Una vida que les gustaba
Clara oyó el mar antes de verlo desde la ventana de la habitación.
Habían llegado a media mañana, después de un viaje en el que los dos se quedaron dormidos por turnos.
Ahora Elias intentaba abrir una maleta cuyo cierre se había resistido desde la estación, y ella permanecía junto al cristal, mirando el agua con la misma curiosidad que había sentido al encontrarla dibujada en el atlas.
—Déjala un momento —dijo—. No vamos a necesitar otra ropa para salir a caminar. Quiero verlo de cerca antes de que alguien nos convenza de sentarnos a comer.
Elias levantó la cabeza, todavía con la mano en el cierre. Se levantó y fue hasta ella. Clara le hizo sitio frente a la ventana, aunque había bastante para los dos, y apoyó el hombro contra el suyo.
—Ruth quiso bajar en cuanto llegamos —recordó él—. Mi padre nos había dado tantas instrucciones sobre el alojamiento que yo pensaba que debíamos comprobarlo todo antes.
—Tu padre no está aquí para llevar la cuenta. Puedes dejar una maleta cerrada hasta después de pasear.
—Voy a descubrir que casarme contigo consiste en aprender a dejar cosas sin terminar.
Clara lo miró sonriendo. Elias se inclinó para besarla y la maleta perdió toda urgencia. Salieron con los abrigos sobre el brazo, antes de que ninguno recordara otra tarea que pudiera hacerse en una habitación ajena.
La playa estaba tranquila. Clara se detuvo junto a unas piedras y miró cómo el agua avanzaba hasta borrar parte de las huellas.
Elias le señaló el tramo de paseo por el que había caminado con su hermana años atrás.
Después dejaron de hablar de lo que él recordaba y empezaron a descubrir lo que podían ver juntos.
Comieron tarde. Por la tarde se sentaron en un banco frente al agua y Clara apoyó la cabeza en su hombro.
No había llevado un cuaderno de trabajo.
Elias no tenía herramientas en los bolsillos.
De vez en cuando uno empezaba una frase y el otro la escuchaba sin pensar en cuánto tiempo les quedaba antes de regresar.
—Podemos volver —dijo ella—. No todos los años tienen que pasar mientras esperamos una ocasión especial.
—Quiero traer a mi padre en primavera. Se lo propondré al llegar a casa. Tendrá que encontrar una excusa mejor que decir que hay demasiado trabajo en un taller que ya no lleva él.
—Podría venir mi madre también. Se entenderían discutiendo dónde conviene sentarse para que no les dé el aire.
—¿Y nosotros?
—Nos iremos a caminar mientras deciden. Creo que ya hemos demostrado que sabemos hacerlo sin pedir instrucciones.
—¿Sabes qué me gustaría cambiar en casa cuando volvamos? —preguntó Clara—. El banco del patio está contra el muro más frío. Quiero moverlo al lado donde da el sol por la tarde. Mi tía lo puso pensando en leer en verano, pero yo paso allí más tiempo cuando cierro.
—Podemos moverlo. Habrá que apartar dos macetas y comprobar que la puerta siga abriendo bien. Si no te gusta, lo devolvemos a su sitio.
—Eso me tranquiliza. Cada vez que cambio algo que era de ella siento que tengo que justificarlo. Luego imagino lo que diría si me viera sentada con frío por respetar un banco.
—Martha me hizo moverlo tres veces antes de decidir dónde quedaba. No creo que esperara que tú lo dejaras quieto para siempre.
—Tendrías que haberme contado eso en abril. Habría discutido menos conmigo misma antes de retirar las cortinas.
—Pensé que ya tenías suficientes personas diciéndote cómo debía ser la casa. Ahora tendrás que soportarme a mí opinando sobre el banco.
—Puedes opinar. Sobre todo si vas a sentarte conmigo. No quiero un patio bonito que solo sirva para mirarlo desde la cocina.
Clara encajó los dedos entre los de Elias. El anillo nuevo rozó el de compromiso al mover la mano. Probó a decir marido en voz baja y él volvió la cara hacia ella; se rio al advertir que la había oído.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—En que estoy contenta. Y en que me gustaría acordarme de esta tarde cuando tenga un mal día y me parezca que todo lo que hago es trabajar.
—Podrás decírmelo. No tendremos el mar al lado, pero encontraremos un rato para salir.
Clara alzó la cara para besarlo. Elias la recibió con una mano en la mejilla, sin preocuparse de que una pareja pasara por el paseo.
Más tarde volvieron a la habitación, abrieron por fin la maleta y descubrieron que su madre había metido un paquete de galletas entre la ropa.
Se las comieron sentados en la cama, riéndose de lo poco que habían tardado en necesitar una de sus previsiones.
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En abril del año siguiente, Clara volvió a mover el soporte de telas junto a la ventana.
El invierno había dejado marcas en el escalón de la entrada y una pequeña mancha de humedad en la cocina, reparada antes de que llegara a crecer.
La puerta, reforzada por Elias en otoño, abría sin que nadie tuviera que levantarla desde abajo.
Había pasado un año desde su llegada a Willow Creek. Clara no lo habría recordado aquella mañana si la señora Mercer no hubiera aparecido con un paquete de galletas y una observación sobre lo deprisa que se gastaban las suelas cuando una tenía demasiadas cosas que hacer.
—Hace un año todavía estaba sacando polvo de los cajones —dijo la mujer—. Ahora no puedo entrar sin encontrar una tela distinta sobre la mesa.
—Algunos cajones siguen teniendo polvo. He aprendido a cerrar los que no necesito antes de que usted los vea.
—No me engaña. Pero tampoco voy a pedirle que los abra. He venido a comprar hilo y a ver si Edith está trabajando hoy.
La muchacha estaba en la parte de atrás, terminando un arreglo sencillo.
Desde febrero acudía dos mañanas por semana para ayudar, cobrando por ese trabajo.
Sus clases habían dado paso a preguntas concretas que surgían mientras cosía.
Clara comprobaba lo que aún necesitaba supervisión y la dejaba resolver sola lo que ya sabía hacer.
—Está terminando la falda de la señora Foster —respondió—. Después podrá atenderla. Si tiene alguna queja, prefiero que se la diga a ella antes de venir a buscarme. Necesita acostumbrarse a escuchar a una clienta de verdad.
—No tengo ninguna queja. La última costura quedó muy bien. He venido para que lo sepa, aunque tenga que comprar una bobina que podría esperar hasta la semana que viene.
Clara sonrió y llamó a Edith. Las dejó hablando junto al mostrador mientras comprobaba un paquete preparado para Bath.
La señora Vale enviaba un encargo de vez en cuando, siempre acordado antes.
Habían tenido que discutir un plazo en noviembre y Clara había rechazado otro trabajo durante las semanas de más actividad.
Ninguna de aquellas decisiones había terminado con la relación entre ambas.
La tienda todavía necesitaba cuidado. Había meses mejores y otros en que convenía aplazar una compra.
Pero las cuentas ya no dependían de una sola clienta y Clara podía guardar una pequeña cantidad después de pagar los gastos.
Las clases reunían a tres mujeres algunas tardes; la mesa de Bennett tenía marcas de tiza y un arañazo que ninguna había sabido explicar.
Elias entró cerca del mediodía. Había cerrado la herrería por la tarde, tal como habían acordado, y traía una cesta que dejó junto a la puerta antes de acercarse. Edith lo saludó sin dejar la labor. La señora Mercer miró la cesta con interés.
—¿Van a algún sitio? Espero que no sea lejos. El cielo lleva toda la mañana decidiendo si quiere llover.
—Hasta el molino —respondió Elias—. Si llueve, volveremos. No hemos comprado billetes para sentarnos junto al río.
—Lleven un paño que sirva para cubrir la comida. No confíen en que las nubes les avisen con tiempo.
Clara aceptó el consejo. Había aprendido que discutir los detalles de un picnic podía durar más que meter un paño en la cesta. Cuando la señora Mercer se marchó, Elias llegó hasta ella y le besó la mejilla.
—¿Te queda mucho?
—Solo comprobar este paquete. Edith terminará antes de irse y yo cerraré a la una. Si empezamos a salir cada vez que hace una tarde decente, quizá acabemos creyendo que tenemos derecho.
—No exageres. Todavía me he llevado trabajo a casa dos noches esta semana.
—Y una de ellas te quedaste dormido sobre el libro antes de explicarme qué ibas a hacer. He decidido que no cuenta como una demostración de eficacia.
Elias se rio. Clara le retiró un hilo del hombro y lo dejó sobre la mesa.
El gesto se había vuelto familiar durante los meses compartidos.
También habían aparecido costumbres menos agradables: él abría el correo antes de quitarse el abrigo y dejaba los sobres donde no debían; ella empezaba a explicar una idea desde otra habitación y se enfadaba un poco si tenía que repetirla.
Habían aprendido a decirse esas cosas sin tratarlas como señales de que algo iba mal.
A la una, Edith recogió sus herramientas y se despidió.
Clara cerró el cuaderno, colocó la rama de hierro sobre una hoja suelta y dio la vuelta al letrero de la puerta.
Elias la esperaba con la cesta. Subió a buscar el chal y, al pasar por el rellano, vio el pájaro torcido junto a los libros de su padre.
La casa ya no parecía una colección de cosas que pertenecían a personas distintas.
La mesa de la madre de Elias estaba junto a la ventana, con un libro abierto y las gafas de lectura que él empezaba a utilizar cuando trabajaba con letra demasiado pequeña.
Los dibujos de Clara ocupaban un cajón cercano.
A veces ambos necesitaban el mismo sitio y uno tenía que cederlo; la mayoría de las noches conseguían compartirlo.
—¿Estás lista? —llamó Elias desde abajo.
—Estoy buscando el chal que dejé sobre una silla. No digas nada de las botas. Sé exactamente lo que estás pensando.
—Lo tengo aquí. Lo bajaste esta mañana porque creíste que iba a hacer frío.
Clara descendió riéndose. Elias se lo puso sobre los hombros y ella levantó la cara para besarlo antes de salir. Cerraron la puerta y cruzaron el puente, dejando detrás el sonido de la calle y los encargos que podrían continuar al día siguiente.
El camino del molino estaba seco y el banco bajo el fresno seguía libre. Clara sacudió unas hojas antes de sentarse. Elias dejó la cesta junto a sus pies y ella le hizo sitio, arrimándose al extremo donde habían compartido su primer beso.
Se sentaron cerca del agua. Elias abrió la cesta y Clara encontró pan, queso y unas manzanas. Se rio al reconocer una comida que parecía acompañarlos desde el primer té.
—Podrías haber añadido algo nuevo —dijo.
—Hay pastel debajo del paño. No lo he puesto encima porque sabía que empezarías por ahí.
—Ahora vas a tener que demostrar que no te lo estás inventando para que deje de protestar.
Elias sacó el paquete y se lo entregó. Clara lo abrió lo justo para comprobarlo y volvió a cubrirlo. Él la miró con sorpresa.
—Estoy aprendiendo a reservar lo que más me gusta —explicó ella—. Ruth diría que es una mala influencia tuya.
Comieron apoyados contra el respaldo, compartiendo el pan sin medir quién recibía la parte mayor.
Elias le contó que su padre había aceptado ir a la costa al mes siguiente.
La madre de Clara viajaría con ellos y Ruth intentaría acercarse un día, si los niños podían faltar a sus ocupaciones sin que el mundo se detuviera.
—Tu padre ha pedido que no organicemos cada hora —dijo Elias—. Quiere sentarse y mirar el agua. He estado a punto de recordarle las instrucciones que nos dio la primera vez que fuimos.
—Déjalo disfrutar de haber cambiado de opinión. A mí me costó un año salir de la tienda sin imaginar que alguien venía a comprarlo todo justo después de cerrar.
—¿Ya no lo imaginas?
—Alguna vez. Pero ahora también imagino lo que me perdería si me quedara siempre esperando.
—Bennett me ha preguntado si puedo hacerle unos tiradores distintos para un mueble —dijo Elias—. Vio la rama cuando vino a medir la estantería y quiere algo parecido, pero más sencillo. Le he dicho que primero le enseñaré un dibujo.
—¿Te apetece hacerlo?
—Mucho. He tenido que calcular las horas para no aceptarlo solo porque me hace ilusión. Pero creo que puede quedar bien. Mi padre se ha ofrecido a darme su opinión cuando venga, aunque todavía no ha visto el dibujo.
—Enséñaselo. Luego harás lo que te parezca. A mí me gusta que te pidan cosas que también disfrutas inventando. Te cambia la cara cuando hablas de ellas.
—A ti te ocurre con las clases. Ayer estabas agotada y empezaste a contarme cómo Edith había corregido una costura. Al terminar parecía que te quedaba otra tarde entera por delante.
—Me quedaba energía para hablar. Para recoger la mesa tuve que pedirte ayuda. Espero que no estés construyendo una versión demasiado favorecedora de lo que pasó.
—Recogí la mesa y me guardaste el último trozo de pan. No tengo ninguna queja que presentar.
Elias apoyó un brazo en el respaldo y Clara se acomodó contra él. Siguió con la vista una rama que llevaba el río hasta que desapareció detrás de las piedras. Él le retiró una miga de la falda. Clara lo dejó hacer y buscó su mano después, todavía apoyada en su hombro.
—Hace un año me encontraste ante una puerta que no quería abrir —dijo.
—La señora Mercer me lo ha recordado esta mañana. Cree que deberíamos celebrar que todavía funciona.
—Yo pensaba celebrar otra cosa. Que te quedaras el tiempo suficiente para conocerme, aunque al principio solo te pagara por arreglar cosas.
Elias volvió la cara hacia ella. Clara tenía una mano sobre su rodilla y lo miraba con una sonrisa que conservaba algo de aquella mujer que le había preguntado si cobraba por hacer parecer difícil un trabajo sencillo.
—Me habría quedado más aquel primer día —admitió—. No sabía qué hacer con las ganas.
—Ahora lo sabes.
Él la besó. Clara le rodeó la nuca y se acercó con la misma decisión con que había salido a buscarlo una tarde al taller. El beso terminó en una risa cuando la cesta amenazó con volcar y Elias tuvo que sujetarla sin soltarla a ella.
—También he aprendido a no poner el pastel tan cerca del borde —dijo.
Se quedaron hasta que empezó a refrescar.
De regreso, Clara le habló de un vestido que quería hacer para sí misma durante el verano.
Elias escuchó, hizo una pregunta sobre el color y prometió mirarlo cuantas veces necesitara, con o sin alfileres.
Ella lo empujó suavemente con el hombro y siguieron caminando del brazo.
Al llegar a casa, él abrió la puerta mientras Clara sostenía la cesta. La dejó entrar primero y luego se detuvo para recoger del escalón una hoja que el viento había arrastrado. Desde dentro llegó la voz de su mujer, preguntándole si quería té antes de cenar.
Elias cerró la puerta y fue a buscarla a la cocina. Clara estaba junto a la ventana, con el chal todavía sobre los hombros. Él lo apartó para abrazarla y ella se volvió entre sus brazos, sonriendo antes del beso.
El agua aún no estaba al fuego. Podía esperar unos minutos.
Fin.