La silla junto al fuego
La sopa se pegó al fondo mientras Clara decidía si debía ponerse el vestido verde o el marrón.
Descubrió el olor al bajar la escalera, ya vestida de verde, y tuvo que trasladar la parte que podía salvarse a otro cazo.
A las seis menos cuarto había conseguido un resultado aceptable y una cocina que parecía haber servido a doce personas.
La señora Bell había pasado aquella tarde.
Hablaron de manteles durante una hora y media, bastante más de lo que Clara había previsto, porque cada solución hacía que la mujer recordara otra necesidad.
Al marcharse había dejado un papel con medidas incompletas y la propuesta de que Clara visitara el salón parroquial el viernes.
No habían acordado un precio. Clara debía calcularlo antes de aceptar nada.
Guardó el papel en el cajón y se obligó a no volver a abrirlo. Elias llegaría pronto. La cena podía ser sencilla, pero no quería recibirlo con un cuaderno entre ambos ni pasarse la noche explicando por qué estaba distraída.
Él llamó a las seis, con pan recién comprado y un pequeño paquete de manzanas.
Clara recibió las dos cosas, las dejó en el aparador y volvió hacia él.
Durante un segundo permanecieron quietos en el recibidor.
Desde el domingo se habían saludado dos veces en la calle, con otras personas cerca; aquel era el primer momento en que podían decidir por sí mismos cómo encontrarse.
—He estado pensando en esto desde que cerré el taller —dijo Elias, antes de inclinarse.
Clara le puso una mano en la nuca y lo besó. La torpeza de la espera desapareció en cuanto él la rodeó por la cintura, acercándola con una delicadeza que no tenía nada de indecisa. Al separarse, ella conservó los dedos junto al cuello de su chaqueta y sonrió contra su mejilla.
—Espero que también hayas pensado en la cena. Me he peleado con una cebolla durante media tarde.
—Puedo pensar en dos cosas. Aunque ahora mismo una me interesa bastante más.
Clara le dio un leve empujón hacia la cocina, riéndose. Elias se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla. Bajo el chaleco, la camisa limpia acentuaba la amplitud de sus hombros. Ella apartó la vista para servir la sopa y descubrió que se había olvidado de poner cucharas.
Él las buscó donde ella le indicó, sin hacer comentarios.
A Clara le gustó que no intentara convertir su nerviosismo en una broma.
Se sentaron uno frente al otro, con el pan entre ambos y la ventana todavía abierta al patio.
Cuando Elias probó la sopa, ella estuvo a punto de preguntarle si notaba el gusto a quemado.
—No hace falta que me mires así —dijo él—. Está buena.
—He tenido un pequeño contratiempo. Si sabe distinto de lo que esperabas, puedes decirlo. No voy a ofenderme por una cebolla.
—Sabe a cena caliente que no he tenido que preparar. Eso ya le da cierta ventaja.
—No era exactamente el elogio que buscaba.
Elias tomó otra cucharada, esta vez mirándola con una seriedad exagerada.
Clara terminó riéndose antes de que pudiera añadir nada.
La tensión se le fue de los hombros. Le contó lo del cazo, omitiendo el cambio de vestido; él confesó que la semana anterior había comido dos noches lo mismo porque calculó mal la cantidad de patatas.
—Mi hermana dice que debería buscar a alguien que me ayudara con la casa —añadió—. Cree que vivo entre herramientas y platos sucios. Cuando viene, pasa la primera mañana abriendo ventanas para demostrarlo.
—¿Y encuentra platos sucios?
—Alguno. No tantos como necesita para justificar el sermón.
—Entonces os lleváis bien.
—Nos llevamos mejor desde que vivimos lejos. De niños nos pasábamos el día discutiendo por cosas que ninguno de los dos quería hasta que el otro las cogía.
—¿Quién te enseñó a cocinar? —preguntó Clara—. Las patatas para dos días no cuentan como una respuesta suficiente.
—Mi madre empezó a enseñarme y después aprendí por necesidad. Mi padre tenía la costumbre de acercarse al fogón, levantar la tapa y decir que faltaba algo. Nunca sabía explicar qué. Yo decidí que, si iba a criticar la cena, tendría que aprender a hacerla.
—En mi casa ocurría lo contrario. Mi padre cocinaba los domingos y mi madre se sentaba lejos para no ver lo que ensuciaba. Era capaz de usar cuatro cazos para preparar una salsa. Ella decía que necesitaba una criada solo para recoger sus buenas intenciones.
—Espero que tú hayas heredado la parte en la que alguien se sienta. Puedo recoger después de cenar.
—He heredado la de vigilar dónde guardan los platos. Pero intentaré contenerme. La señora Mercer cambia las cosas de sitio cada vez que viene y ya he aprendido que discutir no me devuelve la cucharilla.
Clara cortó el pan mientras lo escuchaba hablar de Ruth.
Había una suavidad particular en su voz al mencionar a los sobrinos.
Le contó cómo el pequeño había intentado herrar una silla con trozos de hojalata y cómo su hermana le atribuía a él aquella afición, aunque el niño apenas lo había visto trabajar.
Clara pudo imaginarlo sentado en el suelo, con alguien pequeño trepándole por los hombros, y la imagen le produjo una ternura que no había previsto.
—¿Te gustan los niños? —preguntó Elias al advertir su sonrisa.
—Me gustan los que conozco. Mi prima tiene una hija que me hace dibujar vestidos para sus muñecas y luego rechaza todos mis diseños. Tiene seis años y es mi clienta más exigente.
—Ruth dice que los suyos se comportan mejor conmigo porque me ven poco. Yo prefiero pensar que reconocen la autoridad.
—Naturalmente. ¿Cuánto tardan en convencerte para que hagas lo que quieren?
—Depende de lo que quieran. El pequeño ha descubierto que si me pide que le enseñe una herramienta siempre consigo encontrar tiempo.
Clara estuvo a punto de preguntarle si había querido tener hijos. Miró las manos de Elias sobre la mesa, aún con migas de pan en los dedos, y prefirió esperar. Apartó los platos y le pidió que cortara las manzanas mientras ella buscaba la mantequilla.
Elias cortó las manzanas junto a la ventana. Clara tuvo que pasar por detrás para alcanzar un plato y le apoyó la mano en la espalda. Él se volvió, con el cuchillo quieto sobre la tabla, y ella dejó los dedos en su hombro antes de seguir.
—Me gusta tenerte aquí —dijo, dejando el plato entre ambos—. Mucho más de lo que había pensado al invitarte.
Elias bajó el cuchillo y la miró. Clara sintió la tentación de añadir algo que restara importancia a la frase. Esperó, apoyada en el borde de la mesa, hasta que él le rozó la mejilla con el dorso de la mano.
—A mí me está costando recordar por qué tardé tanto en venir sin una herramienta.
—Porque te invitaba a mirar puertas y soportes. Yo tampoco lo estaba haciendo fácil.
—La invitación al té fue bastante clara. Fui yo quien necesitó una camisa que recoger para tener dónde esconderse.
Clara se acercó. Elias la recibió contra sí y la besó sin prisa.
Ella notó la firmeza de sus brazos alrededor de la espalda, el calor que había conservado bajo el chaleco.
Le gustó poder apoyarse sin tener que explicar cansancio alguno.
Cuando él se apartó para mirarla, le alisó una arruga del cuello y volvió a besarla, más brevemente.
La mantequilla empezó a chisporrotear. Clara se separó con una risa y retiró la sartén a tiempo. Elias recogió las manzanas cortadas, todavía sonriendo, y entre los dos terminaron un postre menos elegante de lo que ella había imaginado y bastante mejor de lo que la sopa había hecho temer.
Después llevaron las tazas a la sala. Clara encendió una lámpara y acercó dos sillas al fuego. La noche había refrescado. Elias puso una más cerca de la otra antes de sentarse, un gesto pequeño que ella vio y agradeció en silencio.
—Bell ha venido hoy —dijo Clara cuando él preguntó por el día—. Quiere que vea el salón el viernes. Habla de alquilar manteles, pero cada vez que lo dice añade otra cosa. Creo que todavía no ha decidido qué necesita de verdad.
—Conviene que lo escriba antes de que empieces. El año pasado me pidió revisar cuatro mesas y terminé reparando siete bancos. Me pagó, pero yo había prometido otro trabajo para esa semana.
—No quiero aceptar un encargo grande por miedo a parecer poco servicial. Tampoco quiero perderlo por ponerme difícil antes de conocerla.
—Pedir las medidas no es ponerse difícil. Si quieres, te explico cómo organizo yo una lista de trabajos. Pero la decisión es tuya; sé menos de manteles que de casi cualquier otra cosa.
Clara aceptó la ayuda. Elias describió una cuenta sencilla: materiales por separado, horas previstas y una fecha a partir de la cual cualquier cambio podía alterar la entrega.
Ella le preguntó cómo calculaba el tiempo cuando nunca había hecho una pieza igual.
Él reconoció que algunas veces se equivocaba y tenía que asumirlo.
—Eso me tranquiliza más que si me hubieras dicho que siempre aciertas —respondió Clara—. En Bath podía repetir un vestido que ya conocía. Aquí cada encargo parece pedirme algo distinto.
—También es lo que querías al venir.
—Sí. Lo olvido cuando me preocupa no saber hacerlo. Luego termino una prenda y vuelvo a acordarme.
Elias tomó su mano sobre el brazo de la silla.
Clara entrelazó los dedos con los suyos y dejó que la conversación descansara.
El fuego calentaba una parte de sus piernas; al otro lado, la cercanía de él le resultaba más difícil de ignorar.
Lo miró sin disimulo. Elias tenía una pequeña sombra de cansancio bajo los ojos y la barba empezaba a oscurecerle la mandíbula.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Estoy mirándote. Supongo que ya puedo hacerlo sin fingir que hay algo detrás de ti.
Él soltó una risa baja y se volvió un poco más hacia ella. Clara notó cómo le acariciaba el pulgar y se permitió disfrutar de la atención, de la evidencia sencilla de gustarle a un hombre que a ella le parecía extraordinariamente atractivo.
—Puedes hacerlo —dijo Elias—. Aunque me cuesta seguir hablando cuando me miras así.
—No estaba esperando una explicación. Hoy he hablado bastante.
Se inclinó hacia él. El beso fue más seguro que el del recibidor y acabó con Clara sentada en el borde de su silla, una mano sobre el hombro de Elias. Él la sostuvo cerca, sin apresurarla. Cuando volvieron a separarse, ella apoyó la mejilla contra la suya y cerró los ojos un instante.
No deseaba que se marchara. Tampoco quería dejar que el entusiasmo decidiera por ella todo lo que vendría después. Se apartó lo suficiente para recuperar su asiento y Elias le soltó la cintura enseguida, conservando solo la mano que ella seguía ofreciéndole.
—Quiero volver a cenar contigo —dijo Clara—. Y seguir haciendo esto. Pero hoy prefiero que nos quedemos aquí.
—Aquí está bien.
Elias le alcanzó la taza y se acomodó mejor en la silla. Clara bebió; el té se había enfriado. Al dejarlo volvió a apoyar la mano en la de él y siguieron sentados, cerca del fuego, hasta que ella recordó algo que quería contarle.
—Esta mañana Foster me preguntó si te había gustado el paseo —dijo Elias después de un rato—. No sabía que nos hubiera visto salir.
—Nos vio su mujer desde la tienda. Me lo contó el lunes mientras compraba un poco de cinta. No pareció escandalizada; estaba más interesada en saber si habíamos llegado hasta el molino.
—Le dije que nos había gustado. No quería hablar por ti, pero tampoco me pareció bien hacer como si me estuviera preguntando algo que debía ocultar.
—Me alegra que lo dijeras. La señora Foster puede saber que salgo contigo; tampoco íbamos escondidos por el camino. Si empieza a pedir detalles, ya encontraré la manera de volver a hablarle de la cinta que vino a comprar.
—Creí que me costaría más. Antes me molestaba que preguntaran incluso cuando no había nada que decir. Hoy me descubrí pensando que me gustaba tener una respuesta.
—Pues puedes conservarla. El paseo me gustó mucho. La cena también, aunque la haya preparado yo. Y cuando vengas otra vez, pienso dejarte elegir algo que sepas hacer, para poder sentarme a mirar.
—En mi cocina. Si voy a demostrar que sé cocinar, prefiero conocer el lugar donde guardan los cazos.
—Acepto. Tendrás que darme un día y una hora; no puedo aparecer en tu casa exigiendo que cumplas una promesa hecha después de besarme.
Elias se rio y propuso el domingo siguiente. Clara lo anotó mentalmente con más cuidado del que había puesto en las medidas de Bell.
Cuando el reloj dio las diez, él se levantó. Clara lo ayudó a ponerse la chaqueta, alisando con ambas manos los hombros. Elias giró la cabeza y le besó los nudillos antes de que pudiera retirarlos. Ella sonrió, sorprendida por el gesto, y lo acompañó hasta la entrada.
—El viernes iré al salón a las cuatro —dijo—. Si estás reparando mesas, procuraré no pisar tus herramientas.
—Bell me ha pedido que pase a esa hora. Espero que no haya preparado otras siete sin decírmelo.
—Si las hay, las contaremos antes de aceptar nada.
Se despidieron con un beso bajo el dintel. Después de cerrar, Clara volvió a la sala y dejó las sillas donde estaban. Por la mañana tendría que apartarlas para abrir la tienda, pero aquella noche le gustaba verlas juntas. Apagó la lámpara y subió a acostarse sin revisar el cuaderno de cuentas.
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