La pregunta que faltaba
La madre de Clara recibió a Elias con las manos todavía húmedas de haber lavado una fuente. Se las secó en el delantal, lo miró a la cara y, antes de que él terminara de agradecerle la invitación, preguntó si el viaje había sido cómodo.
Clara reconoció el esfuerzo detrás de aquella cortesía.
Su madre había preparado la casa durante días y ahora intentaba no parecer una mujer que llevaba semanas esperando examinar al hombre al que su hija había mencionado en tantas cartas.
Elias respondió con sencillez, entregó las flores que habían comprado al llegar y preguntó dónde debía dejar el equipaje.
—En el recibidor, por ahora —dijo ella—. Clara sabe dónde puede llevarlo después. He puesto agua a calentar. Supongo que querrán lavarse antes de comer.
—Yo quiero abrazarte primero —dijo Clara, apartando el bolso.
Su madre se dejó abrazar con una risa breve, aliviada de tener algo que hacer que conocía bien.
Cuando se separaron, Elias seguía junto a la puerta, sosteniendo las flores mientras esperaba un jarrón.
Clara tuvo ganas de besarlo allí mismo por la paciencia con que sostenía aquella pequeña incomodidad.
La madre de Clara le sirvió más agua a Elias mientras él hablaba del taller. Al mencionar las clases se volvió hacia Clara para preguntarle si Edith había terminado ya la falda. Ella respondió y su madre dejó la jarra en el centro de la mesa, esperando a que le contara más.
—¿Tienes ya más alumnas? —preguntó la señora Hart.
—Una empezará después del verano. No quiero aceptar demasiadas hasta saber cuánto tiempo puedo dedicarles. Edith está terminando su primera falda y ayer encontró sola un error que yo no había señalado.
—Tu padre habría querido verla. Le gustaba que explicaras cómo hacías las cosas, aunque luego no recordara la mitad.
Clara sonrió. Elias dejó que hablaran de él sin apresurarse a llenar la pausa que siguió.
Más tarde preguntó por una fotografía de la chimenea.
La señora Hart se levantó para enseñársela, y acabaron hablando de un jardín que su padre había intentado cultivar con menos éxito del que anunciaba al empezar cada primavera.
Después de comer apareció el pestillo del patio.
Clara protestó cuando su madre lo mencionó, pero Elias pidió verlo.
Tardó unos minutos en descubrir que solo necesitaba ajustar una pieza.
La señora Hart insistió en que no era necesario hacerlo durante una visita; él le respondió que prefería arreglarlo antes de que alguien lo empujara hasta romper la madera.
—Te advertí de esto —dijo Clara cuando quedaron solos junto a la puerta.
—Lo sé. Pero ahora puedo decirle que me deje ayudar con algo sin que piense que estoy sentado esperando que me atiendan.
—Ya le gustabas antes del pestillo.
Elias la miró con una sonrisa que tenía algo de muchacho sorprendido por una buena nota. Clara se acercó y le besó la mejilla, aprovechando que su madre había ido a buscar otra jarra. Él le sostuvo la mano un instante antes de volver a la sala.
Aquella noche, cuando Elias salió a comprar algo que faltaba para el desayuno, la señora Hart se sentó junto a su hija. No empezó por preguntar fechas. Observó la cinta del vestido de Clara, nueva y bien elegida, y se quedó un momento pensando.
—Te veo distinta —dijo—. En tus cartas parecías ocupada. No sabía si eso significaba que estabas contenta o que no tenías tiempo de averiguarlo.
—Estoy contenta. Hay días difíciles, pero me gusta la vida que estoy haciendo allí.
—Y lo quieres.
Clara asintió y alisó un pliegue de la falda. Su madre le acercó la mano, pero dejó que ella encontrara las palabras para lo que aún no le había contado.
—Hemos hablado de vivir juntos —añadió—. En mi casa. Elias conservará la vivienda del taller para su padre cuando venga y para guardar lo que necesita cerca del trabajo. Podremos cerrar cada uno su puerta al terminar el día y encontrarnos al otro lado del puente.
—¿Ya lo habéis decidido?
—Lo hemos hablado varias veces desde que se marchó su familia. Él pensaba que yo querría mudarme. Yo pensaba que le costaría dejar la casa donde había vivido siempre. Resultó que ninguno había preguntado al otro.
Su madre se rio con suavidad. Le tomó la mano y la sostuvo entre las suyas, examinándola un segundo como cuando Clara era pequeña y volvía a casa con una rozadura.
—Entonces no me corresponde decirte dónde vivir. Solo quería saber si te habías sentido libre para elegirlo.
—Me he sentido libre. También he tenido que aprender a escuchar lo que quiere él. No puedo pedirle que pregunte todo y luego dar por hecho que a mí me basta con decidir.
La señora Hart la abrazó. Clara permaneció allí más tiempo del que había previsto, con la cara junto al hombro de su madre.
Al oír la llave de Elias en la puerta —se la habían prestado para que no tuviera que llamar—, se apartaron sonriendo, y ninguna intentó fingir que no habían estado hablando de él.
El regreso a Willow Creek, dos días después, tuvo una tranquilidad distinta de los anteriores.
Elias llevaba algo en el bolsillo de la chaqueta.
Clara lo había visto palparse la tela al levantarse del asiento, pero no preguntó.
Durante el viaje le contó que su madre quería pasar unos días con ellos en otoño.
Él respondió que prepararían la habitación con tiempo.
—No intentes arreglarle toda la casa antes —dijo Clara—. Ya ha decidido que eres competente. Si sigues, acabará inventando averías para que vayamos más a menudo.
—No me molestará volver. Me ha gustado conocerla.
—A ella también. Me preguntó si estabas siempre tan tranquilo.
—Espero que no hayas dicho que sí. Podría sentirse engañada cuando me vea buscar una herramienta que alguien ha cambiado de sitio.
Clara le apoyó la cabeza en el hombro un rato. No hablaron de bodas en el tren. Habían dejado de evitar el asunto del futuro, pero todavía quedaba una pregunta que Elias parecía llevar consigo en cada pausa. Ella la deseaba sin querer arrancársela antes de que estuviera preparado para decirla.
Llegaron a la tienda a media tarde. Clara abrió los postigos y dejó que la casa se llenara de aire.
Elias llevó el equipaje arriba. Cuando bajó, ella estaba junto a la mesa nueva, pasando la mano por la madera que Bennett había recuperado del antiguo mostrador.
Las marcas pequeñas seguían allí, suaves después del lijado.
—Aquí caben dos alumnas sin darse con los codos —dijo—. Si pongo la caja de agujas en el centro, tendré que asegurarme de que ninguna se lleva las tijeras equivocadas.
—Podemos marcar los mangos con un color distinto.
—Puedes recordármelo en septiembre. Hoy quiero dejar de pensar en cosas que necesitan una solución.
Elias se acercó. Clara levantó la vista y encontró en su expresión una seriedad que le cambió el pulso antes de que él hablara. No tenía aspecto de haber recibido una mala noticia. Parecía un hombre que había llegado al final de todas las maneras de aplazar algo que deseaba.
—Hay una cosa que no quiero seguir dejando para otro día —dijo—. ¿Podemos sentarnos?
Clara tomó su mano y lo llevó hasta la sala. Se sentaron juntos, con las rodillas casi tocándose. Elias sacó la caja del bolsillo, pero la dejó cerrada sobre la palma mientras la miraba.
—He pensado en pedírtelo en el molino. También en la costa, aunque todavía no hayamos ido. Luego me he dado cuenta de que lo que más deseo contigo ocurre aquí, los días en que llego y te encuentro guardando la labor.
Clara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No se apresuró a limpiarlas. Elias le acarició una mano con el pulgar y continuó, buscando las palabras sin apartar la vista.
—Quiero casarme contigo. Vivir en esta casa, si sigue siendo lo que quieres. Aprender dónde dejas las cosas y acostumbrarme a que algunas noches estés demasiado cansada para hablar. Quiero poder volver de trabajar sabiendo que compartimos algo más que una cena.
Abrió la caja. El anillo era sencillo, con un brillo cálido que la luz de la ventana alcanzó al moverse. Clara lo miró apenas antes de volver a sus ojos. Llevaba semanas imaginando una vida con él y, aun así, la pregunta la encontró sin una respuesta preparada.
—Sí —dijo—. Quiero casarme contigo, Elias. Y quiero que traigas los libros aunque tengamos que mover todas las sábanas del rellano.
Él soltó una risa que se le quebró un poco al abrazarla. Clara le rodeó el cuello y se dejó estrechar, sintiendo la respiración de ambos volver despacio a un ritmo reconocible. Se besaron antes de que Elias recordara que todavía tenía la caja abierta en una mano.
—Voy a perderlo antes de que puedas ponértelo —murmuró.
Clara le ofreció la mano. El anillo entró con una ligera resistencia y quedó en su sitio. Ella lo observó un instante, sorprendida por lo mucho que cambiaba un gesto tan pequeño. Después lo besó otra vez, sin esperar a encontrar una frase que pudiera explicarlo.
Cuando se separaron, Elias apoyó la frente en la suya. Clara le acarició el cabello y le preguntó cuánto tiempo llevaba la caja en el bolsillo.
—Lo compré en Bath, cuando salí por las cosas del desayuno. Pensaba pedirte que nos casáramos al terminar la cena, pero tu madre me hizo hablar del jardín durante media tarde. Al final preferí esperar a que estuviéramos aquí.
—Me alegra que no hayas seguido esperando. Habría terminado preguntándotelo yo, y seguramente lo habría hecho mientras buscabas el azúcar.
Elias sonrió. Se quedaron juntos en el sofá, hablando de cosas que de pronto podían decir con más precisión.
Querían una boda pequeña. Septiembre les permitiría preparar la casa sin apresurarse y dar tiempo a que las familias organizaran el viaje.
Clara no quería cerrar la tienda durante semanas; Elias tampoco quería convertir la celebración en un segundo trabajo.
—Quiero a mi madre —dijo ella—. A tu padre y a Ruth. A quienes nos han acompañado aquí. No necesito que venga todo el mundo por miedo a dejar a alguien fuera.
—Bell intentará organizar las mesas si se entera de que vamos a comer juntos después.
—Entonces le preguntaremos si quiere ayudarnos, pero antes decidiremos cuántas mesas hay. No pienso empezar nuestro matrimonio negociando un mantel que no necesitamos.
—Hay otra cosa que quiero decirte antes de que empecemos a mover muebles —añadió Clara—. No quiero que te sientas de visita en una casa donde todo lo he elegido yo. Si algo te incomoda, tendremos que cambiarlo, aunque lleve aquí desde los tiempos de mi tía.
—Me gustaría traer la mesa pequeña de mi cocina. No para sustituir la tuya. Podríamos ponerla junto a la ventana del cuarto de arriba, donde quieres guardar los libros.
—La que usaba tu madre. Me gusta esa mesa. Podrías leer allí mientras yo preparo las clases, si consigo no hablarte cada vez que se me ocurra una idea.
—No me molestará que me hables. También quiero un sitio donde dejar las botas sin que tengas que apartarlas al abrir. Mi padre dice que llevo toda la vida convencido de que el suelo termina donde yo las pongo.
—Lo tendrá, siempre que no sea el último peldaño de la escalera. No quiero romperme el cuello antes de aprender a decir que vivo contigo sin quedarme sonriendo.
—¿Te ocurre eso?
—Desde que has abierto la caja. Estoy intentando hablar de mesas y solo consigo pensar en que vas a estar aquí cuando baje por la mañana. Te advierto que algunos días voy a abrazarte antes de recordar que tengo prisa.
—Podré soportarlo. Aunque quizá tarde un poco en recordarte la hora.
Clara se acercó para besarlo y dejó que la conversación esperara hasta que pudiera volver a mirarlo sin reírse.
Elias se rio y la besó en la sien. Clara miró otra vez el anillo. Sabía que seguirían teniendo días difíciles, que habría cuentas y mañanas en que ninguno quisiera levantarse. Aquella certeza no le quitaba alegría. Le permitía imaginar algo que podía durar más que una tarde perfecta.
Más tarde cruzaron el puente para recoger algunas cosas del taller. No hacía falta llevar nada todavía, pero Elias quiso enseñarle qué libros deseaba trasladar primero. Clara se detuvo ante la puerta de la casa y le tomó la mano.
—No tienes que vaciarla de golpe. También ha sido tu hogar. Podemos hacer sitio en la mía sin fingir que esta no te importa.
Elias abrió la puerta y la sostuvo mientras Clara entraba. La habitación pequeña seguía preparada para la próxima visita de su padre. En la repisa, el pájaro torcido asomaba entre dos libros; Clara se acercó a mirarlo.
—Ese también viene —dijo ella—. Ya le he encontrado sitio.
Elias lo recogió y se lo entregó. Clara salió con el pájaro entre las manos y el anillo brillando en el dedo, mientras él cerraba la puerta y volvía a cruzar el puente con ella.
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