El vestido que ella elegiría
Lucy Wilkes tenía una manera muy particular de mostrar su desacuerdo: dejaba de moverse.
Clara lo descubrió el jueves, cuando la muchacha se quedó rígida ante el espejo mientras su madre pedía que ajustaran un poco más el cuello.
La prueba debía durar media hora. Llevaban veinte minutos discutiendo una diferencia que apenas alcanzaba el ancho de un dedo.
Clara dejó la caja de alfileres sobre la mesa.
El vestido todavía estaba hilvanado y la tela azul caía sin planchar alrededor de los tobillos de Lucy.
La madre había terminado por comprarla el miércoles, después de comparar la muestra con todo lo que encontraba en su armario.
Ahora parecía arrepentirse de permitir que aquella compra se convirtiera en una prenda distinta de la que había imaginado.
—Necesito que se siente —dijo Clara a Lucy—. En esa silla, por favor. Y mire hacia la ventana, como haría si alguien entrase mientras está comiendo.
La muchacha obedeció. El borde del cuello le rozó la mandíbula y volvió a enderezar la cabeza con evidente molestia. Clara retiró un alfiler, dobló un poco la tela y le pidió que repitiera el movimiento. Esta vez Lucy pudo girarse sin dificultad.
—Desde donde está usted se ve casi igual —explicó Clara a la madre—. Pero ella tiene que llevarlo puesto. Si lo dejamos más alto, terminará desabrochándolo en cuanto salga de casa.
—Tampoco quiero que parezca que no me he ocupado de vestirla decentemente.
—Lo estará. El cuello queda cerrado y no se ve más de lo que se ve en mi vestido. Podemos añadir el broche que ha traído, si a Lucy le gusta cómo queda.
La muchacha levantó la vista. Era la primera vez en aquella prueba que alguien le ofrecía una decisión sin mirar a su madre inmediatamente después. Tomó el broche, una pieza pequeña con una piedra pálida, y lo sostuvo contra la tela.
—Quiero ponérmelo. Pero prefiero las mangas sin los volantes. Se me enganchan cuando ayudo a servir y luego parece que soy descuidada.
—Son los volantes que llevaba yo cuando conocí a tu padre —dijo la señora Wilkes.
—Podemos guardarlos para otra prenda —intervino Clara—. No hace falta cortarlos. Los retiraré enteros y se los devolveré envueltos con el vestido.
La señora Wilkes guardó el broche en su bolso. Lucy se acercó al espejo por su cuenta y giró de lado; al comprobar que el cuello ya no le rozaba la mandíbula, sonrió. Clara retiró dos alfileres del alfiletero para dejar marcado el cambio antes de que alguna se arrepintiera.
Antes de marcharse, la señora Wilkes le habló de la merienda de finales de mayo, organizada para reunir dinero con el que reparar el tejado del salón parroquial.
Necesitaban manteles y cortinas para separar la zona donde guardarían las fuentes.
La mujer encargada de organizarlo, Agnes Bell, pasaría por la tienda después de la apertura.
—No sé cuánto podrá pagar —advirtió—. Cada año dice que no tienen dinero y luego encuentra bastante para encargar más pasteles de los que podemos comer.
—Que traiga las medidas y hablaremos. Podría alquilar parte de la ropa, si es para un solo día. O aprovechar las cortinas que ya tengan.
—Dígale usted eso. Cuando se lo digo yo, cree que estoy criticando su manera de hacer las cosas.
Clara anotó el nombre de Agnes Bell al cerrar. Bajo él figuraban la falda de la señora Mercer y dos arreglos pendientes. El vestido azul aún necesitaba varios remates. Pasó un dedo por la lista y dejó el cuaderno abierto donde pudiera verlo al sentarse a coser.
A las seis encontró a Elias en el pequeño patio trasero, donde ella había salido a sacudir un paño.
Había llamado delante; al no obtener respuesta, había seguido el pasillo con la puerta abierta.
Llevaba el libro bajo el brazo y se detuvo a un paso del umbral de la cocina, esperando que lo invitara a avanzar.
—La señora Mercer me dijo que estabas aquí. Se marchaba cuando llegué. No he querido hacerte atravesar la casa con lo que tuvieras entre manos.
—Solo tenía polvo. Lo he dejado fuera para que no se sienta demasiado cómodo. Pasa; hoy puedo ofrecerte té sin pedirte que apartes una caja.
Clara llevaba dos días llamándolo Elias en su imaginación, pero al contestarle se le había escapado también el tuteo. Él lo aceptó sin detenerse a comentarlo. Dejó el libro sobre la mesa de la cocina, donde ella había dispuesto las tazas; el vestido de Lucy ocupaba la sala.
Clara sirvió el té. Elias se acercó a la puerta del patio en lugar de sentarse; entraba un aire templado que movía el paño tendido junto a la pila.
—Podemos sacar las sillas —propuso ella—. Hay un banco junto al muro, aunque todavía no me he atrevido a probarlo. Bastantes averías has visto ya en esta casa.
—El banco aguanta. Lo hice yo hace cinco años. Tu tía quería sentarse allí para leer, lejos de la calle.
—Entonces tendremos que utilizarlo. Me habría pasado todo el verano sentada dentro por desconfiar de una obra tuya.
Salieron con las tazas y Clara dejó el libro en el alféizar del patio.
El banco era estrecho y la pared conservaba algo del calor de la tarde.
Clara colocó una bandeja entre ambos para dejar la tetera, pero al sentarse descubrió que aquello los separaba más de lo que deseaba.
La puso en el suelo, junto a sus pies, con el pretexto de evitar que volcara.
—He terminado el libro —dijo Elias—. El final no arregla lo que me molestaba. Ese hombre podría haberle dicho mucho antes que quería que se quedara.
—Ella tampoco le pregunta. Se marcha dando por hecho que él prefiere vivir solo. Me enfadé más con ella cuando lo leí por segunda vez.
—Quizá estaba esperando alguna razón para no irse.
Clara aflojó los dedos en torno a la taza. Elias miraba el geranio, todavía junto a la pared, con el pulgar quieto sobre el borde del plato. Ella dejó pasar un momento antes de contestar.
—Esperar que los demás adivinen suele salir mal —dijo ella—. Yo lo hice durante años con la señora Vale. Creí que acabaría dándose cuenta de lo que necesitaba sin que tuviera que pedírselo.
—Y cuando lo pediste no te lo dio.
—Al menos pude decidir. Antes solo estaba descontenta. Después supe con qué contaba.
Elias bebió un sorbo y dejó la taza en la bandeja.
Clara no insistió. Le había parecido que su comentario sobre el libro venía de más lejos, pero conocía la incomodidad de sentirse examinada por alguien que acababa de entrar en su vida.
Prefirió contarle cómo había resuelto el desacuerdo de las Wilkes.
Él escuchó con el hombro apoyado contra la pared.
—Lucy ha elegido quitar los volantes —concluyó Clara—. Su madre los llevará de vuelta a casa como si le hubiese entregado una reliquia. Espero que no intente coserlos otra vez cuando se lleve el vestido.
—Lucy sabrá esconder la aguja. Tiene más recursos de los que aparenta cuando está callada.
—Me ha gustado verla escoger. A veces una mujer viene a hacerse un vestido y todos tienen una opinión menos ella. Cuesta conseguir que diga lo que quiere cuando lleva media vida oyendo que otra persona sabe mejor lo que le conviene.
—¿También te ocurre a ti?
La pregunta la sorprendió. Clara miró sus mangas, las mismas que había estrechado dos inviernos atrás para adaptarlas a una tela escasa. No solía considerar su propia ropa cuando hablaba del oficio. Había cosido tantos vestidos para otras mujeres que los suyos parecían asuntos que podían esperar.
—Suelo escoger lo que puedo permitirme —respondió—. Este era de mi prima. Cambié el cuerpo y aproveché la falda. Es bueno, pero no es el vestido que habría elegido si hubiese empezado por una pieza entera.
—¿Cuál habrías elegido?
—No lo sé. Algo que no tuviera que oscurecer para disimular una mancha vieja. Quizá un verde más claro. Y suficiente tela para no estar calculando cada pliegue antes de cortar.
Elias volvió la cabeza hacia ella. Clara notó la atención antes de encontrar sus ojos y se sintió de pronto mucho más expuesta que al hablar del trabajo. Se había soltado un mechón junto a la sien. Lo apartó, pero la brisa volvió a llevárselo hacia la mejilla.
—Ese verde te sienta bien —dijo él—. No pensaba en de dónde venía cuando te vi entrar en el taller.
—¿En qué pensabas?
La pregunta le salió sin la prudencia que había usado durante toda la tarde. Elias bajó la vista a sus manos, luego volvió a mirarla. Clara habría podido darle una salida, fingir que bromeaba. Permaneció quieta, con la taza tibia contra los dedos.
—En que había limpiado el banco dos veces para recibirte y aun así iba a encontrar polvo cuando apoyaras el paquete.
Ella se rio, pero él no apartó la mirada.
—Y en que me alegraba que hubieras venido —añadió—. Me siguió alegrando después de que comprobaras el soporte.
Clara puso la taza en la bandeja para no derramarla. En la casa contigua arrastraron una silla y alguien cerró una ventana. Elias seguía mirándola; ella se olvidó de buscar una respuesta ingeniosa.
—A mí me pasó lo mismo el sábado —dijo—. Estuve haciendo tiempo después de terminar la camisa. Llegué a comprobar dos veces los botones, aunque sabía que estaban bien.
Elias sonrió despacio. Su mano descansaba sobre el banco, a poca distancia de la falda de Clara. Ella la miró y después apoyó la suya junto a él, lo bastante cerca para que sus dedos se rozaran. Fue un contacto leve y deliberado. Elias giró la palma y la recibió sin apretar.
Se quedaron así durante un rato, mirando el patio. Clara percibía la aspereza de su piel en un lado del pulgar. No necesitaba llenar aquel silencio, pero tampoco quería que se convirtiera en algo solemne que ninguno supiera terminar.
—El lunes abriré a las nueve —dijo—. Si pasas por el puente y ves que sigo moviendo telas, recuérdame que tengo que abrir la puerta.
—A esa hora estaré trabajando. Pero puedo pasar antes, cuando lleve el cartel terminado.
—No tienes que cambiar tu mañana por mí.
—El cartel tiene que colocarse. Y quiero verlo puesto antes de que entre la primera clienta.
Clara aceptó. Al volver a la cocina, él cargó la bandeja y ella recogió el libro que había dejado en el alféizar.
La mano le pareció extrañamente vacía durante unos segundos.
Mientras lavaba las tazas, Elias se quedó a su lado secándolas con el paño que ella le dio, sin que ninguno propusiera aquello como una ayuda extraordinaria.
Antes de marcharse, miró el vestido azul extendido en la sala. Clara se acercó para apartar un alfiler que sobresalía. Él dejó espacio para que ella retirara el alfiler, pero no se fue hacia la puerta. Clara sostuvo la tela en alto y acabó bajándola al advertir que Elias la miraba a ella.
—La señora Wilkes me ha hablado de una merienda para arreglar el salón parroquial —dijo Clara—. Parece que necesitan cortinas. ¿Tú participas en esas cosas?
—Reparo las mesas cuando me lo piden. El año pasado una se abrió por el centro durante la comida. Desde entonces Bell me hace revisarlas antes de poner los manteles.
—Espero que revises también las que me encarguen cubrir. No quiero que recuerden mis primeras cortinas por haber servido para recoger platos del suelo.
—Lo haré. Y si Bell te pide trabajo, cobra lo que valga. Puede discutir el precio sin ofenderse; lleva años haciéndolo conmigo y todavía nos hablamos.
Elias volvió a mirar la tela azul. Clara esperó, con la mano apoyada sobre el vestido.
—Espero que algún día te hagas el verde que quieres —añadió él.
—Primero tengo que vender unos cuantos de estos. Después veremos si queda algo para mí.
—Cuando lo hagas, me gustaría verlo.
Clara no respondió enseguida. Podría haber prometido enseñarle un vestido colgado del soporte, convertirlo en otra conversación de trabajo. En cambio, levantó la barbilla y sostuvo su mirada.
—Entonces tendré que buscar una ocasión para ponérmelo.
Elias se despidió con una sonrisa que permaneció en su cara hasta la puerta. Clara volvió al vestido de Lucy y se sentó a rematar una costura. Tardó dos intentos en enhebrar la aguja. Cuando al fin lo consiguió, dejó de reprochárselo.
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