II, Kavan
E n cuanto el segundo cigarro se consumió, encendí el tercero.
Imaginaba que volver a Saint Julien sería difícil, pues había creado tantos recuerdos allí que era imposible no mirar algo y no viajar al pasado, pero no sabía que me dolería tanto.
Que me parecería más fácil observar la ceniza que se amontonaba al lado de mis zapatillas relucientes y gruñir entre dientes porque odiaba el aire húmedo del pueblo que…
Se me erizaba la piel de tan solo pensar en mirar la casa que había sido nuestro hogar durante tantísimos años, así que decidí fingir que no me importaba cuando. La realidad era que, en el fondo de mi corazón, quería regresar a Nantes en cuanto tuviera la posibilidad.
Y no llevaba ni dos horas allí.
—¿Me das uno? —preguntó Lalia antes de colocarse frente a mí. La vainilla de su crema corporal, con la que debía haberse embadurnado después de un largo día en la playa, me abofeteó.
Al verme quieto, señaló con la barbilla la cajetilla que aún no había guardado.
—¿Acaso tus padres saben que fumas?
—De no ser así, no te lo pediría de forma tan descarada.
Y menos aún enfrente de mi casa. —Como no le faltaba razón, saqué uno y le tendí el mechero.
Gracias a ello, comprobé que sí que debía ser una fumadora ávida, porque no le temblaron los dedos ni tardó más que un segundo en encender la llama—.
Sigo sin creer que de verdad estéis aquí.
Por la ilusión más que notable en su voz, intuí que no serviría de nada recordarle lo que ya debía saber: que había transcurrido tanto desde que nos vimos la última vez que, en el fondo, ya no teníamos nada en común.
Solo un pasado que mi familia estaba dispuesta a olvidar y dejar donde debíamos. Atrás.
Me mordí la lengua para no destrozarle el corazón antes de tiempo.
Ya había roto demasiados a lo largo de mi vida.
—Ya. Creo que una parte de mí sigue sin asimilarlo —pronuncié, aprovechando el momento para sincerarme.
Con mis hermanos era incapaz; sentía la obligación de mantenerme estoico, de no demostrar ni una sola emoción negativa—.
Aunque bueno, siendo justos, no sé a quién le ha sorprendido más nuestro regreso.
Si a nosotros o a tu hermana, que no deja de mirarnos como si hubiéramos asesinado a un gato delante de ella.
Eché un vistazo por encima de mis hombros y escuché cómo alguien cerraba una ventana y echaba las cortinas. Sonreí y le di otra calada a mi cigarrillo; imaginaba que nos estaba escuchando y, por eso mismo, procedí a seguir poniéndola en evidencia.
Lo malo es que Lalia, anticipándose, me robó el turno de palabra.
—Ya sabes cómo es Eleonor. Siempre… —titubeó, dudando sobre si exteriorizar sus pensamientos más profundos o si callarlos.
Al final, acabó bajando el tono de voz un par de decibelios para que no pudiera oírnos—.
Siempre ha sido más retraída, más cerrada, más…
—Suspiró—. Dale un par de semanas y estoy segura de que la cosa cambiará.
Al contrario que ella, yo no las tenía conmigo.
Sí, sabía que Eleonor era mucho más introvertida y callada que la mayor parte de la gente con la que me codeaba, porque durante toda mi infancia y parte de la adolescencia fue una de las personas más importantes para mí.
Y, por eso mismo, imaginaba que debía haber algo más que excusase ese comportamiento tan explosivo.
Cuando llegó a casa, tenía la frente perlada por el sudor y las mejillas sonrosadas por algo más que el calor y el sol.
Llorado. Se notaba que había llorado hasta prácticamente desaparecer bajo las lágrimas; no dejaba de sonarse la nariz, de frotarse los ojos hinchados y de ponerse una mano en el esternón.
Kylian, por supuesto, también se percató de esos gestos tan mínimos.
Aun así, ninguno sacó el tema a colación.
—Supongo que ya lo descubriremos —fue lo último que dije antes de tirar la colilla a la papelera más cercana.
Como ninguno parecía dispuesto a seguir hablando de lo mismo, me acerqué a la papelera más cercana para tirar lo poco que quedaba de colilla y entré en el hogar de los Riviere tras musitar un pequeño «nos vemos ahora».
Tal y como sospechaba, no me siguió.
De camino al comedor, que se encontraba al fondo del pasillo, cometí el pequeño error de entretenerme y analizar los numerosos marcos que decoraban las paredes.
No contento con ello, agarré uno y lo subí hasta que la imagen ocupó todo mi campo visual.
Tuve que respirar hondo para controlar las ganas que me recorrieron los dedos de estirar la mano y acariciar esos rostros infantiles que habían crecido demasiado pronto.
Aunque me costó reconocerme, me acordaba a la perfección de lo que había sucedido ese día, como si hubiera ocurrido horas antes y no un maldito lustro.
Estábamos celebrando el cumpleaños de Eleonor la tarde del diez de octubre cuando el cielo decidió partirse en dos y descargar toda su ira en nosotros gracias a una tormenta que, si bien duró menos de quince minutos, nos aguó —nunca mejor dicho— la pequeña fiesta que habíamos organizado.
La lluvia. El viento. La sonrisa de la muchacha a pesar de que nada de eso entraba dentro de nuestros planes. El latido frenético de mi corazón al caer en la cuenta de que no me importaban los contratiempos si eran con ella.
Deposité el objeto en su sitio justo cuando el padre de Eleonor apareció para avisarnos de que la cena ya estaba preparada y de que ya podíamos tomar asiento.
Para disimular, le dediqué una sonrisa forzada y señalé la pared al completo.
—Se siente como si hubiera pasado una eternidad desde entonces. —No me salieron más que esas palabras, por mucho que me esforzase en empujar más hacia lo alto de mi garganta—. Y solo han sido cinco años.
—Yo no diría «solo» —me contradijo, acercándose hasta mí para palmearme el hombro de un modo que casi me hizo lagrimear.
Hacía años que nadie me acariciaba de una forma tan paternal, tan cariñosa, sin que hubiera un logro de por medio—.
Cinco años dan para mucho. Solo hay que ver lo mucho que habéis cambiado y todo lo que habéis crecido.
Madre mía, y pensar que ahora me sacas casi dos cabezas…
La carcajada suave que me rasgó las cuerdas vocales no fue impostada.
—Gracias por acogernos a pesar de todo, Jacques —susurré cuando me indicó con la cabeza que dejara de perder el tiempo y fuésemos al comedor para que la cena no se enfriara—. Hemos venido hasta aquí sin avisar, sin esperar esta hospitalidad por vuestra parte y…
Me cortó con otra palmadita, esta vez en la espalda.
—Nada de agradecernos algo así. —Su voz, apremiante, me indicó que no había lugar a réplica. Y así lo estableció, con más ahínco, cuando añadió—: Mientras los cimientos de esta casa sigan en pie, tenéis tanto derecho a quedaros aquí como nosotros.
La mujer de Jacques, Genevieve, hizo un esfuerzo titánico para mantener el ambiente lo más cómodo posible y asegurarse de que no nos sumíamos en ningún silencio tirante.
Preguntó a mi hermano si seguía pintando, como cuando era pequeño, y escuchó atentamente cómo Kendra le contaba que, en vez de estudiar una carrera universitaria, había accedido a una academia de costura gracias a una beca que le cubría todos los gastos habidos y por haber.
—Jacques y yo hemos visto un montón de tus partidos, aunque ya sabes que no entendemos mucho de fútbol. —Orgullosa de una manera que resultaba incluso palpable, la mujer se giró hacia mí con una sonrisa—. Ha sido una temporada magnífica. Una pena que no ganasteis la Supercopa.
Noté los ojos amarillentos de Eleonor clavados en mi cara y ladeé la cabeza para sostenerle la mirada lo máximo posible y retarla como en el pasado. Para mi sorpresa, bajó el mentón y vació el vaso que tenía enfrente de un solo trago, incapaz de aguantar más de dos segundos.
Las manos le tiritaron.
Curioso.
—Acabamos la temporada muchísimo mejor de como empezamos y fue un partido muy reñido, así que no podemos quejarnos. Además —agregué, con una sonrisa de lado—, la paliza que le dimos al Stade Rennais para eliminarles de la competición vale mucho más que cualquier otro premio.
En cuanto la conversación pasó de mi carrera futbolística a que nos pusieran al día de lo que había pasado en nuestra ausencia (lo más importante siendo que el alcalde se había jubilado y que ahora estaba en el poder una mujer joven que estaba intentando revitalizar el pueblo a través del turismo), Jacques se limpió las manos con una servilleta y nos sonrió a los tres.
—Puede que no sea tan buen cocinero como vuestro padre, pero no me ha quedado mal, ¿no?
Me tensé en el asiento, sorprendido ante la mención de nuestro padre. Kendra, que notó el cambio en mi lenguaje corporal, me pellizcó por debajo de la mesa para que me controlara y no dijese lo que pensaba de él.
Kylian, no supe bien si porque anticipaba mi reacción o porque prefería no hablar de ello, optó por encogerse de hombros y decir:
—¿A quién le importa si está tan bueno o no? Mientras no hayáis metido nada de cianuro en la comida, no hay de qué preocuparse.
Ese tono jocoso, que antes le caracterizaba tantísimo y que ahora no aparecía tan a menudo como a mí me gustaría, le sacó una risotada a todos los presentes. Menos a Eleonor, que frunció el ceño antes de poner los ojos en blanco y musitar algo por lo bajo que ninguno entendimos.
Si no hubiera sido porque en mi mente solo se repetía una sola palabra —padre, padre, padre—, le habría preguntado delante de todos qué era lo que quería compartir con el resto. De esa forma, no habría podido echarse atrás.