I, Eleonor #2
No pensaba quitarme la camiseta ancha que había escogido esa mañana, a juego con los vaqueros cortos que llevaba y las chanclas blancas.
Para mí, la playa no era un lugar para tomar el sol o nadar hasta la extenuación, sino el sitio perfecto para sumergirme en cualquier lectura con el aroma salado recogiéndome en un abrazo cálido y húmedo.
Acababa de llegar a la mitad de La vida invisible de Addie LaRue cuando el reloj marcó las tres de la tarde y decidimos, de mutuo acuerdo, acercarnos al chiringuito que había en uno de los puntos más estratégicos de la costa.
Allí, sentada en una de las mesas, nos encontramos con la que fue la mejor amiga de Kylian y también una de sus mayores confidentes. Solo alzó la mirada del teléfono cuando un camarero le acercó un bloody mary, agradeciéndoselo con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
No reparó en mi presencia y yo no me molesté en saludarla. Por mucho que regentara la papelería de sus abuelos y me hiciera descuentos que no me correspondían, entre nosotras no había más que una relación de pura cordialidad.
—Asumo que, como hoy vienes muy bien acompañada, no me harás uno de tus típicos interrogatorios —fue lo primero que dijo el chico que estaba detrás de la barra en cuanto conseguimos abrirnos hueco entre toda la gente que había allí, tanto sedienta como hambrienta—. Siempre es un placer verte, Eleonor.
Axel, al que ambas conocíamos más que de sobra por ser la mano derecha del mayor de las tres K, me guiñó un ojo antes de girarse con una sonrisita a mi hermana. Esta al menos tuvo la decencia de rascarse la nuca y bajar la mirada, algo avergonzada.
—Se supone que debería estar de vacaciones, ¿no? —acabó preguntando, en lugar de cerrar el pico o cambiar de tema para no quedar peor—. Hasta donde tengo entendido, los futbolistas suelen hacer un parón en julio para recargar energía antes de la nueva temporada.
El joven ladeó la cabeza.
—El parón suele ser, más bien, en junio —la corrigió con suavidad—. Lo que pasa es que, como supongo que ya sabes, Kavan participó en la Liga de Naciones y eso ha hecho que sus vacaciones se retrasen un poco. Pero sí —asintió, contestando a su cuestión—, ahora está centrado en descansar.
Solo entonces entendí a qué se refería Axel con la primera frase que había pronunciado: mi hermana había ido a acribillarle a preguntas sobre los tres hermanos, con tal de sacar la máxima información y descubrir qué había sido de ellos.
Me pellizqué el puente de la nariz.
—Lalia…
—Que conste que no vengo solo para hacer informes policiales —se apresuró a excusarse, batiendo las pestañas a toda velocidad como hacía cada vez que mis padres la pillaban haciendo lo que no debía—.
También preparan los mejores mojitos del pueblo.
De verdad —añadió a toda prisa, para que la creyese—. Desde que los descubrí, soy adicta.
La risotada del camarero fue tan inesperada que di un pequeño bote.
—De todas formas, lo último que me contó fue que Kylian presentó una pequeña colección la semana pasada. No entró en muchos detalles, ya sabes cómo es Kavan cuando se lo propone: o la persona menos misteriosa del mundo, o la más hermética.
Sí. Al menos en el pasado, el punto medio no existía en su vocabulario ni en su comportamiento.
Lalia resopló por lo bajo, descontenta, antes de pedirle lo que queríamos. Este tomó nota a toda prisa y se alejó para atender a unos turistas que, por el acento que usaban al hablar en inglés, debían ser alemanes.
Aproveché que nos dejó a solas para girarme otra vez a ella.
—No puedes presentarte aquí y molestarle mientras trabaja.
Aunque su sonrisa tembló, no menguó ni desapareció.
—No le molesto. Es solo que he intentado ponerme en contacto con ellos y nunca han respondido a…
—Se atragantó con las palabras—. Sé lo que piensas.
Sé que crees que me estoy haciendo daño a mí misma y que, si no me han respondido, es porque no quieren remover el pasado.
Pero no puedo quedarme de brazos cruzados.
Prefiero quedar como una pesada a pasarme toda la vida preguntándome qué habría sucedido si hubiese seguido insistiendo.
De nuevo, si bien su positivismo me irritaba, también me daba mucha envidia.
A última hora de la tarde, antes de volver a casa y meternos en la ducha para despegarnos la arena y el olor a mar de la piel, pasamos por nuestra heladería de confianza y pedimos lo mismo de siempre: un polo de lima para mí y un helado de cucurucho con sabor a pistacho para ella.
—Estoy pensando en cortarme el pelo por los hombros —comentó después de tomarle una foto al cielo que sangraba sobre nuestras cabezas, con esos tonos rojos, naranjas y amarillentos que tanto me recordaban a él—. Empieza a ser un incordio, con tanto nudo y tanta mecha.
Puse los ojos en blanco.
—Siempre dices lo mismo.
—Y nunca lo hago.
La carcajada que me rebotó en la garganta en cuanto llegamos a casa y distinguí, justo enfrente de nuestro porche, un Renault. Con ese tono celeste descascarillado, resultaba inconfundible.
Lalia se tropezó con sus chanclas antes de echar a correr, tan rápido que su figura se difuminó. Lo único que dejó atrás, además de mi corazón palpitando a toda velocidad, fue una bola de helado que se derritió casi de inmediato contra el asfalto.
Yo me quedé estática, aferrándome al polo de limón como si me fuera la vida en ello porque, efectivamente, no estaba preparada para enfrentarme a nada de eso.
Y, con lo mucho que me dolía el pecho, no tenía muy claro si alguna vez lo estaría.