció el ceño, todavía con expresión jocosa.
—Por si no te has dado cuenta, te has manchado con café, no con lejía —lo pronunció con un tono tan burlón que no tuve muy claro si me molestó más la ironía con la que se dirigió a mí o el modo en el que me estaba observando—. Se irá con la lavadora. Con un poco de detergente y un programa corto…
En un intento pobre de sosegarme, que por razones más que obvias no sirvió de nada, conté hasta diez. Luego, hasta quince. Y veinte.
—A estas alturas de mi vida, sé perfectamente cómo poner lavadoras.
Pese a ser consciente de que no era justo pagar mi mal humor con él, pues había sido un accidente en el que yo también había tenido parte de la culpa, no me salió ser agradable.
Tenerle cerca me estaba poniendo más nerviosa de lo que me gustaría.
—¿Entonces…?
Por el modo en que seguía mirándome, intuí que no me dejaría marcharme hasta que no le pusiera al día de mi vida, así que hice de tripas corazón y se lo conté. Si eso implicaba que me dejara tranquila, no me importaba demasiado.
—Tengo una cita importante en una hora. Como comprenderás, no me da tiempo a hacer la colada, tenderla y esperar a que se seque.
Sin dejar de prestarme toda su atención, se agachó para recoger la pajita y el vaso del suelo.
Los tiró a la papelera que teníamos a dos metros de nosotros antes de meter las manos en los bolsillos de los vaqueros, que le quedaban algo anchos de las caderas y dejaban entrever la cinturilla de la ropa interior.
—Déjame compensarlo. —Señaló con el pulgar la misma cafetería de donde había salido hacía menos de cinco minutos y, al ver cómo yo separaba los labios para protestar, añadió en el último segundo—: No seas tan cabezota, Leo.
Ha sido responsabilidad mía, así que lo lógico es que pague por los destrozos y…
Como si me hubieran golpeado con violencia en las costillas, el oxígeno abandonó mis pulmones y se negó a regresar a ellos por muchas bocanadas amplias que me esforcé en tomar.
Leo . Solo una persona acortaba mi nombre de esa manera: él.
—¿Es que tengo que ser más clara para que te des cuenta de que no quiero pasar más tiempo contigo? —gruñí a la defensiva, sin importarme que mi brusquedad pudiera dolerle. A él no le había preocupado lo mucho que me pudiera afectar su regreso, su presencia, sus caricias repentinas.
Entre nosotros se instaló un silencio tan sepulcral que era como si el tiempo se hubiera detenido y nosotros fuéramos los únicos conscientes de que los segundos pasaban. No encontré ninguna distracción, nada en lo que posar la mirada que no fuera en su sonrisa, ahora más amplia.
Porque sí: aunque había sido tajante, el maldito Kylian seguía pasándoselo en grande.
—Tu estrategia no va a funcionar, así que ni lo intentes.
Por mucho que tratara de no mirarle a los ojos, acabé cayendo en ese mar de oro líquido y miel que, esa mañana, brillaba con especial intensidad.
—¿Estrategia? —repetí, de repente confusa.
—Actuar de este modo tan desagradable para que no me acerque a ti. —Giró la cabeza hacia la derecha y me analizó de arriba abajo. Ese escaneo rápido me hizo sentir tan cohibida que no pude evitar abrazarme a mí misma—. Sigues siendo la misma que hace años.
Que lo dijera con tanta simpleza me enfureció.
—Escúchame atentamente, Kylian, porque no pienso repetirlo —le aseguré, con los ojos entrecerrados—.
Por si aún no te has enterado de cómo funciona esto, no somos amigos y tampoco quiero que lo seamos.
Ahora mismo no sabes nada de mí, solo datos que han quedado obsoletos y que yo no pretendo actualizar.
¿Quieres pagarme el café y la camiseta? Adelante.
—Me pasé la lengua por los labios y temblé cuando se le desvió la mirada hasta ellos—.
Pero eso no garantiza que volvamos al punto de inicio o que vaya a actuar como si…
«Como si no me hubieras dejado tirada cuando más te necesitaba», quise añadir; sin embargo, había hablado de forma tan atropellada que, para cuando acabé, estaba resollando por la falta de aliento.
—Dudo mucho que fuera a conseguir tu perdón con tanta facilidad —razonó, otra vez sin inmutarse—. Creo que tengo algo de ropa en el coche.
Me habría creído su indiferencia si no fuese porque vi cómo le temblaba la sonrisa.
—Gracias —musité en cuanto me tendió una camisa blanca ancha y dejó todas sus cosas en el asiento del piloto.
Solo entonces me di cuenta de que llevaba al hombro una bolsa llena de material de pintura. Apreté la mandíbula cuando el contenido se desparramó sobre el cuero sintético. Conté, como mínimo, cinco botes de acrílico.
Todos eran azules.
Théo frunció el ceño al verme de nuevo y distinguir la enorme mancha en mi blusa. Suspiré y me giré hacia Kylian, evitando lo máximo posible establecer contacto visual con sus ojos. Clavé los míos en sus mejillas, algo más bronceadas que el resto de su rostro, y lo sentí como una victoria.
—¿Podrías pedir el café por mí mientras voy a cambiarme?
—Americano con doble de hielo y nada de azúcar.
No lo pronunció con tono interrogante y, aun así, asentí en contra de mi voluntad.
De todos modos, no sabía por qué me sorprendía que se acordara; yo también recordaba su fijación por el granizado de limón, el bizcocho de naranja y las castañas.
Su color favorito, su momento preferido del día, su mayor miedo.
Una vez en el baño, me lavé la cara y me mojé la nuca con agua fría; necesitaba ese choque de temperatura para reafirmar que nada de eso era una pesadilla interminable. Después, me deshice de la ropa y me puse su camisa.
Me arrepentí de inmediato.
Olía justo como lo recordaba. A bergamota, pino y algo azucarado que nunca supe identificar del todo. A recuerdos, tardes en la playa y dolor en el estómago de tanto reír. A casa y a esos abrazos interminables en los que me refugiaba cuando sentía que el mundo era demasiado cruel.
Olía a él.