EPÍLOGO PRIMERO
Hay un caballo de madera con una pata quemada sobre la repisa de mi alcoba, a la vista, donde le da el sol de la tarde, y ya nadie en esta casa pregunta por él porque todos conocen la historia: era del padre del señor, y el señor lo guardó veinte años en un arcón, y la señora lo sacó.
La señora. Un año casi entero llevo diciéndolo y todavía me detengo a media palabra, como quien se detiene a media escalera para no gastar de golpe la vista del valle.
Nos casamos el verano pasado, aquí, en el patio, con los dos clanes juntos por primera vez: los Kyntire subieron en carros cargados de quesos y de escándalo, el lobo olfateó mis murallas entero «por oficio», el pequeño llamó cuñado a media guarnición antes del primer brindis, y Morvenna entró en mis cocinas el primer día, las inspeccionó como se inspecciona una plaza rendida, y a la hora ya estaba enseñándole a mi cocinera el pan de su casa, las dos a gritos, felices como dos generales que por fin encuentran guerra digna.
A Fergus el buhonero lo sentamos a la mesa de honor, porque a esta boda la trajo él con un saco de agujas y no lo sabe ni lo sabrá: contó la leyenda del ave santa a los postres, completa, mejorada, con la novia delante, y cuando terminó alzó la jarra hacia Bríde y dijo «y mirad si el cielo paga, que al Cuervo le mandó después esta dama del mismo color», y el patio entero brindó por la verdad sin saber que brindaba por ella.
De la boda guardo lo que guardan los hombres como yo, que es lo pequeño: Bríde descalza sobre la hierba del patio porque «los tratos grandes se firman tocando tierra».
Las manos atadas con la cinta de cuero que apareció un día sobre mi arcón y que resultó llevar dos años esperando su oficio.
Mi suegra y Una reconociéndose de un vistazo, dos sanadoras de imperios distintos, y pasándose el mando de mis cocinas con un solo gesto, como dos capitanas en un relevo de guardia.
Y Ronan, en el momento de entregármela, sin discursos, poniéndome la mano de su hija en la mía y diciendo solamente, con la comisura de su casa: «Tres condiciones puse y las tres cumpliste.
Ya no me debes nada, laird. Ahora empiezas a deberle a ella, y esa cuenta no se salda: se vive».
La leyenda, por cierto, ha encontrado su final solo, como lo encuentran las leyendas buenas: el ave santa voló un último círculo sobre la boda de su señor —la vieron cien testigos, dicen ya las canciones— y se volvió con los dioses, que la prestaban.
Y la dama roja se quedó. Mi clan cree vivir en el final feliz de un cuento, y no pienso corregirle ni una coma, porque tiene razón en todo menos en los detalles.
El cuchillo de mi padre cuelga ahora en la casa Kyntire, sobre el hogar, donde lo colgó Morvenna con sus propias manos: «aquí se guarda lo que la familia entrega», dijo, y la palabra familia llevaba dentro todo lo que esa mujer no dice de otra manera.
Voy a verlo dos veces por estación, cuando bajamos al sur, porque ahora mi vida tiene un sur: una mesa larga, unas gachas que he aprendido a remover, un establo confesionario donde mi suegro y yo arreglamos Escocia entre cabras, y un risco gris donde mi suegra y yo nos sentamos a veces sin hablar, que es nuestra manera de conversar mejor.
Torcall gobierna el castillo cuando bajamos, y dice que las ausencias del señor son la mejor herencia de la señora: «la fortaleza aguanta sola, mi señor; las casas, en cambio, viajan».
Se equivoca en una cosa: no aguanta sola.
La sostiene la liturgia, que sigue entera aunque crucemos medio país: el parte del día se rinde donde estemos, el venado se corta grueso en dos cocinas, y la ventana de la cara norte sigue con la falleba rota, por orden expresa, aunque el carpintero se persigne cada vez que pasa.
Y luego está lo otro, lo que cambió la primavera, y lo cuento despacio porque es la cuenta más grande de mi vida y no quiero gastarla de golpe.
Me lo dijo una tarde cualquiera, en la torre, sin ceremonia, que es como dice ella las cosas grandes.
Yo tallaba. Ella entró por la ventana, hizo el cambio, salió de detrás del biombo abrochándose la camisa del lino, y en vez de ir a su sillón vino a ponerse delante de mí, me quitó el cuchillo y la madera de las manos, me las dejó vacías y abiertas sobre las rodillas, y me puso las suyas encima, y dijo, mirándome con el oro de los ojos verdaderos: «Este otoño, si la Madre quiere, vas a tener que tallar más pequeño, Ciaran de Dargath.
Otro caballo. Para unas manos que todavía no existen».
Tardé tres latidos en entenderlo, y el cuarto se me cayó el mundo del lado bueno por primera vez en mi vida.
No sé qué hice. Ella jura que me quedé tan quieto que se asustó, y que después la abracé tan despacio, con un cuidado tan absurdo, rodeándola como se rodea algo que se va a romper, que tuvo que recordarme entre risas que ya habíamos comprobado los dos que no se rompe.
Yo solo recuerdo el oficio que me salió del fondo del saco, el más viejo, el primero: contar.
Conté, con la mano abierta en su vientre todavía plano, todo lo que de pronto tenía que perder, la cuenta entera disparándose como se dispara un incendio.
Y ella me la paró con tres palabras, las mismas del refugio, las de siempre: «en ese libro no se cuenta esto, cuervo. Esto va en el otro».
El otro. Empiezo a sospechar que hay un otro, y que ella lleva tiempo sabiéndolo, por cómo lo dijo.
La noticia la dimos al círculo una noche, a los nuestros, a puerta cerrada, porque hay alegrías que el clan celebra como cuento y otras que solo entienden de verdad los que saben el resto: Una, Torcall, y mis suegros, que habían subido al norte para la ocasión.
Y fue en esa mesa pequeña, entre los cinco que saben, donde el señor de Dargath hizo la pregunta más temida de su vida, y no era ninguna de las que esperaba hacer jamás.
Llevaba días rumiándola, como rumio los asedios.
Porque un hombre que planea todo se encuentra de pronto ante la única campaña para la que nadie lo entrenó, y necesita el terreno, necesita saber, y hay una cosa que no se atrevía a preguntarle a ella a solas y que aquella noche, con el hidromiel y la confianza, se me escapó hacia Una, muy serio, con la gravedad de quien pide un parte:
—Una. Tú que sabes de las dos cosas. —Carraspeo de capellán—. Ella es... lo que es. Mitad cielo. Y yo necesito... saber cómo prepararlo. —Bajo la voz, porque la pregunta pesa—. ¿Pone huevos?
El silencio que siguió lo voy a oír el resto de mi vida.
Lo rompió Oisín, que no estaba, pero da igual porque el silencio era de los que se cuentan luego: lo rompió Ronan, mi suegro, el hombre más serio de las Highlands, que soltó por la nariz el hidromiel entero y tuvo que levantarse de la mesa.
Lo siguió Torcall, mi capitán de hierro, que aguantó dos latidos heroicos con la cara de tasador y después se dobló sobre el plato con un sonido que no le había oído en diez años.
Morvenna se reía sin ruido, con los ojos cerrados y las dos manos en la mesa, que es como se ríe ella las pocas veces que la pillan.
Y Una, la vieja, me tomó la cara con sus dos dedos de siempre, como cuando yo medía cuatro palmos, y me dijo, con una ternura que le temblaba de risa contenida: «No, mi señor.
No pone huevos. Es una mujer que a veces es ave, no un ave que a veces es mujer, y la criatura vendrá como vienen todas, por donde vienen todas, y os va a tocar a vos lo que les toca a todos los padres: pasear el suelo de noche y no servir para nada útil. Bienvenido al oficio».
Y Bríde, mi Bríde, que se reía la que más, vino a sentárseme en las rodillas delante de los cinco, me tomó la cara que me ardía de bochorno de soldado, y me dijo al oído, lo bastante alto para que lo oyera el círculo entero, lo único que podía devolverme la dignidad y de paso quitármela del todo: «Por eso te quiero, cuervo.
Porque el hombre más temido de Escocia ha cruzado medio país solo y desarmado, ha mirado a seis clanes sin parpadear, y le ha hecho falta toda su valentía para preguntar si su mujer pone huevos. No cambies. Ni una pluma».
Que se rían. Que lo cuenten. Yo aprendí aquella noche dos cosas, y las dos valían el bochorno: que la criatura vendrá como vienen todas, y que en esta casa, ahora, hay quien se ríe de mí con amor a la mesa, que es exactamente lo que no tuve nunca y lo que un crío debajo de un arcón habría dado el alma por oír.
Hace el quiebro final sobre el patio, el que despeina despenseros, y entra por la ventana de la cara norte como el primer día, como todos los días.
Pero hoy el quiebro le sale distinto, lo veo: más ancho, más cauto, sin esa insolencia de cuchillo con que cortaba el aire en otoño.
Hace el cambio detrás del biombo, y cuando sale, abrochándose la camisa del lino sobre un vientre que esta primavera ya redondea la tela, viene despacio, una mano en la espalda, con el andar nuevo de las mujeres que llevan a otra persona dentro.
—Cada vez me cuesta más subir —dice, dejándose caer en su sillón con un suspiro que no es de pena, es de informe—.
Hoy he tenido que esperar una térmica buena sobre el lago para remontar el desfiladero.
La que era yo el otoño pasado lo habría cruzado a aletazos, de pura chulería.
—Se pone las dos manos sobre el vientre, y me mira, y hay en sus ojos algo que no le había visto: un asombro pacífico—.
La criatura le pesa al ave, Ciaran. La Madre lo hace así, dice mi madre: cuanto más crece dentro, menos te deja el cielo, hasta que un día las plumas no te levantan y te quedas en tierra los últimos meses, hecha solo mujer, esperando.
La primera vez que a una cambiante le pasa, dicen, se asusta. Cree que ha perdido el cielo.
—¿Y tú? —Dejo la talla, porque esto no se escucha con las manos ocupadas—. ¿Tú te has asustado?
—Esa es la cosa. —Se ríe bajito, esa risa suya que baja rodando por las escaleras—.
He esperado el susto toda la subida, atenta, como esperabas tú la flecha.
Y no ha venido. Porque resulta, cuervo, que no me importa quedarme en tierra unos meses.
—Me busca la mano, se la pone abierta sobre el vientre, y espera, y yo espero con ella, y entonces lo noto: un golpe diminuto contra mi palma, desde dentro, una vez, terco—.
¿Lo has sentido? Lleva días dando guerra ahí dentro.
Tiene prisa, como su madre. —Me aprieta la mano contra la tela—.
Mi madre se pasó veinte años tendida entre nosotros y el suelo, muerta de miedo de que el cielo nos quitara.
Y mírame: aquí estoy, eligiendo la tierra por voluntad, por primera vez en mi vida, para que esto que pateas no tenga que aprender a caer antes que a volar.
El cielo lleva esperándome desde que tengo memoria.
Que espere un poco más. No se va a ir a ninguna parte, y esto sí tiene fecha.
Me quedo con la mano en su vientre y la garganta cerrada de esa manera nueva que aprendí a fuerza de ella, porque acabo de entender lo que me está diciendo sin decirlo: que la criatura más libre de Escocia, la que se lanzó contra seis arcos por no aceptar correa, ha plegado las alas por su voluntad y se ha posado en mi torre a esperar, y que esa es la única atadura que el mundo no podrá reprocharle nunca, porque se la ha puesto ella.
Un hombre que pasó la vida temiendo atar lo que amaba tiene ahora en el regazo a una mujer que ha elegido la tierra, y no he hecho nada para retenerla, y se queda igual.
Eso, y no las canciones, es lo que de verdad le ha pasado al Cuervo de Dargath.
—Entonces te corto el venado yo estos meses —digo, que es lo más cerca que llego a una declaración—. Y te subo el agua. Y cuando no puedas con la escalera, bajo yo el sillón al salón, y que el clan murmure lo que quiera.
—El clan ya murmura —dice, acomodándose contra mí—. Dicen que el laird del norte va a tener un heredero con dos pieles y que el ave santa lo trajo del cielo. —Cierra los ojos, en paz—. Déjalos. Aciertan en casi todo, como siempre, menos en los detalles.
Antes esto era una fortaleza. Ahora es una casa. Y la casa, esta primavera, espera un otoño, con la ventana abierta y, por primera vez, a su halcón posado dentro.