El idioma de los girasoles III, Kylian
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III, Kylian

Flashback

S upe que el mundo no estaba hecho para personas como yo poco después de cumplir siete años.

Fue en clase de artes plásticas. La profesora nos pidió que retratásemos a la persona que más admirábamos y yo escogí a mi madre.

Me pasé toda esa hora con una sonrisa en los labios, orgulloso de mi elección, hasta que una de mis compañeras me pidió lo que ella denominó «color carne» y yo le tendí uno del mismo tono que mi piel.

Se quedó mirándome unos segundos, esperando que cambiase de opinión y le entregase el salmón que había utilizado para pintar el rostro de mi madre.

No lo hice. No porque no supiera lo que quería, sino porque mi piel podría no ser del mismo matiz blanquecino que la suya, pero definitivamente contaba como ese «color carne» que tanto deseaba. Tenía que hacerlo porque, si no, ¿qué era lo mío? ¿Suciedad? ¿Un manto de oscuridad? ¿O…?

Antes de que pudiera preguntarle, levantó la mano y le dijo a la profesora que estaba siendo un egoísta al no querer compartir mi material con ella. Y yo, como era de esperar, me quedé bloqueado. Tan sorprendido que no supe cómo explicar que se trataba de un malentendido.

Naomi, que había presenciado todo pese a sentarse un par de mesas más atrás, saltó en mi defensa al notar mi impotencia y consiguió que la profesora zanjara la pequeña discusión del modo en que muchos maestros, ante ciertas injusticias, creen que es justo.

Nos pidió que nos disculpáramos y nos diésemos un abrazo, pese a no querer ninguno de los dos.

—Mi abuela siempre dice que los niños que son malos, lo son porque sus padres les maleducan —se quejó Naomi cuando llegó la hora del recreo, con la boca manchada de crema de chocolate—. Tú ni caso, eh. Es tonta.

Por eso mismo, hice de tripas corazón y la perdoné. Di por hecho que se trataba de algo puntual y me convencí de que lo más probable era que se tratase de un desliz y que, con el paso de los años, maduraría.

No fue así. Me di cuenta tres años después, en una tarde otoñal que olía a hojas secas y al petricor que había dejado atrás las lloviznas que sacudieron el pueblo esa misma mañana.

—¿No ves que no puedes ser Ken? —me escupió cuando me acerqué a ella y le pregunté si podíamos jugar a las muñecas, pensando que podríamos hacer las paces con ella esa misma tarde y conseguir, así, que parase de arrugar la nariz cada vez que le hablaba—.

No os parecéis en nada. Él es blanco y tú… Tú eres… Negro.

Lo pronunció como si fuera un insulto y no una realidad. Y, al contrario que aquel día en el colegio, me armé de valor y contesté.

—¿Qué sentido tiene eso? Tú quieres ser Barbie y no eres rubia.

Noté el sabor de octubre en la garganta y los colores ocres explotando en mis ojos. Me costó cinco segundos entender que la nariz se me había taponado tanto que tenía que respirar por la boca y que la vista se me había emborronado por las lágrimas que me esforcé en controlar.

—Mis padres no me dejan jugar con… —Se quedó callada durante unos segundos que se me hicieron eternos—. Gente como tu familia. Dicen que no traéis más que problemas.

Lo peor no fue que soltase el discurso de sus padres como si nada, sino caer en la cuenta de que nunca conseguiría encajar.

Que, por mucho que me hundiera las uñas en los brazos o intentase ignorarlo, mi tono de piel no era algo que se pudiese cambiar por muchas plegarias o deseos que pidiera antes de dormir, con las manos entrelazadas bajo la barbilla y los ojos bien apretados.

Eleonor, que se había quedado en un banco alejado para leer un libro que a mí me parecía demasiado largo, apareció de la nada y la empujó con suavidad. Aun así, se cayó de culo sobre la arena y Chantal soltó un sollozo.

Mi amiga, en lugar de comprobar si se había hecho daño o si todo era puro cuento, me rodeó la muñeca con sus dedos congelados y tiró de mí hasta que la dejamos atrás.

—¿Estás bien? —me preguntó antes de que escaneara la cancha de baloncesto y viera que mi hermano no se encontraba allí. Gruñó por la frustración.

—Sí. Creo.

El enfado le había coloreado las mejillas con tanta intensidad que casi habían adquirido el mismo tono rojizo que la bufanda que llevaba anudada al cuello.

—No me gusta verte así. No me gusta que la gente diga estupideces. No me gusta que llores. —Me limpió las lágrimas con la manga de su chaquetón y aunque fue algo brusca no me importó—. ¿Quieres comer algo? Mi madre siempre dice que es más fácil afrontar la tristeza con algo en el estómago.

Cedí al ver cómo señalaba nuestro puesto de castañas de confianza y, tras darle lo poco que nos quedaba de paga al hombre del tenderete y conseguir sitio en otro banco, me giré a ella.

—¿Tú piensas que ser negro es algo malo?

Vi el dolor en sus ojos antes de que volviera a ser reemplazado por la rabia.

—¿Por qué debería serlo? Es un color de piel como otro cualquiera. Y tampoco es como si pudiéramos elegir cómo nacemos.

Eso era lo que más me agobiaba. Que la gente nos tratase a mis hermanos, a mi padre y a mí como si fuésemos bichos raros por algo que era imposible controlar. Por algo que, quisiéramos o no, nos acompañaría toda la vida.

—Si eso fuese posible, yo querría ser amarillo —intenté bromear para que la situación no se volviese tan tensa.

—¿Como un Simpson ?

—Más vibrante. Más anaranjado. Como el color del sol y de los girasoles de mamá.

—Saqué otra castaña de la bolsa y la pelé sin emitir un solo quejido, notando el calor mordiéndome las yemas de los dedos.

Sabía que a ella le gustaban así, que se le quemase la lengua al morderlas—. ¿Y tú? ¿Cuál escogerías?

Se pensó bien la respuesta.

—Supongo que gris.

—Demasiado aburrido —rechacé, con el ceño fruncido y la nariz arrugada—. No, nada de eso. Debe ser algo más llamativo, para que te encontremos en medio de una multitud si alguna vez te pierdes.

Me guardé lo que pensaba de verdad: que para mí era alguien tan importante que, independientemente de su color, de su ropa o de su cabello, sería capaz de ubicarla.

Que mis ojos siempre estaban pendientes de ella, como si tuviera un imán de carga opuesta a mis pupilas.

Que podría cambiar todo su exterior y, aun así, la reconocería.

Dudó un poco.

—Entonces… Azul. Pero un azul pálido, no ese vibrante que utilizas siempre para pintar cielos.

—¿Ves? Mucho mejor. —Tomé aire y soplé mi castaña antes de llevármela a la boca—. Algún día, cuando sepa dibujar mejor y compre un lienzo de esos que ocupan una pared entera, te haré un retrato y tendrás la piel azul.

—Si no es azul pálido, no vale.

Alcé un meñique, con una sonrisa diminuta en los labios.

—Prometido.