El camino del molino
Elias llegó diez minutos antes y esperó junto al puente para no obligarla a apresurarse.
Se había puesto la camisa que Clara había arreglado.
El puño cerraba sin tirantez y, cada vez que lo veía asomar bajo la chaqueta, recordaba sus dedos ajustándolo en el taller.
A los treinta y cinco años le pareció excesivo necesitar aquella pequeña seguridad para ir a buscar a una mujer.
Clara lo descubrió desde la ventana antes de que llamara. Salió con una chaqueta ligera y un sombrero sujeto por una cinta oscura. No llevaba el bolso donde guardaba las muestras, sino uno pequeño que apenas ocupaba su mano. Al acercarse al puente miró el reloj de la iglesia y luego a él.
—¿Llevas mucho esperando? He estado cambiando de sitio unas cosas arriba y no he oído pasar a nadie.
—He llegado pronto. Preferí quedarme aquí a hacerte pensar que tenías que salir antes.
—Podrías haber llamado. Habrías evitado que siguiera buscando tareas hasta que llegase la hora. Parece que no sé tener una tarde libre.
Elias le ofreció el brazo. Ella lo tomó con una facilidad que le produjo más alegría de la que estaba dispuesto a mostrar en plena calle.
Caminaron hacia el sendero del molino, dejando atrás las últimas casas y la verja de un huerto.
Clara acomodó el paso al suyo durante unos metros; después él lo acortó sin que ella tuviera que pedirlo.
—No me duelen los pies tanto como temía —dijo—. Ayer me senté para hacer casi todos los arreglos. La señora Mercer cree que estoy aprendiendo a comportarme como una persona razonable.
—Te lo habría dicho igualmente aunque no te hubieras sentado. Le gusta pensar que sus consejos producen resultados.
—Algunos los producen. Me obligó a escribir el horario en la puerta. El miércoles vino una vecina cuando estaba cenando y yo habría bajado si no hubiera estado ella conmigo.
—¿Volvió al día siguiente?
—Y compró lo que necesitaba sin enfadarse. Estoy intentando recordar eso cada vez que me siento culpable por cerrar.
El camino se estrechó junto al río. Elias retiró el brazo para dejarla pasar por un tramo de suelo húmedo y volvió a ofrecérselo después.
Clara lo aceptó sin mirarlo. A él le gustó aquella repetición sencilla, la posibilidad de separarse unos pasos y recuperar el contacto sin convertirlo en una pregunta.
Hablaron del pueblo. Clara recordaba un columpio junto a la casa de una mujer que vendía huevos; Elias le explicó que la mujer había muerto y que su nieta seguía viviendo allí.
Ella señaló un muro donde creía haberse raspado una rodilla.
Él no conocía aquella versión infantil de Clara, pero la imaginó con una claridad que le hizo sonreír.
—Te estás riendo de mí —dijo ella—. Lo sé aunque no pueda verte bien desde este lado.
—Intentaba imaginarte convenciendo a tu tía de que no había sido culpa tuya.
—No necesitaba convencerla. Me limpiaba la rodilla y luego me preguntaba si el muro merecía la pena. Casi siempre la respuesta era que sí.
—Martha tenía una manera particular de educar.
—Conmigo podía permitírselo. Me devolvía a casa al terminar el verano y mis padres se ocupaban de las consecuencias.
Al llegar a una curva encontraron un banco bajo un fresno. Clara propuso sentarse. Elias comprobó por costumbre la madera antes de ocuparlo y ella le dio un leve golpe en la manga.
—Voy a empezar a cobrarte cada vez que examines una silla antes de sentarte conmigo.
—Este no lo he hecho yo. Me parece una precaución razonable.
—Entonces recordaré que puedo confiar en los bancos que llevan tu aprobación. ¿Venías aquí de niño?
—Mi padre me mandaba al molino a buscar un pago y yo tardaba el doble porque me entretenía en el agua. Una vez perdí una moneda. Estuve buscándola hasta que oscureció.
—¿La encontraste?
—La encontró mi madre en el forro del bolsillo al lavar los pantalones. Mi padre ya me había hecho trabajar para devolverla. Ella obligó a que me pagara lo que me debía.
Clara se rio apoyándose contra el respaldo.
Elias sintió su hombro junto al suyo y se permitió quedarse quieto.
La cinta del sombrero le rozaba el cuello; ella se lo quitó y lo dejó sobre las rodillas.
El pelo, recogido con menos firmeza que en la tienda, dejaba escapar algunas hebras que la luz volvía más claras.
Durante un rato escucharon el río. Elias había pensado en besarla al salir de casa, y luego al ofrecerle el brazo, y ahora que estaban sentados la idea ocupaba tanto espacio que le costaba seguir cualquier otro pensamiento.
Clara giró la cara hacia él. Podía haberlo hecho entonces.
En cambio, oyó su propia voz preguntando si estaba contenta en Willow Creek.
Ella no respondió enseguida. Se acomodó el sombrero sobre las rodillas y alisó una parte del ala.
—Estoy cansada casi todas las noches y echo de menos algunas cosas de Bath. La panadería que había cerca del taller, por ejemplo. Pero cuando cierro la tienda me alegra estar dentro de mi casa. No tengo la sensación de estar esperando el permiso de alguien para empezar mi vida.
—Me alegro.
—Te lo he contado varias veces. Empiezo a pensar que quieres preguntarme otra cosa.
Elias miró hacia el agua. Había intentado ser discreto y había conseguido parecer insistente. Clara no lo presionó, pero tampoco retiró la observación. Le estaba concediendo la oportunidad de decir lo que quería; él sabía lo fácil que sería desperdiciarla con una broma.
—Hace tres años iba a casarme —dijo al fin—. Pensaba que ella quería vivir aquí. Lo había dado por hecho porque nunca me dijo lo contrario hasta que ya estaba todo preparado.
Clara dejó de mover el sombrero. No se apartó ni tomó su mano de inmediato. Elias agradeció que no respondiera antes de que él pudiera continuar.
—Se llamaba Anne. Una tía suya le ofreció quedarse en Londres. Ella fue unas semanas y decidió que no quería volver. Me lo escribió nueve días antes de la boda.
—Siento que tuviera que decírtelo así.
—Volvió después para hablar. Para entonces ya había tenido que avisar a todo el mundo. Fue eso lo que más tardé en soportar: salir a la calle sabiendo que cada persona había recibido una explicación que yo apenas entendía.
Clara dejó el sombrero a un lado y le tomó la mano. Elias la miró. Había temido compasión; encontró atención y una tristeza sobria que no lo hizo sentirse pequeño.
—¿La echas de menos todavía? —preguntó ella.
Elias dejó de mirar el agua. Clara esperaba la respuesta con los dedos inmóviles entre los suyos. Hasta entonces había estado ocupado en recordar cómo lo pasó él; no había pensado qué podía estar preguntándose ella.
—No quiero que vuelva. Hace tiempo que dejé de quererlo. Pero me acostumbré a no hacer sitio a nadie, y ahora me descubro preguntándote si vas a quedarte cuando solo debería estar disfrutando del paseo.
—Puedes preguntarme lo que necesites. Lo que no puedo hacer es prometerte hoy todo lo que sucederá dentro de veinte años. No se lo prometería a nadie después de apenas unas semanas.
Elias aflojó los dedos, pero Clara siguió sujetándole la mano. No podía pedirle más; apenas habían empezado a conocerse. Aun así, tardó en levantar la cara y, cuando lo hizo, ella seguía allí.
—Lo sé. No quería pedirte eso.
—Hoy he querido salir contigo. Me he arreglado antes de la hora y luego he fingido estar ocupada para no mirar el reloj. Eso sí puedo decírtelo sin equivocarme.
Él alzó la cabeza. Clara tenía las mejillas algo encendidas y una expresión firme, casi impaciente con su propia vergüenza. Elias sintió que se le aflojaba una tensión que había llevado consigo desde antes de llegar al puente.
—Yo he esperado allí porque no quería que supieras lo pronto que había salido de casa.
—Te he visto desde la ventana. No parecía que el río te interesara demasiado.
Elias se rio y Clara apretó sus dedos. La miró entonces sin buscar una pregunta que retrasara lo que deseaba hacer. Ella sostuvo la mirada, quieta a su lado, con el rostro vuelto hacia él.
—Me gustaría besarte —dijo.
—Llevo un rato esperando que lo hagas.
Se inclinó despacio, dándole tiempo a acercarse también.
El primer contacto fue breve; Elias se apartó apenas para mirarla y encontró una sonrisa pequeña que desapareció cuando Clara volvió a levantar la cara.
La besó de nuevo, con una mano apoyada en su mejilla.
Ella se acercó hasta que su hombro quedó contra el pecho de él y le sujetó la solapa de la chaqueta.
Cuando se separaron, Clara conservó los dedos en la tela.
Elias apoyó la frente un instante junto a su sien.
No quería precipitar la vuelta ni estropear aquel momento explicándole cuánto significaba.
Le bastaba la mano de ella aferrada a su chaqueta y el hecho de que no pareciera tener ninguna intención de levantarse.
—Has dejado de preguntar por mis planes —murmuró Clara.
—Tengo bastante con intentar no hacer otra pregunta torpe.
—Podrías preguntarme si quiero seguir caminando. Aunque te advierto que voy a decir que todavía no.
Se quedaron en el banco hasta que pasó una pareja por el sendero.
Clara recuperó el sombrero, pero no se apartó con brusquedad ni soltó su mano.
Saludaron a los caminantes y Elias descubrió que no le importaba que los hubieran visto.
La idea lo sorprendió por lo poco que se parecía a sus temores de otras mañanas.
Al continuar, Clara enlazó los dedos con los suyos en lugar de tomarle el brazo.
Elias la condujo hasta un tramo donde se veía la rueda del molino entre los árboles.
No llegaron más lejos. El camino empezaba a secarse y la tarde era demasiado agradable para convertirla en una excursión larga por obligación.
—Si vuelves a pensar en Anne cuando estés conmigo, dímelo —dijo ella al emprender la vuelta—. Puedo escucharte. Lo que no sabría hacer es adivinar por qué has dejado de hablarme.
—No suelo hablar de ella. Me acostumbré a que todo el mundo supiera la historia y a que nadie quisiera escuchar otra versión.
—Yo no estaba aquí entonces. Para mí eres el hombre que vino a buscarme esta tarde, y quiero seguir conociéndolo. Si meto la pata alguna vez, prefiero que me lo digas a enterarme días después.
Elias dijo que lo intentaría. Unos pasos después, Clara se detuvo para quitarse una piedra del zapato y le entregó el sombrero. Él lo sostuvo mientras ella se apoyaba en su brazo, impaciente por poder calzarse otra vez.
Frente a la tienda, ella buscó la llave sin soltarle la mano. Elias esperó a que abriera y entrara un paso. Podía haberla besado en la calle, pero le gustó la breve intimidad del umbral, con el cartel sobre sus cabezas y la casa en silencio detrás.
—¿Puedo volver a invitarte? —preguntó—. Sin esperar al próximo domingo.
—Puedes venir el miércoles a cenar. Pero tendrás que avisarme si no te gustan las cebollas; es la única sopa que me sale siempre igual.
—Me gustan. Y puedo traer algo que no sea queso, para que no pienses que es lo único que sé comprar.
Clara se puso de puntillas y lo besó antes de responder. Fue una despedida corta, sin la vacilación del banco. Después apoyó la mano en su pecho y lo hizo retroceder lo justo para mirarlo.
—El miércoles, Elias. Y llega con hambre.
Él volvió al taller por el puente, con la sensación desacostumbrada de que no necesitaba ponerse a trabajar para llenar el resto de la tarde.
En la cocina había una nueva carta para Ruth, empezada el sábado.
Se sentó a escribir y, esta vez, no tachó el nombre de Clara cuando apareció en la primera línea.
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