El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Lo que se ve desde la calle
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Lo que se ve desde la calle

Elias descubrió el lunes que el soporte no cabía en la tienda sin retirar una de las bases.

Había medido el espacio de la sala y calculado el equilibrio; no había tenido en cuenta el giro del recibidor.

Bennett, arrodillado junto a una caja de tornillos, lo observó intentar la maniobra dos veces antes de apartarse el lápiz de la oreja.

—Puedo quitar el tope de la puerta. Le ganará un poco, aunque seguirá teniendo que girarlo antes de llegar a la mesa.

—La base se desmonta. Tardaré menos que volviendo a colocar ese tope.

—Entonces será mejor que me aparte. Hart está en la cocina midiendo la altura de una mesa con la señora Mercer. Si pregunta, diré que está usted trabajando y no que se ha quedado atascado.

Elias apoyó la barra contra el hombro y buscó la llave en su bolsillo. Bennett tenía un humor seco que normalmente le agradaba. Aquella mañana lo encontró menos divertido. No deseaba que Clara saliera y lo viera incapaz de introducir en su casa una pieza hecha expresamente para ella.

—He oído lo de atascado —dijo Clara desde el fondo—. Supongo que se refiere al soporte y no al señor Blackwood. ¿Debo retirar algo?

—Solo esa silla. He calculado mal el giro.

—Qué alivio. Empezaba a pensar que era yo la única persona que calculaba mal las cosas en esta casa.

Ella levantó la silla y esperó a que él retirara el pie de hierro.

Elias entró por fin sin dificultad, depositó el soporte sobre una manta y empezó a montarlo.

Clara permaneció cerca, con una cinta de medir colgada al cuello.

Llevaba un delantal lleno de hilos y no parecía haber dispuesto de tiempo para preocuparse por su aspecto.

Elias sintió el mismo interés que le había despertado el sábado con su mejor vestido.

—El lunes próximo pienso abrir aunque sigamos encontrando cosas por terminar —dijo ella—. Si espero a que todo esté perfecto, acabaré vendiendo la tela por la ventana.

—Tendrá el cartel antes. Bennett ya ha preparado la tabla.

—El pintor viene mañana a recogerla. He elegido fondo crema y letras verdes. La señora Mercer prefería negro, pero ya he aceptado su opinión sobre las cortinas. Necesitaba ganar alguna discusión.

—A mí me sirve cualquiera de los dos colores —intervino Bennett—, siempre que alguien decida dónde va esta balda. Hace media hora iba sobre el mostrador y hace diez, junto a la ventana.

Clara se volvió hacia la pared. Elias terminó de apretar el último tornillo mientras la escuchaba explicar que necesitaba alcanzar las piezas pesadas sin subirse a un taburete.

Bennett propuso bajar la balda superior.

Ella acercó una caja para representar el mostrador y probó la distancia, con la cinta extendida entre ambas manos.

Bennett propuso bajar la balda. Clara hizo la prueba con un rollo de lana, lo devolvió a la caja y pidió dos dedos más de altura.

Elias siguió la discusión mientras apretaba el último tornillo.

Cuando ella probó el soporte y el algodón corrió limpio por la barra, se agachó a guardar la herramienta para que no le viera la sonrisa.

—Esto es exactamente lo que necesitaba —dijo Clara—. No se mueve al tirar. ¿Puede sostener un momento el extremo mientras paso la funda?

Elias sujetó la barra. Ella deslizó el tubo de algodón desde el otro lado, acercándose a medida que la tela avanzaba. Al llegar a su mano se detuvo, y él cambió el agarre. Los dedos de Clara tocaron una pequeña quemadura antigua en la base del pulgar.

—¿Le molesta si la cubro hasta aquí?

—Puede cubrirla entera. Levantaré el extremo cuando llegue al apoyo.

Terminaron sin que Bennett necesitara intervenir.

Elias miró el soporte completo, la tela limpia sobre el hierro, y experimentó un orgullo distinto del que sentía al entregar un buen trabajo.

Aquella pieza iba a estar allí cada mañana.

Clara la movería, colgaría sus telas y apenas pensaría en quién la había hecho.

Desde la calle se vería junto a la ventana.

Elias se sorprendió calculando por qué lado del puente tendría que pasar para distinguirla mejor.

Bennett salió a la carreta por otra tabla. Desde la cocina llegó el ruido de la señora Mercer al dejar un cazo. Clara aprovechó para apartar la manta del suelo y quedarse junto al banco donde Elias guardaba sus cosas.

—¿Ha empezado el libro?

—Anoche leí hasta el capítulo que me faltaba. No llegué al final. Me quedé dormido en la silla y lo encontré en el suelo esta mañana.

—Eso no habla muy bien del autor.

—Habla bastante mal de mi costumbre de levantarme antes de que amanezca. Pienso terminarlo esta noche. Hay una decisión del protagonista que todavía no entiendo.

—No me diga cuál. Quiero oír lo que piensa cuando sepa lo que ocurre después. Yo me enfadé tanto que estuve a punto de dejarlo, pero mi padre me obligó a seguir.

—¿Le obligaba a terminar todos los libros?

—Solo aquellos que luego quería discutir conmigo. Le gustaba que le llevara la contraria, siempre que pudiera explicar por qué. Murió cuando yo tenía veinte años. A veces me descubro preparando lo que voy a decirle sobre algo que he leído.

Elias dejó la llave inglesa en la caja. Había sabido de la muerte del padre por Martha, pero nunca había pensado en la edad de Clara entonces. Ocho años podían parecer muchos hasta que una frase devolvía el recuerdo a la mesa de una cocina.

—Mi madre murió hace once años. Todavía calculo cuánta leña necesitaría para su habitación cuando empieza el frío. Era la única de la casa donde el fuego parecía no calentar nunca.

Clara mantuvo las manos sobre la manta. Elias esperó la pregunta siguiente, pero ella miró hacia la chimenea y le dejó tiempo para coger la caja. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin bajar la voz por lástima.

—Entonces el libro es suyo hasta que pueda terminarlo despierto —dijo ella—. No pienso interrogarlo como hacía mi padre. Aunque quizá le pida que defienda alguna opinión.

—Puedo soportarlo si vuelve a ofrecerme té.

La frase salió antes de que pensara en ella. Clara se quedó quieta, con la manta doblada contra la cintura. Después sonrió y Elias tuvo la certeza de que habría aceptado defender cualquier opinión con tal de provocar aquella respuesta otra vez.

—El jueves, cuando cierre el taller. Tengo una prueba por la tarde, pero a las seis estaré libre. Puede traer el libro, terminado o no.

—Hay una cosa que quería preguntarle —añadió Clara—. La señora Mercer lo llama Elias. Mi tía también lo hacía en las cartas. Cada vez que digo señor Blackwood tengo la sensación de estar llamando a alguien a quien todavía no conozco.

—Mi padre se habría vuelto al oírla. Durante mucho tiempo fui el hijo de Blackwood, incluso después de quedarme con la herrería. Puede llamarme Elias, si le resulta más cómodo.

—Entonces usted tendrá que llamarme Clara. No sería justo que yo ganase toda la comodidad. En el taller de Bath me llamaban Hart cuando había trabajo y señorita Hart cuando había algún problema.

—No sabía que estaba haciéndole pensar en problemas.

—No lo hacía. Pero prefiero mi nombre, ahora que puede elegir. El cartel ha quedado decidido precisamente por eso.

—El jueves, entonces, Clara. Procuraré no llegar con un problema además del libro.

Oírlo pronunciar su nombre le cambió la expresión. Elias tuvo tiempo de advertirlo antes de que ella se inclinara para recoger una hebra del suelo.

Bennett regresó con la tabla y Elias se apartó para dejarlo pasar. Clara recogió la manta del suelo y salió a sacudirla. Desde el umbral lo miró un instante antes de volver al trabajo; él guardó la herramienta que todavía tenía en la mano.

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A última hora de la mañana, Elias recibió una carta de Ruth.

La llevó a la cocina y la abrió mientras comía.

Su hermana describía una discusión entre los niños por un perro que no tenían y preguntaba si había arreglado la gotera del cobertizo.

En el último párrafo decía que pensaban visitarlo en verano, si al padre le apetecía el viaje.

Elias buscó papel para contestar. Escribió que la gotera estaba reparada desde febrero, que recibiría con gusto a los niños y que no prometía encontrarles un perro.

Añadió que la casa de Martha volvía a estar habitada.

Luego se detuvo, con la pluma sobre la página.

Había varias maneras de mencionar a Clara y todas le parecían demasiado reveladoras.

«Su sobrina ha abierto un taller de costura», empezó. Tachó «ha abierto» y escribió «abrirá». No tenía por qué explicar nada más. Sin embargo, cuando terminó de hablar del nuevo soporte había llenado casi medio folio.

Dejó secar la carta sin releerla. Ruth sabría sacar sus propias conclusiones; llevaba años haciéndolo con mucho menos material.

Por la tarde trabajó en el brazo del cartel.

Había previsto un remate sencillo, pero dibujó una curva más suave en el extremo, suficiente para evitar que pareciera el soporte de una lámpara.

Se obligó a recordar el precio acordado y las horas que podía dedicarle.

Clara había insistido en pagar el precio justo; no quería que un regalo escondido dentro de una factura les estropeara la facilidad del sábado.

Al salir a llevar una reparación a Foster, se encontró con ella ante el escaparate.

Había colocado una pieza marrón junto a la azul y se apartaba hacia el borde de la calzada para ver el efecto.

Elias se detuvo a su lado. Desde allí el sol daba de lleno en el cristal y apenas permitía distinguir el interior.

—No consigo que se vea bien —dijo Clara—. Dentro me parecía una buena idea. Aquí solo veo el reflejo de la casa de enfrente.

—Por la mañana tendrá menos luz directa. Ahora puede sombrear un poco la parte de arriba.

—Lo he probado con la cortina, pero tapa la tela. Tendré que cambiar la posición de la mesa. ¿Usted compraría algo que no puede ver?

—Yo entraría a mirar.

Clara volvió la cabeza. Elias comprendió por su expresión que había respondido con demasiada rapidez. Podía haber añadido algo sobre las buenas telas o los colores; no encontró ninguna frase que no empeorase la evidencia.

—Entonces ya tengo un posible cliente —dijo ella—. Aunque sospecho que no necesita un vestido azul.

—No sabría qué hacer con él.

—Es una lástima. Le favorecería el color.

Elias se rio antes de poder evitarlo. Clara miró de nuevo el escaparate, satisfecha de haberlo conseguido, y él deseó poder seguir allí hablando de cualquier tontería.

Foster lo esperaba con un pestillo roto.

La tarde avanzaba y había trabajo sobre el banco.

Todo aquello le importó menos durante unos segundos.

—Ponga la tela marrón al fondo —sugirió—. Desde aquí la azul se pierde contra la pared clara. Quizá con algo oscuro detrás se distinga mejor.

—Mi tía habría puesto plantas —dijo Clara—. En Bath había una tienda con tantas macetas que las telas olían a tierra húmeda. La señora Vale decía que la dueña vendía más flores que vestidos.

—Martha tenía un geranio en esa ventana. En invierno me pedía que lo acercara al fuego y al día siguiente que lo apartara porque se estaba secando. Acabó en la cocina, donde ella podía moverlo sin ayuda.

—Lo he encontrado allí. La señora Mercer lo ha mantenido vivo. Quizá lo deje en una esquina del escaparate; me gustará verlo mientras trabajo.

—Voy a probarlo. Espere un momento, si no tiene prisa.

Él esperó. Clara entró, pasó detrás de la mesa y levantó la pieza marrón para colocarla sobre el respaldo de una silla.

Al desaparecer el reflejo en parte del escaparate, su figura quedó enmarcada entre ambos colores.

Lo miró a través del cristal y abrió las manos, preguntando sin voz si estaba mejor.

Elias asintió. Ella sonrió, y él se encontró sonriendo también, allí en mitad de la calle. Una mujer que pasaba con una cesta los observó sin disimulo. Elias la saludó y volvió la vista al cristal antes de que pudiera detenerse.

Clara salió de nuevo, con una cinta prendida al delantal.

—Tiene razón. No es definitivo, pero al menos se entiende qué vendo. Gracias por quedarse a comprobarlo.

—Tenía que pasar por aquí.

—Podría haber seguido caminando. No le he dado las gracias por pasar.

Elias sostuvo sus ojos. La cinta se movía con la brisa, rozándole la falda, y sintió el impulso de sujetarla para que no se perdiera. No lo hizo. Le resultó más íntimo imaginar aquel gesto que haberle sostenido la mano al bajar de la silla.

—El jueves traeré el libro —dijo—. Y mi opinión sobre ese hombre que se pasa doscientas páginas sin decir lo que quiere.

—Procure no juzgarlo antes del final. Hay gente a la que le cuesta más que a otra.

Clara entró en la tienda. Elias permaneció un instante ante el escaparate y luego reanudó el camino hacia Foster.

Al llegar, pidió disculpas por el retraso.

Había tardado lo suficiente para que el tendero terminara de contar las monedas de la caja dos veces, según le hizo saber, pero por una vez Elias no se ofreció a compensarlo quedándose después de la hora de cierre.

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