El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) El color de aquella tarde #2
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El color de aquella tarde #2

Salieron de la posada cuando empezaba a cerrarse el mercado. Elias recogió el caballo y acomodó los paquetes. Clara se quedó mirando un puesto donde una mujer reunía los últimos ramos en un cubo. La vio fijarse en unas flores pálidas y llamó antes de que volviera a la calesa.

—¿Esas te gustan?

—Me recuerdan al jardín de mi tía. No había visto que quedaban flores en el puesto.

Elias compró un ramo pequeño antes de que terminara de contestar. Clara recibió el ramo entre las dos manos, lo apoyó en el brazo y se quitó el guante para tocar una de las flores. Elias esperó a que volviera a mirarlo; todavía llevaba las monedas del cambio en la mano.

—No tenía pensado comprarte tela —dijo—. Sabía que querías elegirla y pagarla tú. Pero me apetecía regalarte algo esta tarde.

—Las flores sí puedes regalármelas, Elias. No voy a discutir cada cosa bonita que quieras hacer por mí.

Le dio un beso en la mejilla antes de subir. Él sintió el contacto durante varios segundos, incluso después de ocupar su sitio y tomar las riendas. Clara sostuvo el ramo sobre las rodillas, protegiéndolo del viento con una mano. Las flores se movían contra la tela oscura de su falda.

En el camino de vuelta el caballo llevaba mejor paso. Elias tuvo la impresión de que conocía perfectamente la diferencia entre alejarse de su establo y volver a él. Al llegar a una bifurcación, Clara señaló el sendero que bordeaba unos prados.

—¿Ese también lleva al pueblo?

—Da una vuelta más larga. Sale cerca del molino.

—No tengo prisa por llegar. Si tú tampoco la tienes, podríamos ir por ahí.

Elias giró las riendas. El camino estaba seco y avanzaron despacio, con el sol bajo detrás de los setos.

Clara se sentó un poco más cerca, lo suficiente para que sus hombros se tocaran en los baches.

Él dejó de calcular cuánto tardarían en devolver la calesa.

Foster no la necesitaba hasta el día siguiente.

En una zona ancha junto al prado detuvo el caballo. Había un lugar donde amarrarlo sin estorbar el paso y agua cerca. Clara le entregó el ramo antes de bajar; él lo dejó a salvo en el asiento y le ofreció la mano. Ella descendió, pero no se apartó cuando sus pies tocaron el suelo.

—He esperado toda la comida para hacer esto —dijo, poniéndole una mano en la mejilla.

Elias se inclinó hacia ella. El beso tuvo la alegría contenida de las cosas que se han aplazado por una razón pequeña. Clara se aferró a su chaqueta y él la acercó, olvidando el caballo hasta que un movimiento de las riendas los hizo reír. Lo amarró y volvió enseguida a su lado.

Caminaron unos pasos junto al seto. Clara seguía sujetándole la mano. Tenía las mejillas encendidas por el aire y el sombrero algo torcido, y Elias pensó que había pasado horas mirando una tela verde cuando lo que quería era poder mirarla a ella sin preocuparse por el momento de despedirse.

—Has estado más callado desde la posada —dijo Clara—. No creo haberte ofendido al pedirte que me enseñes el pájaro, pero puedo retirar mi interés si es necesario.

—No tiene que ver con el pájaro.

Elias se detuvo junto al seto. Podía seguir hasta el pueblo sin decir nada; después habría una calesa que devolver y se iría solo a casa. Miró la mano de Clara en la suya y volvió hacia ella.

—Me estoy enamorando de ti —dijo—. Llevo varios días intentando encontrar una manera de decirlo que no te haga pensar que espero una decisión inmediata. Al final solo consigo quedarme callado.

Clara no respondió enseguida. Elias sintió el miedo después de hablar, cuando ya no podía recoger la frase y volver a guardarla donde había estado todo el día. Ella se volvió hacia él sin soltarle la mano.

—Esta mañana he elegido un color pensando en cómo me mirarías cuando me vieras con el vestido —dijo—.

Y mientras comíamos, quería que terminara la comida para besarte, pero también que durara más para seguir escuchándote.

No sé hacerlo con mucha prudencia, Elias.

Creo que voy bastante por delante de lo que había planeado.

Elias le acarició la cara. Clara le besó la palma y dio un paso hasta quedar abrazada a él. Se le había torcido el sombrero; Elias lo sostuvo por el ala, riéndose apenas, mientras ella le apretaba la chaqueta contra la espalda.

—No tienes que decidir nada esta tarde —murmuró.

Clara se apartó apenas, lo suficiente para mirarlo.

—Pues escucha lo que sí puedo decirte esta tarde. He querido venir contigo y alargar el camino. Quiero volver a hacerlo. Me da un poco de miedo decirte cuánto, pero si tú te has atrevido, no voy a dejarte hablando solo.

Elias la besó. Ella lo recibió con las manos en su cuello y se quedó cerca cuando él apoyó la frente en la suya. Permanecieron así hasta que el caballo resopló detrás de ellos, reclamando una vuelta al mundo que Clara aceptó con una risa algo temblorosa.

Al llegar a la tienda todavía quedaba claridad. Elias llevó el paquete de tela a la sala mientras ella buscaba agua para las flores. Clara había encontrado un lugar para casi todo desde que llegó a Willow Creek; aquella tarde dejó el ramo en medio de la mesa y movió sus cosas alrededor.

Él se quedó junto a la puerta, sabiendo que debía devolver la calesa. Clara volvió hacia él y le desabrochó el botón de la chaqueta que había quedado torcido al abrazarse. El gesto le recordó lo cerca que podía estar una persona sin decir nada.

—El domingo quiero ver esa caja —dijo—. Y antes de la merienda te enseñaré el vestido. No voy a esconderlo hasta el último momento para hacer una entrada solemne.

—Me gustará verlo aunque todavía tenga alfileres.

—Entonces tendrás que tener cuidado al acercarte.

Elias le tomó la mano y la besó, sonriendo. Salió con la promesa de volver después de llevar el caballo. Clara permaneció en el umbral hasta que arrancó la calesa. Cuando él volvió la cabeza, ella seguía allí, con una mano levantada y el ramo visible sobre la mesa, detrás de su hombro.

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