El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Una carta de Bath
76%

Una carta de Bath

La primera clase empezó con una falda torcida sobre la mesa. Edith había unido dos retales en casa para practicar y llegó dispuesta a esconderlos en el bolso si Clara encontraba aquello demasiado malo. En lugar de corregirlos inmediatamente, Clara le pidió que explicara qué había intentado hacer.

—Quería que esta parte cayera recta —dijo la muchacha—. La otra me sobraba y pensé que podía meterla en la costura. Luego la falda empezó a girarse cuando me la probé.

—Has intentado resolver con una costura lo que tenías que cambiar antes de cortar. No vamos a tirar la tela. Primero la abriremos y veremos cuánto podemos aprovechar.

—Mi tía dice que para aprender hay que estropear cosas. A mí me gustaría aprender sin que cueste tanto.

—También se puede aprender a detenerse antes de estropear más. Hoy nos ocuparemos de eso. Dame las tijeras; quiero comprobar la punta que me enseñaste.

Elias las había ajustado unos días antes y Edith las traía de vuelta, sorprendida de que cerraran mejor.

Clara le explicó dónde apoyar la tela y dejó que hiciera el primer corte.

Durante la siguiente hora tuvo que resistir varias veces el impulso de tomar la aguja y terminar por ella.

Le resultó más difícil enseñar despacio que coser rápido.

Al despedirse, Edith dejó el pago de la clase y preguntó si podía volver con la misma falda.

Clara se encontró diciendo que sí con un entusiasmo que hizo sonreír a la muchacha.

La tienda estaba vacía cuando cerró la puerta.

Sobre el mostrador, entre unas muestras llegadas de Millbrook, había una carta de Bath.

Reconoció la letra de la señora Vale antes de abrirla.

El taller necesitaba terminar un vestido para una clienta a la que Clara había atendido durante años.

La mujer había preguntado por ella, insistiendo en que nadie entendía igual cómo le molestaba una manga al levantar el brazo.

Vale proponía que regresara seis días, con alojamiento y una paga que superaba bastante lo que podía ganar en una semana normal en Willow Creek.

Clara leyó la carta sentada. Había deseado recibir aquel reconocimiento cuando todavía trabajaba allí.

Ahora llegaba envuelto en una petición urgente, después de que ella hubiera tenido que marcharse para demostrar que podía hacerlo.

No sabía si aquello le agradaba o la enfadaba. Decidió que podían ocurrir ambas cosas.

La señora Mercer la encontró con el papel en la mano al pasar a recoger unas agujas.

—No tiene cara de ser una factura. Las facturas la hacen coger el lápiz, no quedarse quieta mirando al aire.

—Es de mi antigua patrona. Quiere que vuelva unos días para terminar un encargo. Paga bien. Lo suficiente para comprar la mesa que necesito si las clases continúan.

—¿Quiere ir?

—Quiero hacer el trabajo y ver a mi madre. No quiero regresar para que me traten como si hubiera estado de vacaciones y tuvieran derecho a disponer de mí otra vez.

—Entonces habrá que decirlo antes de salir. ¿Tiene encargos que no puedan esperar?

Clara abrió el cuaderno. Había dos entregas pequeñas y una prueba que podía adelantar.

Seis jornadas en el taller eran demasiadas.

Tres, más los días de viaje, podían encajar si adelantaba las entregas; se alojaría con su madre.

Escribió esa cifra en un papel, junto a los gastos y a la cantidad que necesitaba cobrar para que valiera la pena.

Elias llegó al anochecer. Traía una pieza de madera para que Clara comprobara el tamaño de la mesa que había mencionado y una manzana que dejó junto al cuaderno.

Ella lo besó antes de contarle lo de la carta.

Le gustaba poder empezar así una conversación que, de otro modo, habría parecido una reunión entre comerciantes.

—He pensado que podría trabajar allí tres días —dijo—. Con el viaje serían cinco fuera. Seis jornadas en el taller no me convienen. Tendría que aceptar una cantidad cerrada por el trabajo y dejar claro que regreso en la fecha que acordemos.

Elias leyó la carta cuando ella se la ofreció. Clara lo observó detenerse en algunas líneas y notó el modo en que su pulgar se quedó quieto contra el borde. No era una reacción sorprendente. Eso no la hizo más fácil de ver.

—¿Crees que te dejará terminar en esas tres jornadas? —preguntó él.

—Si no respeta el plazo, me marcharé igualmente. Puedo dejar preparado lo que necesiten continuar. Conozco el vestido y sé qué parte me corresponde hacer.

—Podría acompañarte. Tendría que hablar con dos clientes y ver si puedo entregar antes lo que me han pedido.

Clara se sentó en la silla del mostrador. Había querido que se conocieran su madre y Elias, y esa posibilidad seguía gustándole. Pero la rapidez con que él había ofrecido cambiar su semana la obligó a mirarlo con más cuidado.

—Me gustaría viajar contigo otro día. Esta vez voy a trabajar. Pasaría muchas horas en el taller y tú estarías esperando a que terminara.

—Podría buscar algo que hacer.

—Lo sé. Lo que quiero preguntarte es si de verdad te apetece ir o si te preocupa que vaya sola.

Elias dobló la carta por el pliegue que ya tenía. Clara dejó que buscara la respuesta. Se oían pasos en la calle y, al fondo, el goteo de un grifo que tendría que cerrar mejor. La casa no parecía distinta, pero ella sentía la atención concentrada en el papel entre las manos de él.

—Me preocupa —admitió—. No que viajes sola. Me preocupa que vuelvas a un sitio donde ya tenías una vida y descubras que aquí hay menos de lo que pensabas.

Clara apartó la manzana para hacer sitio en el mostrador y volvió hacia él. Había pasado la tarde calculando qué parte del trabajo podía aceptar y cuándo vería a su madre. La carta seguía en la mano de Elias; extendió la suya para recuperarla.

—He abierto una tienda aquí, Elias. Anoche estaba midiendo dónde pondría la mesa nueva. Quiero vivir en esta casa y estar contigo; eso no cambia porque una mujer me contrate tres jornadas.

—Lo sé cuando lo dices así.

—Quiero ir a trabajar y a ver a mi madre. Si antes de salir tengo que convencerte de que voy a volver, pasaré el viaje ensayando lo que debo decirte al llegar. No quiero eso para ninguno de los dos.

Elias puso la carta entre ambos y se pasó una mano por la barba. Clara la dobló, deshizo el pliegue y volvió a dejarla abierta. El silencio se alargó hasta que él se sentó en la silla que quedaba libre.

—He ofrecido ir antes de pensarlo. No iba a estar paseando por Bath: habría contado las horas hasta que salieras del taller. —Elias se frotó las manos—. Me avergüenza admitirlo, pero es lo que habría hecho.

Clara soltó la carta. Le habría resultado más fácil responder a una excusa que a aquella confesión. Miró la pieza de madera que había traído Elias; había pensado que pasarían la tarde hablando del tamaño de una mesa. Ahora apenas recordaba lo que quería decirle.

—Me gusta trabajar. Me ha gustado descubrir que Edith entendía una explicación mía esta tarde. También me gusta que una clienta de Bath pregunte por mí. Necesito poder contártelo con alegría, Elias.

—Tienes razón. Te he preguntado por lo que podía salir mal antes de decirte que me alegra que sepan lo que vales.

—Pregúntame lo que quieras, pero escucha también lo bueno. Quería cenar contigo y contártelo. Incluso he pensado en lo que llevaría a mi madre. Le gustan los bollos de Mercer y seguramente protestaría porque me he gastado el dinero antes de cobrar.

Clara recogió la carta y lo llevó a la mesa de la cocina, donde había dejado el cuaderno de encargos.

Se sentaron frente a frente. Hablaron de los días concretos, de cómo podía adelantar la prueba pendiente y de la carta que todavía no había escrito a Vale.

La conversación recuperó lentamente su utilidad sin perder lo que acababan de decirse.

—No he aceptado —aclaró Clara—. Si no le sirven mis condiciones, me quedaré. No porque me lo pidas, sino porque no me compensará ir.

—¿Quieres que lea tu respuesta cuando la tengas?

—Quiero que la leas si puedes decirme qué piensas del trabajo sin intentar decidir si Bath me gustará más que Willow Creek.

Elias aceptó con una inclinación de cabeza. Clara buscó papel limpio y escribió mientras él esperaba. Le explicó a Vale qué podía hacer durante tres jornadas y fijó su remuneración, dejando fuera cualquier encargo añadido. No utilizó disculpas para justificar el plazo.

Cuando terminó, Elias leyó la carta despacio.

—Está clara. Yo añadiría cuándo necesitas la respuesta para preparar el viaje. Si tarda una semana en contestar, no debería esperar que salgas a la mañana siguiente.

Clara tomó la pluma. La observación era razonable y no traía escondida una objeción al viaje. La añadió, dobló el papel y se quedó con las manos sobre la mesa, de pronto cansada.

—No me gusta discutir contigo —dijo.

—A mí tampoco. He estado a punto de decirte que no me importaba para acabar de una vez, y mañana habría vuelto a darle vueltas. Me alegro de que no me dejaras salir de aquí con esa mentira.

Clara lo miró. Elias no solía encontrar frases tan exactas cuando hablaba de sí mismo. Le vio el esfuerzo en la mandíbula y en la manera de mantener las manos abiertas sobre las rodillas. Se levantó, rodeó la mesa y se sentó a su lado.

—Quiero poder volver y contarte lo que ha pasado. Que me preguntes por el vestido, por mi madre, por la ciudad. Eso es lo que espero de ti.

—Voy a intentarlo. Y no quiero que tengas que consolarme antes de escribir esa carta.

Clara le tomó la mano. La carta quedó doblada sobre la mesa. Él no volvió a leerla y ella tampoco la retiró. Se quedaron un rato sin hablar, hasta que Clara recordó la cena y se levantó a retirar la olla del fuego.

—Es el vestido de la señora Fenton —dijo Clara, mientras servía la cena—. La mujer de las mangas que hacía reír a mi tía. Probablemente quiera dos cambios y termine escogiendo lo que le propuse al principio.

—Recuerdo que me hablaste de ella. ¿Por qué quiere que vuelvas tú si nunca se conforma con lo primero que haces?

—Porque la escucho sin tratarla como si fuera una molestia. Tiene un hombro que no mueve igual que el otro y no quiere que se le note en la ropa. A veces pide cosas imposibles para evitar decir lo que de verdad le preocupa.

—Eso lo conozco. Hay hombres que traen una herramienta diciendo que está mal equilibrada cuando lo que ocurre es que ya no pueden levantar el mismo peso.

—Con ella tengo que encontrar una forma de que el vestido se mueva sin hacerle sentir que la estoy corrigiendo. Me gusta resolverlo. Ojalá la señora Vale hubiera entendido eso antes de que me marchara.

Durante la cena hablaron de Edith y del borde de la mesa que necesitaba Clara para que las alumnas pudieran cortar sin que la tela resbalase. Elias le contó una reparación que había salido mal y tuvo que repetir. La normalidad regresó de manera desigual, pero regresó.

Al despedirse, él la besó con una delicadeza que a Clara le dio ganas de retenerlo. No lo hizo; ambos necesitaban dormir y ella quería enviar la respuesta por la mañana. Lo acompañó hasta el umbral.

—El domingo sigue en pie —dijo—. No pienso cancelar una comida contigo porque hayamos tenido una conversación difícil.

Elias soltó una risa breve, aliviada.

—Prepararé algo. Y cuando vayas a Bath, me quedaré aquí haciendo mi trabajo. No puedo prometer que me resulte fácil, pero puedo ocuparme de eso.

Clara le acarició la cara y volvió a besarlo. Después lo vio cruzar el puente, con los hombros algo menos tensos que al llegar. Cerró la puerta y comprobó la dirección del sobre antes de guardarlo junto al bolso. Apagó la lámpara y subió a acostarse.

❦