El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Una mesa para todos
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Una mesa para todos

Ruth se bajó del carruaje a comienzos de julio, miró a Elias de arriba abajo y le entregó el bolso antes de abrazarlo. Sus hijos descendieron detrás, discutiendo por quién había visto primero la herrería. El padre esperó a que el mozo colocara el equipaje y luego señaló la parte alta del edificio.

—Has cambiado una teja de sitio.

—También me alegro de verte —respondió Elias.

Ruth soltó una carcajada y los niños dejaron de discutir para mirar al abuelo. El hombre intentó mantener la seriedad durante unos segundos antes de abrazar a su hijo. Elias notó que estaba más delgado que la última vez. Lo sostuvo un momento más, sin comentarlo, y tomó su maleta.

Clara los esperaba en la casa, con comida preparada y un mantel que había conseguido sacar de su propio armario sin convertirlo en una decisión comercial.

Durante junio la tienda había adquirido un ritmo más estable.

Edith ya conseguía avanzar sin ayuda constante y otra joven empezaría las clases después del verano.

Elias veía a Clara menos agotada al cerrar, aunque seguía encontrándole hilos en la manga a cualquier hora.

Al entrar, Ruth fue directamente hacia ella.

—Tenía ganas de conocerte. Mi hermano me ha escrito más sobre tu tienda en dos meses que sobre su casa en los últimos dos años. He acabado sabiendo dónde van las baldas sin haberlas visto nunca.

—Espero que haya descrito también alguna cosa interesante. Las baldas nos dieron bastante conversación al principio, pero ya no suelo hablar de ellas durante la comida.

—No te preocupes. También ha hablado de ti. Las baldas eran la parte en la que intentaba parecer discreto.

Elias dejó las maletas junto a la pared y recibió de Clara una mirada divertida que prometía preguntas para cuando estuvieran solos.

Su padre se presentó con más ceremonia, agradeció la invitación y preguntó si molestaría lavarse antes de sentarse.

Clara le enseñó dónde podía hacerlo y dejó que los niños escogieran sitio.

La comida empezó con platos que pasaban de mano en mano y una discusión breve sobre quién había tomado la rebanada más grande.

Elias vio a Clara escuchar una historia del menor mientras servía agua al abuelo.

No parecía empeñada en demostrar que podía ocuparse de todos.

Cuando necesitó que alguien llevara una fuente, lo pidió.

Él se levantó y Ruth siguió hablando sin interrumpirla.

—Mi hermano hacía eso de pequeño —dijo la mujer, señalando al niño que guardaba un trozo de pan junto al plato—. Reservaba lo que más le gustaba y luego protestaba si alguien pensaba que no lo quería.

—Porque tú te lo comías —replicó Elias.

—Si dejabas un pastel sin tocar durante media tarde, alguien tenía que tomar una decisión. No podías esperar que el resto viviéramos pendientes de tus reservas.

Clara se rio. El padre añadió una historia sobre Elias escondiendo herramientas para que Ruth no las utilizara en un juego.

Su hermana explicó que las había devuelto todas, salvo una que todavía aparecía cada cierto tiempo en los reproches familiares.

Elias fingió resignación, pero disfrutaba viendo cómo Clara reunía aquellas versiones de él que no podía contarle por sí mismo.

Después de comer, los niños quisieron ver el taller. Elias los llevó con la advertencia de que nadie tocaría nada sin preguntar. Su padre lo siguió y Ruth se quedó ayudando a Clara a recoger. Desde el patio, Elias oyó sus voces a través de la ventana, mezcladas con el agua de la pila.

El menor se detuvo ante el yunque.

—¿Puedo golpear algo?

—Cuando sea mayor y yo te enseñe. Hoy puedes mirar cómo se hace un clavo. Tendrás que quedarte detrás de esa línea, junto a tu abuelo.

—Mamá dice que de pequeño tú tocabas cosas aunque te dijeran que no.

—Tu madre está aquí para contar demasiadas historias. Por eso sé cuáles son las cosas que no debes tocar.

El abuelo recibió aquella respuesta con una risa y colocó una mano sobre el hombro del niño.

Elias hizo una demostración breve, explicando cada paso sin encender más fuego del necesario.

Los muchachos observaron con una atención que duró hasta que uno descubrió la caja de piezas descartadas y quiso saber si podía llevarse algo.

Al regresar a la cocina encontraron a Clara y Ruth sentadas a la mesa, ya despejada. Había una expresión de entendimiento entre ellas que Elias miró con una sospecha afectuosa.

—No sé si quiero preguntar de qué habéis hablado.

—De cuánto tiempo tardas en admitir que tienes hambre —dijo Ruth—. Clara cree que estoy exagerando. Confío en que cambie de opinión antes de que me vaya.

—Creo que las dos conocemos esa costumbre —respondió Clara—. Solo diferimos en el momento en que merece la pena ofrecerle un plato para que deje de fingir.

Elias apoyó una mano en el respaldo de la silla de Clara. Ella levantó la vista y le sonrió con una familiaridad que hizo callar a Ruth durante un instante. Su hermana miró después hacia el padre, pero no añadió ninguna observación que obligara a los dos a separarse.

Por la tarde pasearon hasta la tienda. Clara enseñó a los niños una caja de botones grandes que podían ordenar por colores.

Ruth examinó el vestido de una clienta y preguntó por las clases.

El padre de Elias se quedó mirando el soporte de hierro, reconociendo el trabajo de su hijo antes de encontrar la rama sobre el mostrador.

—¿Esto también lo has hecho tú?

Elias se acercó. Clara dejó a Ruth con el cuaderno de muestras y volvió hacia ellos.

—Fue un regalo —dijo—. Me sujeta los patrones cuando abro la ventana. Aunque lo pondría aquí igualmente si no sujetara nada.

El padre tomó la pieza con permiso y la giró entre los dedos. Elias esperó una observación sobre el tiempo que habría necesitado para pulirla. En cambio, el hombre siguió la curva de una hoja y sonrió apenas.

—Tu madre habría querido una para su mesa. Se habría pasado el día moviéndola de sitio para que todo el mundo la viera.

Clara se acercó al mostrador mientras el padre de Elias devolvía la rama a su sitio. Elias mantuvo la mano sobre una de las hojas hasta que el hombre preguntó por las cortinas del salón. Entonces se apartó para que Clara pudiera enseñarle una muestra de la tela.

Aquella noche Ruth llevó a los niños a la posada. El padre se acostó temprano, cansado del viaje, y Elias acompañó a Clara hasta su casa. Caminaron más despacio de lo necesario, disfrutando del aire menos caliente que entraba desde el río.

—Tu hermana me ha gustado mucho —dijo Clara—. Creo que ha decidido no hacerme ninguna pregunta difícil hasta mañana.

—Eso significa que le has gustado. Cuando no está segura de alguien, pregunta todo el primer día.

—Ha querido saber si me gusta vivir aquí. No si pienso quedarme. Me ha parecido amable elegir la primera pregunta.

Elias asintió. Ruth no había pronunciado el nombre de Anne en toda la comida; le había preguntado a Clara por las clases y, después, por el pastel. Recordó cómo ambas se habían quedado hablando al levantar la mesa y le apretó el brazo a Clara.

—Mi padre también estaba contento —dijo—. Había olvidado lo que ocupa una mesa cuando todos hablan a la vez.

—Yo estaba preocupada por la comida. Luego el pequeño me explicó durante diez minutos cómo se había caído de un árbol y dejó de importarme que la salsa estuviera espesa.

—No tienes que invitarles todos los días. Ruth querrá salir por su cuenta y mi padre ya ha anunciado que irá a ver a Bennett.

—Quiero cenar con vosotros mañana. El miércoles tengo libre por la tarde y podríamos ir hasta el molino con los niños. Lo demás lo iremos viendo. No pienso competir con tu hermana por quién consigue alimentarte más veces.

—Mi madre ha vuelto a escribir —añadió Clara—. Dice que podría recibirnos a finales de mes. Esta vez no pregunta por tus intenciones; me pregunta si comes de todo. Creo que está preparándose para juzgarte por lo que dejes en el plato.

—Podemos ir. El último sábado tengo pocas entregas. Puedo adelantarlas y cerrar hasta el lunes. Me gustaría conocerla antes de que empiece a pensar que estoy evitando el viaje.

—No lo piensa. Le conté que venían tu padre y tu hermana. Ha dicho que me alegre de tener una familia cerca, aunque sea prestada unos días.

—Ruth va a escribirte más que a mí cuando se marche. Ya me ha pedido tu dirección, como si yo pudiera impedir que la averiguara.

—Me ha preguntado si aceptaría un encargo suyo por correo. Un vestido sencillo. Le he dicho que prefiero tomarle medidas antes de que se vaya, así no podremos discutir después sobre quién escribió mal un número.

—Eso significa que te considera de confianza. No le encarga un vestido a alguien solo porque sea la mujer a la que quiere su hermano.

Clara le apretó el brazo y siguieron los últimos pasos hasta la tienda.

Elias la detuvo junto a su puerta y la besó. Clara apoyó una mano en su nuca y lo recibió sin apartarse al oír pasar a alguien al otro lado de la calle. Cuando se separaron, ella conservó los dedos en el cuello de su chaqueta.

—Me alegra que hayas querido presentármelos —dijo—. Hoy he entendido algunas cosas tuyas sin que tuvieras que explicarlas.

—¿Buenas o malas?

—La mayoría buenas. Sobre la costumbre de reservar el último pastel todavía no he decidido qué pienso.

Él se rio y volvió a besarla. Clara lo invitó a entrar un rato. Se sentaron en la cocina, con la ventana abierta, hablando de lo que habían oído durante la comida. Elias le contó algo más de su madre, esta vez sin que un objeto encontrado en una caja tuviera que darles permiso para recordarla.

A la mañana siguiente, su padre lo esperaba en el taller. Había dejado el bastón junto a la puerta y observaba una herramienta sobre el banco. Elias se preparó para recibir una corrección, pero el hombre se limitó a preguntarle qué trabajo tenía previsto hacer.

—Puedo quedarme aquí un rato —dijo—. No voy a decirte dónde debes poner cada cosa. Ya he visto que encuentras lo que buscas aunque yo lo hubiera guardado en otra parte.

—Puedes quedarte cuanto quieras. Si empiezas a mover herramientas, te pondré a trabajar para que recuerdes por qué estaban ahí.

El padre se sentó junto a la ventana del taller. Elias continuó con una pieza pequeña y, después de un rato, oyó la pregunta que había esperado desde el día anterior.

—¿Vas a casarte con Clara?

El martillo quedó sobre el banco. Elias se volvió hacia él, sorprendido menos por la pregunta que por lo sencilla que parecía en la voz de su padre.

—Quiero pedírselo. Todavía estamos hablando de cómo sería vivir juntos. Los dos tenemos trabajo y una casa.

—Eso parece algo que puede resolverse. No te estoy preguntando para darte prisa. Solo quería saber si lo habías pensado.

—Lo pienso a menudo. Me preocupa pedirle que cambie una vida que acaba de construir.

El padre miró hacia la puerta, donde podía verse un trozo del puente.

—Ayer la vi escuchar a Ruth hablar de los niños mientras te buscaba con los ojos. No parecía una mujer que estuviera esperando que la dejaras vivir tranquila en su tienda. Pregúntale qué quiere. Es posible que tenga alguna idea que tú todavía no has considerado.

Elias volvió hacia el banco. Sonrió, consciente de que llevaba años recomendando a sus clientes que preguntaran antes de construir algo que podía no servirles. Aquel consejo era más difícil cuando el objeto de la pregunta era su propia felicidad.

Esa tarde, al acompañar a Clara, le preguntó si podían hablar el domingo de sus casas. Ella lo miró con atención, sin fingir que no comprendía lo que había detrás.

—Podemos hablar antes —dijo—. Llevo tiempo preguntándome dónde guardarías tus libros si vinieras a vivir conmigo.

Elias la besó en mitad del puente, olvidándose por un momento de que su padre los esperaba para cenar.

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