El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) La puerta de la señorita Hart #3
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La puerta de la señorita Hart #3

Los primeros anillos salieron sin dificultad.

La cortina pesaba más de lo previsto y tuvo que apoyársela sobre el hombro para alcanzar el último, trabado contra una irregularidad de la barra.

Tiró un poco. Cayó una nube de polvo que le hizo cerrar los ojos justo cuando la tela se deslizaba de su brazo.

—No se incline más —dijo Elias detrás de ella—. Suelte la cortina. La tengo.

Clara obedeció. Él recogió el peso antes de que llegara al suelo y lo dejó sobre el alféizar, pero el anillo seguía atascado. Ella buscó apoyo con la punta del zapato. Al bajar la vista descubrió la mano que Elias le ofrecía.

—Baje un momento. Puedo alcanzar desde aquí.

—He estado a punto de conseguirlo.

—Lo he visto. También he visto que la barra está suelta del otro lado. Prefiero que no le caiga en la cabeza mientras discutimos quién termina.

Clara apoyó la mano en la suya. La piel estaba tibia y era áspera en la base de los dedos.

Él cerró la mano lo justo para afirmarla; la otra se quedó cerca de su codo, sin tocarla hasta que ella empezó a bajar.

Durante un instante estuvieron a la misma altura.

Clara pudo mirar directamente aquellos ojos y advirtió que Elias tampoco tenía prisa por apartarlos.

El pie encontró el suelo. Él la soltó enseguida, pero ella conservó la sensación de su pulgar en el dorso de la mano mientras retrocedía para dejarlo pasar. Se frotó una mota de polvo de la falda. A través de la ventana desnuda entró una luz que volvió visible cada hilo adherido a la manga de él.

—Gracias —dijo—. Prometo no convertir cada arreglo en una prueba de carácter. Hoy tenía intención de demostrar que puedo ocuparme de una casa, y la casa no está colaborando.

Elias liberó el anillo con un giro y le entregó la cortina.

—Lleva cerrada desde febrero. Tendrá que darle unos días.

—¿A la casa o a mí?

Él se quedó mirándola, con la mano todavía en la barra.

—Puede darse algunos usted también.

Clara dobló la cortina con los bordes mal casados y tuvo que empezar de nuevo. Desde que anunció que se marchaba de Bath, todo el mundo le había recordado lo mucho que arriesgaba. Bajó la tela sobre una silla sin encontrar otra respuesta que una sonrisa.

Elias volvió a la puerta. Mientras trabajaba, ella retiró las fundas de los muebles y abrió la caja donde había guardado la tetera.

No intentó reanudar la conversación. El ruido de las herramientas se mezclaba con sus pasos, y la compañía empezó a resultar cómoda precisamente cuando quedaba poco para que terminase.

Al marcharse, él la hizo probar la cerradura. Clara abrió y cerró dos veces. Después le pagó lo convenido por la descarga y la reparación; Elias contó las monedas sin fingir que no importaban y se las guardó en el bolsillo.

—El sábado a las diez —dijo ella—. Llevaré una pieza de tela para comprobar el soporte. Y otro dibujo, si consigo que las letras del cartel no parezcan bordadas por alguien que ha bebido.

—Traiga el nombre escrito. Del resto puedo ocuparme.

Clara abrió la boca y volvió a cerrarla. Elias señaló la hoja con el lápiz.

—¿No lo ha elegido todavía?

—He elegido los tejidos, he calculado cuánto necesito vender para comer y he traído una máquina que pesa más que yo. Parece que he dejado pendiente lo que verá todo el mundo antes de entrar.

La sonrisa regresó, más franca esta vez. Clara sintió un calor lento en las mejillas y agradeció que la luz quedara a su espalda.

—Tiene hasta el sábado —dijo él.

Lo vio cruzar hasta el caballo. No se quedó en la puerta después de que Elias montara; había algo demasiado evidente en hacerlo.

Entró y se acercó a la ventana, donde por desgracia también podía verlo alejarse hacia el puente.

Se permitió mirar hasta que dobló junto a la posada.

Luego desplegó la tela azul sobre la mesa y empezó a medir el escaparate.

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Elias encontró un trozo de hilo claro prendido al puño al llegar a la herrería.

Lo quitó antes de desatar la caja de herramientas y se quedó con él entre los dedos, recordando la mano de Clara dentro de la suya.

Lo que más le había incomodado no era su atractivo, aunque había tenido que vigilar dónde miraba cuando ella se quitó el sombrero.

Era la facilidad con que había acabado sonriendo en una casa ajena.

Llevaba tres años evitando precisamente esa facilidad. Había aprendido a terminar un encargo sin aceptar té, a no prolongar conversaciones en los umbrales. El pueblo había dejado de compadecerlo en voz alta, y él contribuía a aquella paz haciendo su trabajo y volviendo solo al suyo.

Guardó el dibujo del soporte bajo un peso de hierro.

La señorita Hart le había pedido un precio justo y una fecha de entrega.

Podía darle ambas cosas sin complicarse la vida.

Ajustó el papel para que no se manchara y comprobó otra vez la medida que ella había escrito al margen, aunque la recordaba perfectamente.

Al otro lado del puente, Clara estaba colocando su tela azul en la ventana. Elias no podía verla desde el taller. Eso no le impidió imaginarla cuando avivó el fuego.

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