Los días que él eligió
La señora Vale aceptó tres jornadas de trabajo.
Clara viajaría el lunes, cosería de martes a jueves y regresaría el viernes, quedándose en casa de su madre.
Lo explicó al organizar las entregas de la tienda y escribió las fechas en el cristal con una letra que pudiera leerse desde la acera.
Elias la ayudó a llevar el baúl pequeño a la calesa que los acercaría a la estación.
No había vuelto a proponer acompañarla a Bath. El domingo habían comido juntos y hablado del viaje hasta que dejó de parecer una prueba. Aun así, al verla comprobar los billetes en el andén, Elias sintió que una parte de sí mismo esperaba una mala noticia que no había ocurrido.
Clara se volvió hacia él, guardando el bolso.
—Tengo las muestras y el patrón. Mi madre dice que ha preparado la habitación pequeña, aunque seguramente seguirá llena de cajas. Si no consigo llegar a la cama, le escribiré pidiendo un mapa.
—Puedes mover las cajas. Me has visto hacerlo en mi casa; ya tienes experiencia.
—En tu casa todavía no me has dejado abrir todos los armarios. Cuando vuelva tendré que insistir.
Elias sonrió y le acomodó la cinta del sombrero, que se había doblado junto a la mejilla. Había gente alrededor y equipajes que pasaban rozándoles las piernas. Le resultó difícil recordar que podían despedirse sin inventar otra cosa que comprobar.
—¿Quieres que venga a buscarte el viernes? —preguntó—. Si te viene mejor volver con el transportista, dímelo.
—Quiero que vengas. Llegaré a la misma estación, por la tarde. Si cambia algo, te avisaré. Y no pienso traerte una lista de reparaciones de mi madre, por mucho que insista.
—Puedes traerme una. No hace falta que lo resuelvas todo antes de volver.
Clara le tomó la mano. La sonrisa se le suavizó, y Elias supo que había entendido lo que intentaba hacer: dejar un lugar para el regreso sin exigirle que lo garantizara una vez más.
—Te escribiré cuando pueda. Pero si una tarde me quedo cosiendo hasta tarde, no quiero que interpretes el silencio como una desgracia.
—No lo haré. Tengo trabajo para llenar bastante más de cinco días. Y el jueves prometí mirar las tijeras de otra vecina; parece que Edith está recomendándome como si hubiera descubierto una profesión nueva.
—Dile a tu madre que sigo dispuesto a conocerla —añadió Elias—. Cuando decidamos una fecha, cerraré los días que hagan falta. Prefiero ir con tiempo para sentarme a su mesa y escucharla, no pasar unas horas esperando en un taller mientras tú trabajas.
—Le gustará oírlo. Y a mí me gustará poder enseñarte la ciudad sin tener un encargo pendiente. Esta vez tomaré notas de los sitios a los que quiero llevarte.
Clara se rio y lo abrazó. Elias la sostuvo el tiempo que pudieron permitirse antes de que el movimiento del andén los obligara a separarse.
Ella lo besó brevemente y subió. La vio encontrar el asiento, quitarse un guante y saludar desde la ventanilla.
Cuando el tren empezó a moverse, levantó la mano hasta perderla de vista.
Volvió al pueblo sin apresurar el caballo.
El taller lo esperaba exactamente como lo había dejado.
Trabajó hasta su hora habitual y, al cerrar, sintió el impulso de seguir un poco más para evitar entrar en la cocina vacía.
Dejó la herramienta en su sitio. No quería pasar cinco días agotándose para poder fingir que no la echaba de menos.
El martes, Bennett apareció con una tabla que Elias le había encargado para un cliente. Mientras la descargaban, el carpintero miró hacia el puente.
—La tienda está cerrada. He visto el aviso. ¿Ha ido a ver a su madre?
—También tiene un trabajo en Bath. Su antigua patrona la ha contratado unos días.
—Buena señal que sigan llamándola. A mí solo me buscan antiguos clientes cuando se ha roto algo que juraban no haber tocado.
Elias comprobó el canto de la madera. Esperaba una pregunta más personal y se alegró de no recibirla. Bennett le pidió que sujetara el otro extremo mientras retiraba una cuerda que se había enganchado.
—Quería hablarte de una mesa para su tienda —dijo Elias—. Clara necesita una superficie más grande para las clases. No voy a encargártela sin que ella decida el tamaño, pero me pidió que preguntara qué madera podríamos aprovechar.
—Tengo dos tableros buenos de un mostrador. Si no le molesta alguna marca, se pueden unir. Que venga a verlos cuando vuelva. No hace falta que compre madera nueva para que cuatro muchachas aprendan a cortar.
—Empezará con una. Las demás todavía viven en su imaginación.
—Entonces esa mesa tiene tiempo de crecer con ellas. Dile que se la enseñaré el sábado.
Después de comer, Elias escribió a Ruth confirmando la visita de julio.
Su padre ocuparía la habitación pequeña una vez que sacara las cajas.
Los niños podrían utilizar el patio, aunque tendría que mantenerlos lejos del taller cuando el fuego estuviera encendido.
Añadió que Clara quería invitarlos y se descubrió sonriendo al escribir su nombre.
Por la tarde, Wilkes le pidió una reparación para el viernes. Elias revisó lo que quedaba por hacer y ofreció el lunes.
—Me iría mejor antes —dijo el hombre—. El viernes tengo que llevar carga a Millbrook.
—Puedo dejarte una pieza provisional que aguante ese viaje, pero la reparación completa estará el lunes. El viernes por la tarde tengo un compromiso.
—Antes te encontraba aquí hasta que oscurecía.
—Antes también prometía cosas sin contar cuánto tiempo llevaban. Ahora prefiero darte una fecha que pueda cumplir.
Wilkes aceptó la pieza provisional. Elias anotó el lunes junto al encargo y, en el margen del viernes, la hora a la que debía recoger la calesa. Cerró el cuaderno antes de que se le ocurriera prometer otro trabajo para esa tarde.
El miércoles abrió la habitación pequeña.
Sacó las sillas, desenrolló la alfombra y llevó los libros a la sala.
Debajo de una caja encontró un lápiz de su padre, corto de tanto afilarlo.
Lo dejó sobre la cómoda para devolvérselo en julio.
La habitación recuperó poco a poco su forma, y con ella apareció la posibilidad de alojar a alguien sin improvisar entre montones de cosas.
Bennett pasó a dejarle una muestra de madera y lo encontró arrastrando una silla hacia el patio. Se quedó a ayudar sin preguntar primero, agarrando el respaldo por el lado que Elias no alcanzaba.
—¿Esperas visitas o has decidido vender media casa? —preguntó al dejarla junto al muro.
—Mi padre viene en julio. Quiero que pueda abrir la puerta de su habitación sin tener que mover antes una caja. Ruth traerá a los niños, pero se quedarán en la posada.
—Tu padre dirá que esa silla se arregla en una tarde. La hizo él, si no recuerdo mal.
—Ya lo sé. Por eso la he puesto aquí, donde pueda verla. Voy a arreglarla antes de que llegue, pero le dejaré alguna cosa que criticar para que no se aburra.
—Podrías afilar peor las herramientas. Se pasaría toda la semana explicándote el ángulo correcto.
—Prefiero una visita breve a tener que estropear mi trabajo para entretenerlo. Ha dicho que quiere conocer a Clara. Ruth ha sido menos discreta: quiere averiguar por qué mis cartas ya no parecen una relación de encargos.
Bennett se sacudió el polvo de las manos. Miró la habitación despejada a través de la puerta y luego volvió hacia Elias.
—Me alegra que vengan. Hace mucho que no veo a tu padre. Si necesita salir de casa, dile que tengo una mesa en el taller sobre la que todavía no me he decidido. Puede venir a darme consejos mientras tomo el té.
—Le gustará. Y quizá se quede más de lo que esperas si le haces creer que vas a seguirlos.
—Seguiré los que sirvan. A nuestra edad debería estar acostumbrado a que no todos tenemos ganas de discutir por una tabla.
—Tú discutiste conmigo media mañana por una tabla el mes pasado.
—Y al final admitiste que yo tenía razón. No veo por qué debo dejar de hacerlo cuando funciona.
Elias se rio y le ofreció una taza antes de que regresara al taller. Bennett aceptó. Bebieron de pie en el patio, hablando de la visita, hasta que el carpintero recordó otro recado y se marchó.
Al acabar fue al taller. Había empezado a dibujar una pequeña rama para Clara, algo que pudiera poner sobre los papeles cuando abriera la ventana.
No quería repetir la flor de su madre ni reparar la antigua como si aquello resolviera un asunto pendiente.
Quería hacer una pieza nueva, con una curva que le recordaba la manera en que Clara dibujaba los tallos en el margen del cuaderno.
Trabajó una hora. La primera hoja quedó demasiado gruesa y la dejó aparte. La segunda le gustó más. Al enfriarse, pasó un dedo por el borde y encontró un punto que todavía necesitaba pulir. Se permitió dejarlo para el día siguiente.
El jueves llegó una carta. Clara contaba que la señora Fenton seguía cambiando de opinión, pero que esta vez había aceptado la primera prueba con menos protestas.
Su madre le había preguntado por Elias antes de servir la cena y después había fingido que la conversación había surgido por casualidad.
Al final, Clara confirmaba el regreso del viernes y añadía que quería enseñarle una muestra que había conseguido para Edith.
Elias leyó la carta en la cocina. No había una confesión extraordinaria ni una garantía nueva. Había trabajo, una comida con su madre y ganas de volver. La dejó junto al plato y comió sin volver a comprobar las últimas líneas.
Aquella tarde entró Nora Pike con un asa metálica suelta. Mientras Elias la examinaba, la mujer le preguntó si la clase del martes siguiente seguía en pie.
—Clara vuelve mañana —respondió—. No me ha dicho que cambie nada. Edith puede preguntarle el sábado si quiere asegurarse.
—Está practicando las puntadas con una paciencia que no tiene para ninguna otra cosa. Anoche quiso enseñarme cómo debía sujetar una tela para no torcerla. Yo llevo lavando y remendando desde antes de que naciera, pero la dejé explicar.
—Mi padre todavía me enseña a sostener herramientas cuando viene. Procuro escucharlo antes de decirle que fue él quien me enseñó la primera vez.
Nora se rio. Elias ajustó el asa y le explicó qué parte no podía seguir forzando. La mujer pagó y se quedó un momento junto a la puerta, mirando la calle.
—Le ha sentado bien a este pueblo que Clara abriera la tienda. No solo por las telas. Hay muchachas que no habían pensado que pudieran aprender algo después de empezar a trabajar.
Elias le pidió a Nora que se lo contara a Clara cuando volviera. Ella prometió hacerlo y se marchó con el asa reparada. Él dejó el pago en la caja, todavía sonriendo, y volvió a la hoja de hierro que estaba puliendo.
Por la noche terminó la rama. La pulió hasta que no quedara ninguna arista que pudiera enganchar un tejido. Después la envolvió en un paño y la guardó en el cajón de la sala. No tenía intención de entregársela en el andén, delante del equipaje. Quería verla abrirla cuando dispusieran de tiempo.
El viernes cerró a la hora prevista. Antes de salir encontró la carta de Clara sobre la mesa y la guardó con otras que quería conservar. No volvió a abrirla. Se cambió la camisa, recogió la calesa y llegó a la estación con antelación suficiente para no tener que apresurarse.
Mientras esperaba, pensó en lo que iba a preguntarle. Quería saber cómo había resuelto las mangas, si su madre seguía preocupada, qué había encontrado para Edith. El miedo no había desaparecido de su vida, pero aquella tarde tenía que hacerse sitio entre otras cosas.
Cuando el tren se detuvo, la vio buscarlo desde la ventanilla. Clara sonrió antes de que él levantara la mano. Bajó con el bolso al hombro y dejó que el mozo se ocupara del baúl; después caminó directamente hacia él.
—He conseguido no traerme otro vestido entero para terminar —dijo—. Mi madre, en cambio, me ha llenado el equipaje de comida. Si el baúl pesa más, no he comprado una máquina nueva.
Elias la abrazó. Clara soltó el bolso lo suficiente para rodearle la cintura y se quedó junto a él unos segundos, con la cara apoyada en su chaqueta.
—Te he echado de menos —dijo él—. Y tengo varias cosas que contarte, pero quiero escuchar las tuyas primero.
Clara alzó la cara. Tenía una marca del sombrero en la frente y los ojos cansados; al verlo sonrió y le apretó la cintura antes de recoger el bolso.
—Entonces vamos despacio. Quiero que el camino dure lo suficiente.
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