El idioma de los girasoles I, Eleonor
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El idioma de los girasoles

El idioma de los girasoles

Por May Calaghan

© inepub.com

I, Eleonor

D esde hacía un par de veranos, mis mañanas olían exactamente igual: a crema solar, a placas de sal en la piel, a limonada y a todo aquello que prefería dejar en el pasado.

Por eso mismo, era la estación que más detestaba.

Y, por eso mismo, cada vez que el calendario dejaba junio atrás intentaba recordarme que solo tenía que ser fuerte durante los meses que durasen las vacaciones.

Que, en cuanto septiembre regresara, podría refugiarme de nuevo en los libros de texto, en la rutina que todos odiaban y en mi papel como alumna e hija ejemplar.

Al fin y al cabo, esas eran las tres cosas que me hacían sentir plena y que me ayudaban a olvidarme de ese hueco palpitante que cargaba en el pecho.

Pero claro, decirlo era muchísimo más fácil que convertirlo en realidad, pues era inevitable que se me revolviese el estómago cuando llegaba el uno de julio y hacía un rápido recuento de todo lo que había perdido.

Mis pocas amistades. Mi escasa batería social. Mi nula autoestima.

Como si el destino se estuviera riendo de mí y de mi mala suerte, Lalia salió del agua y corrió a sentarse a mi lado, con una sonrisa triste en el rostro que no auguraba nada bueno.

La conocía lo suficiente como para saber que, mientras se peinaba el cabello ondulado con los dedos, estaba pensando en las palabras adecuadas para dirigirse a mí y contarme qué era lo que le preocupaba.

—¿Recuerdas cuando nos pasábamos todo el día haciendo castillos de arena con las tres K?

—preguntó como si nada, sin atreverse a dirigirme la mirada.

Yo la observé de reojo, pendiente de cómo el viento templado le ponía la piel de gallina y le enredaba el pelo—.

Acabo de ver a un niño lloriquear porque no le ha salido bien el suyo y me he acordado de…

El motivo por el que odiaba los veranos no se debía a los turistas que inundaban cada rincón de Saint Julien, más preocupados por no quemarse los pies en la arena o achicharrarse bajo el sol ardiente que de prestar atención a quienes le rodeaban.

Tampoco el calor húmedo y asfixiante que se te prendía a las extremidades y no se borraba ni con la ducha más fría del mundo.

La razón tenía nombre y apellido.

Y era el mismo que mi hermana no había mencionado.

En lugar de agachar la cabeza y centrarme aún más en la novela que había comenzado esa misma mañana, coloqué el marcapáginas para no perder el progreso y ladeé el mentón para observarla con fijeza. No dejé de hacerlo hasta que no se dio por aludida y sus ojos corrieron al encuentro de los míos.

Ignoré la emoción, ilusión y esperanza que, pese a las circunstancias, seguía nublándole la mirada.

En eso, éramos como la noche y el día: ella seguía esperando a que nuestros amigos de la infancia regresaran, con el corazón abierto a cualquier mínima posibilidad; yo, en cambio, lo había cerrado a cal y canto hacía tantos años que sospechaba que los candados contaban con hiedras y telarañas.

—No van a volver —fue lo único que dije.

Como en todas las ocasiones que sacaba el tema (cada vez pasaba menos a menudo, eso sí que debía concedérselo), cerró los ojos y los apretó con fuerza.

Al inspirar hondo, le tembló la barbilla.

No porque fuese a llorar, sino porque por muy duras que fuesen mis palabras, sabía tan bien como yo que no tenían ni una pizca de mentira.

Y, por mucho que me costase empatizar con ella, tampoco la juzgaba. Nuestro vínculo con los Ajax venía de muy lejos.

Nuestras madres se conocieron de adolescentes y congeniaron desde el primer segundo en que sus caminos se entrecruzaron. De hecho, estaba más que segura de que su amistad habría durado hasta el fin de sus vidas si no fuese porque la de Olivia duró demasiado poco.

Nunca olvidaría la conmoción que nos sacudió cuando nos enteramos de su muerte. Todo fue demasiado súbito: el veinte de agosto estaba cantándole a los girasoles de su invernadero y el veintiuno…

El veintiuno se apagó toda su luz, dejando a oscuras a su marido y a tres niños demasiado pequeños como para comprender la magnitud de lo sucedido.

A la semana siguiente, muy pocas horas después de que se llevara a cabo el funeral en su memoria, se fueron.

El pueblo al completo dio por hecho que regresarían en cuestión de días, pero fueron pasando las semanas —y con ellas los meses— y todos nos dimos por vencidos.

Las únicas que seguimos esperándolos fuimos Lalia y yo, que salíamos al porche cada primero de julio por si se cumplían nuestros mayores deseos y veíamos el coche del señor Ajax, estacionado en la misma plaza de garaje de siempre.

Ese era el primer año que, en lugar de quedarnos en la puerta de casa y llorar por la familia que habíamos pedido, habíamos decidido pasar página.

—¿Y si regresaran justo cuando menos lo esperamos?

—insistió Lalia al mismo tiempo que se ponía las gafas de sol.

No supe muy bien si lo hizo para que no me fijara en la tristeza que teñía sus pupilas o para protegerse de la luz matadora que se reflejaba en el mar—.

No dejo de preguntarme cómo estarán, cuánto habrán cambiado, qué es lo que les gustará.

Si mantendrán su tradición de ver películas de terror cada primer martes de mes o si se habrán distanciado debido a la diferencia en sus personalidades.

Me mordí la lengua para controlar el torrente de contestaciones mordaces que me invadieron el cerebro. «¿A quién le importa cómo están?», «Se marcharon cuando no eran más que niños, por supuesto que han cambiado», «¿Qué más da lo que les guste si no van a volver nunca, nunca, nunca?».

Como me preocupaba que se echara a llorar, me limité a pasarme la lengua por las heridas que tenía en el interior de la mejilla y a callarme. Esa era una de mis especialidades: guardar silencio y almacenar para mí misma todo lo que pensaba.

—Ha pasado demasiado tiempo, Lalia —suspiré, esforzándome en no sonar tan pesimista ni despechada. Para ayudarme, hundí los pies en la arena caliente y me centré en el dolor para calmar el caos que se me había instalado en el pecho—. No son más que unos desconocidos.

Visto así, podía parecer que los Ajax no habían significado nada para mí.

Nada más lejos de la realidad.

Socializar nunca había sido lo mío, ni siquiera en la guardería, donde lo único de lo que un niño debe preocuparse es de compartir los lápices cuando se lo piden. Siempre había tenido que esforzarme el doble que los demás para no quedarme callada más tiempo del necesario y no pasar desapercibida.

Las tres K, como los habíamos apodado Lalia y yo cuando no levantábamos más que un palmo del suelo, se convirtieron en un lugar seguro, en un refugio. Eran los únicos que me apreciaban tal y como era. Los únicos que no me obligaban a salir del cascarón en el que tendía a esconderme si yo no quería.

Su desaparición supuso mi primer corazón roto y, justo por eso, me costaba tolerar que hablásemos sobre ellos. Por otra parte, a Lalia le costaba tolerar mi rechazo, y así me lo hizo saber cuando juntó los labios hasta formar una fina línea y soltó a bocajarro:

—Sigues sin olvidar todo lo que ocurrió entre Kylian y tú, y eso hace que seas incapaz de ver las cosas con objetividad.

Aunque sabía que no lo había dicho con mala intención, sino como una manera triste y desesperada de defender su corazón maltrecho, aquellas frases hicieron que la herida que me había encargado de tapar con kilómetros de vendas enmohecidas se abriera de nuevo.

Y supurasen, supurasen, supurasen.

No le faltaba razón. Por mucho que hubiera intentado pasar página, era como si no pudiera mover los ojos, deslizarme por los largos párrafos que constituían mi vida y superar esos capítulos para ver qué me deparaba el resto de historia.

Estaba estancada en la misma escena que me había llevado al declive emocional.

Clavé los dedos de los pies aún más en la arena.

—No es como si me faltasen motivos —pronuncié con la garganta anegada. No por las lágrimas, no por el dolor. Era rabia; una tan potente que la sentí arden incluso en las cuerdas vocales.

Al darse cuenta del daño que me había hecho su reproche, estiró uno de los brazos para rozarme los nudillos. Solo entonces me percaté de que estaba apretando las manos en puños por culpa de la frustración de sentirme, como siempre, incomprendida.

—Ellie… —susurró a modo de disculpa, mirándome con las comisuras de los labios hacia abajo—. Lo siento. No era mi intención echarte la culpa. En absoluto —remarcó, antes de añadir—: Es solo que…

Rechacé su caricia con un ademán.

—Es solo que sigues teniendo esperanzas en que todo se solucione como por arte de magia, y lo entiendo —la interrumpí—.

Pero ¿sabes qué es lo que pasaría si se atrevieran a volver?

Que tú les recibirías con los brazos bien abiertos y te encargarías de que se sintieran acogidos.

—Asintió con la cabeza, confirmando lo que yo ya sospechaba—.

Y yo… yo no soy así. Les haría la cruz y no querría saber nada de ellos. Y tú te enfadarías conmigo.

Porque uno de los adjetivos que más me caracterizaba, y que con el paso de los años se había convertido en mi mayor defecto, era lo rencorosa que podía llegar a ser.

En cuanto alguien me traicionaba, por muy poco que fuera, perdía cualquier tipo de importancia para mí.

Daba igual lo que nos hubiera unido en el pasado.

Tras entender que perdonar a alguien después de que me hirieran se me antojaba tan difícil como levantar una bola de hierro de más de una tonelada, Lalia no añadió nada más. Yo, por supuesto, tampoco me esforcé en continuar la conversación.

En cierto punto de la mañana, cerca del mediodía, mi hermana me dejó atrás para zambullirse en el mar y dedicarse durante unos cuarenta y cinco minutos a flotar en el agua hasta que se le arrugasen los dedos.

No me preguntó si quería que la acompañase —sabía tan bien como yo que me negaría tajantemente—, y tampoco le di importancia.