El herrero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar nº 1)
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La puerta de la señorita Hart
Clara Hart llevaba veinte minutos ante la casa de su tía cuando comprendió que había heredado una propiedad en la que no podía entrar.
La llave giraba; lo había comprobado tantas veces que tenía el borde marcado en la yema del pulgar.
Era la puerta la que se negaba a moverse, hinchada por la lluvia y vencida hacia el lado de las bisagras.
Detrás de ella esperaba una cama. En la calle, junto a sus botines, un baúl que el cochero había descargado con más alivio que delicadeza.
Apoyó el hombro en la madera y empujó. El sombrero se le deslizó sobre una ceja.
—Si continúa así, romperá la llave dentro.
La voz llegó desde su izquierda. Al volverse descubrió a un hombre junto al caballo que acababa de amarrar a la argolla de la casa vecina. Llevaba una caja de herramientas en una mano y no parecía tener la menor intención de acercarse.
—La llave funciona. Lo que me preocupa es que la puerta no haya comprendido para qué sirve.
—Se ha descolgado. Tiene que levantarla desde abajo antes de empujar.
—Le agradezco la explicación, pero no dispongo de una tercera mano. Las dos que he traído están ocupadas evitando que esta se parta y que mi sombrero salga volando.
El hombre dejó la caja junto al baúl. Cuando se acercó, Clara retrocedió lo suficiente para permitirle examinar la cerradura, y un poco más cuando él se inclinó.
Era muy alto. Tenía el pelo oscuro, algo largo sobre el cuello, y una barba corta que dejaba ver una boca de labios bien dibujados.
La manga arremangada mostraba un antebrazo que volvió bastante razonable la propuesta de levantar una puerta.
—Saque la llave, por favor. Si la madera cede de golpe, puede hacerse daño.
—¿Debo sujetar algo?
—Su sombrero, según me ha dicho.
Clara alzó la vista. Él ya estaba trabajando y no pudo decidir si la había tomado el pelo.
Apretó el ala contra su cabeza mientras el desconocido encajaba una palanca bajo la puerta.
La levantó apenas un dedo, empujó con la palma y dejó al descubierto el oscuro recibidor.
Todo ello sin un esfuerzo que Clara pudiera apreciar, lo que le pareció ligeramente ofensivo después de sus veinte minutos de lucha.
—Supongo que cobraría más por hacer que pareciese difícil —dijo ella.
—Depende de cuánto rato quisiera verme trabajar.
Él retiró la herramienta antes de mirarla. Sus ojos eran grises, de un gris claro que destacaba bajo las cejas oscuras, y Clara descubrió con fastidio que tenía una respuesta para todo menos para aquello. Se quitó el sombrero; necesitaba hacer algo con las manos.
—Me conformaría con poder salir mañana. Voy a abrir una tienda y convendría no empezar reteniendo a las clientas.
—¿Una tienda aquí?
—Telas y costura. Mi tía utilizaba la habitación delantera como sala, pero tiene una ventana grande y entrada desde la calle. Pensaba retirar las cortinas, poner el mostrador al fondo y dejar sitio junto al cristal para probar los colores con luz natural.
El hombre miró hacia el interior. Clara reconoció el olor de la casa: cera, madera vieja y el leve rastro de lavanda que había acompañado a su tía hasta en los sobres de las cartas.
Durante el viaje había ensayado cómo sería entrar.
No había contado con hacerlo delante de un desconocido, ni con la fuerza con que la afectaría ver el hueco del paragüero en el papel de la pared.
—Usted es la sobrina de la señora Hart —dijo él, más bajo.
—Clara. Estuve aquí de niña, aunque ha pasado tanto tiempo que probablemente nadie se acuerde de mí.
—Su tía hablaba de usted.
Clara se volvió hacia él con el sombrero todavía entre las manos.
—Espero que no mencionase el incidente de las grosellas. Me escribió el otoño pasado y seguía considerando que había sido una hazaña extraordinaria comerse tantas sin morir.
—Hablaba de los vestidos que hacía en Bath. Tenía una fotografía sobre la chimenea, junto a otra de un perro.
—Al perro lo quería más, pero conmigo podía mantener correspondencia. —Rozó con el pulgar la cinta del sombrero—. ¿La conocía bien?
—Le arreglaba lo que se rompía. A veces también lo que todavía aguantaba, si creía que necesitaba una ocupación.
Clara vio con claridad a Martha mandándolo pasar, con el agua ya al fuego y alguna bisagra que, según ella, necesitaba atención urgente.
Recordaba aquella forma de retener a las visitas.
Apretó el sombrero entre las manos antes de dejarlo en la consola.
Habría dado mucho por encontrarla esperando en la cocina.
El desconocido levantó el baúl.
—¿Dónde lo quiere?
—Arriba, aunque pesa demasiado para que lo suba solo. Si me deja abrirlo, puedo sacar unos cuantos libros y la máquina de coser va en el otro cajón, así que...
—Dígame la habitación.
—La primera a la derecha. Pero preferiría que esperase. No tengo ninguna prisa que justifique que se lesione por mi equipaje.
Él sostuvo su mirada unos segundos. Después apoyó el baúl en el umbral y esperó a que ella encontrara la llave pequeña en su bolso.
Clara sacó seis libros, envueltos en una enagua para proteger las cubiertas, y tuvo que apartar a toda prisa una prenda de encaje que se había enganchado en la esquina de un atlas.
Él se volvió hacia la calle mientras Clara volvía a guardar el encaje. Ella cerró el baúl algo más despacio de lo necesario.
—Ahora sí —dijo ella, cerrando la tapa—. Y todavía no me ha dicho su nombre.
—Elias Blackwood. La herrería está al otro lado del puente.
Subió sin esperar respuesta. Clara lo siguió con los libros apretados contra el pecho, observando cómo calculaba el giro de la escalera antes de mover el baúl.
En el rellano tuvo que pasar junto a ella.
El espacio era estrecho y su brazo rozó la manga del vestido.
Olía a jabón y a trabajo, con un leve rastro de humo que resultaba agradable allí, entre habitaciones frías.
Al entrar en el dormitorio, Elias colocó el equipaje al pie de la cama y fue a la ventana. El pestillo se resistió. Probó una vez, comprobó la madera y consiguió abrirlo sin recurrir a la fuerza. La corriente movió la funda que cubría el tocador.
—Conviene ventilar antes de encender la chimenea. La señora Mercer viene los jueves, pero esta habitación llevaba tiempo cerrada.
—Me dejó una carta diciendo que encontraría carbón junto a la cocina. También prometió venir mañana. Supongo que ha elegido el viernes para darme ocasión de descubrir por mi cuenta todo lo que no sé hacer.
—Puede pedirle ayuda. No se ofende por esas cosas.
—No me cuesta pedir ayuda, señor Blackwood. Lo que me cuesta es que me la ofrezcan antes de que haya tenido ocasión de intentarlo.
Él apartó la mano del pestillo. Clara lamentó la brusquedad de la frase; la había pronunciado demasiadas veces en Bath y le había salido con la misma fatiga de entonces.
—Lo de la puerta era una excepción bastante evidente —añadió—. Y le agradezco el baúl. He tenido un viaje largo y unas conversaciones todavía más largas antes de salir.
—No hace falta que me dé explicaciones.
Clara esperó una pregunta que no llegó. Dejó los libros sobre la cama y dobló la enagua con la que los había envuelto; habría preferido seguir hablando, y le molestaba necesitar una excusa para hacerlo con un hombre cuyo nombre acababa de aprender.
Abajo sonó el golpeteo de unas ruedas. Elias se acercó de nuevo a la ventana y miró la calle.
—Ha llegado el resto de sus cosas. Voy a ayudar a descargarlas.
—Eso sí voy a pagárselo. Antes de que proteste, tenía previsto abonar la descarga al mozo de la estación. Si hace usted el trabajo, no veo por qué debe perder el dinero.
—No pensaba protestar.
—Bien. Me ahorra tener que ser convincente después de todo lo que me ha visto hacer con esa puerta.
Esta vez la sonrisa apareció. Fue breve, un movimiento en una comisura, pero cambió su cara lo suficiente para que Clara olvidase la siguiente frase.
Elias bajó mientras ella seguía junto a la cama, con una enagua en la mano y la desagradable sospecha de que estaba comportándose como una muchacha de diecisiete años.
A los veintiocho, después de trabajar durante nueve años atendiendo caprichos ajenos, había esperado mayor dominio de sí misma.
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La caja de la máquina entró por la puerta de atrás.
Los rollos de tela quedaron en la sala delantera, protegidos de la humedad sobre dos sillas, y el transportista se marchó con su pago y una explicación de Elias sobre qué rueda necesitaba revisar antes del próximo viaje.
Cuando volvieron a quedarse solos, la casa había adquirido un desorden alentador. Clara podía reconocer sus cosas dentro.
Elias se arrodilló junto a la bisagra inferior de la entrada.
Ella se quitó los guantes y se agachó para observar.
Había aprendido a distinguir la paciencia auténtica de la que se exhibía ante una clienta, y aquel hombre ni siquiera parecía recordar que tenía público.
Pasó un dedo por el hierro y buscó en su caja un punzón.
—¿Necesita cambiarla entera? —preguntó Clara—. Prefiero saberlo ahora. Tengo que repartir el dinero entre la casa y la tienda, y la casa está mostrando una ambición que no esperaba.
—La bisagra está bien. Los tornillos han perdido agarre. Puedo dejarla firme hoy, pero hay madera blanda en la parte de abajo. Habrá que reponer ese trozo antes del invierno.
—Entonces pagaremos primero lo que permita entrar a las clientas. Lo del invierno puede esperar a que alguna haya comprado algo.
—¿Ya tiene encargos?
—Tengo uno, si la señora Mercer cumple su promesa de dejarme hacerle una falda. Mi tía me escribió que las mujeres del pueblo se desplazaban a Millbrook cuando necesitaban algo que no pudieran coser en casa. Pensé que quizá agradecieran ahorrarse el camino.
—Lo agradecerán. Otra cosa es que admitan que no pueden coserlo ellas.
—He trabajado con señoras que pagaban una fortuna por un vestido y luego aseguraban haber dado todas las puntadas. No necesito que reconozcan mi talento durante el oficio del domingo. Me conformo con que vuelvan.