El baile que se habían prometido
La mañana de la merienda, Elias encontró a Clara subida a un banco del salón parroquial, ajustando una cortina mientras Agnes Bell sostenía la tela desde abajo.
Había llegado con sus herramientas por si alguna mesa necesitaba un último arreglo.
Al verla, dejó la caja junto a la puerta y esperó a que terminara antes de acercarse.
—No voy a decirte que bajes —anunció—. Solo quiero saber si Bell ha encontrado algo nuevo que necesite reparar antes de que pueda marcharme a casa.
—La pata de esa silla —respondió Bell sin volverse—. Lo demás aguanta, aunque su carpintero opine que hemos metido demasiadas mesas.
—Bennett siempre cuenta el espacio que necesitará para sacar la suya primero —dijo Clara—. Dame un momento, Elias. Quiero que veas cómo corre la cortina.
La tela se deslizó sobre la barra sin atascarse.
Elias comprobó las sujeciones mientras ella bajaba del banco.
Clara había distribuido las partes nuevas de manera que el remiendo parecía una elección deliberada.
La entrada a la zona de servir quedaba disimulada, pero nadie tendría que luchar con una tela pesada llevando una fuente entre las manos.
Bell hizo la prueba dos veces. Después miró su cuaderno, buscó el sobre que llevaba en el bolsillo y se lo entregó a Clara.
—Está el resto. He descontado el mantel que no alquilamos, como acordamos. Si quiere contarlo, puedo esperar.
—Lo contaré ahora, para dejarlo terminado. También necesito que compruebe los cinco manteles de alquiler. Si mañana falta uno, tendremos que saber dónde buscarlo.
Clara contó el dinero en una mesa apartada y escribió el recibo. Bell esperó a que terminara antes de pedir otra cosa. Elias reconoció la letra firme del cartel en la firma y se quedó mirando a Clara mientras guardaba el sobre. Dentro de unas horas la vería vestida de verde.
Antes de separarse, ella lo llevó hasta la puerta.
—A las cinco estaré preparada. La señora Mercer vendrá un rato antes; así podrás ahorrarte el último botón si no lo he resuelto bien.
—Creía que habíamos quedado en que no me molestaba.
—No quería que llegaras sabiendo que ibas a trabajar. Hoy eres mi acompañante. La silla de Bell será tu última reparación hasta mañana.
Él aceptó el límite con una sonrisa. Arregló la silla, devolvió la caja al taller y se obligó a dejar quietas las herramientas el resto de la mañana.
Había trabajos que podía adelantar. Eligió no hacerlo.
Se afeitó con cuidado, limpió sus zapatos y sacó la chaqueta que reservaba para ocasiones que no recordaba haber tenido últimamente.
Cuando llegó a buscarla, Clara ya estaba en la sala.
Llevaba el cabello recogido y la cinta verde junto al cuello.
La señora Mercer colocaba una horquilla que parecía haberse resistido hasta el último momento.
Al verlo, se apartó y anunció que tendría que irse si no quería perder su sitio junto a la ventana del salón.
—No se sienten allí solo por guardar el sitio —dijo Clara—. Quiero que disfrute de la tarde.
—Voy precisamente para disfrutar de la tarde. Desde esa ventana veo llegar a todo el mundo. No necesito que ustedes me organicen otra diversión.
La mujer se marchó con una sonrisa discreta. Elias recibió el chal de Clara y esperó a que se colocara frente a él para ponérselo sobre los hombros. Ella lo miró a través del espejo de la entrada. En su expresión había una pregunta que él entendió sin necesidad de que la formulara.
—Todavía me cuesta apartar los ojos —dijo—. Haberlo visto el martes no ha servido para acostumbrarme.
Clara se volvió y le arregló una solapa. Elias la dejó hacer, disfrutando de la cercanía y de aquella atención que antes solo se había concedido a sí mismo frente a un espejo.
—Tú tampoco estás facilitándome las cosas. Si te miro demasiado esta tarde, procura no parecer sorprendido.
Salieron del brazo. El camino hasta el salón era corto, pero Elias tuvo la impresión de haberlo recorrido de otra manera durante toda su vida.
Algunas personas los saludaron; otras siguieron hablando al verlos pasar.
Él apenas notó la diferencia. Clara llevaba una mano apoyada en su manga y de vez en cuando levantaba la vista para decirle algo que solo podía oír él.
Dentro olía a pan recién cortado y a flores.
Las mesas parecían distintas cubiertas con los manteles.
Bell recibía a quienes llegaban y cobraba las entradas, con una autoridad que conseguía mantener despejado el paso sin dejar de dar la bienvenida.
Al ver a Clara señaló las cortinas hacia una mujer de Millbrook.
—Las ha hecho ella. O las ha salvado, que quizá sea más exacto. Yo habría seguido discutiendo con mi hermana hasta el mes que viene.
La mujer pidió la dirección de la tienda. Clara se la dio sin dejar que la conversación se convirtiera en una consulta sobre medidas. Elias advirtió el esfuerzo que le costó y, cuando volvieron a caminar, acercó la boca a su oído.
—Acabas de conseguir una posible clienta sin trabajar esta tarde. Deberías estar satisfecha.
—Lo estaré si consigo no pasarme el resto de la merienda calculando qué vestido quería preguntarme. Necesito un plato. Algo que me obligue a hacer otra cosa con las manos.
Él le buscó sitio y fue a por comida. Cuando regresó, la señora Wilkes había empezado a contarle a Clara que Lucy seguía llevando los volantes en una caja. La joven pasaba entre las mesas con una bandeja, procurando no mirar hacia donde se encontraban los músicos.
—Le prometí que bailaría —dijo Clara a Elias, en voz baja.
—Falta un rato para que empiecen. Cuando llegue el momento encontraremos a alguien que sostenga esa bandeja sin necesidad de llevar un vestido azul.
—Me ha escrito Ruth —dijo él mientras esperaban—. Mi padre quiere venir a comienzos de julio. Ella podrá acompañarlo con los niños unos días, si su marido consigue arreglarse sin ellos.
—¿Lo ha decidido por fin? Me alegro. ¿Se quedarán en tu casa?
—Mi padre sí. Ruth quiere habitaciones en la posada porque dice que los niños necesitan más espacio del que parece. Creo que también quiere evitar que yo me empeñe en cederles mi cama y dormir en una silla.
—Tiene motivos para sospecharlo. ¿Puedo invitarlos a comer cuando lleguen? Si me dices el día con tiempo, cerraré un rato. Me gustaría conocerlos sin estar pensando en el mostrador.
—Le gustará. Ya me ha preguntado si debe llevar algo para ti. Le he dicho que venga ella y procure no organizarte los armarios.
—Puedes decirle que me traiga historias tuyas. Las que tú no cuentas porque crees que no tienen importancia. Yo le daré de comer mientras las escucho.
Elias negó con la cabeza, sonriendo, y Clara le robó un pedazo de pan del plato.
Elias terminó cumpliendo la promesa él mismo. Al ver que los músicos preparaban sus instrumentos, se acercó a Lucy y tomó la bandeja. La muchacha miró a su madre, pero Clara ya le había ofrecido conversación y la señora Wilkes tardó en advertir el cambio.
—Yo no sabría llevar eso con una sola mano —dijo Lucy.
—Por eso estoy usando dos. Ve antes de que Bell recuerde otra cosa que pueda encargarte.
Clara lo observó repartir los últimos platos con una expresión que le calentó la cara más que cualquier elogio. Cuando dejó la bandeja, ella se levantó y le tendió la mano. Él se acercó despacio, consciente de cuántas veces había imaginado aquel momento mientras trabajaba.
—¿Me concedes este baile? —preguntó.
—Llevo semanas guardándotelo. Si tardabas mucho más, iba a tener que ir a buscarte con una reclamación por escrito.
Elias la condujo al espacio despejado. El primer giro les salió con más cuidado que en el ensayo del salón vacío. Había otras parejas cerca, sillas junto a la pared, una mesa que todavía estaban retirando. Clara levantó la vista hacia él y dejó de vigilar el suelo.
La tela verde se movía alrededor de sus piernas.
Elias conocía las horas que había dedicado a hacerla, el modo en que había calculado si podía permitírsela.
Verla allí, disfrutando de la prenda en lugar de corregirla, le produjo una alegría que tuvo que contener para no apretarla demasiado contra sí.
—Estás muy serio —dijo Clara—. Espero que no sigas contando los pasos.
—Estoy intentando recordar la tarde. Luego llegaremos a casa y me parecerá que ha terminado demasiado deprisa.
—Todavía queda mucha. Puedes empezar por bailar conmigo y dejar los recuerdos para después.
Elias dejó de vigilar sus pies. Clara giró con él, soltó una risa cuando otra pareja estuvo a punto de cruzarse en su camino y se acercó más al recuperar el paso. Él la sostuvo hasta el final de la pieza.
Al terminar la música no se soltaron enseguida. Clara le alisó una arruga de la chaqueta, demorando la separación con un gesto que él reconoció porque también lo estaba deseando. Bell empezó a llamar a quienes querían participar en una rifa. Ellos salieron un momento al patio.
El aire de mayo estaba fresco. Elias le colocó el chal y se quedó a su lado, cerca del muro iluminado por la ventana. Clara apoyó la espalda en la piedra. Dentro alguien reía con tanta fuerza que los dos se volvieron hacia el cristal antes de mirarse de nuevo.
—Te quiero —dijo ella.
Elias dejó de mover las manos. Clara lo miraba de frente, con el chal abierto y una expresión que mezclaba decisión con una timidez que no le conocía.
—Quería decírtelo sin esconderlo en otra frase —continuó—. En Millbrook te contesté hablando del vestido y de lo bien que estaba contigo. Todo era verdad. Esto también lo es.
Elias le tomó la cara entre las manos. Buscó los ojos de Clara y no consiguió contestar enseguida. Dentro alguien llamó a una pareja para el baile siguiente; ella no se volvió, esperando bajo sus manos.
—Yo también te quiero —respondió—. Me despierto pensando en lo que voy a contarte. Hay días en que eso me distrae de cosas que he hecho toda la vida sin equivocarme.
—Espero que no empieces a culparme de las bisagras torcidas.
Elias se rio y la besó. Clara se acercó hasta apoyar las manos en su pecho. El beso duró lo suficiente para que la música volviera a empezar dentro sin que ninguno se apresurara a regresar. Cuando se separaron, ella conservó los dedos sujetos a su chaqueta.
—Podemos quedarnos fuera un baile —murmuró.
—Podemos quedarnos dos, si quieres.
—Esta mañana he tenido que recordarme que no debía ponerme a trabajar —confesó Elias—. Podía haber terminado un encargo antes de venir, pero habría llegado cansado y pensando en lo que me quedaba. Quería estar aquí de verdad.
—Yo he revisado los manteles al entrar. Ni siquiera he necesitado acercarme: he visto una esquina doblada desde la puerta. Me ha costado dejarla como estaba.
—Sigue doblada. No parece haber arruinado la fiesta.
—Eso espero. Si Bell me pide mañana que explique por qué no la alisé, diré que estaba demasiado ocupada mirándote. Tendrá que decidir si lo considera una excusa aceptable.
—No quiero que tengas que justificar una tarde conmigo. Ni que te parezca que debes sacar tiempo de debajo de las piedras para verme.
—Habrá semanas malas. Me gustó que vinieras con un libro mientras yo cosía. No siempre voy a tener un vestido nuevo y una tarde libre, Elias. A veces estaré de mal humor porque me han devuelto una prenda que estaba bien hecha.
—Entonces podré sentarme cerca y esperar a que quieras hablar. También voy a tener días en los que solo me apetezca quitarme las botas y no moverme de la silla.
—En esos días te dejaré quieto. Pero hoy has prometido otro baile y pienso cobrármelo antes de que los músicos se cansen.
Él le besó los dedos antes de soltarla. Clara se acomodó el chal sin dejar de sonreír.
Permanecieron en el patio hasta que la señora Mercer salió a buscar aire y les anunció, sin mirarlos demasiado, que el violinista estaba empezando una pieza que valía la pena escuchar. Clara se rio, le dio las gracias y tomó el brazo de Elias para volver dentro.
Bailaron otra vez. Lucy pasó cerca acompañada por un muchacho al que Elias conocía del molino. La señora Wilkes los observaba con una resignación que no parecía infeliz. Cerca de la puerta, Bell contaba la recaudación junto al tesorero, moviendo los labios en silencio.
—¿Ha sido suficiente para el tejado? —preguntó Clara al pasar junto a Bell.
—Para empezar y comprar los materiales. El tesorero tiene que comprobar lo que falta por cobrar, pero no tendremos que poner cubos debajo de todas las goteras el próximo invierno.
—Me alegro. Había empezado a pensar que nos obligaría a repetirlo todo el mes que viene.
—No me dé ideas, señorita Hart. Esta noche déjeme disfrutar del dinero que tenemos. Mañana volveré a preocuparme por el que falta.
Más tarde, al recoger el chal, Clara recibió un sobre de la organizadora con las cuentas de los alquileres que debían devolverse. Lo guardó sin abrirlo. Elias la vio hacerlo y le ofreció el brazo con una sonrisa que ella entendió al instante.
—Mañana —dijo Clara—. Esta noche no pienso comprobar una sola suma.
El pueblo estaba tranquilo cuando regresaron. Se detuvieron ante la tienda, bajo el cartel que Elias había colocado unas semanas antes. Clara buscó la llave y abrió, pero en lugar de entrar se volvió hacia él.
—¿Quieres quedarte?
—Quiero. No sabía si ibas a estar demasiado cansada.
—Estoy cansada de estar de pie. De ti no.
Elias entró detrás de ella. Clara dejó el chal sobre una silla y le tomó la mano para llevarlo hacia la escalera.
Él apagó la lámpara de la entrada antes de seguirla.
Arriba, ella se volvió, le rodeó el cuello y lo besó con la alegría de no tener que despedirse.
El vestido verde quedó preparado sobre el respaldo de una silla, para otra tarde que ya no les parecía lejana.
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