El color de aquella tarde
Elias había pedido a Foster una calesa y había recibido, junto con las riendas, instrucciones sobre un caballo que consideraba innecesario apresurarse.
A las doce y media del miércoles estaba ante la tienda de Clara, esperando que el animal dejara de interesarse por un manojo de hierba junto al muro.
Ella salió con el bolso, cerró la puerta y se volvió hacia él con una sonrisa que hizo que toda la negociación con Foster pareciera un esfuerzo insignificante.
—¿Nos lleva a Millbrook o espera que le demos de comer primero?
—Foster asegura que se mueve mejor cuando comprende que vamos en serio. Todavía no he descubierto cómo explicárselo.
—Quizá no le gusta que hables de él delante de desconocidos. Yo me pondría difícil si me presentaran así.
Elias bajó para ayudarla a subir. Clara apoyó la mano en la suya y se acomodó en el asiento, cuidando de no enganchar la falda. Cuando él volvió a ocupar su sitio, ella dejó entre ambos una bolsa de papel que olía a mantequilla.
—He comprado algo para el camino. No sabía a qué hora podríamos comer y no quiero elegir una tela con hambre. Me vuelvo mucho menos razonable.
—Pensaba invitarte al llegar. Hay una posada junto al mercado donde Ruth insistía en entrar cada vez que veníamos.
—Entonces lo guardaremos para la vuelta. No voy a discutir con una recomendación de tu hermana antes de conocerla.
El caballo decidió ponerse en marcha. Elias llevó las riendas sin apresurarlo y Clara se volvió para mirar la tienda una última vez. Había dejado el horario bien visible en el cristal. Aun así, él advirtió el pequeño esfuerzo que le costó apartar la vista al doblar la esquina.
—Volverá a estar ahí cuando regresemos —dijo.
—Ya lo sé. Es la primera tarde que cierro para hacer algo que también me apetece. He tenido la tentación de escribir una explicación debajo del horario.
—¿Qué ibas a poner?
—Que necesitaba confirmar un alquiler. Eso es verdad. Lo de ir a comprar un vestido con un hombre que me gusta ocuparía demasiado espacio.
Elias la miró antes de volver los ojos al camino.
Clara abrió la bolsa, partió una pasta y le acercó la mitad.
Él la tomó con la mano libre, sonriendo.
Clara sacudió unas migas de su falda y volvió a cerrar la bolsa.
Elias se guardó aquella frase mientras la escuchaba preguntar por las casas que dejaban atrás.
En Millbrook dejaron el caballo en la posada.
Elias pasó a preguntar por su pieza, que podría recoger media hora después, y acompañó a Clara hasta el proveedor de telas.
El local tenía dos escaparates y un mostrador tan largo que ella se detuvo un segundo al entrar.
Él reconoció la expresión: la misma atención con que examinaba una pieza bien hecha, antes de preguntar cuánto costaba.
Mientras Clara confirmaba los manteles, Elias se quedó junto a un expositor de botones. No sabía qué hacer allí sin parecer impaciente. Acabó leyendo las etiquetas, hasta que ella se acercó con dos muestras pequeñas en la mano.
—Ya está reservado. Bell ha conseguido un mantel prestado, así que alquilaremos cinco. Ahora viene la parte en la que puedes arrepentirte de haberme acompañado.
—Tengo que volver a por la pieza dentro de media hora. Hasta entonces estoy a tu disposición.
—No lo digas tan pronto. Necesito ver varios verdes y comprobar cómo caen. La dependienta ha empezado por enseñarme el más caro, como si hubiera venido con una herencia en el bolso.
Le mostraron una tela que brillaba bajo la luz del escaparate y otra más discreta, de un verde cálido que Elias encontró menos llamativo hasta que Clara se la acercó al rostro.
Entonces cambió de opinión. El color suavizaba el cansancio de sus mejillas y hacía destacar sus ojos.
Ella se volvió hacia el cristal, buscando su reflejo, sin advertir que él había dejado de mirar la tela.
—Esta me gusta más —dijo—. La otra quedaría demasiado tiesa para lo que quiero hacer. ¿Qué te parece?
—Esa. La segunda.
—Podrías intentar disimular que estás escogiendo la que he dicho yo.
—Estoy escogiendo la que llevas ahora junto a la cara. No sabía que podía cambiar tanto un color hasta que la has levantado.
Clara lo miró en el reflejo. Elias permaneció quieto, sosteniendo la mirada, y ella bajó la tela despacio. La dependienta preguntó cuánto necesitaba. Clara dio una medida, pidió ver el ancho completo y se inclinó sobre el mostrador para comprobar que no hubiera defectos.
Elias salió a recoger su encargo. Al regresar, la encontró pagando una pieza envuelta en papel.
Había añadido una cinta del mismo tono y una pequeña cantidad de hilo.
Le entregó el paquete grande para que lo llevara, guardándose la cinta en el bolso con un cuidado que lo conmovió más de lo que esperaba.
—¿Te has quedado con la segunda? —preguntó al salir.
—Y no he tenido que gastar todo lo que había reservado. Puedo hacer el cuerpo como quería sin aprovechar el forro de un vestido viejo. Me parece una extravagancia y sé que no lo es.
—¿Cuándo empezarás?
—Esta noche, si no estoy demasiado cansada. No tengo intención de dormir menos por hacerlo. Pero me gustaría tenerlo preparado con tiempo y no estar cosiendo el bajo antes de salir hacia la merienda.
Caminaron hasta la posada con el paquete entre ambos.
Elias cargaba la tela en un brazo y le ofreció el otro; Clara lo tomó.
En aquella calle nadie parecía conocerlos.
Una mujer pasó sin mirarlos, dos hombres discutían junto a una carreta, y él experimentó una libertad extraña al descubrir que podían caminar juntos sin que nadie recordara quién había sido antes de conocerla.
La mesa quedaba junto a una ventana. Clara dejó los guantes al lado del plato y arrimó el paquete de tela para que no ocupara toda la silla.
Elias siguió el movimiento de sus manos hasta que la mujer de la posada les preguntó por segunda vez qué iban a comer.
Le pidió disculpas y dejó que Clara eligiera primero.
—Ahora entiendo por qué te gustaba venir con Ruth —dijo Clara cuando se quedaron solos—. Hay pastel de manzana y nadie espera que seamos nosotros quienes laven después.
—A Ruth le gustaba sentarse donde podía ver entrar a todo el mundo. Decía que se enteraba de más cosas aquí en una hora que en casa durante una semana.
—Yo preferiría esa mesa del rincón si hubiera menos luz. Pero no porque quiera escuchar a nadie.
Elias siguió la dirección de su mirada. El rincón quedaba parcialmente oculto por una columna. Cuando volvió hacia ella, Clara estaba doblando los guantes con una inocencia poco convincente.
—Podemos pedir que nos cambien —dijo.
—No pienso hacer que esa mujer mueva los platos porque a mí se me ocurran inconveniencias antes de comer. Tendrás que seguir sentado enfrente.
Él se rio. Ella había dejado una miga junto al plato y trataba de recogerla con un dedo, todavía sonriendo. Elias sabía que estaba esperando su respuesta. Acercó la mano por encima de la mesa y ella dejó de doblar los guantes para tomarla.
Durante la comida hablaron de cosas que no tenían una fecha de entrega.
Clara contó que, de niña, había intentado aprender a dibujar retratos y que todos acababan pareciéndose a su maestro de escuela.
Elias confesó que a los catorce años había hecho un pájaro de hierro y que Ruth todavía discutía con él sobre si podía reconocerse como tal.
—No me has enseñado nada que hayas hecho sin que alguien te lo encargara —dijo ella—. ¿Lo guardas en la habitación donde no debo entrar?
—Algunas cosas. Otras las he vuelto a fundir. No todas merecían ocupar sitio.
—Me gustaría ver alguna. Puedes empezar por la que menos vergüenza te dé. Yo te enseñaré un dibujo de cuando creía que un vestido mejoraba cuantos más lazos le ponía.
—Todavía tengo una caja con las primeras piezas que hice. Mi madre las guardaba. Yo habría tirado la mitad.
—Entonces te pediré que me enseñes la caja. Quiero conocer también las cosas que todavía no te salían bien.
Elias miró sus dedos sobre la mesa. En el fondo de aquella caja había una flor a la que le faltaba un pétalo y que nunca enseñaba a nadie. Intentó imaginarla en las manos de Clara mientras ella esperaba su respuesta.
—El domingo —dijo él—. Si vienes, sacaré la caja. No prometo que reconozcas al pájaro.
—No me adelantes la respuesta. Quiero tener ocasión de equivocarme por mi cuenta.
—Hay algo que nunca te he preguntado —dijo Clara mientras esperaban la cuenta—. ¿Qué pensaste cuando me encontraste peleándome con la puerta? Ahora puedes decirlo. Ya he pagado todas tus facturas y no voy a devolver el soporte.
—Pensé que ibas a partir la llave. Después, cuando hablaste de abrir la tienda, creí que me pedirías que arreglara toda la casa aquella misma mañana.
—No parece un comienzo muy prometedor. Yo me quedé mirándote y deseando no llevar el sombrero torcido. Había intentado abrir la puerta con tanta dignidad como pude, pero ya no me quedaba ninguna cuando apareciste.
—Te quedaba suficiente para preguntarme si cobraba por hacer que el trabajo pareciera difícil. Me reí al recordarlo cuando volví al taller. Hacía tiempo que nadie me hablaba así nada más conocerme.
—Estaba tratando de recuperar un poco de ventaja. Tú habías abierto la puerta casi sin esfuerzo y yo empezaba a pensar que tendría que dormir en el escalón. Además, no ayudaba que fueras tan guapo.
Elias bajó la vista al plato. Clara lo observó con un placer evidente y él comprendió que acababa de cederle toda la ventaja que había mencionado.
—No digas eso mientras estoy bebiendo —pidió—. La próxima vez no conseguiré dejar la taza a tiempo.
—No pienso disculparme. Te lo han dicho otras mujeres, supongo, pero todavía no te lo había dicho yo. Me gustaste antes de saber tu nombre. Después empezaste a escucharme y la cosa se complicó bastante.
—Puedes seguir complicándola. Aunque voy a necesitar que volvamos a salir de vez en cuando; parece que lejos de la tienda te cuesta menos explicarme estas cosas.