El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Antes de apagar la fragua
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Antes de apagar la fragua

Clara descubrió que había abrochado mal el último botón de su manga cuando Agnes Bell dejó el cuaderno sobre el mostrador.

Lo corrigió sin bajar la vista al puño. Llevaba una hora en la tienda y todavía le sucedía aquello: estaba buscando una bobina, o comprobando una medida, y de pronto recordaba a Elias acercándole la taza del desayuno con el cabello revuelto.

Entonces el objeto que tenía delante dejaba de reclamar toda su atención.

Bell no parecía dispuesta a permitirlo. Había llegado con las dos propuestas que Clara le había entregado al abrir, cubiertas de anotaciones a lápiz.

—He hablado con el tesorero. Podemos aceptar esta, la que aprovecha las cortinas. Pero necesito saber si se notarán los remiendos cuando entre la gente.

—Los refuerzos quedarán por detrás. Aquí se verá una unión, porque añadiremos tela donde la antigua está gastada. Le enseñé dónde al tomar las medidas. Si quiere ocultarla por completo, tendríamos que usar la otra propuesta.

—Mi hermana dice que con una cinta ancha bastaría.

—Podría cubrir la costura con una cinta, pero tendría que comprarla y coserla. No mejoraría la resistencia. Yo reservaría ese dinero para los manteles que faltan.

Bell arrimó una silla sin pedir permiso y se sentó a estudiar la cifra.

Clara esperó, resistiendo la tentación de llenar el silencio con una rebaja.

Había calculado aquel precio el sábado, cuando aún tenía por delante la cena con Elias y ningún recuerdo que la distrajera.

Confiaba en esa mujer que había trabajado con la cabeza despejada.

—¿Y si solo alquilamos cuatro manteles? —preguntó Bell—. Los otros dos podríamos pedirlos prestados. Mi hermana tiene uno bastante grande.

—Entonces descontaré esos dos. Pero decídalo antes del jueves; tengo que confirmar cuántos nos reservan. Si después falta alguno, no podré asegurarle que quede otro disponible.

—Le diré que lo mida esta tarde. La última vez que lo pedimos resultó que llevaba meses cortado para hacer servilletas.

Clara no consiguió contener la sonrisa. Bell la vio y, tras un instante, se rio también. El sonido cambió el carácter de la visita. Dejó de parecer un examen para convertirse en dos mujeres tratando de cubrir unas mesas sin gastar el dinero destinado a un tejado.

Acordaron la cantidad de tela, la fecha de entrega y un anticipo. Bell contó las monedas sobre el mostrador mientras Clara escribía el recibo. Al darle el papel, la mujer apoyó dos dedos en el borde para que no lo soltara todavía.

—No he encargado esto aquí solo porque su tía fuese Martha. Pregunté a la señora Wilkes. Me dijo que su hija llevaba tres días buscando una excusa para ponerse el vestido nuevo.

Clara soltó el recibo. Había esperado una objeción al precio, no una noticia de Lucy. Se quedó mirando el sobre que Bell guardaba en el bolso y tuvo que pedirle que repitiera la última frase.

—Lucy vino con ideas muy claras cuando le dejaron explicarlas. Me alegra que esté contenta.

—Su madre lo está menos con las mangas, pero eso se le pasará. He pasado media vida haciendo arreglar cosas para contentar a personas que luego ni siquiera se fijan. Al menos la muchacha es quien tiene que ponerse el vestido.

Bell se marchó prometiendo traer las medidas definitivas. Clara contó el anticipo una vez más y lo guardó en un sobre aparte, con lo que costaría la tela apuntado por fuera. Luego cerró el cajón. Ya podía pagar el material sin tocar el dinero del carbón.

Quiso contárselo a Elias con una urgencia que la hizo acercarse a la puerta.

Desde allí podía oír el martillo al otro lado del puente.

Lo imaginó en el taller y recordó la mano que aquella mañana le había sujetado el sombrero.

Permaneció un instante bajo el cartel antes de volver dentro; él iría por la tarde, tal como habían acordado.

A mediodía entró Nora Pike. Traía una sábana para buscar hilo del mismo color y una pregunta que parecía llevar tiempo preparándose.

—Mi sobrina no me deja tranquila desde que le hablé de las clases. No quiero que se sienta obligada por haberme escuchado, pero me ha pedido que averigüe si iba en serio.

—Va en serio. Lo que necesito es terminar primero las cortinas del salón. Después podría enseñarle una tarde a la semana. Empezaríamos por tomar medidas y cortar algo sencillo.

—Edith tiene diecinueve años. Trabaja conmigo por las mañanas y no quiere pasarse la vida lavando ropa ajena. Yo no sé enseñarle nada más.

Clara se apoyó en el mostrador. Nora lo había dicho sin pena, aunque mantuvo una mano cerrada sobre la sábana. Había puesto su oficio al lado del de Clara y parecía haberlo encontrado insuficiente.

—Usted le ha enseñado a reconocer una tela antes de meterla en agua. Me vendría bien que lo supieran todas las mujeres a las que he hecho vestidos. Dígale que venga el jueves por la tarde. Hablaremos del horario y le explicaré lo que tendría que traer cuando empecemos.

—Quiere aprender a hacerse una falda. Ya ha guardado dinero para la tela. Si acaba saliendo algo torcido, espero que le permita arreglarlo antes de hacérselo llevar por el pueblo.

—Arreglar lo que sale torcido ocupará una buena parte de las clases. No pienso cobrarle solo por decirle que lo ha hecho mal.

Nora se fue satisfecha. Clara anotó el nombre de Edith y el día de la visita. Luego, en una hoja aparte, dibujó una manga. No tenía nada que ver con las cortinas ni con las clases. Era la manga del vestido verde que había imaginado en el patio con Elias, antes de que él le tomara la mano.

Hasta entonces lo había considerado una compra para cuando sobrara dinero.

Ahora hizo las cuentas de otra manera: averiguó cuánto podía gastar sin tocar el anticipo de Bell.

La cantidad era modesta, suficiente para una tela sencilla.

Tendría que dedicarle algunas noches, pero deseaba volver a sentarse ante la máquina para hacerse algo que no hubiera pertenecido primero a otra persona.

Elias no llegó a las seis. A las seis y cuarto, el sobrino de Bell apareció con una nota y explicó, sin que Clara preguntara, que había encontrado a Blackwood junto a un carro averiado.

El papel contenía apenas unas líneas: una pieza debía estar reparada antes de la mañana; terminaría tarde.

Debajo, con letra algo más apretada, había añadido que quería saber qué había dicho Bell y que iría al día siguiente si aquella noche ya no era hora.

Clara leyó la última frase dos veces. Le agradó que hubiera mandado la nota, que no la dejara esperando ante una ventana. Aun así, al guardar el papel sintió una decepción que resultaba difícil atribuir solo a las ganas de hablar del presupuesto.

Cerró la tienda y cruzó el puente. El taller permanecía abierto.

Elias estaba inclinado sobre el banco, con el delantal puesto y la camisa pegada a los hombros.

Al verla enderezó la espalda y dejó la herramienta en la mesa.

El cansancio no desapareció de su cara, pero la expresión cambió tanto que Clara estuvo a punto de acercarse sin decir nada.

—Me ha llegado tu nota —dijo desde el umbral—. Si necesitas que me vaya, lo haré. Solo quería decirte que ha aceptado y que ha dejado el anticipo.

—¿Con el precio que calculaste?

—Quitaremos dos manteles si consigue que su hermana no los haya convertido en servilletas. Lo demás sigue igual. No he rebajado las horas.

Elias sonrió. Clara había esperado toda la tarde aquella sonrisa y le dio rabia, durante un segundo, haberse pasado el día inventando motivos razonables para desear verla.

—Me alegro mucho —dijo él—. He estado mirando hacia el puente desde que se marchó el chico. No quería que pensaras que lo había olvidado.

—No lo he pensado. Has mandado la nota. Pero me apetecía verte y he decidido venir a decírtelo en persona.

Elias se quitó los guantes. Clara le rodeó el cuello en cuanto llegó hasta ella y, al besarlo, notó que él dejaba las manos suspendidas a los lados de su vestido. Se apartó lo justo para mirarlas, negras de hollín, y acabó riéndose contra su boca.

—Puedes tocarme —dijo—. Sé lavar este vestido.

—La última vez que dije algo parecido, Ruth tuvo que hervir una funda dos veces. Prefiero creerte sin ponerlo a prueba.

Clara se sentó en la silla que él había apartado de la fragua. Elias señaló una grieta junto a un remache y luego la pieza nueva. Ella se inclinó para verlas mejor, siguiendo el recorrido de su dedo sobre el metal antes de que él volviera a coger la herramienta.

—Me falta ajustar esto —concluyó—. Después tendrá que enfriarse antes de que pueda terminar. Si te quedas, habrá ratos en los que no pueda hablarte.

—Puedo soportar un rato sin que me atiendas. He traído mi cuaderno. Quiero comprobar unas medidas antes de encargar la tela del salón.

—Nora ha venido a preguntar por las clases —añadió Clara antes de que él se alejara—. Su sobrina pasará el jueves. Tiene diecinueve años y quiere aprender a cortar una falda. Ahora que hay una muchacha de verdad esperando, me parece más difícil que cuando solo era una idea.

—A mi padre le ocurría con los aprendices. Antes de que llegaran siempre decía que iba a enseñarles todo lo que sabía. Después se pasaba una semana buscando la manera de explicarles cómo sujetar el martillo.

—Espero tener algo mejor que enseñarle al terminar la primera tarde.

—No te rías. Si no sabes sujetarlo, lo demás sirve de poco. La última vez que tuve a un muchacho aquí, descubrí que entendía mis explicaciones al revés. Era zurdo. Llevaba toda la mañana diciéndole que hiciera las cosas como yo.

—Voy a preguntarle con qué mano cose antes de preparar una lección entera. Ya has conseguido serme útil sin tocar una herramienta.

Elias volvió al banco. Clara abrió el cuaderno por la página de las cortinas, aunque la atención se le desviaba a cada poco hacia él.

Nunca lo había observado trabajar tanto tiempo seguido.

La concentración le suavizaba el entrecejo; los movimientos, precisos y sin adorno, revelaban una familiaridad con las herramientas que le resultaba profundamente atractiva.

Se obligó a terminar la suma. Cuando levantó otra vez la vista, Elias la estaba mirando.

—Llevas un rato en la misma página —dijo.

—Es una cuenta difícil.

—La hoja está en blanco por este lado.

Clara bajó los ojos. Había doblado el cuaderno de modo que el dibujo de su manga quedaba hacia ella y las cuentas hacia el respaldo. Elias se acercó para beber del jarro y vio el boceto antes de que pudiera cambiar de página.

—¿Es para Lucy?

—Es para mí. He decidido que voy a hacerme el vestido. Uno sencillo, con buena caída. Puedo pagarlo si no elijo nada demasiado caro.

—¿Has encontrado la tela?

—Quiero ir a Millbrook. Tengo que ver al proveedor para confirmar el alquiler de los manteles y puedo aprovechar el viaje. Aquí no me queda nada que me guste para eso.

Elias apoyó el jarro en la mesa. Clara vio que miraba otra vez el dibujo y después la manga gastada de su vestido. Preparó, por costumbre, una explicación para impedir que se ofreciera a pagarlo. Él la sorprendió preguntando cuándo quería ir.

—El miércoles, al cerrar a mediodía. Puedo volver en el carro del transportista, si tiene sitio.

—Yo tengo que recoger una pieza en Millbrook. Había pensado enviar a alguien, pero puedo ir el miércoles. Foster me alquila su calesa cuando no la necesita. ¿Te gustaría que fuéramos juntos?

Clara dejó el lápiz entre las páginas. Había previsto el trayecto al proveedor, la compra y la vuelta apretada entre bultos. Ahora imaginó a Elias a su lado, sin que una clienta o el martillo interrumpieran cada conversación, y tardó en responder.

—Me gustaría. Pero no pienso elegir una tela en cinco minutos porque estés esperando en la puerta.

—Puedo recoger la pieza mientras tú miras. Después veremos si nos queda tiempo para comer algo.

—Eso ya parece una salida preparada para complacerme.

—Lo es, aunque también necesite la pieza.

Clara alzó la cara cuando él se inclinó. El beso fue breve porque el trabajo seguía esperando, pero Elias le acarició la mejilla con los nudillos limpios antes de volver al banco. Ella permaneció sentada, incapaz de recordar por qué le había parecido importante disimular cuánto lo echaba de menos.

Cuando terminó, la luz de fuera había bajado. Elias fue a lavarse y Clara recogió sus cosas. Lo esperó en el patio, oyendo el agua caer en la pila. Él salió secándose el cuello, con la camisa abierta en el botón superior y una expresión más descansada de la que había tenido al llegar ella.

—¿Te acompaño a casa? —preguntó.

—Puedes acompañarme. Y cenar conmigo si todavía no has comido. Hay suficiente para dos; esta vez no es sopa.

Elias guardó el paño y se quedó mirándola. Clara reconoció la pausa en la que él calculaba si debía aceptar algo que deseaba. Antes de que encontrara una excusa, le tomó la mano.

—No necesitas marcharte pronto para que yo quiera volver a invitarte.

Él bajó la vista hacia sus dedos unidos. Al responder, la voz le salió más baja que antes.

—Esta mañana, cuando te fuiste, me quedé pensando en lo fácil que había sido desayunar contigo. Me dio miedo acostumbrarme tan deprisa.

Clara le quitó una mota de hollín que había quedado junto al cuello. Elias la dejó acercarse y ella se quedó frente a él, con la mano aún en su camisa.

—A mí también me ha pasado. He abierto la tienda y quería contarte cosas que todavía no habían ocurrido. Luego Bell se ha sentado y he tenido que acordarme de cuánto valía mi trabajo.

Elias soltó una risa cansada y apoyó la frente en la suya. Clara cerró los ojos un momento. Podía esperar a oír palabras mayores; aquella confesión torpe, dicha en un patio al terminar el día, le bastaba para acercarse un poco más.

Cruzaron el puente juntos. A mitad de camino, él preguntó si podían salir el miércoles a las doce y media.

Clara aceptó y empezó a hablarle del verde que buscaba.

Mientras lo describía, se dio cuenta de que ya imaginaba el vestido terminado y la mano de Elias en su cintura cuando la sacara a bailar.

No cambió de tema. Esta vez quiso que él lo supiera.

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