El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) La casa detrás de la fragua
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La casa detrás de la fragua

Elias abrió la puerta de la habitación pequeña y se encontró exactamente con lo que había dejado allí el día anterior: una caja de libros, dos sillas que necesitaban arreglo y una alfombra enrollada que llevaba tres años sin decidirse a extender.

Cerró de nuevo. Clara había prometido no abrir armarios.

Confiaría en que su generosidad incluyera aquella puerta.

Abajo, la cocina estaba limpia y el guiso necesitaba poca atención.

Había puesto dos platos en la mesa, luego los había retirado para cambiar el mantel y, al volver a colocarlos, descubrió que los había dejado demasiado separados.

Le pareció absurdo estar calculando la distancia a la que quería sentarse de ella antes de que llegara. Movió uno de los platos de todos modos.

Clara llamó a las cinco. Traía una tarta pequeña de manzana y el pelo recogido con una cinta que él no le había visto. Elias la hizo pasar, recibió el plato y lo dejó sobre el aparador antes de besarla. Ella se rio contra su boca cuando él volvió para un segundo beso sin haber terminado el saludo.

—La tarta no la he hecho yo —advirtió—. Prefiero decirlo antes de que me atribuyas una habilidad que luego tenga que demostrar.

—No era por la tarta.

—Ya lo había sospechado, pero me parecía honrado aclararlo. Huele muy bien aquí. ¿Puedo preguntar qué vamos a comer o estropearía la sorpresa?

—Carne con verduras. Es el plato que menos depende de que yo esté pendiente todo el tiempo. Pensé que sería una ventaja esta tarde.

Clara dejó el sombrero y miró alrededor.

Elias había temido que viera primero el desgaste de las sillas o la alacena que llevaba años aplazando pintar.

Ella se acercó a la ventana, observó el pequeño huerto al otro lado del patio y volvió hacia él con una expresión que no supo interpretar hasta que habló.

—Desde la calle no imaginaba que hubiera tanto espacio detrás. La cocina recibe una luz muy bonita.

—Por la mañana es mejor. Mi madre elegía siempre esa silla, junto al cristal. Decía que las otras tenían corrientes de aire, aunque mi padre cambió la ventana dos veces.

—Quizá simplemente quería esa silla.

Elias sonrió. Le mostró la sala, donde había encendido el fuego, y una estantería con libros de distintas épocas de su vida. Clara pasó un dedo por los lomos sin sacar ninguno. Al encontrar un atlas semejante al suyo, lo abrió por una página marcada con un papel amarillento.

—¿Planeabas ir a algún sitio?

—Mi padre quería enseñarme la costa cuando era pequeño. Señaló el camino y calculó cuántos días tendría que cerrar. Nunca acababa de encontrar una semana en la que no hubiera trabajo urgente.

—¿No llegasteis a ir?

—Fui con Ruth años después. Mi padre se quedó cuidando el taller y nos pidió que le escribiéramos. Cuando volvimos dijo que le bastaba con lo que le habíamos contado.

Clara cerró el atlas despacio. Elias no había pensado en aquel viaje durante mucho tiempo. Al verla con el libro entre las manos sintió una pena antigua, pequeña pero precisa, por las cosas que su padre había dejado pasar mientras esperaba una fecha más conveniente.

—Podrías llevármelo un domingo —dijo ella—. El atlas, quiero decir. Me gustaría ver por dónde fuisteis. No he viajado mucho salvo para trabajar o visitar a la familia.

—Podemos mirarlo aquí después de cenar. No hace falta que inventes una razón para volver a llevarte un libro.

Clara alzó la vista y sonrió. Elias se acercó, le quitó el atlas con cuidado y lo dejó sobre una mesa. Ella le apoyó las manos en el chaleco, como si comprobar que estaba allí formara ya parte de entrar en una habitación con él.

—Entonces tendré que volver porque me apetezca verte.

—Eso me parece una razón bastante buena.

Clara lo rodeó por la cintura y Elias dejó de sostenerla con tanta cautela. El atlas había quedado torcido en la mesa, a punto de caerse. Permanecieron abrazados hasta que un olor a cebolla tostada lo hizo levantar la cabeza hacia la cocina.

Comieron junto a la ventana. Clara hizo preguntas sobre la herrería que no se referían a cuánto cobraba ni a las cosas que podía arreglarle.

Quería saber qué había aprendido primero, qué le había costado más, si todavía había trabajos que le dieran respeto.

Elias se encontró contándole cómo su padre le había hecho practicar durante semanas antes de permitirle entregar una pieza a un cliente.

—Yo tenía prisa por hacer algo que se viera —dijo—. Él me hacía repetir lo mismo hasta que salía sin pensarlo. Entonces me parecía que no confiaba en mí.

—En el taller me pasé meses haciendo ojales. La señora Vale decía que podía esconderse una costura mal terminada, pero un ojal se veía cada vez que una mujer se abrochaba. Soñaba con ellos por la noche.

—¿Tenía razón?

—Sobre los ojales, sí. Sobre tratarme como si no pudiera aprender otra cosa, no. Me costó distinguir las dos cosas mientras trabajaba para ella.

Elias cortó el pan y le acercó el plato. Habría querido llevarle la contraria sobre aquella patrona, pero Clara ya estaba recordando algo que había aprendido de ella. La dejó terminar. Al pasarle la jarra volvió a mirar sus manos, que habían hecho tantos ojales antes de arreglarle la camisa.

—Mañana veré a Bell —añadió Clara—. He preparado las dos opciones. Si elige la más barata, aprovecharé parte de las cortinas y alquilaremos los manteles grandes. Si quiere todo nuevo, tendrá que reducir otra cosa.

—¿Estás satisfecha con lo que has calculado?

—Lo estaría más si pudiera garantizar que aceptará. Pero el precio es justo. Lo he revisado bastante como para saber que no puedo bajarlo sin pagar yo una parte de la fiesta.

—Entonces ya has hecho lo que dependía de ti.

Clara bebió un poco de agua y miró hacia el patio. Elias reconoció aquella pausa: seguía trabajando por dentro aunque hubiera cerrado el cuaderno. Esperó a que regresara a la conversación en lugar de ofrecerle una solución que no había pedido.

—Nora Pike me preguntó ayer si enseñaría a su sobrina a coser —dijo al fin—. Una tarde a la semana. La muchacha sabe remendar, pero quiere aprender a cortar una falda. Estoy pensando si podría organizarlo cuando pase lo de la merienda.

—¿Te gustaría hacerlo?

—Mucho. Y podría cobrar por las clases. No una fortuna, pero sería otro ingreso que no dependiera de vender tela nueva. Tendría que decidir cuántas alumnas caben sin que unas se claven las agujas a otras.

—Puedes probar con una antes de llenar la casa.

—Eso es lo que me he dicho. Después he empezado a imaginar seis sillas y una mesa más grande. Tengo que aprender a quedarme un rato en la primera idea.

Elias se rio. Clara lo miró con una mezcla de afecto y resignación que le hizo estirar la mano sobre la mesa. Ella la tomó. Durante unos segundos ninguno se ocupó de los platos ni de las posibles alumnas.

Después del postre recogieron juntos. Clara lavó y él secó, aceptando sin discutir que en su casa el reparto podía ser el contrario. Al guardar la última taza, Elias la encontró mirándolo desde la pila. Tenía una gota de agua en el puño y el cabello algo suelto junto a la oreja.

—¿Qué estás pensando? —preguntó.

—En que me gusta esto. Y en que no quiero decirlo de una manera que parezca que estoy ofreciéndome a llevarte la casa.

Él dejó el paño sobre la mesa. La precisión de la frase lo obligó a escuchar antes de responder. Clara no sonreía, aunque tampoco parecía enfadada. Estaba diciéndole algo que le importaba.

—Me gusta que estés aquí —dijo Elias—. Habría fregado los platos encantado si te hubieras quedado sentada. No te he invitado para resolver mi cocina.

—Te creo. También he cosido vestidos para mujeres que tenían una tienda antes de casarse y acababan trabajando para todos menos para sí mismas. Quiero dar mis clases y cerrar por la tarde cuando me corresponda. Aunque el polvo tenga que esperar.

—El polvo ya sabe esperar en mi casa. No me hace falta que dejes la tienda para tenerte conmigo, Clara. Te he visto discutir con Bell por el valor de una cortina; no querría ser yo quien te hiciera bajar el precio de tu trabajo.

Clara se secó las manos y se acercó. Elias la abrazó sin intentar cerrar la conversación con un beso. Ella apoyó la mejilla en su pecho y permaneció allí, respirando con calma. Él le acarició el cabello, sorprendido por el alivio de poder tenerla cerca sin que la cercanía exigiera adivinar nada.

En la sala miraron el atlas hasta que la luz empezó a cambiar.

Clara señaló lugares que solo conocía por las etiquetas de las telas.

Elias le contó el viaje con Ruth, incluida una posada donde les habían dado una habitación cuyo techo obligaba a agacharse.

El atlas terminó abierto sobre sus rodillas, olvidado mientras hablaban.

—Le he hablado de ti a Ruth —dijo Elias, pasando una página del atlas sin mirarla—. En la última carta. Empecé por la tienda y acabé contando el paseo del domingo.

—Espero que no le hayas descrito cómo me quité la piedra del zapato. Me gustaría causar una impresión un poco mejor si viene a visitarte.

—Le dije que me gustaba estar contigo. No suelo escribir esas cosas. Probablemente recibas una carta suya antes de que termine la semana.

—¿Debería preocuparme? No sé si estoy preparada para que alguien venga a abrirme los armarios.

—Contigo será más educada. Y puedes decirle que no a lo que no te apetezca. No quería que mi carta se convirtiera en una obligación para ti.

—Me gustaría conocerla. Me has hablado tanto de ella que ya tengo curiosidad. Pero si decide venir, avísame con tiempo. Querré invitaros a cenar y preparar algo que no termine pegado al fondo de un cazo.

—Todavía no hay fecha. Mi padre tiene que decidir si hace el viaje. No le gusta alejarse de casa, aunque después disfruta más que nadie cuando consigue salir.

—Podríamos llevarlo por el camino del molino. Tú le enseñarías lo que ha cambiado y yo podría preguntarle cómo eras de niño. Sospecho que te has reservado las mejores historias.

Elias se rio y le señaló en el atlas el pueblo donde vivía su hermana. Clara apoyó un dedo junto al suyo para recordarlo.

Cuando Clara levantó la cara, él dejó el libro a un lado. La besó con la familiaridad reciente que todavía le producía asombro. Ella le rodeó el cuello y se acomodó junto a él en el sofá. Elias sintió su mano en la mejilla, el gesto deliberado con que lo atraía de nuevo cada vez que se separaban.

La lámpara seguía apagada. Fue Clara quien miró hacia la ventana y advirtió que la calle empezaba a oscurecer. Elias aflojó el abrazo, preparado para acompañarla a casa, aunque la idea de despedirse le resultó inesperadamente difícil.

—Puedo llevarte cuando quieras —dijo—. No había visto que se hacía tarde.

Clara se incorporó lo suficiente para mirarlo. Mantuvo una mano sobre la suya y tardó en contestar, buscando palabras que él no quiso apresurar.

—Me gustaría quedarme esta noche. Lo pensé al envolver la tarta que compré y otra vez cuando has dejado el libro. He estado a punto de decirlo dos veces, pero siempre encontraba otra pregunta que hacerte.

Elias le sostuvo la mano. Había imaginado que se quedaría y había apartado esa idea cada vez que le hacía perder el hilo de la conversación. Ahora Clara lo miraba esperando una respuesta y él tuvo que tragar antes de dársela.

—Me gustaría que te quedaras —respondió—. Y si en cualquier momento prefieres irte, te acompañaré igual.

—Ahora mismo solo quiero quedarme. Por la mañana tendré que ir a buscar ropa limpia antes de abrir, pero nos dará tiempo a desayunar. ¿O sueles salir sin comer cuando no hay una invitada delante?

Elias le besó la frente y después la boca. Clara no soltó su mano al apartarse; lo mantuvo cerca y volvió a besarlo, ya sin la pregunta pendiente. Un rato después se acordó del sombrero que había dejado en la cocina. Él fue a buscarlo y, al volver, la encontró esperando junto a la escalera.

Encendió la lámpara para subir. Clara lo siguió sin soltarle la mano.

En el rellano, él se detuvo ante la puerta de su habitación y se volvió hacia ella.

Clara le acarició la mejilla, lo besó una vez más y entró con él.

Abajo quedó la lámpara de la sala apagada.

Clara había cerrado antes los postigos que daban al camino.

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Elias despertó antes de que amaneciera. Durante unos segundos no se movió. Clara dormía a su lado, con una mano sobre la almohada y el cabello suelto. La miró lo justo para convencerse de que no estaba recordando la noche, y luego apartó con cuidado la manta para no despertarla al levantarse.

Ella abrió los ojos antes de que llegara a la puerta.

—¿Ya es hora? Necesito volver antes de las ocho. He dejado el cuaderno de Bell sobre el mostrador y no quiero empezar el día buscándolo.

—Todavía es pronto. Voy a encender el fuego y preparar té. Puedes dormir un poco más.

Clara extendió una mano. Elias regresó y se sentó al borde de la cama. Clara le tomó los dedos y se los llevó a la mejilla. Elias se quedó sentado, aunque pensaba bajar a encender el fuego; las primeras voces de la calle llegaron mientras seguía acariciándole el pelo.

—Buenos días —dijo Clara—. Anoche me olvidé de preguntarte si roncas.

—Es tarde para reclamar. Tendrás que decirme tú si ha sido un problema.

—He dormido bien. Eso es lo único que puedo asegurar.

Desayunaron en la cocina, con la luz que él le había prometido el día anterior.

Clara ocupó la silla junto a la ventana.

Antes de irse se recogió el pelo como pudo, ayudándose del reflejo en el cristal, y Elias le sostuvo el sombrero.

Acordaron verse por la tarde para que ella le contara la respuesta de Bell.

Clara se guardó un alfiler suelto en el bolso y comprobó que llevaba la llave de la tienda.

Cuando la acompañó hasta el patio, Clara lo besó con el bolso sujeto contra el costado.

Salió por la puerta del patio, que daba al callejón, y volvió la cabeza antes de doblar hacia el puente.

Elias regresó a la cocina. Había dos tazas sobre la mesa y tiempo para lavarlas antes de abrir el taller. Las recogió sin apresurarse.

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