El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) El nombre en el cartel
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El nombre en el cartel

El sábado, Elias sacó la camisa del cajón antes de encender la fragua.

La había lavado el jueves por la noche y secado junto al hogar de la cocina.

Ahora el puño roto se negaba a quedar oculto entre los pliegues, por más que lo doblase hacia dentro.

Acabó envolviéndola en un paño limpio y la llevó al taller con el desayuno.

La dejó lejos del carbón, en el banco que había despejado la tarde anterior.

A las diez todavía estaba atendiendo a la yegua del señor Wilkes.

Oyó detenerse unos pasos en la entrada, pero no levantó la cabeza hasta haber apoyado de nuevo el casco en el suelo.

Clara esperaba bajo el dintel, con un paquete alargado entre los brazos.

Llevaba un vestido verde oscuro y el sombrero del jueves, esta vez bien sujeto.

Desde donde estaba, Elias pudo distinguir una puntada clara junto al cuello: una reparación reciente que le habría pasado inadvertida en cualquier otra persona.

—Buenos días. No se apresure por mí —dijo ella—. He aprovechado el camino para pedir las baldas y todavía me queda media mañana antes de tener que volver.

—Puede esperar junto al banco. Deje la tela allí; esa parte está limpia.

El señor Wilkes se volvió desde la cabeza de la yegua y examinó a Clara con una curiosidad que hizo lamentar a Elias haberla citado antes de terminar. Su cliente tenía una explotación pequeña y tiempo suficiente para comentar en cada comercio lo que le habían dicho en el anterior.

—Usted debe de ser la señorita Hart. Mi mujer ha visto la tela azul de su ventana. Dice que, si es tan buena de cerca como parece desde la calle, irá a preguntarle el precio.

—Puede venir esta tarde, si quiere. Aún no tengo la tienda preparada, pero sí una mesa donde enseñársela. Dígale que llame aunque encuentre la puerta cerrada; suelo estar trabajando al fondo.

—Le diré que pregunte. No me atrevo a prometer que compre nada. A veces pasa una semana decidiendo y cuando vuelve ya se han llevado lo que quería.

—Entonces puede llevarse una muestra y decidir en casa. Prefiero que vuelva convencida a que me compre por no saber cómo marcharse.

Elias comprobó el último ajuste y se incorporó.

Mientras cobraba, escuchó a Wilkes explicarle a Clara dónde vivían y qué hija necesitaba un vestido.

Ella respondió sin apresurarlo, pero tampoco prometió hacer cuanto él proponía; le pidió que su mujer trajera la prenda y aplazó el precio hasta verla.

El jueves había discutido con una puerta; ahora lograba que Wilkes aceptara marcharse sin un precio.

Elias recogió más despacio las herramientas para seguir escuchándola.

Cuando la yegua salió al patio, Clara se quitó los guantes y los dejó sobre el paquete. Elias fue a lavarse a la pila. Se pasó agua por las muñecas, consciente de que tenía hollín en un lado del cuello y de que ella lo veía desde el banco.

—Acaba de conseguir que la señora Wilkes salga de casa sin su marido —dijo—. Lleva dos días lamentándose de una rodilla. Él habrá pensado que puede ahorrarle el viaje.

—Quizá ella agradezca venir sola. Es difícil escoger un vestido cuando alguien pregunta cada poco si has terminado. En Bath llegué a poner una silla junto a la puerta para los maridos impacientes. Los abrigos quedaban tan a mano que acababan saliendo a pasear.

—Aquí encontrará menos maridos acompañando a sus mujeres.

—Me vendrá bien la silla para otra cosa. Ayer la señora Mercer me trajo la falda que quiere hacerse y esta mañana ya sabía el señor Wilkes que he llegado. No tendré que gastar tanto en anunciarme como pensaba.

Elias se secó las manos y apartó la tapa que protegía las piezas del soporte.

Clara desplegó una longitud de algodón sin blanquear.

Él había preparado los laterales y una barra provisional de madera para que pudiera probar la altura antes de ensamblarlo todo.

Le explicó cómo estaba sujeto y se quedó a un lado mientras ella colgaba la tela.

Clara probó a levantarla desde el centro, luego retiró uno de los extremos. La manga se le deslizó un poco al alzar el brazo y dejó visible la marca tenue que el guante le había dejado en la muñeca. Elias atendió con excesivo cuidado al apoyo de la base.

—Necesito la barra un poco más baja —dijo ella—. Si hago esto diez veces cada mañana, acabará subiéndoseme el hombro hasta la oreja. No lo había pensado al dibujarlo.

—Por eso quería que viniese. Marque dónde le resulta cómodo y lo ajustaré. También puedo poner la barra desmontable, para que cambie la funda sin tener que descoserla.

—Eso me ahorraría trabajo. ¿Modificaría mucho el precio?

—Ya está incluido. Le cobré por hacer un soporte que pudiera utilizar, señorita Hart.

Clara tomó la tiza y marcó la altura. Después se inclinó sobre la base, sujetándola con ambas manos. Elias hizo ademán de acercarse, pero ella ya la había desplazado. Se enderezó, se sacudió la falda y dejó una huella blanca de tiza junto al bolsillo.

—Así está bien. Puedo arrimarlo a la pared cuando lo necesite. Ahora falta que las clientas entren y encuentren alguna razón para quedarse.

—Ha dejado a la señora Wilkes invitada. Ella suele encontrar razones para quedarse.

Clara sonrió mientras recogía el algodón.

Elias buscó el paquete de la camisa y se lo entregó antes de que pudiese recordar ella la promesa.

Al abrirlo, Clara extendió el puño sobre la palma, siguiendo con un dedo la dirección del desgarro.

Él observó aquella mano dentro de su ropa y apartó la vista hacia las piezas del soporte.

—Conserva toda la tela. Voy a reforzarlo por dentro; quedará una marca pequeña, pero con la chaqueta apenas se verá. ¿El otro puño le resulta cómodo?

—No he tenido ningún problema con él.

—Le pregunto por el botón. Este parece cambiado y lo han cosido más cerca del borde. Si fue para darle holgura, puedo hacer lo mismo en el otro.

—Lo cambié yo. Perdí el anterior y puse ese donde me pareció. No sabía que había tanto que considerar al coser un botón.

—Depende de cuánto aprecie usted sus muñecas. Deme la mano un momento; no necesita quitarse nada.

Elias obedeció antes de decidir si quería hacerlo.

Clara colocó el puño abierto alrededor de su muñeca izquierda, por debajo de la manga arremangada.

Le pidió que sujetara un extremo y llevó el otro hasta el ojal.

El dorso de sus dedos le rozó la piel. Elias permaneció quieto, atento a una caricia que ella probablemente ni siquiera había advertido.

—Aquí quedará mejor —dijo Clara—. Cuando doble el brazo no tirará tanto de la abertura. Puedo corregir los dos, si le parece bien.

—Hágalo como crea conveniente.

Ella alzó la mirada. Estaban cerca del banco, con la camisa tendida entre los dos, y Elias oyó su propia voz, más baja de lo que había pretendido.

Clara sostuvo sus ojos un instante antes de aflojar la tela.

Sus dedos se retiraron despacio; él no supo si había sido deliberado y se descubrió deseando que lo fuera.

—Podrá recogerla esta tarde —añadió ella—. Hacia las cinco habré terminado. No hace falta que espere hasta última hora.

—Cerraré después de las seis. Puedo pasar entonces, si no interrumpo su cena.

—A esa hora seguiré abajo. Y encontrará la puerta abierta, gracias a usted.

Clara dobló la camisa con más cuidado del que él había puesto por la mañana.

Elias regresó a la mesa de trabajo y movió una regla que no necesitaba mover.

Había atendido a muchas mujeres allí. Ninguna le había hecho preguntarse qué aspecto tendría su muñeca si le soltara el último botón del guante, ni cuánto tardaría en desaparecer la marca que dejaba en la piel.

—También he traído el nombre —dijo ella, sacando una hoja de su bolso—. Aunque no sé si he dejado sitio suficiente para lo de debajo.

El papel decía «Clara Hart», con «Telas y costura» escrito en una segunda línea.

Había restos de borrado en torno al nombre de pila.

Elias colocó la hoja junto al dibujo del soporte y la sujetó con una pieza de hierro.

Bajo las letras se distinguían otros nombres a medio borrar.

Elias apartó el peso un poco para no tapar el de Clara.

—Se leerá bien desde la calle. Haré el brazo para colgarlo perpendicular a la pared; así lo verán quienes vengan del puente. Bennett puede preparar la tabla cuando termine sus baldas.

—Ya se lo he pedido. Vendrá a colocar las baldas el lunes y conoce a un pintor de Millbrook que viene el martes. Quería poner solo «Hart», pero al escribirlo me parecía que la tienda seguía siendo de otra persona.

—Su tía habría estado contenta de verla abrir.

—Lo sé. Me habría discutido el color del cartel y luego habría dicho a todo el pueblo que lo había elegido ella.

—Clara alisó el borde del papel—. En Bath pasé años cosiendo prendas que salían envueltas con el nombre de la señora Vale.

No me molestaba al principio. Últimamente esperaba que alguien preguntase quién las había hecho.

Elias alisó la hoja con la palma. Recordaba el primer encargo que había entregado solo: el cliente buscó a su padre antes de preguntarle a él cuánto costaba. Clara había apretado un dedo contra la costura del bolso y no miraba el papel.

—¿Le pidió que pusiera su nombre? —preguntó.

—Le pedí que me dejara atender algunos encargos por mi cuenta, fuera del horario del taller. No quiso. Me ofreció más dinero cuando anuncié que me marchaba, y durante una semana estuve a punto de aceptarlo. Era una cantidad que me habría evitado muchas preocupaciones.

—Y aun así vino.

—Tenía esta casa. Si me quedaba, iba a pasarme años explicando por qué no había aprovechado la ocasión. Me pareció menos agotador hacer las maletas. Aunque anoche me desperté pensando que quizá nadie necesite otra costurera.

Elias apartó el hierro del nombre para que las letras quedaran descubiertas. Le habría gustado asegurarle que le iría bien; conocía demasiado el oficio de abrir cada mañana sin saber qué trabajo entraría para prometerlo.

—La señora Wilkes irá esta tarde. Empiece por ella. El lunes Bennett le pondrá las baldas y después tendrá que llenarlas. Cuando abra, habrá hablado ya con medio pueblo.

—Puedo ocuparme de eso —dijo Clara, mirando el papel—. Anoche trataba de resolver de golpe todos los meses hasta Navidad. La señora Mercer me habría mandado a la cama mucho antes.

Elias apoyó las manos en el borde del banco.

Clara no parecía tener prisa por guardar el bolso.

Tampoco él hizo ademán de devolverle la hoja.

Fuera pasó un carro, lo bastante despacio para que oyeran al conductor animar al caballo al llegar a la pendiente del puente.

En el taller el fuego había bajado y Elias tendría que atenderlo pronto.

—¿Siempre ha trabajado aquí? —preguntó ella.

—Aprendí con mi padre. Vivíamos en la casa de detrás; ahora él vive con mi hermana, cerca de Salisbury. Sigue escribiéndome para preguntar por herramientas que se dejó hace ocho años.

—Debe de echar de menos el taller.

—Sobre todo echa de menos que alguien haga las cosas como él dice. Mi hermana le deja organizar el cobertizo. Aquí tenía bastante más sitio para dar órdenes.

Clara soltó una risa que le hizo mirar su boca.

Elias había reparado el jueves en el labio inferior, algo más lleno que el superior, pero no había tenido ocasión de observar aquella pequeña asimetría al sonreír.

La miró demasiado tiempo. Cuando volvió a sus ojos, ella ya lo estaba mirando a él, y el silencio dejó de resultarle cómodo.

—Debería dejarlo trabajar —dijo Clara, recogiendo los guantes—. Entre la prueba y la conversación he ocupado casi toda la mañana.

—La prueba formaba parte del encargo.

Ella esperó. Elias oyó el crujido del carbón y sintió el impulso conocido de concluir la visita con una fecha de entrega. Le bastaba con tomar la tiza, inclinarse sobre el hierro y permitir que Clara se marchara. Era lo que habría hecho una semana antes.

—La conversación no me ha molestado —añadió.

Clara bajó los ojos al guante que sostenía. Cuando habló, la voz había perdido aquel tono práctico con el que había preguntado por el soporte.

—A mí tampoco. Me alegra, porque estaba empezando a pensar que solo hablaba yo.

Elias le alcanzó el paquete de algodón mientras ella guardaba la camisa en su bolso.

La acompañó hasta el patio y abrió la portezuela que daba al camino.

Desde allí la casa de Martha se veía entre las ramas todavía escasas de los sauces.

La pieza azul seguía en la ventana, ocupando el lugar donde antes había habido una cortina cerrada.

—A las seis, entonces —dijo Clara—. Tendré el té preparado. Ayer encontré una lata que todavía merece la pena abrir.

Él sujetó la portezuela. La negativa le llegó con facilidad; tenía trabajo y podía recoger la camisa sin entrar. Clara se acomodó el paquete contra el brazo, esperando una respuesta que no pareció considerar comprometida.

—Con leche —dijo Elias—. Si va a prepararlo, lo tomo con leche.

—Eso puedo recordarlo. Hasta esta tarde, señor Blackwood.

La vio cruzar el puente antes de volver al taller.

El dibujo continuaba bajo el peso de hierro, junto a la hoja del cartel.

Elias apartó ambos papeles del alcance de las chispas y avivó el fuego.

Tenía tiempo de terminar una de las bases antes de comer; calculó cuánto quedaría para la tarde y decidió dejar el encargo de Wilkes para el lunes.

Le había prometido entregarlo el martes.

No había razón para trabajar hasta tan tarde aquel sábado.

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