El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Las cosas que había guardado
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Las cosas que había guardado

Edith Pike llegó el jueves con las tijeras envueltas en un pañuelo.

Las dejó sobre el mostrador antes de quitarse el sombrero, como si temiera que Clara pudiera arrepentirse de recibirla si no demostraba inmediatamente que iba en serio.

Tenía los nudillos enrojecidos por el agua y una expresión resuelta que perdió fuerza cuando vio la pieza verde extendida al fondo.

—Mi tía dice que tiene mucho trabajo. Si le viene mal, puedo volver después de la merienda. No quería hacerla perder una tarde entera solo por preguntarle.

—Habíamos quedado hoy. Tengo media hora antes de una prueba y me basta para saber qué quieres aprender. ¿Esas tijeras son tuyas?

—Eran de mi abuela. Las he mandado afilar, pero una punta no cierra bien. Para cortar recto me sirven. Las curvas me salen mejor cuando dibujo primero por dónde tengo que ir.

Clara le ofreció un retal y observó cómo lo sujetaba.

Edith era diestra. La pregunta que había preparado gracias a Elias dejó de ser necesaria, aunque recordó su historia del aprendiz zurdo y tuvo que esconder una sonrisa.

La muchacha hizo dos cortes, comprobó el resultado y volvió a colocar las tijeras sobre el pañuelo.

—Mi tía cree que acabaré ganándome la vida con esto. Yo, por ahora, solo quiero no tener que pedirle que me arregle la ropa. Se acuesta tarde por mi culpa.

—Podemos empezar por tu falda. Después decidirás si quieres aprender más. Habrá cosas que te salgan enseguida y otras que tendrás que deshacer. Si te enfadas, prefiero que lo digas antes de cortar con rabia.

—¿Usted se enfada alguna vez?

—Ayer descosí una manga que había colocado del revés. Llevo años trabajando. Haberlo hecho muchas veces no me vuelve incapaz de equivocarme.

Edith volvió a mirar la tela verde y aflojó los hombros. Acordaron una tarde semanal después de la merienda. La muchacha sacó unas monedas del bolsillo para comprobar cuánto podía pagar y apuntó en un papel el material que debía traer. Guardó después las tijeras con el mango asomando del pañuelo.

Durante los días siguientes, Clara alternó las cortinas con el vestido. Elias pasó dos veces al cerrar el taller. Una noche la encontró sentada en el suelo, rodeada de tela, y se quedó en el umbral hasta que ella levantó la vista.

—Puedo volver cuando termines. No sé dónde poner los pies y sospecho que todo lo que parece suelo tiene alfileres.

—Si consigues llegar hasta la silla, podrás quedarte. Pero hoy no voy a levantarme cada cinco minutos para servirte algo. Necesito acabar esto antes de acostarme.

—He cenado. Venía a verte, no a que me sirvieras.

Clara apartó un extremo de tela con el pie.

Elias atravesó el espacio libre y se sentó, obediente, con un libro que había traído de su casa.

Ella siguió hilvanando. De vez en cuando él le leía una frase que encontraba absurda, y Clara levantaba la cabeza para discutirla.

Cuando terminó la costura, descubrió que llevaba una hora trabajando sin sentir que estuviese perdiéndose la noche.

El domingo fue a ver la caja. Elias la esperaba en la casa con las ventanas abiertas y un mantel extendido sobre la mesa para protegerla del óxido. Clara dejó el sombrero en el aparador. Todavía le gustaba reconocer el sitio donde podía poner sus cosas sin preguntar.

—He traído mi parte del trato —dijo, sacando una carpeta—. Hay un vestido con tantos lazos que casi no se ve a la mujer. Puedes reírte, siempre que después me enseñes el pájaro.

—He estado tentado de esconderlo esta mañana. Mi madre escribió mi edad debajo, así que tampoco puedo fingir que lo hice cuando era más pequeño.

Clara abrió la caja. El pájaro estaba encima, con una cola desproporcionada y la cabeza inclinada. Lo sostuvo en la palma y giró hacia la ventana. Elias permaneció a su lado, con las manos en los bolsillos, esperando el veredicto con una incomodidad que la enterneció.

—Parece que está escuchando algo —dijo ella.

—Ruth dice que parece que lo han pisado.

—Ruth no está aquí. Tiene una forma extraña, pero no me cuesta ver el pájaro. ¿Querías que se sujetara a una rama?

—A una veleta. La rama nunca quedó bien y decidí que no iba a pasar otro mes con lo mismo. Mi padre me mandó hacer bisagras, que por lo menos podía vender.

Clara dejó la figura sobre el mantel. Debajo había pruebas de piezas corrientes y una flor incompleta.

La tomó por el tallo. El hierro estaba oscurecido y uno de los pétalos terminaba en una unión rota.

Aun así, la curva del centro era delicada.

La imaginó recién hecha, sostenida por las manos de un muchacho que todavía se enfadaba con lo que no sabía conseguir.

—Esta tiene algo bonito. ¿Por qué no la terminaste?

—Se rompió al darle el último golpe. Me enfadé y la dejé allí. Después me pareció demasiado pequeña para volver a calentarla sin estropear el resto.

—¿La hiciste para alguien?

—Para mi madre. Quería regalarle una flor que no tuviera que cambiar de sitio buscando luz. Ella la encontró y se la quedó antes de que pudiera tirarla.

Clara acarició con el pulgar una parte lisa del tallo. Elias la observaba con una expresión distinta de la que había tenido ante el pájaro. Le devolvió la flor sin comentar el pétalo que faltaba; ya había visto cómo la recibía, cerrando los dedos alrededor con cuidado.

—¿Sigues haciendo cosas así? —preguntó—. Cosas que nadie necesita para cerrar una puerta o trabajar la tierra.

—A veces las dibujo. Luego hay un encargo esperando y lo dejo. No sabría a quién vendérselas.

—No te he preguntado si podrías venderlas.

Elias miró la caja y sonrió con cierta vergüenza.

Clara reconoció su propia costumbre de justificar cada hora con lo que podía ganar en ella.

Había necesitado recibir un anticipo para permitirse pensar en un vestido.

Él tenía una casa llena de herramientas y parecía necesitar permiso para dedicar una tarde a una flor.

—Supongo que me resulta más fácil terminar algo cuando alguien lo está esperando —dijo.

—Entonces hazme una cosa cuando te apetezca. No la necesito para ninguna fecha y no voy a darte un dibujo. Quiero que se te ocurra a ti.

—Eso es un encargo bastante peligroso. Podría terminar regalándote otro pájaro irreconocible.

—Lo pondría en la tienda. Las clientas pasarían un buen rato intentando decidir qué es y quizá acabarían comprando algo mientras discuten.

Elias se rio y la atrajo por la cintura. Clara dejó la carpeta sobre la mesa para pasarle los brazos por el cuello. Él todavía sujetaba la flor incompleta y tuvo que alargar una mano detrás de ella para dejarla a salvo antes de devolverle el beso.

—Me debes los lazos —murmuró.

—Puedes verlos después. Llevas varios días consiguiendo que pierda el hilo de lo que estaba haciendo y me parecía justo devolverte el favor.

Él la besó de nuevo. Clara apoyó las manos en sus hombros y sintió cómo se relajaba bajo sus dedos.

Aquel hombre podía parecer imperturbable a quien lo viera trabajar.

Ella empezaba a conocer la manera en que se quedaba callado antes de pedir algo, la breve vacilación de su mano cuando deseaba retenerla un momento más.

Al fin abrieron la carpeta. Elias encontró el vestido de los lazos y lo examinó con tanta seriedad que Clara terminó riéndose antes que él.

—No tienes que protegerme. Lo dibujé a los dieciséis años. Creía que si una mujer llevaba suficientes adornos todo el mundo la miraría.

—La mirarían. Lo que no sé es si podría sentarse sin que hubiera que atarla de nuevo al levantarse.

—Eso nunca me preocupó. Mis mujeres siempre estaban de pie y no tenían nada que hacer salvo llevar vestidos. Después empecé a coser para mujeres de verdad.

Elias pasó varias hojas. En una encontró un boceto más sencillo, con pequeñas correcciones escritas al margen.

Clara se lo señaló: había sido el primer vestido del taller cuyo corte había modificado por su cuenta.

La señora Vale aceptó el resultado, aunque le pidió que no volviera a hacerlo sin consultar.

—¿Estaba mal?

—A la clienta le sentaba mejor. Pero yo había cambiado algo que ella había decidido. Podía reconocer el resultado o darme la razón, y eligió lo primero.

—Debió de costarte seguir allí.

—Al principio me convencí de que había tenido suerte. Tardé mucho en pensar que quizá sabía hacer bien mi trabajo. Por eso me gusta que Edith pueda decirme lo que no entiende. No quiero que confunda aprender con intentar adivinar qué respuesta me complace.

Elias le rozó el brazo. Le preguntó qué falda quería hacer la muchacha.

Clara abrió una hoja en blanco y le dibujó el corte, señalando dónde tendría que empezar Edith.

Hablaron de las tijeras, del borde gastado de una hoja, y él se ofreció a mirarlas si Edith quería.

La oferta tenía una medida concreta y ella la aceptó con facilidad.

Por la tarde salieron al patio. Elias había despejado una pequeña mesa bajo la ventana.

Clara se sentó mientras él traía el té, con el cuaderno de dibujos abierto sobre las rodillas.

Encontró una hoja libre y empezó a trazar la forma de una manga distinta.

Él dejó la taza a su lado y se inclinó para mirar.

—¿Vas a cambiar el vestido otra vez?

—Estoy pensando en uno para una mujer que podría dar clases sin engancharse en todo. No es un encargo todavía. Me apetece dibujarlo.

—Entonces no te distraeré.

Clara lo sujetó por la mano antes de que se apartara.

—Puedes distraerme un poco. He venido para estar contigo, aunque se me haya ocurrido una manga en tu patio.

Elias acercó su silla. Se quedó a su lado mientras ella terminaba el dibujo, y después hablaron de la próxima merienda. Faltaba poco para entregar las cortinas. Clara le contó que todavía tenía que ajustar el cuerpo del vestido verde por la espalda; la señora Mercer la ayudaría al día siguiente.

—Me prometiste que podría verlo antes —recordó él.

—Lo verás. Pero no quiero enseñártelo con una manga puesta y otra colgando. Vas a tener que esperar a que se parezca a lo que compramos.

—Recuerdo bastante bien cómo te quedaba la tela junto a la cara.

Clara levantó la vista del cuaderno. Elias había dejado de mirar el dibujo y la observaba a ella con una calma que le hizo olvidar lo que iba a decir.

Apoyó el lápiz sobre la mesa y se acercó para besarlo.

Él le pasó una mano por la nuca, sosteniéndola cerca hasta que ella se quedó con la mejilla apoyada junto a su sien.

—Me gusta venir aquí —dijo Clara—. Incluso cuando no cocinas ni me llevas a ningún sitio.

—Puedes venir sin que yo prepare una excusa. Estoy intentando aprender a dejar de prepararlas.

La frase le salió con una sonrisa, pero Clara oyó el esfuerzo que había detrás. Lo besó otra vez antes de recoger el cuaderno. Al marcharse se llevó sus dibujos y dejó el pájaro sobre la repisa de la sala, después de preguntarle si podía sacarlo de la caja.

Elias la acompañó hasta el puente. Allí acordaron verse el martes.

Clara volvió a casa pensando en un pétalo roto que una mujer había conservado durante años.

Cuando abrió la carpeta para guardarla, encontró entre sus hojas un papel que no era suyo: un pequeño dibujo del pájaro, firmado por Elias, con una mancha de té en una esquina.

Debajo había escrito: «Para que puedas presumir de haberlo reconocido».

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