El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Una vuelta por el salón
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Una vuelta por el salón

Agnes Bell había llevado al salón parroquial una bolsa de cortinas, un cuaderno y a su sobrino, que deseaba estar en cualquier otro lugar.

Cuando Clara llegó el viernes, el muchacho estaba subido a una silla sosteniendo un extremo de cinta mientras su tía discutía con Elias sobre una mesa.

Clara dejó el bolso junto a la puerta y esperó a entender quién necesitaba respuesta primero.

—Las cortinas son estas —anunció Bell al verla—. El año pasado cubríamos la entrada de la despensa, pero ahora queremos separarla también del rincón de las fuentes. Mi hermana dice que bastará con añadir un trozo por abajo.

Clara examinó la tela. Era un algodón grueso, lavado tantas veces que había perdido rigidez.

Una esquina estaba rasgada alrededor de un aro; la parte inferior conservaba manchas que no desaparecerían con otro lavado.

La extendió sobre una mesa que Elias acababa de comprobar y buscó el cuaderno en su bolso.

—Puedo reforzar los bordes y aprovechar la parte sana —dijo—. Pero el ancho no aumentará por añadir tela abajo. Tendremos que decidir primero cuánto espacio quiere cerrar.

—Desde esa columna hasta la pared. Y dejar una abertura para pasar sin tener que apartarlo todo cada vez.

—Entonces necesito medir esa distancia y la altura. Después le daré dos precios: uno aprovechando lo que tiene y otro con tela nueva. No voy a prometerle que la primera opción salga mucho más barata hasta saber cuánto trabajo necesita.

Bell hizo un gesto hacia Elias.

—Él sabrá poner una barra. Con algo que le sobre en el taller bastará, ¿verdad? No necesitamos un adorno.

—Tendré que medirlo —respondió Elias—. Y ver dónde se puede sujetar. El hierro que sobra no siempre tiene la longitud que uno necesita.

Clara agradeció la respuesta. No quería que el presupuesto empezara con un favor que luego pareciera obligarla a hacer otro. Tomó un extremo de la cinta y pidió al sobrino que sostuviera el otro junto a la columna. Elias continuó con las mesas mientras ella anotaba las medidas.

Al revisar los manteles descubrió que solo tres cubrían por completo las mesas grandes.

Bell proponía unir otros más pequeños, pero había varias telas distintas y las costuras quedarían sobre la superficie.

Clara calculó cuánto podría reutilizar para las mesas auxiliares y colocó cada pieza en un montón separado.

—Podemos dejar los mejores para donde se siente la gente y utilizar estos en la zona de servir —explicó—. Para las mesas que faltan le convendría alquilar. Comprar tela nueva para una sola tarde gastaría casi todo el dinero que quiere reunir.

—El alquiler cuesta dinero que no vuelve.

—También coser algo que no volverá a utilizar. Si piensa organizar más comidas, cambia la cuenta. ¿Tiene previstas otras?

Bell admitió que no. Su sobrino bajó de la silla y se acercó a la puerta con la esperanza de que la discusión hubiese terminado. La mujer le pidió que esperara y volvió a mirar los montones, menos segura de su plan inicial.

—Me han dicho que usted trabaja bien, señorita Hart. Lo que me preocupa es que empecemos a sumar y al final tengamos que cobrar más por la merienda.

—Por eso quiero darle el precio antes. No le servirá de nada descubrir el gasto cuando ya esté todo cosido. El lunes puedo traerle las dos opciones por escrito. Después decide sin compromiso.

Elias se acercó con una pata de mesa que necesitaba reparación.

Bell lo aprovechó para preguntarle si no creía que Clara estaba calculando demasiado tiempo para arreglar las cortinas.

Él miró la tela extendida y luego a Clara.

Durante un instante ella temió que intentara ayudar explicando su trabajo por ella.

—No sé cuánto se tarda en reforzar esa tela —dijo él—. Clara sí. Yo puedo decirle cuánto costará sujetarla.

Clara volvió a extender la esquina de la cortina sobre la mesa y enseñó a Bell la trama debilitada. Ya no apretaba tanto el lápiz. Señaló las partes que habría que cortar y esperó a que la mujer las examinara antes de continuar.

—Tráigame las opciones el lunes. Y usted, Blackwood, no empiece con la barra hasta que sepamos qué cortina vamos a colgar. No quiero pagar dos veces por cambiar de opinión.

—En eso estamos de acuerdo —respondió él.

El sobrino abrió la puerta antes de recibir permiso. Bell reunió su bolso, dejó las telas para que Clara pudiera examinarlas y se marchó diciendo que volvería al día siguiente a recoger lo que no sirviera. El salón quedó en silencio, salvo por el leve crujido de una ventana mal cerrada.

Clara terminó de anotar las medidas mientras Elias recogía sus herramientas. Al levantar la vista lo encontró observándola desde el otro lado de la mesa. Él no sonreía, pero tenía una expresión atenta que a ella empezaba a resultarle familiar.

—Gracias por lo de antes —dijo—. Podrías haber intentado convencerla tú y habría parecido que necesitaba que alguien garantizara mi trabajo.

—Si hubiera sabido arreglarlas, Bell me lo habría encargado hace años. El puño de mi camisa me pareció una labor sencilla hasta que me enseñaste lo que había que hacer por dentro.

—A veces la gente pregunta a un hombre que está al lado aunque la respuesta la tenga yo. No creo que siempre lo hagan con mala intención. Pero me obliga a empezar de nuevo cada vez.

—Si vuelve a ocurrir y no me doy cuenta, dímelo. No siempre voy a saber cuándo estoy ayudando y cuándo me estoy metiendo donde no debo.

Clara dejó el lápiz y se acercó a Elias. Le había quedado una solapa doblada al agacharse bajo las mesas. Se la alisó con la mano, demorándose en el borde, hasta que él le sujetó los dedos y se inclinó para besarla.

—No he tenido ocasión de saludarte como quería —dijo.

—Yo te he visto debajo de una mesa al entrar. Me pareció una mala situación para interrumpirte con un beso.

—Habría encontrado la manera de salir.

Clara se rio y miró el salón vacío. A través de los cristales altos entraba una luz pálida que dejaba una franja clara sobre las tablas del suelo.

Las mesas estaban arrimadas a un lado. En el espacio central quedaban marcas de sillas y un largo roce oscuro que alguien había intentado limpiar sin éxito.

—Lucy me dijo que aquí bailan después de la merienda. No consigo imaginarlo con todas estas mesas en medio.

—Las sacan al patio si no llueve. Los bancos se quedan junto a la pared. Caben más personas de las que parece.

—¿Tú bailas?

Elias tardó lo suficiente en contestar para que Clara se volviera hacia él con interés. Lo había visto inclinarse sobre el hierro, levantar muebles y moverse con una precisión que no necesitaba pensar. Ahora él miraba el suelo y Clara tuvo que contener una sonrisa antes de insistir.

—Sé hacerlo —respondió—. Hace tiempo que no tengo ocasión.

—Eso no responde si te gusta.

—Depende de con quién baile.

Clara dejó su mano en la de él. Podría haber seguido bromeando hasta obligarlo a formular una invitación, pero después del paseo había empezado a cansarse de fingir que no sabía lo que quería.

—Me gustaría bailar contigo en la merienda. No sé si tendré terminado el vestido del que hablamos, pero eso no debería impedirlo.

—No iba a pedirte que presentaras el vestido antes de invitarte.

—Entonces hazlo. Lo del paseo te llevó casi una tarde entera.

Elias la acercó un paso. Clara advirtió la sonrisa antes de que él le pusiera una mano en la cintura. El contacto, a través de la ropa de día, la hizo prestar atención a una parte de su cuerpo que llevaba horas ignorando entre medidas y cálculos.

—¿Quieres bailar conmigo, Clara?

—El día de la merienda, sí. Ahora no hay música.

—Solo iba a comprobar si recordaba dónde poner los pies.

Ella apoyó la mano libre en su hombro. Elias empezó despacio, marcando un ritmo que tuvieron que encontrar juntos.

La primera vuelta fue torpe porque Clara intentó anticiparse; en la segunda permitió que él la guiara y descubrió que se movía con la misma seguridad tranquila que en el taller.

La diferencia era que ahora aquella atención estaba puesta en ella.

La primera vuelta los llevó demasiado cerca de una mesa. Elias cambió el paso y Clara se rio, aferrándose un poco más a su hombro. En la segunda ya no miraba al suelo. Cuando pararon, él mantuvo la mano en su cintura y ella dejó la suya donde estaba.

—Creo que podrás presentarte sin ensayar más —dijo ella.

—No estoy seguro. Quizá necesite otra prueba antes de finales de mayo.

—Eso ya parece una excusa bastante transparente.

—Estoy intentando mejorar las anteriores.

Clara le rozó la mejilla. Elias giró la cara y le besó la palma; ella se olvidó de la respuesta que estaba preparando. Lo atrajo hacia sí y lo besó bajo la franja de luz de la ventana, con las manos de él aún firmes en su cintura.

Al separarse, Clara mantuvo un instante la frente junto a su barbilla. Podía oír un carro pasar por la calle. El mundo seguía al otro lado de la puerta, y ella no sentía ninguna urgencia por volver a él.

—No quiero pasar la merienda entera vigilando que nadie manche mis manteles —dijo al fin—. Si acepto el encargo, dejaré por escrito que los entrego por la mañana. Después pienso ser una invitada.

—Me parece una condición razonable. Yo también pienso terminar las reparaciones antes. Bell tendrá que encontrar a otro hombre si decide cambiar una mesa de sitio mientras bailamos.

—Le costará creerlo. Tiene la impresión de que todo lo que hay en el pueblo puede utilizarse para la fiesta, incluidas las personas.

Elias se rio y le soltó la cintura para recoger la caja.

Clara volvió a las cortinas con una ligereza que no tenía al entrar.

Examinó el último borde, anotó la parte aprovechable y dobló la tela para llevársela.

Había bastante trabajo, pero ya podía distinguir un encargo posible de la confusa lista de deseos con que Bell la había recibido.

Salieron juntos. Elias llevaba la caja de herramientas en una mano y Clara su bolsa de telas; la otra mano de ambos quedó unida hasta llegar a la calle principal. Una mujer que barría el escalón levantó la vista y los saludó. Clara respondió sin apresurarse a soltarlo.

—El domingo, ¿a qué hora quieres que vaya? —preguntó.

—A las cinco. Así puedo enseñarte la casa antes de cenar. No esperes encontrarla como la tuya; hay una habitación que todavía parece un almacén.

—Yo tengo otra igual. Prometo no abrir armarios para comprobar cómo doblas las sábanas.

—Ruth no hizo esa promesa la última vez que vino. Todavía encuentro cosas en lugares donde nunca se me habría ocurrido buscarlas.

Frente a la tienda, Elias se detuvo. Clara abrió y apoyó la bolsa en el suelo, pero volvió enseguida hacia él. Le gustaba que cada despedida admitiera ahora un beso. No necesitaba inventar una tarea para prolongar su presencia.

—Hoy has defendido bien tu trabajo —dijo él—. Quería decírtelo antes de que se me olvidara con lo demás.

—Me ha costado no ofrecer un precio más bajo solo para terminar la discusión. Luego he pensado en cuánto me molestaría coserlo por la noche sabiendo que lo había aceptado por vergüenza.

—El lunes sabrás si acepta lo que vale.

Clara asintió. Elias le dio un beso breve y volvió hacia el puente. Ella entró, sacó el cuaderno y empezó a calcular las horas. Al llegar a la última columna reservó también la tarde de la merienda, trazando una línea firme donde, unos días antes, habría dejado espacio para más trabajo.

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