CAPÍTULO 43
Querer a un hombre feliz por primera vez en su vida es como ver aprender a volar a algo que se creía de tierra: torpe, escandaloso, y lo más bonito que vas a ver en años.
Porque eso es lo que tengo ahora en la torre, desde que se cerró la guerra: a Ciaran de Dargath sin máscara, y no sabía yo que debajo del arnés y debajo del Cuervo había todo esto.
Está ridículamente feliz y no sabe disimularlo, este hombre que pasó treinta y tres años disimulándolo todo.
Se le escapa la comisura a deshora, por nada, mientras talla o mientras firma.
Le corta el venado a media guarnición sin darse cuenta, grueso, como me gusta a mí, porque ha decidido que todo el mundo debería comer como come su halcón.
Y la liturgia de la torre, que antes era de dos secretos, ahora la oficia a la luz del día: el parte me lo rinde delante de Torcall, la guardia me ve entrar por la ventana y salir de mujer y ha decidido que eso es lo normal, y el laird del norte cruza su patio con una mano en la espalda de su dama y la otra saludando a un clan que lo mira como se mira un milagro doméstico: el monstruo, resulta, sabía sonreír.
Es protector de una manera nueva, que no es la de los postigos: ahora protege con la ventana abierta.
Me vigila el plazo de la piel como Una vigila una fiebre, sin decirlo, contando los días por su cuenta, y la víspera del sexto siempre aparece un caldo doble «por si la mala noche tiene apetito», que es la broma más vieja de esta casa y la que más nos hace reír.
Y es posesivo a su manera, que es callada y feroz y se le nota en los ojos antes que en ningún otro sitio, y yo, que vengo de una familia de lobos, lo huelo a leguas, solo que esta vez —y aquí está la gracia que la Madre me debía— me toca a mí mirarlo desde arriba sin que él se entere todavía.
Porque pasó lo siguiente, y lo cuento porque Torcall lo va a contar de todos modos y lo va a contar peor.
Vino al castillo un tratante de caballos del sur, joven, hablador, de los que se ríen fácil, a vender un par de yeguas para la cuadra.
Y resultó que el muchacho conocía mis valles —había comerciado por las cañadas de Kyntire— y que yo llevaba meses sin oír hablar de mi tierra con acento de mi tierra, y me senté con él en el murete del patio un buen rato a preguntarle por el río, por la feria de primavera, por si seguía vivo el viejo de la majada de los perros.
Nada más. Charla de dos surenos lejos del sur.
Pero yo estaba de espaldas a la torre, y no vi lo que vio media guarnición, y lo que vio media guarnición me lo describió Torcall después, gozándolo como no le he visto gozar nada:
Que el señor de Dargath salió de la fragua, vio a su dama riéndose con un desconocido joven en su propio murete, y se quedó clavado en mitad del patio con una cara que el capitán juró no haberle visto ni delante de seis clanes en armas.
Que no dijo nada, porque este hombre no diría nada antes que morir, pero que se acercó «con un paso que conozco, mi señora, el de revisar una linde por la que han entrado jinetes», y se plantó a mi lado, y le compró al tratante las dos yeguas sin regatear, al precio que pidió, cosa que no ha hecho el laird de Dargath en su vida, «y luego le compró la tercera, mi señora, que el muchacho ni vendía, con tal de que recogiera y se fuera al sur con la bolsa llena y la prisa puesta».
Yo no me enteré de nada hasta esa noche, en la torre, cuando lo vi tallar con más fuerza de la que pide la madera y le pregunté qué mosca le había picado, y él, muy digno, muy tratado, soltó que las yeguas del sur eran buena inversión y que el muchacho tenía cara de necesitar volver pronto a su casa.
Y ahí lo entendí entero, de golpe, y tuve que morderme la risa, porque me acordé de una hembra moteada con un topillo en un murete y de una loca que cruzó medio cielo a sacarle los ojos, y comprendí que la Madre, que tiene su humor, acababa de cuadrarme la cuenta más dulce del invierno.
No le dije que lo había calado. No esa noche.
Dejé que el muy terco se creyera disimulado, porque hay que dejarle a un hombre sus pequeñas dignidades, y porque verlo celoso y digno a la vez era el mejor regalo que me habían hecho desde la pluma de tejo.
Solo, al acostarme en mi cabecero, le dije al aire, como quien no quiere la cosa: «Buenas yeguas.
Tres. Generoso has estado». Y lo oí quedarse muy quieto en la cama, calculando si lo sabía, y decidir que no, que no podía saberlo, y dormirse al fin con la conciencia tranquila del que ha defendido su linde sin que nadie lo notara.
Que duerma. Algún día se lo cobro, y lo voy a disfrutar.
Esa es la felicidad que se vive estos días: pequeña, doméstica, hecha de yeguas innecesarias y caldos dobles y comisuras a deshora. Pero hubo una tarde, una sola, en que la felicidad se quedó callada de golpe, y fue la tarde que encontré el libro.
Buscaba hilo para coserle un descosido al plaid grande, y abrí el arcón hondo, el de los herrajes, el del caballo de madera, y debajo de todo, envuelto en un paño que no era el del caballo, había un libro.
Viejo. De tapas gastadas. Lo saqué pensando que eran cuentas del castillo, y eran cuentas, sí, pero no del castillo.
Era el libro de las pérdidas.
Lo supe a la primera página, por la letra: una letra fría, apretada, que no era la suya —la del Usurpador, comprendí después, la que le enseñó a escribir y a contar—, y debajo, año tras año, la suya, la de él, copiando la fría sin querer, porque así nos enseñan a escribir, imitando la mano que nos pone la pluma.
Y lo que contaba ese libro, renglón a renglón, fecha a fecha, era todo lo que Ciaran de Dargath había perdido desde los seis años.
Sus padres, las dos primeras entradas, con una caligrafía de niño.
Bran, el del establo. El mozo de los nudos.
Hombres de tres guerras, por nombre, todos.
Beathan. Las cosechas de Glenmore. No era un libro de rencores.
Era peor: era un inventario, llevado con la disciplina de un capitán, de cada cosa que el mundo le había arrancado, para no olvidar nunca la lección, para tenerla a mano, para releerla las noches malas y recordar por qué no se debe querer nada.
Pasé las hojas despacio, con el corazón en un puño, leyendo la vida de mi hombre escrita en la columna del debe. Y entonces llegué al final de lo escrito. A la última entrada.
La última entrada era vieja. De hacía año y medio largo. Después, páginas y páginas en blanco, el resto del libro entero sin estrenar, la pluma fría callada de golpe.
Y la fecha de esa última entrada, la del renglón donde el libro de las pérdidas de Ciaran de Dargath se detuvo para siempre, era de un otoño.
De un otoño concreto. El otoño en que una lanza arrancó un halcón del cielo en un camino de turba, y un hombre que llevaba la cuenta de todo lo que perdía se encontró, sin saber cómo, sin volver a abrir el libro.
Me quedé mucho rato sentada en el suelo, junto al arcón abierto, con el libro en el regazo y el hilo del plaid olvidado.
Me quedé en el silencio más largo de toda esta historia nuestra, que ha tenido silencios de tres horas con talla y fuego.
Porque lo entendí entero, de golpe y sin una palabra: que el día que yo entré por su ventana, este hombre dejó de contar lo que perdía.
Que no me lo ha dicho nunca, ni una vez, ni en la fiebre, ni en el dique, ni en el refugio, ni de rodillas con el cuchillo de su padre entre las cuatro manos.
Que lo más grande que me ha dado, más que la pluma de tejo y más que el cuchillo, es esto que no sabe que sé: que llegué yo, y soltó la pluma fría, y no volvió a escribir un renglón de pérdida en año y medio.
No lo desperté para decírselo. No le dejé una nota, ni le hice una escena, ni se lo solté esa noche en la cama, porque las verdades de este tamaño, las de verdad, no se gritan: se guardan hasta el día y la luz justos, me lo enseñó él mismo.
Cerré el libro con el mismo cuidado con que él cierra los suyos.
Lo envolví en su paño. Lo dejé donde estaba, debajo del caballo de la pata quemada, porque ese libro es suyo y el silencio sobre él también, y hay cosas que una guarda no para callarlas sino para devolverlas enteras cuando toque.
Cosí el plaid esa tarde con las manos un poco torpes, y cuando él subió del patio y me preguntó por qué tenía esa cara, le dije que el humo del fuego, que pica, y él, que me lee entera, supo que mentía y no preguntó más, porque también sabe respetar un secreto cuando huele que protege algo bueno.
Pero lo guardo. Lo guardo para el día que toque, que llegará, porque las cuentas de esta historia siempre se cobran por turnos.
Y cuando llegue, no le voy a decir lo que vi.
Le voy a decir lo que entendí, que es otra cosa y es toda: que ya puede llenar el resto de ese libro, las páginas en blanco, todas.
Pero del otro lado. Que empiece la columna del haber, que se la dicto yo, y que la primera entrada lleva fecha de un otoño y dice, con todas las letras, lo que él se calló por no ser correa y yo me callo por no gastarlo antes de tiempo.
De momento, esta tarde, lo dejo dormir. Suelto, y atado, y feliz, y sin saber que su halcón le acaba de leer la única página que de verdad importaba. Mañana es otro día. Y nos quedan, si la Madre quiere, muchísimos.