El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) EPÍLOGO SEGUNDO
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EPÍLOGO SEGUNDO

Castillo de Dargath. Diez años después

Mi hija se llama Sorcha, que en la vieja lengua quiere decir luz, y se lo puso su madre el día que nació, negra de pelo como yo, riéndose de la broma antes de hacerla: «luz —dijo, con la cría morena en brazos y el cobre suyo derramado en la almohada—, porque a la oscuridad de su padre le pienso ganar también esta apuesta».

Diez veranos después sigo sin saber si Bríde le puso ese nombre por amor o por desafío al cielo, y he aprendido que con las mujeres de esa familia la respuesta suele ser las dos cosas a la vez.

Diez años. Se dicen rápido y pesan como un reino.

La niña creció con un caballo de madera de pata quemada al alcance de la mano y otro más pequeño, tallado por mí, de pata sana, porque a esa generación le tocaba empezar con las cuatro patas enteras.

Creció sabiendo la historia del arcón contada junto al fuego y no guardada debajo, sabiendo de un abuelo que degollaron y un padre que eligió quedarse, sabiendo que la canción del ave santa que cantan en las cañadas habla de su madre, cosa que le parece el chiste más grande del mundo y que usa sin piedad para presumir ante sus primos del sur.

Creció entre dos clanes, con un verano en la piedra y un verano en el campo abierto, con el lobo enseñándole a rastrear y Oisín enseñándole a apostar, que entre los dos me la han hecho medio salvaje y enteramente feliz.

Y creció, sobre todo, sin que ninguno supiéramos si la Madre le había dado a ella también las dos pieles, porque eso, me explicó Bríde el primer año, viene cuando viene, o no viene, y no hay sábana ni vigilancia que lo adelante.

Diez años sin señal. Y yo, que aprendí en una torre a soltar el respiro, había soltado también ese: había decidido, en el fondo del saco, que mi hija sería de tierra, toda mía, sin cielo que me la pudiera quitar cada tarde, y que eso, aunque le robara a ella un don y a su madre un espejo, no me daba pena ninguna que pudiera confesar en voz alta.

Que la Madre me perdone la mezquindad. Un hombre que pasó la vida temiendo perder lo que ama tarda en curarse del todo, y a veces el miedo se disfraza de alivio para que no lo reconozcas.

Voló por primera vez el primer día de la cosecha, a los diez años cumplidos, y me lo enseñó el peor susto de mi vida antes de enseñármelo la mayor alegría, que es como reparte la Madre las cosas grandes en esta familia.

Estábamos en el patio. Yo despachaba con Torcall, ella jugaba en el adarve con los chicos de la cocinera, un juego de gritos y carreras, y de pronto hubo un grito distinto —agudo, corto, de los que el oído de un padre archiva en otra parte— y cuando levanté la vista no estaba.

No estaba en el adarve. No estaba en la escalera.

No estaba. Y el llano que conozco, el de la noche del hito, el de la torre del alma bajando a plomo piso a piso, me cayó encima entero en un latido: la cría no está, la han cogido, se ha caído del muro, el cielo ha venido por fin a cobrarse la cuenta que llevo diez años fingiendo que no temía.

Crucé el patio gritando su nombre con una voz que no me conocía, los hombres se desplegaron sin que nadie ordenara nada, y durante seis latidos —los conté, los cuento todavía— fui otra vez el hombre del libro de pérdidas, con la pluma fría cargada y la página abierta.

Y entonces Bríde, que había salido a mi grito, no miró al suelo.

Miró arriba con la cara que no le había visto desde que su madre me contó lo de la sábana, una cara de veinte años de espera resolviéndose de golpe, y se echó a reír —a reír, con el susto todavía blanco en mi cara—, y me agarró de la cabeza con las dos manos y me la giró hacia lo alto de la torre este, hacia la almena donde Domhnall montaba guardia, y dijo: «Mira, cuervo. Mira a tu hija».

En la almena, recortado contra el cielo de la cosecha, había un halcón.

Joven. Pequeño. Recién estrenado, con ese desconcierto de las primeras plumas.

Y negro. Negro entero, del cuello a la cola, sin una mota, sin una pinta, negro como el ala del cuervo del que tomé el nombre, negro como el pelo que me cae sobre la frente, negro como el monstruo de todas las canciones que asustaron a esta tierra durante diez años.

Donde el cielo le había dado a su madre el pardo y la crema del halcón moteado, a mi hija le había dado esto: el color de su padre.

La sangre de Dargath, que todos temían, había echado a volar, y volaba negra.

El mundo hizo entonces la cosa que hace en esta familia cuando todo debería romperse: se ordenó.

El susto, el llano, los diez años de alivio mentiroso, todo bajó a su sitio en cascada, y arriba quedó solo eso: un halconcito negro tambaleándose en mi almena, mirando el patio con unos ojos que no eran de ámbar todavía pero que ya miraban como mira su madre, como mira la gente, con juicio, asustado de su propio cielo y demasiado terco para bajar.

—El primer vuelo siempre es así —dijo Una a mi lado, que había salido con su bastón y miraba hacia arriba con los ojos de leche brillando—.

Suben y no saben bajar. Igualita que la madre, me han contado.

Solo que la madre era del color del brezo en otoño, y esta...

—chasqueó la lengua, gozándolo— esta es del color del señor.

Hay que ver lo que hace la Madre con sus bromas, mi señor.

Diez años para soltarla, y la suelta cuervo.

El patio entero se había parado a mirar, y lo que pasó después no lo cuentan las canciones porque las canciones no saben contar la alegría sin disfrazarla: la guarnición de Dargath, los hombres de hierro que sirvieron al Carnicero del Norte, se quedaron mirando a un halconcito negro dar tumbos en su almena y rompieron, uno a uno, en una risa de orgullo bárbaro, y Domhnall, el primero, soltó la lanza y le tendió el antebrazo a la cría como se le tiende a un ave de cetrería, gritando su nombre —¡Sorcha!

¡Aquí, pequeña, aquí!— con la voz rota de quien ve un milagro de los suyos, y los demás lo corearon, y de pronto medio castillo le hacía señas con el brazo a la halcón negra para que bajara, este clan que diez años atrás bajaba la mirada al cruzarse con su señor por miedo a su sombra, ahora llamando a gritos de cariño a la sombra hecha pluma de su señor.

Bajó. Torpe, en picado mal medido, gritando, y se estrelló más que se posó en el antebrazo de Domhnall, que la sostuvo como se sostiene lo más frágil del mundo, y desde allí me buscó a mí con los ojos.

Y crucé el patio, y le tendí mi propio antebrazo, y mi hija halcón pasó del de Domhnall al mío con un saltito inseguro, y se me agarró, negra y caliente y temblando del esfuerzo y del miedo y de la fiesta, y metió la cabeza fiera bajo mi barbilla, buscando refugio en el único sitio del mundo donde siempre lo ha tenido, y yo me quedé en mitad de mi patio con un halcón negro del tamaño de mi antebrazo agarrado al brazo y la garganta cerrada de una manera nueva.

—Hola, luz —le dije, bajito, lo único que me salió—. Hola.

Cambió esa misma tarde, en la torre, detrás del biombo de su madre, y salió Sorcha otra vez, mi niña morena, descalza y eufórica y parlanchina, contándolo todo a la vez, que el aire la había llamado, que no había decidido nada, que de pronto era pequeña y estaba arriba y que daba un miedo precioso, exactamente las palabras que usó su madre, me dijo Morvenna después por carta, exactamente.

Y esa noche, cuando por fin durmió, agotada de su primer cielo, con el caballo de pata sana abrazado y el pelo negro revuelto en la almohada, Bríde me llevó hasta el arcón hondo, el de los herrajes, y sacó de debajo del caballo de la pata quemada un libro viejo de tapas gastadas que yo no había vuelto a tocar en doce años y que creía que solo yo sabía que existía.

—Lo encontré hace tiempo —dijo, sin reproche, poniéndomelo en las manos—.

El año que me quedé. Sé lo que es. Sé lo que cuenta, renglón a renglón, y sé en qué fecha se calló la pluma.

Llevo doce años guardándotelo, esperando el día y la luz, como mandan tus reglas.

—Me abrió el libro por la última hoja escrita, la vieja, la del otoño en que una lanza me la trajo, y pasó el dedo a la primera de las muchas páginas en blanco que vienen después—.

Hoy es el día. Empieza a escribir del otro lado, cuervo.

La columna del haber. Te la dicto yo, que para eso llevo doce años llevándola en la cabeza, y la primera entrada tiene fecha de hoy y dice: voló, y es negra, y volvió a mi brazo.

Y me dejó solo con el libro y la pluma, porque hay cuentas que un hombre tiene que hacer él.

No escribí esa noche. Me senté en mi sillón, con el libro de las pérdidas abierto por el primer renglón del haber y mi hija respirando despacio en el catre y mi mujer dormida en el cabecero con un ala fuera de la manta, y miré las páginas en blanco que durante doce años habían sido el mapa de todo lo que el mundo podía quitarme, y entendí por fin por qué la pluma fría se calló aquel otoño y no volvió a hablar nunca: porque hay un día en que dejas de contar lo que pierdes, no porque ya no puedas perder nada —puedo perderlo todo, ahora más que nunca, tengo una mujer que vuela y una hija que vuela y el cielo entero por delante para que me las cobre—, sino porque por fin tienes tanto del otro lado que la cuenta vieja se queda corta de páginas y de sentido.

Lo escribiré mañana, el primer renglón del haber, con la letra de mi padre, que es la que me sale cuando escribo lo que quiero y no lo que temo.

Pero el resumen, el de todo el libro, el que cierra las dos columnas de una vida entera, ese lo sé ya esta noche, mirando a las dos criaturas del cielo que duermen bajo mi techo, y lo dejo escrito aquí, que para algo es el último parte:

Durante años llevé la cuenta de todo lo que había perdido.

Después llegó un halcón a mi ventana.

Ya no.