El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Para que él la viera
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Para que él la viera

El martes de la última semana de mayo, la señora Mercer se arrodilló para colocar el último alfiler del bajo y anunció que Clara llevaba diez minutos intentando parecer más alta.

Clara relajó las rodillas, sorprendida de que alguien hubiera advertido una maniobra que ni ella misma sabía que estaba haciendo.

—Quédese como se queda cuando espera a una clienta —dijo la mujer—. Si lo acorto mientras se estira, luego se quejará de que le veo los zapatos.

—Me gustaría que se vieran un poco. Son los únicos que no tienen una rozadura en la punta.

—Pues los enseñará cuando camine. Un vestido no tiene que resolver todas sus preocupaciones al mismo tiempo.

Clara miró el espejo. Había elegido un corte sencillo y reducido los adornos hasta que solo quedó una cinta junto al cuello.

El verde que en Millbrook le había parecido prometedor ahora formaba parte de una imagen de sí misma que tardó en reconocer.

No necesitaba disimular una costura vieja ni mover el brazo para comprobar qué parte de la tela estaba cediendo. El vestido estaba hecho para ella.

Sobre la mesa descansaba una carta de su madre. Había llegado aquella mañana, junto a una factura. La señora Hart preguntaba por la tienda y por el hombre que había empezado a aparecer en las cartas con una frecuencia que, según decía, ni Clara ni ella podían considerar casual.

—Mi madre quiere saber si Elias tiene intención de visitarla —comentó Clara—. No me pregunta si yo tengo intención de llevárselo. Me parece una diferencia bastante deliberada.

—¿Usted quiere que la conozca?

—Quiero que se conozcan. También quiero evitar que mi madre empiece a preguntar por fechas cuando ni siquiera hemos hablado de eso.

La señora Mercer se levantó con cierta dificultad y Clara le ofreció el brazo. La mujer lo aceptó sin dejar de mirar el bajo, comprobando el resultado de su trabajo desde otra altura.

—Puede decirle que le hace ilusión presentárselo y que las preguntas esperen. Su madre podrá soportar una visita sin organizarle la vida entera.

—La conoce menos que yo.

—Conozco a las mujeres que se preocupan por alguien que vive lejos. Algunas hacemos preguntas porque no podemos abrir la puerta y comprobar por nosotras mismas que todo va bien.

Clara volvió a mirar la carta. Había leído impaciencia donde quizá también había miedo. Su madre la había despedido con consejos sobre carbón y cerraduras; apenas había mencionado cuánto la echaría de menos. Clara empezaba a comprender lo que podía ocultarse bajo una pregunta práctica.

Terminó el bajo después de comer. El martes transcurrió entre las cortinas y una clienta que necesitaba arreglar un abrigo antes del domingo.

Clara aceptó el encargo para la semana siguiente.

Le costó menos que otras veces; quería llegar a la merienda habiendo cumplido lo prometido, incluido lo que se había prometido a sí misma.

Elias llamó poco después de cerrar. Ella lo hizo esperar en la sala y subió con el vestido entre los brazos.

Mientras se abrochaba, sintió un nerviosismo que le resultó casi cómico.

Había pasado una noche con aquel hombre.

Aun así, bajar una escalera con una ropa que había escogido pensando en él parecía exigir un valor diferente.

Lo encontró de espaldas, examinando las cortinas terminadas. Al oír sus pasos se volvió. Clara llegó al último peldaño antes de que él dijera nada, y durante un segundo quiso saber si había calculado mal la caída, si el color resultaba distinto junto a la lámpara.

—Ven aquí —dijo Elias al fin.

—Eso no es una opinión. He dedicado suficientes horas a este vestido para merecer una frase completa.

Él se acercó en lugar de repetir la petición. Se detuvo a poca distancia y la miró desde el cuello hasta el bajo, con una atención que hizo que Clara olvidase la broma que estaba preparando.

—Me gustaba cuando solo era tela. Ahora voy a tener dificultades para hablar de otra cosa esta noche.

Clara sonrió. Elias le tomó las manos y ella se dejó girar despacio, enseñándole la espalda sin apartarse demasiado. Cuando volvió a mirarlo, él seguía sosteniéndola con una expresión tan abiertamente complacida que le resultó imposible conservar la compostura.

—Quería que me miraras así —admitió—. Mientras lo cosía, a ratos me decía que era una tontería gastar tanto tiempo solo para una tarde. Pero quería esto.

—Entonces tendrás que ponértelo más veces. No pienso conformarme con verlo durante una merienda llena de gente que va a interrumpirnos.

Él la besó. Clara apoyó los dedos en su chaqueta y se acercó, cuidando de no pisarse el bajo.

La mano de Elias se acomodó en su cintura con una naturalidad que le recordó el ensayo en el salón parroquial.

Se quedó allí un momento después del beso, disfrutando de haber elegido bien una tela y de que el placer excediera por mucho el acierto del corte.

—Hay un botón que no consigo cerrar sola —dijo—. El de arriba, detrás. Lo he puesto más alto de lo que debía y ahora no alcanzo sin torcerme.

Elias se colocó a su espalda. Clara apartó el cabello y esperó mientras él trabajaba con una concentración inesperada. Sus dedos rozaron apenas su nuca al recoger la presilla. Cuando terminó no se alejó enseguida; le dejó un beso suave junto al cabello y ella cerró los ojos.

—Lo cambiaré antes del sábado —murmuró.

—No me ha molestado ayudarte.

—A mí tampoco. Pero no puedo depender de que estés en casa cada vez que quiera vestirme.

Elias apoyó las manos en sus hombros. Clara se dio cuenta de lo que había dicho un instante después: en casa, como si ya compartieran una. Él debió de oírlo también. No hizo ninguna broma. La volvió hacia sí y le acarició la mejilla.

—El sábado pasaré a buscarte cuando hayas terminado de vestirte. Si ese botón sigue en su sitio, puedes esperar a que llegue.

Clara se volvió para verse la espalda en el espejo. El botón quedaba bien en su sitio. Elias pasó un dedo por el borde de la cinta y ella lo cogió de la mano para llevarlo junto a la ventana; aún no le había contado lo que decía la carta de su madre.

—Mi madre pregunta cuándo voy a llevarte a Bath —dijo—. No tienes que ir esta semana ni la siguiente. Le escribiré para preguntarle qué fechas le convienen. Pero antes quería saber si a ti te apetece.

—Me apetece. También me preocupa un poco, para ser sincero. No sé qué le has contado de mí.

—Que eres herrero. Que me has ayudado con la tienda. Que me gusta pasar las tardes contigo. Mi madre sabe reconocer lo que falta en una carta cuando lo que aparece se repite demasiado.

—¿Debería preparar alguna respuesta?

—Si te pregunta qué intenciones tienes, puedes decirle que has venido a comer. Yo estaré sentada a tu lado para impedir que convierta la sopa en un interrogatorio.

Elias se rio, aunque Clara vio que la pregunta había dejado una huella. Ella le tomó la mano antes de que el silencio pudiera volverse incómodo.

—Quiero presentártela porque te quiero en mi vida. No para que decida por nosotros cuánto debe durar cada cosa.

Él la miró. Clara oyó su propia frase al terminarla y sintió el calor subirle a la cara. Había dicho algo muy próximo a lo que llevaba días queriendo decir sin rodeos; le sorprendió que no le diera miedo haberlo dejado salir.

—La conoceré —respondió Elias—. Y procuraré no hablar del trabajo toda la comida para esconderme detrás de lo que sé explicar.

—Puedes hablar de tu trabajo. A mi madre le gustará escucharte. Pero si le dices que sabes arreglar un pestillo, te enseñará el del patio antes de que acabes el postre.

—¿Vive todavía en la misma casa donde creciste? —preguntó Elias.

—Se mudó a una más pequeña después de morir mi padre. Conservó la mesa del comedor aunque casi no cabía. Dice que una casa puede ser pequeña siempre que tenga sitio para recibir a los que vuelven.

—Entonces intentaré no ocupar demasiado con las piernas.

—Te sentará en la cabecera y fingirá que lo hace para que estés cómodo. En realidad le gusta tener enfrente a las personas a las que quiere conocer. Si te sirve de consuelo, hará las mismas preguntas aunque yo le haya respondido por carta.

—Prefiero que me las haga a mí. Quiero saber cómo eras antes de llegar aquí y sospecho que tú escoges muy bien las historias que me cuentas.

—La de las grosellas no fue una selección especialmente favorecedora. Pero le pediré que te hable de otras cosas antes de que encuentre la caja de mis dibujos.

La calle se vaciaba y el cristal empezaba a devolver el reflejo del vestido. Clara levantó un poco el bajo para apartarlo de la pata de la silla. Elias sujetó el borde hasta que terminó de acomodarse; ella dejó la mano sobre la suya en vez de recogerla.

Alguien llamó. Era Lucy, que traía una cinta para preguntar si podía coserla al sombrero antes del sábado. Al ver a Clara, se detuvo con la mano todavía sobre el picaporte.

—Ahora comprendo por qué mi madre dice que debía haber comprado el verde. No puede verme con algo nuevo sin empezar a pensar en lo que habría sido mejor.

—El azul te queda precioso —dijo Clara—. Y tu madre lo eligió contigo. Ven, veremos esa cinta. Si solo necesita unas puntadas, podrás hacerlo tú.

Elias se levantó para dejarles sitio. Clara vio cómo se apartaba hacia el fondo sin irse, aceptando aquella interrupción como parte de estar con ella.

Enseñó a Lucy dónde fijar la cinta y le prestó hilo.

La muchacha prometió devolver la bobina y miró de reojo a Elias al despedirse, con una sonrisa que intentó esconder demasiado tarde.

—El sábado mi madre querrá que sirva toda la tarde —dijo desde la puerta—. Si me ven todavía con una bandeja cuando empiece la música, les agradeceré que recuerden que también soy una invitada.

—Buscaré la forma de rescatarte sin que me quite la palabra —respondió Clara—. Quizá me dé hambre justo cuando necesites dejar la bandeja.

Cuando Lucy se marchó, Elias volvió junto a ella. Clara dejó la aguja en la caja y lo encontró observando el sombrero que la muchacha había llevado en las manos, como si todavía pudiera verlo.

—Está contenta con el vestido —dijo él—. Has conseguido algo más que venderle tela.

—Ahora espero que no se clave la aguja al coser la cinta. He dicho que podía hacerlo sola con mucha más seguridad de la que tenía a su edad.

Elias le apartó una hebra del hombro. Clara se quedó quieta bajo aquel gesto y luego le rodeó la cintura. No deseaba seguir hablando de prendas ajenas mientras llevaba puesta la que había hecho pensando en él.

—Puedes volver a mirarme —dijo—. No tengo más clientas esta noche.

Él la atrajo hacia sí con una risa baja. Clara se dejó besar hasta que el respaldo de una silla les impidió acercarse más y ambos tuvieron que moverse. La torpeza los hizo reír de nuevo. Elias apoyó la frente en la suya, todavía sonriendo.

—El sábado voy a pedirte más de un baile.

—Ya lo había contado al elegir los zapatos. Si me llevas a una esquina para hablar de presupuestos, me enfadaré.

—No tengo intención de hablar de presupuestos.

Clara se puso de puntillas para besarlo una vez más.

Después subió a cambiarse, dejando el vestido preparado en una percha donde no pudiera arrugarse.

Al bajar, Elias había puesto agua a calentar y sacado dos tazas.

Ella se detuvo en la puerta de la cocina, mirándolo hacer algo tan corriente como abrir la lata del té.

—Mi madre pregunta si estoy bien aquí —dijo.

Él alzó la vista, esperando el resto.

—Voy a decirle que sí. Que estoy bastante mejor de lo que esperaba.

Elias dejó la lata y fue a buscarla. Clara lo abrazó en el umbral, sin preocuparse por lo que pudiera hervir mientras tanto.

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