El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1) La puerta de la señorita Hart #2
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La puerta de la señorita Hart #2

Elias dejó la herramienta sobre la caja.

Ella había hablado con ligereza, pero el cansancio que asomó al final debió de resultarle perceptible.

Clara se recogió una hebra de pelo que le rozaba la mejilla y miró hacia los rollos.

Había elegido uno azul para el escaparate.

Comprar aquella pieza, demasiado costosa para sus primeras cuentas, había sido su única imprudencia deliberada.

—¿Cuándo abre? —preguntó él.

—El lunes de la semana siguiente a esta. Necesito unas baldas, un soporte para exponer telas y un cartel. Para las baldas buscaré al carpintero; el soporte pensé que podría hacerlo usted. Tengo un dibujo, aunque debería advertirle que sé coser bastante mejor de lo que dibujo.

—Puedo verlo antes de marcharme.

Clara fue a buscar su carpeta. Al volver, Elias ya había quitado los tornillos y tenía uno entre los dedos.

Sus manos eran grandes, con pequeñas marcas en los nudillos.

Le sorprendió la delicadeza con que había examinado el pestillo de arriba, y se quedó observándolas un instante más del necesario antes de abrir el dibujo sobre una silla.

Él se incorporó. Estaban demasiado cerca para mirar el papel sin tocarse; Clara movió la silla y Elias esperó a que terminara, sin ocupar el espacio que ella acababa de ganar.

—Quiero colgar dos piezas aquí —explicó, indicando la barra—. Los extremos deben quedar lisos. Si una tela se engancha, puedo estropear en un segundo el beneficio de toda la semana.

—Estos pies son demasiado pequeños. Cuando tire de una pieza, el soporte vendrá detrás. Puedo ensanchar la base o fijarlo a la pared, pero entonces no podrá cambiarlo de sitio.

—Lo necesito cerca de la ventana por la mañana y apartado cuando esté probando vestidos. ¿Cuánto tendría que ensancharla?

Él pidió permiso con un gesto antes de tomar el lápiz.

Clara se lo entregó y vio cómo corregía el dibujo, inclinado sobre el respaldo de la silla.

La proximidad permitía apreciar una pequeña cicatriz junto a su ceja.

Tenía unas pestañas oscuras absurdamente bonitas para alguien que parecía no sacar ningún partido de ellas.

—Así no volcará —dijo Elias—. Puedo redondear los extremos y pulir la barra. Tendrá que cubrirla igualmente; la humedad acaba encontrando el hierro.

—Haré una funda de algodón. ¿Podría tenerlo antes de abrir? Y necesito un precio, señor Blackwood. Uno verdadero. No quiero descubrir después que me ha cobrado menos porque conocía a mi tía.

Él enderezó la espalda. El cambio fue pequeño, pero Clara vio cómo se cerraba su expresión.

—Cobro por mi trabajo. Si le parece caro, puede decírmelo.

—No era una acusación. Mi tía escribía cartas a todo el mundo y me preocupa que haya dejado instrucciones para cuidarme hasta en la panadería. Quiero vivir aquí de lo que sé hacer. Eso incluye pagar lo que otros saben hacer por mí.

—¿Piensa vivir aquí todo el año? —preguntó él.

—He traído hasta los vestidos que no me gustan. Cuando una mujer paga por transportar cosas que preferiría no volver a ponerse, puede usted suponer que no tiene previsto regresar a buscarlas.

—En verano hay más gente. Vienen familias a alojarse en las granjas y compran en el pueblo. En invierno tendrá que contar con quienes vivimos aquí.

—Con eso he contado. No espero vender vestidos de seda todos los días.

Sé volver un abrigo, arreglar una cintura y aprovechar una falda para una niña.

En Bath esas cosas se hacían por la puerta de atrás, para que nadie viera entrar la ropa usada.

Aquí me gustaría que pudieran entrar por delante sin pasar vergüenza.

Él recorrió con la vista el espacio vacío donde ella instalaría el mostrador. Clara se preguntó qué habría encontrado objetable en sus planes, pero cuando volvió a hablar no estaba mirando los rollos de tela.

—Necesito que me arreglen un puño. Lo enganché al sacar unas bisagras viejas y cada vez que me pongo esa camisa termino abriendo más el roto.

—Tráigamela. Si conserva el trozo, podré dejarlo bastante bien; si falta tela, tendremos que buscar algo parecido. Le cobraré el arreglo y podrá decir a quienes le pregunten si trabajo como es debido.

—Es la camisa de los domingos. No necesito que quede nueva, pero preferiría conservarla. La tela que venden ahora me molesta en el cuello, y esta ya ha cedido.

—Entonces no deje que siga abriéndose. Hay prendas que merecen un arreglo aunque comprar otras resulte más sencillo. Mi abrigo tiene el forro cambiado dos veces y pienso volver a cambiarlo cuando haga falta. Si trae la camisa el sábado, se la tendré lista para el domingo.

—No hace falta que trabaje de noche por eso. El domingo puedo ponerme otra.

—De noche pienso dormir. Puedo reparar un puño mientras decido dónde van las baldas.

—No suelo hablar de mis camisas con nadie.

—Pues acaba de hacerlo conmigo. Ya tenemos un comienzo. No se preocupe, no voy a ponerlo en el escaparate para que enseñe el puño a los vecinos.

—Me alegra que lo aclare antes de que acepte el encargo.

Clara se rio y encontró a Elias mirándola. Bajó los ojos al dibujo, aunque la altura de la barra ya estaba decidida. Arrimó el lápiz a su mano y él lo tomó, rozándole los dedos.

Elias miró el dibujo de nuevo y escribió una cantidad al pie. Debajo añadió la fecha en que podría entregarlo. Clara repasó sus cuentas mentalmente, calculó lo que quedaría para madera y aceptó. El precio exigía posponer unas cintas, pero el soporte serviría durante años.

—Puede pasar el sábado para ver la altura antes de que lo termine —dijo él—. Es más fácil corregirla entonces.

—Por la mañana, si le viene bien. Me gustaría elegir también el tamaño del cartel.

—A partir de las diez. Antes tengo dos caballos.

Clara dobló el papel y se lo entregó para que pudiera llevarse las medidas.

Elias lo guardó antes de recoger lo que necesitaba para la puerta.

Clara esperó a que él cerrara la caja. Quería que se quedara un poco más, aunque no le quedaba ningún arreglo que señalarle; lo de la camisa ya había sonado bastante a una excusa.

—¿Puedo ofrecerle té? —preguntó—. Aunque primero tendría que encontrar dónde lo guardaba mi tía y comprobar que no lleve aquí desde Navidad.

—Tengo que volver al taller.

—Entonces no lo retrasaré. ¿Le estorbo si retiro las cortinas mientras termina?

Elias miró la silla que ella arrastraba hacia la ventana.

—Esa cojea.

Clara detuvo la silla y probó las patas. La trasera derecha se movió con una facilidad que no prometía nada bueno. Volvió a dejarla en su sitio sin defender su elección. Tomó la otra, comprobó su firmeza y se subió con el cuidado de quien sabe que la están observando.