El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) Una segunda taza
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Una segunda taza

Clara había terminado la camisa a las cuatro y media.

A las cinco la volvió a sacar del paño para comprobar que los botones quedaban alineados; a las cinco y cuarto decidió que estaba haciendo el ridículo y la guardó en el cajón del aparador.

La señora Wilkes acababa de marcharse con una muestra azul y el compromiso de regresar con su hija.

Sobre la mesa había dejado el anticipo de un arreglo, las primeras monedas que Clara ganaba en aquella casa.

La señora Mercer las observó mientras se ponía el abrigo. Había pasado a devolver una llave y se había quedado a ayudar con los visillos, aunque Clara sospechaba que le interesaba tanto la transformación de la sala como averiguar qué estaba ocurriendo en ella.

—Guárdelas en otro sitio antes de que se pierdan entre los retales. Su tía llevaba las cuentas en una caja de galletas. No era un método que yo recomendase, pero siempre sabía lo que tenía.

—Tengo un cuaderno. Voy a apuntarlo en cuanto despeje esta mesa. Necesito espacio para servir el té.

—¿Espera a alguien? Lo pregunto por si quiere que le deje la leche en la jarra buena. La de uso diario tiene el pico roto y vierte más en el mantel que en la taza.

Clara recogió unas tijeras que no estaban en medio. No deseaba explicar una invitación inocente con el cuidado de quien prepara una defensa.

—El señor Blackwood vendrá a buscar una camisa. Se la he arreglado esta tarde y le he ofrecido té. Ya me ha ayudado bastante con la casa.

—Entonces pondré la jarra buena. Y use esa silla, no la que tiene la pata suelta. Bennett podrá arreglarla el lunes, cuando venga.

Clara dejó las tijeras junto a la caja. La señora Mercer entró en la cocina y volvió con la leche, sin hacer ninguna de las preguntas para las que ella había preparado una respuesta. Ya en la puerta, la mujer se detuvo a ajustarse el guante.

—Elias no toma azúcar. Martha siempre ponía el azucarero delante de él por si cambiaba de opinión. En todos los años que lo conoció, no lo consiguió.

—Parece una información que debería cobrarme. Me habría pasado media tarde ofreciéndoselo.

—Ya averiguará usted otras cosas. Mañana no vendré; almuerzo con mi hija. Si necesita algo, estoy en la casa de la esquina, la que tiene una mata de romero junto al escalón.

Cuando quedó sola, Clara abrió el cuaderno y apuntó el anticipo.

Después puso dos tazas sobre la mesa. Le molestó la facilidad con que una visita había empezado a dirigir sus movimientos: eligió los platos sin una muesca, apartó del respaldo su delantal y se recogió el mechón que se le soltaba junto a la oreja.

No se cambió de vestido. Tuvo que decidirlo expresamente.

Elias llegó poco después de las seis, con el cabello húmedo y una chaqueta que le sentaba mejor de lo que Clara estaba dispuesta a comentar. Traía un paquete pequeño bajo el brazo. Al verlo en el umbral, sin herramientas, ella tardó un instante en recordar que debía hacerlo pasar.

—He traído queso —dijo él—. Pasé por la tienda de Foster. No sabía si tenía preparado algo para cenar.

—Tengo pan y una sopa que puede esperar. Pase, por favor. El queso mejora mucho la invitación; solo podía ofrecerle unas galletas que encontré en una lata cerrada.

—¿De su tía?

—De la señora Mercer. Las de mi tía las he reservado para un enemigo que todavía no conozco.

Él soltó una risa breve y entró. Clara recibió el paquete, todavía templado por haberlo llevado junto al cuerpo, y se dirigió a la cocina.

Allí apoyó ambas manos en el borde de la mesa un segundo.

Era un hombre que había venido a buscar una camisa.

Podía llevarle el té sin convertir cada paso en un acontecimiento.

Cuando volvió, Elias estaba mirando la fotografía de la chimenea. Clara reconoció su propia cara de diecinueve años, seria bajo un sombrero prestado. En la fotografía contigua, el perro de Martha aparecía sentado sobre el mismo sillón que se veía detrás de ella.

—Mi tía me obligó a poner esa expresión —explicó—. Decía que si sonreía demasiado no saldría respetable. Luego hizo que fotografiaran al perro con un lazo enorme. Al parecer, su reputación no le preocupaba tanto.

—La enseñaba a quienes veníamos. Sobre todo cuando recibía una carta suya.

—Ojalá hubiese venido más. Siempre esperaba tener unos días seguidos, o suficiente dinero para el viaje sin hacer cuentas después. Cuando una cosa se resolvía, aparecía la otra.

Elias dejó la fotografía en su sitio. Clara lamentó haber llevado la conversación hasta allí tan pronto, pero él no se apresuró a consolarla. Se sentó donde ella le indicó y esperó a que sirviera las tazas. Aquella pausa le permitió recuperar la voz sin fingir una alegría que no sentía.

—Recibió la última carta dos días antes de morir —dijo él—. Me habló de un abrigo que estaba haciendo usted. Había una clienta que cambiaba de opinión sobre las mangas.

—La señora Fenton. Se marchó con las mangas que había pedido al principio y me hizo deshacer otras dos.

—Martha se rio al contármelo. Pensé que le gustaría saberlo.

Clara dejó la tetera y cortó una rebanada demasiado gruesa. La última carta había llegado a tiempo. Acomodó el pan en el plato de Elias y volvió a tomar el cuchillo antes de conseguir responder.

—Me gusta saberlo. Gracias por acordarse.

Comieron durante un rato sin hablar. Elias tenía hambre y se esforzaba por disimularlo, cortando trozos pequeños de queso.

Clara acercó el plato sin hacer comentarios.

La luz que entraba por la ventana le alcanzaba el perfil; la barba, recién arreglada, dejaba ver una pequeña hendidura en el mentón.

Mirarlo resultaba peligrosamente fácil cuando él estaba ocupado en otra cosa.

—¿Ha venido la señora Wilkes? —preguntó Elias al fin.

—Se ha llevado la muestra. No ha comprado la tela, pero me ha encargado ensanchar una falda. También vendrá con su hija el miércoles. Me ha contado que la muchacha no quiere los vestidos que ella escoge.

—Lucy tiene diecisiete años. Hace poco se cortó el pelo sin pedir permiso y su madre estuvo dos días sin hablar de otra cosa.

—Entonces intentaré que las dos salgan contentas, aunque quizá necesite sentarlas en extremos distintos de la mesa. La señora Wilkes quiere que le haga el escote más alto. La hija, por lo que he entendido, querría poder mover la cabeza.

—Le deseo suerte. Yo solo trato con su yegua y ya me cuesta ponerlas de acuerdo sobre cuándo traerla.

Clara sonrió y empezó a contarle cómo una clienta de Bath había llevado a su hermana a todas las pruebas, únicamente para contradecirla.

Elias escuchó con el codo apoyado junto al plato, haciendo preguntas que demostraban atención.

Ella estaba acostumbrada a que su oficio se redujera, fuera del taller, a un asunto de vestidos bonitos.

Le agradó poder hablar de plazos y de telas que cedían sin que alguien cambiase enseguida de conversación.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿Hay algo que prefiera hacer, entre todos los trabajos que le llevan?

—Me gustan las piezas que se usan a diario. Una herramienta bien equilibrada, por ejemplo. El hombre que la compra no debería acordarse de mí cada vez que la levanta.

—Yo quiero que una mujer se olvide del vestido una vez puesto. Que pueda sentarse sin buscar el borde de la silla o comer sin pensar en la cintura. Aunque algunas insisten en pedirme precisamente lo contrario.

—Mi hermana dejó de ponerse un vestido porque no podía alcanzar al niño cuando se agachaba. Mi padre creyó que estaba mal hecho. Ella dijo que estaba hecho para una mujer que tuviera a otra persona recogiendo al niño.

—Su hermana me gustaría.

—A ella le gustaría oírla hablar del asunto. Se llama Ruth. Tiene dos hijos y todavía consigue encontrar tiempo para explicarme por carta cómo debo llevar mi casa.

Clara le sirvió más té sin preguntar. Elias desplazó la taza hacia ella y aceptó la segunda porción de queso. La silla parecía pequeña para sus hombros, pero ya no se sentaba al borde. Había dejado de mirar hacia la puerta.

—¿Vive solo detrás del taller? —preguntó ella—. No vi bien la casa esta mañana.

—Desde que mi padre se fue con Ruth. La cocina da al patio y arriba hay dos habitaciones. La más pequeña sirve para todo lo que no sé dónde guardar.

—Yo tengo una habitación así desde ayer. Me preocupa la velocidad a la que se llena. He encontrado seis jarrones y todavía no sé dónde poner los libros.

—La estantería del rellano tenía tablas ajustables. Puede que le sirva. Su tía la usaba para guardar ropa de cama porque le resultaba más cómoda que el armario.

Clara recordó las baldas cubiertas de papel, el olor a lavanda al abrir una puerta. Alzó la vista con interés, y Elias debió de interpretar mal su expresión, porque dejó la taza sobre el plato.

—Puedo enseñarle cómo se cambian de altura, si no ha dado con los apoyos.

—Los buscaré. Ahora mismo prefiero que se quede sentado. Acabo de conseguir que un invitado acepte otra taza y no quiero ponerlo a trabajar.

Clara dejó la taza en el plato sin haber bebido. Elias había acercado su silla a la esquina de la mesa; entre ellos quedaba el pan que ella ya no pensaba ofrecerle otra vez.

—No estoy acostumbrado a quedarme tanto —dijo él.

—Todavía no le he entregado la camisa. Siempre puede culparme de haberlo retenido.

—La camisa puede esperar unos minutos.

Clara fue a buscar las galletas. Al regresar colocó el plato donde Elias pudiera alcanzarlo y arrimó la silla a la esquina. Él giró el cuerpo hacia ella, dejando el codo junto a su taza.

Hablaron de los libros que había traído.

Él había leído dos; uno en una edición a la que le faltaban las últimas páginas.

Clara conocía el final y estuvo a punto de contárselo antes de que él levantara la mano para impedirlo.

La protesta la hizo reír con una libertad que no había sentido durante el viaje ni en las noches de preparar cuentas.

—Puedo prestárselo —dijo—. Está arriba, sobre el tocador. Si quiere saber qué sucede, tendrá que terminarlo usted.

—Lo devolveré en buenas condiciones. Leo en la cocina, no en el taller.

—No se me había ocurrido advertírselo. Aunque le agradecería que no lo utilizara para sujetar piezas de hierro. Tiene una dedicatoria de mi padre.

Al subir, Clara se detuvo un instante en el rellano.

Oyó a Elias mover su taza y el ligero roce de la silla.

Le resultaba extraño tener a alguien esperando abajo, alguien cuya presencia deseaba prolongar.

Buscó el libro sin encender la lámpara; aún entraba suficiente claridad.

Cuando regresó, él había reunido los platos vacíos en un extremo de la mesa.

Le entregó el volumen junto con la camisa. Elias examinó el puño, deslizó un dedo por el refuerzo y pagó sin discutir. Clara guardó las monedas en el cuaderno antes de acompañarlo a la entrada. La calle estaba casi vacía. Al otro lado, Foster cerraba los postigos de su tienda.

—Gracias por el té —dijo Elias—. Y por dejarme hablar de otra cosa que no fuera trabajo.

—Usted ha hecho lo mismo. Vuelva cuando termine el libro; me gustaría saber si está de acuerdo con el final.

Él sujetó el paquete contra el costado y tardó en contestar. Clara pudo verlo decidir, y por un momento deseó retirar la invitación para evitarle el esfuerzo. Se obligó a esperar.

—Volveré —dijo al fin—. No suelo tardar mucho en leer.

Clara se quedó junto a la puerta hasta que él llegó al puente. Esta vez no buscó la excusa de acercarse a la ventana. Elias se volvió antes de cruzarlo y ella levantó la mano; él respondió inclinando la cabeza, con una sonrisa que pudo distinguir incluso desde allí.

La sopa estaba fría cuando entró en la cocina. No le importó calentarla de nuevo. Puso las dos tazas junto a la pila y descubrió que había dejado una galleta en el plato de Elias. Se la comió mientras esperaba que el agua empezara a hervir, todavía con el recuerdo de su voz al decir que volvería.

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