La mañana de septiembre
El vestido de Clara no tenía cola. Había tomado aquella decisión en agosto, después de escuchar a tres personas explicar por qué una novia debía llevar una prenda con la que no pudiera caminar sin ayuda.
Eligió una tela clara, de buena caída, y un adorno pequeño que su madre había guardado durante años.
Cuando se miró en el espejo la mañana de la boda, reconoció a la mujer que había querido vestir.
La señora Hart cerró el último botón y se apartó. Clara oyó cómo dejaba escapar el aire antes de verla sonreír en el reflejo. Sobre el tocador había una caja de horquillas y el anillo de compromiso, que se había quitado para no engancharlo mientras se arreglaba.
—No voy a preguntarte otra vez si has desayunado —dijo su madre—. Voy a ponerte un plato delante y a esperar hasta que comas algo.
—He tomado pan. La señora Mercer lo ha visto y puede declararlo si hace falta.
—Tomaste dos bocados y empezaste a hablar de una clienta. No me parece una comida suficiente para casarte.
Clara se rio y aceptó el trozo que le ofrecía. Tenía hambre, aunque el nerviosismo le hubiera hecho olvidarlo. En la planta baja se oían pasos y el ruido de alguien moviendo una silla. Había cerrado la tienda tres días. El aviso estaba en el cristal, escrito sin explicaciones añadidas.
Durante agosto, los libros de Elias habían ocupado las baldas del rellano.
Su mesa estaba junto a la ventana del cuarto pequeño y sus botas habían encontrado un lugar donde nadie pudiera tropezar.
Habían discutido una tarde por un armario que ninguno quería y que ambos defendían por creer que el otro le tenía cariño.
Al descubrirlo, lo llevaron entre risas a la habitación del fondo.
—¿Estás nerviosa? —preguntó su madre al ajustarle una horquilla.
—Mucho. No por casarme con él. Por entrar y encontrar a todo el mundo mirando. He hecho vestidos de novia y siempre pensaba que a mí me gustaría esa parte. Resulta que preferiría llegar cuando todos estuvieran distraídos.
—Mira a Elias. Los demás pueden esperar a que tengas tiempo para ellos.
—¿Tú estabas nerviosa cuando te casaste? —preguntó Clara, todavía mirando el espejo.
—Tu padre había olvidado los guantes y estuvo convencido durante media mañana de que yo pensaría que no se había preparado lo suficiente. A mí se me había soltado una cinta del vestido y solo quería que alguien me ayudara a sujetarla. Ninguno estaba mirando lo que preocupaba al otro.
—Me cuesta imaginarlo preocupado por unos guantes. Siempre parecía saber lo que iba a decir.
—Porque lo conociste cuando llevaba años siendo tu padre. Antes era un hombre que podía quedarse sin palabras si yo lo miraba demasiado. La primera vez que vino a buscarme, me preguntó tres veces si tenía frío, aunque estábamos en pleno verano.
—Elias me preguntaba si quería quedarme en Willow Creek. Yo creía que solo estaba pensando en cómo iría la tienda.
—A veces cuesta hacer la pregunta que de verdad importa. Me alegra que hayáis aprendido antes de pasaros la vida respondiendo a otra distinta.
—No siempre nos sale bien. Hace unos días discutimos por un armario que ninguno de los dos quería conservar.
—Entonces vais a tener una casa bastante normal. Tu padre y yo conservamos durante veinte años una lámpara que no le gustaba a nadie. La regalé después y me sentí culpable hasta que la nueva dueña dijo que le encantaba.
Clara se volvió y abrazó a su madre, cuidando de no aplastar el adorno del cuello. La mujer le acarició la espalda con manos que parecían recordar todavía el tamaño de una niña.
—Estoy contenta por ti —dijo—. Y he pasado mucho miedo desde que te fuiste. Anoche todavía iba a preguntarte si tenías bastante carbón, como si no llevaras meses ocupándote de esta casa. Tendrás que tener paciencia conmigo.
Clara la estrechó un poco más. No quiso responder con una promesa de que todo saldría bien. Le bastó decir que la quería y que tendría una habitación donde quedarse siempre que pudiera venir.
Abajo, Edith esperaba con un ramo pequeño. Había terminado su falda y la llevaba puesta, mirando de vez en cuando el bajo para comprobar que seguía recto. Nora permanecía junto a ella con una satisfacción que apenas intentaba esconder.
—La he planchado tres veces —confesó la muchacha cuando Clara bajó—. Mi tía dice que voy a gastarla antes de llegar.
—Está bien como está. Hoy no quiero que estés pendiente de cada puntada. La has hecho para ponértela, no para examinarla cada vez que te mueves.
Edith le entregó el ramo y Clara le apretó una mano. Después salió con su madre. La calle de Willow Creek parecía la misma de cualquier mañana, salvo por algunas personas vestidas con más cuidado y por la emoción que le hacía notar cada piedra bajo los zapatos.
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Elias esperaba con su padre. Se había puesto la camisa de los domingos, la del puño que Clara había arreglado al llegar al pueblo. No había sido una elección deliberada al principio. Al abrocharla aquella mañana reconoció el refuerzo y decidió que no quería otra.
Su padre le colocó mejor el cuello de la chaqueta y retrocedió para mirarlo.
—Tu madre habría tardado media hora en hacer esto. Luego habría dicho que no te tocara nadie porque acababa de dejarte bien.
—Ya me lo has arreglado dos veces.
—Por eso conviene que llegue pronto la novia. Si tengo que esperar más, encontraré otra cosa torcida.
Ruth dejó a los niños con su padre y se acercó a Elias. Al verlo pendiente de la entrada le tocó el brazo, sin decir nada. Él le cogió la mano un momento antes de soltarla para comprobar el puño de la camisa. Su hermana sonrió y volvió hacia los pequeños.
Cuando vio entrar a Clara, dejó de escuchar los movimientos de los demás.
La tela clara, el ramo entre las manos, la forma en que levantó los ojos hacia él al encontrarlo: todo le llegó a la vez y le hizo dar un paso antes de que fuera necesario.
Clara sonrió, y él sintió que podía volver a respirar con normalidad.
Se encontraron sin una frase preparada. Elias le tomó la mano y ella cerró los dedos alrededor de los suyos, firme a pesar del temblor leve que él reconoció porque también lo sentía.
Escucharon las palabras de la ceremonia y pronunciaron sus promesas mirándose de frente.
Cuando llegó el momento del anillo, Clara mantuvo la mano quieta y Elias lo deslizó despacio, consciente de que no quería olvidar aquel gesto.
Al besarla después, oyó una risa contenida de Ruth y el movimiento de los niños intentando ver mejor.
Clara apoyó la frente un instante junto a la suya.
Tenía los ojos húmedos; Elias le acarició la mejilla antes de volverse con ella hacia los invitados.
La señora Hart se secaba los ojos sin molestarse en ocultarlo.
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Comieron en el salón parroquial. Bell había aceptado organizar las mesas después de que Clara fijara el número de invitados y se negara a añadir otras dos por si acaso.
Los manteles estaban limpios, las cortinas seguían corriendo sin dificultad y Bennett había prometido que ninguna silla pondría a prueba la elegancia de los presentes.
Clara se sentó junto a Elias y descubrió que podía apoyar la mano sobre la suya sin tener que esperar una pausa en la conversación. Su madre hablaba con el padre de él. Ruth intentaba impedir que uno de los niños desmontara un adorno para averiguar cómo estaba sujeto.
—Tu hermana me ha dicho que lo heredó de ti —murmuró Clara.
—Mi hermana me atribuye todas las cosas que no quiere discutir con su marido. He decidido esperar a que crezcan para preguntarles su versión.
—Para entonces recordarán la que ella ha contado más veces. Vas a tener que preparar pruebas.
Elias le besó los dedos antes de que Bell apareciera con otra fuente. Clara aceptó una porción y se obligó a comer despacio. Deseaba recordar aquella comida, pero también tenía ganas de quedarse a solas con él. La contradicción le pareció un privilegio que podía permitirse.
—¿Has terminado de preparar el equipaje? —preguntó Elias mientras esperaban el postre—. Mañana tendremos que salir temprano si queremos aprovechar el día junto al mar.
—Tengo lo necesario. Mi madre ha intentado añadir otro vestido y la señora Mercer cree que debería llevar una manta. Si sigo escuchando consejos, tendremos que alquilar otro carruaje para las cosas que pueden hacerme falta.
—Lleva el abrigo. La última vez que fui con Ruth, ella se pasó la mitad del paseo diciéndome que no tenía frío y la otra mitad pidiéndome que caminara del lado del viento.
—Tú también llevarás uno. No pienso aceptar que te quedes helado para que yo pueda decir que mi marido es muy atento. Me gustará más pasear contigo si ninguno tiene prisa por volver a una chimenea.
—Ya está en la maleta. Mi padre ha comprobado el cierre dos veces, aunque no creo que tenga intención de venir escondido dentro.
—Podríamos llevarlo otro día. Me gustaría que conociera aquella costa que siempre quiso ver contigo. No hace falta que sea un viaje largo.
Elias dejó de mover el cuchillo sobre el plato. Clara lo miró, esperando, y él le apretó la mano con gratitud.
—Se lo propondré cuando estemos de vuelta. Ahora quiero estos dos días contigo. Sin mesas que reparar ni prendas que entregar antes de cenar.
—Si veo un escaparate bonito, quizá quiera detenerme. Te lo advierto para que no creas que puedo dejar de mirar telas solo porque nos hayamos casado.
—Podrás detenerte. Yo buscaré dónde venden algo para comer mientras decides si te gusta.
—Eso me parece una forma bastante prometedora de empezar el viaje. Pero también quiero que me enseñes el sitio del que hablaste al abrir el atlas. He pasado meses imaginándolo y no quiero que todo el tiempo se nos vaya entre tiendas.
—Lo veremos. Y tendremos ocasión de estar sentados sin hacer nada hasta que empiece a parecernos una costumbre razonable.
Ruth se levantó después del postre, con una copa en la mano.
—No voy a contar todas las historias de mi hermano —anunció—. Clara ya conoce unas cuantas y prefiero guardar algo para las próximas visitas. Solo quiero decir que me alegra verlo llegar a una mesa sin pensar en cuándo tendrá que volver al taller.
Elias bajó la cabeza, sonriendo. Su hermana lo miró con afecto antes de continuar.
—Y a Clara quiero darle las gracias por recibirnos tan bien. Mis hijos todavía preguntan cuándo volveremos a su casa. Por una vez no lo digo para quitármelos de encima: me alegra que tengan tantas ganas de volver como yo.
Clara sintió un nudo en la garganta. Elias le apretó la mano bajo la mesa. El padre se levantó a continuación y alzó su copa sin preparar un discurso largo.
—Mi mujer guardaba cosas que yo habría tirado por mal hechas —dijo—. Elias lo sabe. Espero que los dos tengan una casa donde puedan enseñar también lo que todavía no les sale bien. Lo demás lo irán aprendiendo.
Hubo un silencio breve y después las copas se levantaron. Clara miró a Elias. Él tenía los ojos brillantes, pero sonreía, y ella se inclinó para besarle la mejilla antes de que alguien reclamara su atención.
Más tarde retiraron algunas mesas. La música empezó con menos ceremonia que durante la merienda de mayo. Elias se levantó y le ofreció la mano. Clara dejó la servilleta junto al plato y lo siguió hasta el espacio libre.
—¿Sigues guardándome este baile? —preguntó él.
—Este y unos cuantos más. Ahora que estamos casados, temo que vayas a creer que puedes sentarte antes de que terminen los músicos.
—Voy a tener que aprender muchas cosas, pero esa no estaba entre mis planes.
Bailaron con los rostros cerca. Clara reconocía el modo en que él sostenía su cintura, el pequeño ajuste de la mano antes de girar. Haberlo aprendido durante los meses anteriores le dio más alegría que cualquier novedad. A mitad de la pieza, Elias acercó la boca a su oído.
—Te quiero, Clara.
Clara levantó la vista y le acarició el hombro. Cerca de ellos alguien apartó una silla para dejar pasar a los niños, pero ella no se volvió. Le tembló una sonrisa al contestar.
—Voy a acordarme de eso cuando dejes las botas donde no debes.
—Espero que también te acuerdes cuando las deje bien.
Clara se rio y lo besó brevemente, sin dejar de moverse.
Al terminar, Elias la sostuvo un instante más antes de permitir que su padre le pidiera el siguiente baile.
Ella aceptó. El hombre la llevó despacio, con la seriedad de quien conoce sus limitaciones y no piensa estropear una tarde por fingir que no existen.
—Mi hijo está contento —dijo—. Quería decírtelo, aunque supongo que ya lo ves.
—Lo veo. Yo también lo estoy.
—Eso es lo que importa. Si alguna vez se encierra demasiado en el trabajo, dile que venga a verme. Le recordaré las veces que me reprochó hacerlo a mí.
Clara sonrió y le preguntó cuándo podrían visitarlo. Aprovecharía para llevar el vestido encargado por Ruth. El hombre empezó a hablarle del jardín de su hija y aflojó el paso al llegar al extremo del salón.
La tarde terminó sin prisas. Los invitados se fueron despidiendo, algunos con paquetes de comida que Bell distribuía para que nada se desperdiciara. La señora Mercer abrazó a Clara y le pidió que el día siguiente no abriera la tienda, aunque se despertara temprano.
—El cartel dice que está cerrada —recordó Clara—. Esta vez pienso obedecerlo.
Elias la esperaba junto a la puerta. Le puso el chal sobre los hombros y caminaron hacia casa.
La luz de septiembre daba a las ventanas un brillo suave.
Clara llevaba los zapatos en la mano antes de llegar al puente; Elias intentó convencerla de que se apoyara más en su brazo y ella le explicó que lo que necesitaba era dejar de sentir el borde de una costura en el talón.
—Podría llevarte —ofreció él.
—Podrías. También podrías caminar despacio conmigo y permitir que conserve un poco de dignidad al llegar a mi propia puerta.
Él obedeció, riéndose. Clara se detuvo bajo el cartel de la tienda y levantó la vista. Su nombre seguía allí, con las letras verdes que había elegido en abril. Elias la observó sin preguntar si pensaba cambiarlo.
—Me gusta llegar aquí contigo —dijo ella.
—A mí también. Esta vez no tengo que pensar en cuándo debo volver al otro lado del puente.
Entraron y cerraron. La casa estaba tranquila.
Clara dejó los zapatos en el suelo, apoyó el ramo sobre la mesa y se volvió hacia él.
Elias le quitó el chal con cuidado. Después la abrazó y ella se quedó contra su pecho, dejando que la alegría del día se asentara sin tener que compartirla ya con nadie más.
—Hola, marido —murmuró, con una sonrisa que él pudo oír.
Elias la besó antes de responder. Cuando se apartó, le acarició la cara con una ternura que a Clara le hizo cerrar los ojos un momento.
—Ven conmigo —dijo él.
Subieron juntos. Clara dejó la lámpara encendida el tiempo suficiente para verlo quitarse la chaqueta y acercarse de nuevo.
Lo recibió con los brazos abiertos, todavía sonriendo.
Más tarde, la casa quedó en silencio, con los libros de ambos en el rellano y dos pares de zapatos junto a la escalera, apartados del paso.
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