Lo que había traído de vuelta
Clara empezó a hablar antes de que salieran del camino de la estación.
Quería contarle la prueba del vestido, el almuerzo con su madre y la manera en que la señora Vale había conseguido pedirle otro trabajo fingiendo que solo estaba haciendo una observación.
Las palabras se atropellaron hasta que Elias le ofreció agua y le recordó que el caballo no pensaba llevarlos al pueblo con ninguna prisa.
—La señora Fenton levantó los brazos delante del espejo —dijo Clara después de beber—.
Dos veces. Luego pidió que le trajeran la chaqueta para probarla encima.
Yo estaba convencida de que encontraría algo que cambiar, pero se volvió y dijo que por fin podía ponerse el vestido sin estar pensando en él.
—Eso era lo que querías conseguir.
—Llevaba meses intentándolo la última vez que trabajé para ella. Había cambiado cosas que no necesitaban cambiar porque nadie se había detenido a mirar dónde tiraba de verdad la tela.
Elias la escuchaba con una atención que Clara había echado de menos durante el viaje.
En Bath había tenido que explicar lo que hacía para que la dejaran hacerlo.
Ahora podía contar el resultado y disfrutarlo.
Se acomodó en el asiento, con el bolso sobre las rodillas, y dejó que la satisfacción le llegara entera.
—Vale me ha pedido que siga haciendo algunos trabajos desde aquí —añadió—. Solo lo que podamos acordar por carta. Nada de mandarme una caja y decidir después lo que espera encontrar al abrirla de vuelta.
—¿Quieres aceptar?
—Uno al mes, como mucho. Si el precio compensa y no me obliga a descuidar la tienda. Necesito ver cómo van las clases antes de prometer más. Me gusta haber podido decirle que tenía otras cosas que hacer sin inventarme ninguna.
Elias preguntó por los plazos y por la caja en que viajarían los vestidos. Clara le describió los embalajes del taller y acabó riéndose con él de la posibilidad de que alguien apilara encima un saco. Cuando terminó, se dio cuenta de que llevaba un buen rato sin vigilar su expresión.
—¿Y tu madre? —preguntó él después—. ¿He aprobado el examen sin presentarme?
—Has pasado la parte escrita. Le conté que querías ir con tiempo y decidió qué iba a cocinar antes de que acabara la frase. También me preguntó si te parecía bien que yo siguiera trabajando.
—Espero que le dijeras lo que piensas.
—Le dije que yo había abierto una tienda y que no estaba buscando permiso para conservarla. Después le conté que me habías ayudado a conseguir una mesa. Eso le gustó más que cualquier discurso que hubiera podido hacer sobre tus buenas intenciones.
Elias sonrió. Clara lo miró sostener las riendas, con las mangas recogidas y el rostro vuelto hacia el camino, y sintió una impaciencia alegre por llegar.
Había deseado volver a su cama, abrir las ventanas de su casa.
También había deseado aquello: estar cerca de él sin tener que resumir en una carta lo que le ocurría.
—Yo también tengo noticias —dijo Elias—. Bennett quiere enseñarte dos tableros mañana. Ruth ha confirmado que vendrán a principios de julio. Y Edith está convenciendo a media calle de que sé arreglar tijeras, así que quizá tengas que hacerme un hueco en tus clases para cobrar por afilarlas.
—No lo digas delante de ella. Encontraría la manera de organizarlo y después nos daría órdenes a los dos.
Hablaron del pueblo hasta que apareció el puente.
Clara vio su cartel y se quedó callada un instante.
La tienda tenía los postigos cerrados y una hoja seca se había detenido en el escalón.
Todo estaba como lo había dejado. Le sorprendió cuánto necesitaba verlo por sí misma, sin que aquello disminuyera nada de lo que había disfrutado fuera.
Elias descargó el baúl y esperó a que ella abriera. Clara dejó el bolso sobre el mostrador, atravesó la sala y abrió una ventana. Al volver se lo encontró en el recibidor, con las manos vacías y una expresión que la hizo ir directamente hacia él.
Lo besó antes de decir nada. Elias la recibió con un brazo alrededor de la cintura y la mano libre junto a su cara.
El ruido de la calle entraba por la ventana, pero Clara apenas lo oyó.
Había imaginado aquel beso en una habitación de Bath demasiado silenciosa, antes de dormir, y el regreso le pareció de pronto mucho más concreto.
—Esto también lo he echado de menos —dijo al separarse apenas.
—Me alegra. Estaba empezando a pensar que ibas a besar primero al mostrador.
Clara se rio y apoyó la cara en su pecho. Elias le acarició el cabello mientras ella permanecía quieta. Clara cerró los ojos. Al cabo de un rato él le quitó el sombrero y lo dejó sobre el mostrador; ella se había olvidado de que aún lo llevaba.
—Voy a lavarme y cambiarme —dijo—. Después quiero saber qué has hecho con las tardes. Espero que no hayas pasado cuatro noches trabajando hasta quedarte dormido de pie.
—He trabajado, he cenado y he despejado la habitación para mi padre. También he hecho una cosa que quiero enseñarte. Está en mi casa. Puedo ir a buscarla mientras te cambias.
—Entonces vuelve. Mi madre ha decidido alimentarnos durante varios días y necesito ayuda para descubrir qué ha puesto en cada paquete.
Cuando Elias regresó, Clara había dispuesto pan y queso junto a una fuente cubierta. Se había puesto un vestido cómodo y dejado el cabello recogido sin demasiadas horquillas. Él depositó un bulto pequeño sobre la mesa, envuelto en un paño, y se quedó de pie mientras ella lo abría.
Dentro había una rama de hierro, con unas hojas pequeñas que parecían inclinarse hacia un mismo lado.
Clara la sostuvo entre ambas manos. Pesaba lo suficiente para mantenerse firme sobre unos papeles, pero el dibujo era delicado.
Pasó un dedo por el borde, buscando sin querer una aspereza que no encontró.
—La he hecho para tu mesa —dijo Elias—. Si abres la ventana, puedes ponerla sobre los patrones. No debería enganchar nada; he revisado todos los bordes.
—¿La has hecho mientras estaba fuera?
—La empecé antes de que llegara tu carta. No sabía si acabaría gustándome. La primera hoja era demasiado gruesa y tuve que repetirla.
Clara volvió a mirarla. Recordó la flor de su madre, guardada con el pétalo roto, y la manera en que Elias había sujetado aquella pieza. Esta era distinta. Podía reconocer el cuidado y las horas, pero también una decisión que él había tomado sin esperar un encargo.
—Me gusta muchísimo. Quiero ponerla donde pueda verla mientras coso, aunque no haya viento.
—Puedes. No se estropeará por no trabajar todos los días.
Ella dejó la rama sobre una hoja del cuaderno y lo abrazó. Elias tardó apenas un instante en responder, como si todavía necesitara comprobar que aquella alegría era por algo suyo. Clara lo besó con una gratitud que no quería convertir en una obligación solemne.
—Ahora voy a tener que vigilar que nadie me la compre —dijo—. Bell es capaz de pedir otra para sujetar las cuentas del salón.
—Si la quiere, puedo darle un precio. Pero esta es tuya. No la hice pensando en cuánto podría cobrar.
Durante la cena Clara le contó que su madre todavía guardaba los lápices de su padre, aunque algunos apenas podían sujetarse.
Habían vaciado juntas un cajón buscando una cinta y terminaron sentadas en el suelo, leyendo papeles viejos.
Elias la escuchó hasta que ella le preguntó por su semana; entonces recordó la visita de Nora.
—Le pedí que te lo contara cuando volvieras —terminó—. Quería que lo oyeras de ella, pero no he sido capaz de esperar.
—Me alegra que me lo cuentes. Durante la clase me pasé media hora pensando que explicaba demasiado y otra media pensando que no explicaba nada. Edith asentía a todo.
—Entonces pídele que te lo enseñe. Es la única manera que encontré con aquel aprendiz. Podía repetir mis palabras sin saber qué hacer con el martillo.
Clara buscó la pluma antes de terminar el pan. Elias la alcanzó desde el otro lado de la mesa y se quedó sosteniendo el tintero mientras ella anotaba lo de Edith. Al devolvérselo, Clara le dio un beso en la mejilla.
Después de cenar subió a guardar el contenido del baúl.
Elias la acompañó hasta el rellano con los paquetes vacíos.
Clara se quedó en la puerta del dormitorio, mirando la cama y la silla donde había dejado un chal antes de viajar.
Había dormido cuatro noches en otra casa.
Regresar le producía una sensación de espacio recuperado que quiso compartir.
—Me ha gustado ir —dijo—. Me ha gustado ver a mi madre y hacer aquel trabajo. Y cada noche me apetecía volver aquí. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez.
Elias dejó los papeles sobre la silla del rellano. Se acercó sin apresurarse y le tomó la mano.
—He empezado a entenderlo. Pensaba en ti trabajando y me gustaba imaginarte allí. Luego venía el miedo, pero no siempre conseguía quedarse todo el rato.
—No necesitaba que desapareciera de golpe.
—Ya lo sé. Necesitabas que no decidiera por ti. He tenido tiempo de pensar en eso.
Clara lo llevó hasta la ventana del dormitorio.
Desde allí se veía parte del puente. Elias se colocó detrás, sin abrazarla todavía, y ella retrocedió el pequeño espacio que los separaba hasta apoyar la espalda contra él.
Entonces sus brazos la rodearon y Clara dejó descansar las manos sobre las suyas.
—Quiero seguir haciendo viajes y volver a ti —dijo—. También quiero hacer algunos contigo. No todos tienen que ser para trabajar.
—Mi padre llevaba años buscando una semana adecuada para ir a la costa. No quiero acabar contándote la misma historia cuando seamos mayores.
Clara giró la cabeza. Él había dicho cuando seamos mayores con una naturalidad que la dejó callada. Elias no retiró las palabras. Le besó la sien y esperó a que ella se volviera por completo.
—Tendremos que elegir un día —respondió Clara—. Y cerrar las dos puertas sin escribir una explicación entera en el cristal.
Él sonrió, pero la sonrisa se volvió seria cuando ella le puso una mano en la mejilla.
Se besaron allí, junto a la ventana, hasta que Clara dejó de pensar en las cartas que todavía tenía que responder.
Más tarde bajaron a cerrar los postigos.
Elias volvió a apagar la lámpara de la entrada y subió con ella, dejando sus botas junto al baúl recién vaciado.
El sábado, Clara abrió a la hora habitual. La rama de hierro sujetaba una hoja sobre el mostrador. Edith entró poco después para preguntar por la clase y se detuvo a mirarla.
—Es bonita. ¿La vende?
Clara siguió la dirección de sus ojos y sonrió antes de contestar.
—Esta no. Pero puedo decirle al hombre que la ha hecho que te ha gustado.
Al otro lado del puente sonó el martillo.
Clara abrió el cuaderno por la página de la clase y le pidió a Edith que le enseñara lo que había practicado durante la semana.
La muchacha sacó su labor y la extendió junto a la rama, con una confianza nueva que a Clara le dio ganas de empezar cuanto antes.
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