El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) La primera mañana
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La primera mañana

A las ocho y media, Elias estaba en lo alto de una escalera sujetando un cartel que Clara quería mover dos dedos hacia la izquierda.

Bennett sostenía la base desde abajo, con la paciencia resignada de quien había previsto aquella discusión.

Las letras verdes ya se leían desde el puente.

Elias las había mirado al llegar y había pensado que el nombre le sentaba bien a la fachada.

—Si lo desplazo más, el brazo no quedará centrado sobre la puerta —dijo—. Podemos hacerlo, pero se notará cuando lo mires de frente.

—Desde aquí parece torcido.

—Porque estás en el borde de la acera —intervino Bennett—. Ponte junto a mí antes de obligarlo a abrir otros agujeros.

Clara se colocó delante de la escalera. Elias no podía ver su expresión sin girarse demasiado, así que esperó con el peso del cartel sobre una mano. Después de unos segundos, ella admitió que estaba bien. Bennett soltó una tos que ocultaba una risa y él apretó el último tornillo.

Al bajar encontró a Clara con el sombrero en una mano, aunque no parecía tener intención de salir.

Se lo había puesto para mirar el cartel desde la calle y había olvidado quitárselo hasta entonces.

Llevaba una cinta nueva en el cuello, del mismo verde que las letras, y una mancha de tiza junto al codo.

—Faltan veinte minutos —dijo—. He contado el cambio dos veces. La señora Mercer dice que, si vuelvo a mover una tela, se marcha y me deja sola.

—Todavía puedes darle una razón para quedarse. Ponla a vigilar que no toque el escaparate nadie más.

—Eso ha decidido hacer sin que se lo pida. ¿Vas a entrar un momento? Quiero pagarte lo del cartel antes de que empiece a confundir unas cuentas con otras.

Bennett se llevó la escalera. Elias entró detrás de Clara y se detuvo al ver la sala.

Las baldas estaban ocupadas por piezas dobladas con el borde hacia fuera; el soporte mostraba el algodón que habían usado para probarlo, ahora acompañado por una lana fina.

Había espacio para caminar sin rozar los muebles.

En una esquina de la ventana, el geranio de Martha recibía la luz sobre dos hojas nuevas.

Clara dejó el sombrero bajo el mostrador y abrió el cuaderno.

Elias extendió la factura, que incluía el brazo de hierro y la colocación.

Ella la repasó antes de contar las monedas.

Ninguno fingió que el pago estropeaba la mañana.

Al terminar, Clara apoyó la mano sobre el recibo y lo miró con una satisfacción nerviosa.

—Ya está. Todo lo que hay aquí lo he pagado yo, salvo los muebles de mi tía. Me queda menos dinero del que me gustaría, pero al menos sé dónde ha ido.

—Se ve desde que entras. Has conseguido que parezca una tienda.

—Eso espero. Sería incómodo tener que explicarlo cada vez que alguien cruzara la puerta.

Él quiso decirle que estaba orgulloso de ella. La frase le pareció demasiado propia de alguien con derecho a juzgar su esfuerzo. En lugar de eso, apoyó dos dedos sobre el borde del mostrador, cerca de su mano. Clara miró el gesto y desplazó la suya hasta rozarlo.

La señora Mercer apareció desde el fondo con un paño. Elias retiró la mano para guardar la factura, pero no con suficiente rapidez para fingir que no había ocurrido nada. La mujer observó el mostrador limpio y decidió, con inesperada delicadeza, que debía repasar el cristal de la puerta.

—No he desayunado —confesó Clara en voz baja—. Me senté con un trozo de pan y empecé a pensar que quizá el precio de la lana estaba mal calculado. Cuando levanté la vista, el té estaba frío y yo seguía sin darle un bocado.

—Come algo ahora. Te quedan diez minutos.

—Si empiezo, entrará alguien. Es lo que ocurre siempre que consigues llevarte una taza a la boca.

—Entonces puede ser una buena manera de atraer a la primera clienta.

Ella sonrió, pero no fue a la cocina. Elias recordó el paquete que llevaba en el bolsillo de la chaqueta: un bollo que había comprado para sí en el camino. Lo dejó sobre el mostrador sin desenvolver. Clara levantó una ceja.

—No hace falta que me alimentes cada vez que vienes.

—Era mi desayuno. Puedes darme la mitad, si así te resulta menos ofensivo.

Clara abrió el papel y partió el bollo con un cuchillo.

Le entregó el trozo más grande; él lo cambió por el otro.

La disputa duró lo suficiente para hacerla reír y la señora Mercer anunció desde la puerta que iban a dar las nueve.

Clara tragó deprisa, se limpió los dedos y fue a dar la vuelta al pequeño letrero de la entrada.

Elias se despidió y cruzó la calle. Una mujer se detuvo bajo el cartel, lo leyó y continuó su camino. Él estuvo a punto de decirle que ya estaba abierto. Se metió el envoltorio del bollo en el bolsillo y siguió hacia el puente.

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A las once no había vendido nada.

Clara mantuvo las manos ocupadas en la falda que la señora Wilkes había dejado para ensanchar.

Habían entrado dos vecinas a saludar, una de ellas para decir que compraba las telas en Millbrook desde hacía veinte años.

Otra había preguntado por hilo negro y se había marchado al saber el precio.

La señora Mercer, que ya tenía su falda nueva, doblaba unas cintas con una concentración impropia de la tarea.

—Puede irse si tiene cosas que hacer —dijo Clara—. No es necesario que permanezca aquí para evitar que me preocupe. Puedo preocuparme y coser a la vez.

—Estoy esperando que me cobre el hilo que me llevo. No quiero estrenarla debiendo dinero, aunque usted se empeñe en meter la bobina en mi bolso sin apuntarla.

—Se la regalo porque me ha ayudado toda la semana. Eso no es una deuda.

—Entonces lo aceptaré. Pero mañana vendré a comprar agujas y me dejará pagarlas. Su tía tenía la costumbre de devolver los favores hasta que una terminaba arrepintiéndose de haberlos hecho.

Clara admitió el trato. Cuando la mujer se marchó, el silencio de la sala le pareció mucho mayor.

Dejó la costura sobre el mostrador y salió a mirar el cartel, aunque ya no tenía ninguna razón para cambiarlo de sitio.

Desde el puente llegaba el sonido de la herrería.

Se preguntó si Elias estaría pensando en ella y se reprochó necesitar aquella idea para soportar una hora vacía.

La primera venta de la mañana llegó con una mujer a la que no conocía.

Traía un retal doblado en el bolsillo y pidió hilo del mismo color.

Clara encontró una bobina suficientemente parecida, la llevó a la ventana y la compararon juntas.

La mujer se llamaba Nora Pike y lavaba ropa para varias casas del pueblo.

—Necesito que aguante agua caliente —explicó—. El último que compré encogió y dejó la costura fruncida. La señora a la que le arreglé la funda creyó que la había cosido mal.

—Este me ha dado buen resultado. Si quiere, corte un poco y pruébelo antes de usar toda la bobina. Si no le sirve, tráigamela y buscaremos otro.

—No me gusta devolver cosas empezadas.

—A mí no me gusta vender algo que no sirve para lo que me han pedido. Puede traerla. Prefiero enterarme del problema a que no vuelva.

Nora compró dos bobinas. Antes de salir preguntó si Clara tenía cinta resistente para los delantales y prometió volver el jueves. Las monedas eran pocas, pero Clara las apuntó con una letra tan firme que tuvo que levantar la pluma para no atravesar el papel.

Al mediodía entró Lucy Wilkes para recoger el vestido.

Se lo probó sin su madre y giró ante el espejo con una alegría que llenó la tienda más que las visitas anteriores.

Clara le recordó dónde había guardado los volantes.

Lucy dijo que pensaba dejarlos en el fondo del armario hasta casarse, y que eso no ocurriría pronto si dependía de ella.

—Mi madre quiere que lo estrene en la merienda del salón —dijo—. ¿Vendrá usted? La señora Bell hace que todo el mundo contribuya con algo. A mí me ha encargado servir, aunque sabe que preferiría quedarme a bailar después.

—No sabía que había baile.

—Lo hay cuando apartan las mesas. No es gran cosa, pero viene un violinista de Millbrook. Si la señora Bell no lo hace trabajar antes colocando bancos, suele durar hasta tarde.

Clara pensó en un vestido verde que todavía no existía. Se obligó a volver al dobladillo de Lucy y comprobó que no rozara el suelo. La muchacha dejó el pago pendiente sobre el mostrador y salió con el paquete contra el pecho. Clara la vio caminar con más ligereza que el día de la primera prueba.

Por la tarde entraron otras tres personas. Una compró cinta; otra pidió un arreglo que Clara no podía prometer para el día siguiente. Le costó decirlo, pero lo dijo. Cuando cerró, había vendido menos de lo que había imaginado en sus noches optimistas y más de lo que había temido aquella mañana.

Elias apareció mientras ella recogía las muestras. No traía herramientas. Se quedó a un lado del mostrador con las manos vacías, un detalle que Clara advirtió antes de oír su saludo.

—He venido a preguntar cómo ha ido. Si estás cansada, puedo volver mañana.

—Estoy cansada, pero quiero contártelo. He vendido hilo a una mujer que sabe mucho más que yo sobre lo que le hace el agua caliente a una costura. Y Lucy se ha llevado el vestido. Lo demás cabe en media página del cuaderno.

—¿Quieres que lo mire?

—Prefiero contártelo sin convertirte en contable. Hoy me basta con alguien que escuche y no me diga que al principio siempre cuesta. Ya lo sé; me lo han repetido cuatro veces.

—También ha entrado una mujer que quería saber si estaba casada —añadió Clara—. Pensé que era una manera de iniciar la conversación, hasta que preguntó quién llevaría la tienda cuando lo estuviera.

—¿Qué le has dicho?

—Que esperaba conservar las manos después de la boda. No se ha reído. He tenido que explicarle que no pensaba dejar el oficio, con marido o sin él.

—A mi madre le hicieron una pregunta parecida sobre las cuentas del taller. Mi padre dijo que las llevaba él. Ella le dejó hacerlo un mes y terminó encontrando facturas dentro del saco de avena.

—Me habría gustado conocerla. ¿Tu padre volvió a intentarlo?

—Aprendió a dejar los recibos en el cajón correcto. Le parecía una contribución suficiente. Cuando ella murió, tuve que descubrir cómo ordenaba los pagos. Había anotado hasta las monedas que mi padre olvidaba cobrar.

—Yo no quiero que alguien tenga que descifrar mi cuaderno si falto un día. Pero tampoco quiero pasarme la noche calculando lo que podría ocurrir dentro de un año. Esta mañana casi olvidé abrir por estar pensando en eso.

—El domingo puedes dejarlo cerrado. No te voy a preguntar cuántas bobinas has vendido mientras paseamos.

—Todavía no me has invitado a pasear.

Elias se detuvo con la mano en el respaldo de la silla. Clara sintió que se le escapaba una sonrisa; él la vio y dejó de buscar una respuesta apresurada.

—Estaba esperando a que terminaras de contarme el día —dijo—. Pero ya que lo sabes, procura no organizar nada para después de comer.

Elias arrimó una silla. Clara se sentó frente a él y le relató la mañana, incluida la mujer que compraba en Millbrook desde hacía veinte años. Él no intentó convencerla de que todo había sido un éxito. Preguntó por Nora, por la prueba de Lucy y por el arreglo que había tenido que rechazar.

—No lo he rechazado del todo —explicó ella—. Le he dicho que podía tenerlo el viernes. Me ha mirado como si le hubiera propuesto esperar al invierno.

—Volverá. A mí Wilkes me pide todo para mañana. Si le digo el viernes, protesta, se va y aparece el viernes. Nunca he perdido un encargo suyo por eso.

Clara se rio y apoyó la cabeza un momento contra el respaldo.

Elias estaba lo bastante cerca para que pudiera ver una hebra de algodón prendida a su chaleco.

Alargó la mano y la retiró sin pensarlo.

Él se quedó inmóvil bajo aquel gesto; cuando ella fue a apartarse, le sostuvo los dedos con suavidad.

—Podríamos ir por el camino del molino —dijo—. A esa hora habrá poca gente. No lo he recorrido entero desde el invierno.

Clara miró sus manos y volvió hacia él. Había cerrado el cuaderno; el libro prestado ya estaba devuelto y la camisa, arreglada. Sonrió antes de contestar, sin darle ninguna ayuda con la pregunta.

—Me gustaría. Aunque tendrás que caminar despacio si sigo toda la semana de pie.

—Iremos hasta donde quieras. Puedo pasar a buscarte después de comer.

Ella aceptó. Elias le soltó la mano al levantarse, pero Clara lo acompañó hasta la puerta y esta vez apoyó los dedos en su manga antes de que saliera.

—Gracias por venir sin traer algo que arreglar.

—No necesitaba una excusa esta tarde.

Clara cerró después de verlo marchar. En el cuaderno aún quedaba por sumar una columna.

Lo hizo con cuidado y, al terminar, escribió debajo la fecha del día siguiente.

Luego fue a la cocina a prepararse una cena de verdad.

El domingo tenía un paseo, y por primera vez desde su llegada aquella expectativa ocupó más espacio que el dinero que faltaba ganar.

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