El idioma de los girasoles II, Kavan #2
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II, Kavan #2

—¿Por qué no dais una vuelta por el pueblo?

—sugirió el hombre cuando comprobó que todos estábamos llenos.

Se levantó de la mesa para recogerlo todo y, al ver que mis hermanos y yo hacíamos el amago de ayudarle, nos pidió que nos quedáramos sentados.

Acto seguido, se dirigió a su hija mayor—.

Así podéis hablar más tranquilamente y enseñarles lo mucho que ha cambiado durante su ausencia.

El puerto no tiene ni punto de comparación.

La muchacha se tensó de nuevo, como si la mera idea de pasar más tiempo del necesario con nosotros le repugnara o hiciese que le picara la piel.

Y eso acabó molestándome no porque me preocupara lo que opinase de nosotros o de nuestro regreso efímero, sino porque me era imposible ignorar las sonrisas que esbozaba mi hermano para fingir que nada de ello le afectaba.

Si bien yo había sido muy cercano a Eleonor desde que no éramos más que renacuajos, nuestra relación era incomparable con el vínculo que había entre ellos dos.

De hecho, estaban tan unidos que mamá siempre bromeaba con que eran como los packs indivisibles de zumos o como esas ofertas de «llévate dos por el precio de uno».

Así que, antes de que cualquiera de las dos hermanas se negara (sabía que había muchas posibilidades de que Lalia se negara a estar con nosotros solo para cubrirla), asentí con una efusividad premeditada.

—Me parece una idea increíble.

Tras despedirnos de los Riviere, decidimos esperar en el porche a que se cambiaran de ropa, pues seguían con los bañadores que habían utilizado en la playa. Bueno, más bien Lalia seguía con el traje de baño.

Por lo poco que había visto, Eleonor no llevaba más que una camiseta tres tallas más grande que la suya y unos pantalones vaqueros. No distinguí ningún bikini por debajo de la tela; tampoco ninguna mancha por el sol o residuo de sal.

—No he hecho nada malo —me excusa ante la mirada acusatoria de Kendra, que parecía haberse propuesto taladrarme con las pupilas.

Entrecerró los ojos.

—¿Forzar las cosas no te parece suficiente? ¿O es que ahora vas a decir que no te has dado cuenta de lo incómoda que estaba? —No tuvo que mencionar su nombre para que supiéramos a quién se refería—. No lo entiendo. ¿A qué viene esta actitud tan infantil y tan… poco tú?

Kylian, que durante los últimos segundos se había centrado en patear las piedrecitas que había encontrado en el asfalto, levantó la barbilla.

—Lo ha hecho por mí.

Como negarlo era absurdo, asentí con simpleza.

—Fuiste quien peor lo pasó cuando nos marchamos de aquí. No quiero que regresar se te haga más duro de lo que ya es, y mucho menos por alguien que antes se habría amputado la mano con tal de verte feliz y ahora te odia sin un motivo lógico.

No supe interpretar el silencio que me dirigió.

—¿Y de verdad crees que obligándola a salir de su zona de confort conseguirás las respuestas que quieres? —insistió Kendra, cruzando los brazos sobre el pecho—. Porque lo único que lograrás, si acaso, es que ponga más barreras.

Saqué otro cigarro de la cajetilla y me lo pasé de una mano a otra. No lo encendí por el mero hecho de que no necesitaba nicotina; solo algo con lo que mantener los dedos ocupados y que, así, no notaran que estaba ansioso.

—Dadme solo esta noche.

—No va a funcionar.

Bufé.

—Dame solo esta noche.

—No va a funcionar, Kavan —resopló.

—No lo sabes.

El problema era que sí lo sabía. Y yo también.

Para mi alivio, si bien el camino al centro del pueblo fue aburrido, también se me hizo corto.

Más allá de la conversación superficial que iniciaron Lalia y mi hermana, a la que yo ni siquiera le presté atención, ninguno nos molestamos en preocuparnos los unos por los otros.

Eso me llevó a suspirar de puro alivio cuando vislumbré, a lo lejos, el chiringuito en el que trabajaba mi mejor amigo.

No me vendría mal una copa para deshacerme de esa sensación agobiante que notaba en el cogote y que nada tenía que ver con la brisa salada que se me adhería a la piel.

—¿Desde cuándo hay tantas personas en Saint Julien? —inquirí con el ceño fruncido. El local estaba tan lleno que tuvimos que abrirnos paso a empujones, con disculpas preparadas en la lengua.

—Hace dos años grabaron aquí una película bastante conocida y, desde entonces, el pueblo se ha vuelto un reclamo turístico —explicó Lalia después de saludar con una sonrisa radiante a un chico—. ¿Qué queréis pedir?

Me pasé una mano por el cabello a la vez que le guiñaba el ojo a una de las camareras que estaba sirviendo en la barra. Sonreí al distinguir cómo se ruborizaba.

No fallaba.

—Cuando lo tengáis claro, decídmelo —exigí, sin despegar la vista de ella. Con ese pelo tan largo y ondulado por la humedad, y purpurina en los párpados, parecía más un hada sacada de un cuento que una humana normal y corriente.

No buscaba nada serio, pero…

—¿Para qué? —El reproche de Kendra interrumpió mi lista de comparaciones—. Por si aún no te has dado cuenta, podemos pedirlo nosotros mismos. Para algo tenemos pies y boca.

Le quité importancia con un ademán.

—Bueno, pues resulta que la chica de la barra es muy guapa y quiero hablar con ella, así que sed buenos conmigo y hacedme caso. Soy el mayor —me excusé, como si eso fuera suficiente argumento—. Deberíais respetarme solo por eso.

—No llevamos ni un día aquí, ¿y ya quieres ligar con alguien?

Para mi sorpresa, no fue Eleonor quien pronunció tales palabras, sino Kylian.

—Ya me conoces, hermanito. Soy irresistible.

Pese a que se trataba de un motivo egoísta, y así me lo hicieron saber con su poca disposición, acabaron accediendo y dictándome lo que querían. Tras anotarlo en las notas del móvil, me levanté y se lo agradecí a todos con una sonrisa deslumbrante.

Obtener el número de Léa, que era como se llamaba la camarera, no fue nada difícil; lo escribió en un papel después de que pagara por las consumiciones. No hizo falta ni que abriera la boca para pedírselo.

Cuando volví a la mesa, ya había un billete de diez en la mesa.

—Eso es lo de nuestras bebidas —comentó Eleonor, sin alzar la vista de sus manos, entrelazadas sobre el regazo—. Quédate con el cambio.

Su voz áspera y aterciopelada me hizo cosquillas en el estómago.

—No me interesa vuestro dinero —rechacé mientras depositaba las bebidas enfrente de cada uno—.

Yo invito. Ya sabes, Riviere, como en los viejos tiempos.

¿Te acuerdas? —La ironía con la que me dirigí a ella hizo que levantara la barbilla y clavase sus ojos en los míos—.

¿Cuando éramos amigos y no nos mirabas como si fuésemos un trozo de mierda pegada a tus zapatos?

Decidida a recordarme lo imprevisible que podía llegar a ser cuando se lo proponía, en lugar de quedarse callada y refugiarse en sí misma chasqueó la lengua con reprobación y se pasó la mano por el cabello.

—Tú mismo lo has dicho. Éramos amigos. —No vi nada en sus iris que no fuese frialdad—. Aunque compartiéramos tantísimos momentos en su época, lamento recordarte que ahora mismo no somos más que desconocidos. Así que, por favor, no hagas que esto sea más difícil y toma el dinero.

Enarqué una ceja, anonadado por la manera en la que me estaba desafiando sin titubear.

—¿Y si no quiero?

La Eleonor del pasado habría acabado suspirando y quitándole importancia con un ademán de muñeca. La del presente, sin embargo, no parecía dispuesta a ponérmelo fácil ni a ceder aunque fuese medio milímetro.

—Entonces se lo dejaré como propina a la camarera con la que has ligado solo porque querías llamar mi atención y ver si conseguías provocarme —rebatió sin inmutarse, enroscando un dedo en uno de sus mechones—. ¿Qué? ¿Contento?

Kendra me dio una patadita para que me quedase callado, pero la ignoré.

—Por supuesto. He conseguido lo que buscaba.

«Ver que no te has convertido en una puta piedra y que sigues teniendo ese carácter que me volvía loco», me habría gustado añadir. No lo hice, claro; tenía una reputación de cretino que mantener y ya había llegado a mi objetivo.

Además, todavía me quedaba un mes por delante para desentramar el motivo real de su actitud.