CAPÍTULO 31
El halcón mensajero llega al amanecer del segundo día, y no es ella, y por eso sé que es de ella.
Un esmerejón pequeño, de los del tributo, de los que volvieron a sus riscos con el deshielo.
Entra por la ventana abierta sin liturgia ninguna, sin círculo de revista, derecho como una flecha al respaldo del sillón, y desde allí me grita.
No hay otra palabra: me grita, agudo, repetido, batiendo en el sitio, con esa urgencia serrada que solo le he oído una vez a un ave en mi vida, en un valle con niebla, anunciando arqueros.
Después vuela al alféizar, mira al sur, vuelve a gritarme, vuelve al alféizar.
Tres veces. Un crío de tres años entendería el mensaje, y yo llevo dos días sin querer entenderlo.
Porque los llevo. Dos días con un malestar sin nombre rondándome el pecho, desde la noche misma del beso, y me lo he negado con todos mis oficios: que dijo tres días, cuatro si la madre estaba fina.
Que está en su casa, en su mundo, con los suyos.
Que el escalofrío que le vi disimular al despedirse —porque se lo vi, lo vi y me dejé mentir por su sonrisa, y esa cuenta me la cobraré yo a mí mismo más tarde— era cansancio de cinco días de plumas.
Dos días diciéndome que un hombre que acaba de aprender a esperar con la ventana abierta no puede convertirse en uno que cuenta las horas con el cuchillo en la mano.
Dos días en los que hasta el castillo notó que su señor andaba con la cabeza en otro cordal: firmé dos veces la misma tablilla, le pregunté a Torcall por una ronda que yo mismo había suspendido, y la segunda noche me sorprendí en la ventana abierta, mirando el sur a oscuras, calculando distancias y tiempos de vuelo como se calculan los relevos de un asedio.
Una me subió tila con el caldo, sin que nadie le pidiera tila, y la dejó en la mesa con su comentario de propina: «Para la espera, mi señor.
Que mata más lento que la flecha, pero más seguro».
El esmerejón grita por cuarta vez.
—Torcall. —Ya estoy vistiéndome de camino—. Me voy solo, hacia el sur, asunto mío. Si alguien pregunta, el señor guarda cama por el hombro. Si no he vuelto en dos amaneceres, no mandes a nadie a buscarme: quema este papel y haz lo que pone.
Mi capitán mira el papel, mira el esmerejón que bate impaciente en la ventana, me mira a mí, y diez años de oficio juntos le caben en una sola frase:
—Llevad el caballo bayo, que no se ve de noche. Y la capa sin broche, mi señor. Donde vais no conviene llevar nada que diga quién va.
Cabalgo el día entero detrás de un pájaro.
Que se diga así de claro, porque así de claro es: el señor de Dargath, solo, sin colores, con la capa parda de un tratante y el hombro a medio soldar, siguiendo a un esmerejón por cañadas que no son suyas, cruzando a la luz mala los pasos que sus mapas marcan de otro clan, territorio donde mi nombre vale una guerra y mi cara una flecha.
El ave me lleva como llevaría yo a una columna: por lo alto de los cordales, lejos de las majadas, esperándome en cada hito de piedra con las plumas erizadas de impaciencia.
Hacia el anochecer, con el cielo poniéndose de nieve otra vez, baja en círculos sobre un pliegue del terreno donde no hay nada, y luego sí hay algo: un refugio de pastores, de los de piedra seca y techumbre de brezo, ciego de luz, frío de humo.
Y delante, en la nieve vieja, ni una huella de salida.
Dos veces estuvo cerca la frontera de torcerse.
Una majada con perros al caer la tarde, que me olieron antes de verme y a los que perdí cruzando un arroyo aguas arriba, con el agua helada hasta la rodilla y el hombro protestando a gritos calladitos.
Y un jinete solo en un alto, ya con la última luz, parado mirando los caminos como miran los que vigilan los suyos: un hombre grande, quieto, de los que no conviene que te vean ni de lejos.
Esperé a oscuras en un pliegue del terreno a que se fuera, masticando la ironía completa de mi situación: el Cuervo de Dargath escondido en un agujero de tierra ajena, rezándole a la noche, mientras un esmerejón le bate las alas de impaciencia a tres palmos.
Si los bardos supieran. Si los bardos supieran, mejor que no.
La encuentro en el rincón de los corderos, donde el calor viejo de las bestias dura más en la piedra, hecha un ovillo bajo su capa de viaje, en su forma de mujer, y durante un latido el mundo se me cae entero: está del color de la cera y no se mueve.
Después se mueve. Tirita, murmura, pelea contra algo en su fiebre, y el latido del cuello, cuando le pongo dos dedos, va rápido y débil como aquel tambor de campaña del tamaño de una avellana, y el mundo se me recompone en una sola orden, la de siempre, la primera: está helada. Hay que darle calor.
Lo que sigue es la noche entera y es mi oficio más viejo con las manos más nuevas.
Fuego con la leña que encuentro y la que parto, poco humo, que el humo se ve y se huele y aquí los dos somos secretos.
Nieve derretida al fuego, mi propia capa encima de la suya, las piedras del hogar calentadas y envueltas en arpillera contra sus pies, contra sus riñones, cambiadas cada hora.
Caldo de mi zurrón a sorbos en los claros de la fiebre, sosteniéndole la nuca, esa nuca que ya sostuve con vendas y con paños y con miedo, y ella bebe sin despertar, obedeciendo a la mano como obedece el cuerpo a lo que reconoce.
Habla a rachas. Pelea con su madre en sueños, se disculpa con alguien por un telar, cuenta días con los dedos sobre la manta —tres, cuatro si está fina—, y una vez, en lo más alto de la fiebre, dice mi nombre.
Entero. Claro. Con una confianza dormida que me arrodilla por dentro, y yo le contesto lo que ella me contestó a mí sin que yo la oyera, palabra por palabra, porque esta historia nuestra ya solo sabe rimar: aquí. Aquí está. No se va.
La fiebre rompe en la hora del lobo, con esa respiración honda y larga que ya sé reconocer, la firma de la paz, y el cuerpo entero se le suelta, y se duerme de verdad, profundo, vuelta hacia el fuego, con una mano fuera de las capas, abierta, tranquila.
Y entonces hago lo más difícil que he hecho en mi vida, que ya es decir: recojo mis cosas.
Porque podría quedarme. La Madre sabe que todo lo que soy quiere quedarse: estar aquí cuando abra los ojos, que me encuentre como yo la encontré a ella tantas mañanas, ser la primera cara de su primer día bueno.
Y no me corresponde. Esto es su tierra, su mundo, su mitad de la vida que ella no me ha dado todavía, y un hombre que entra sin ser llamado en la mitad guardada de una mujer y encima se deja ver, ese hombre está cobrándose el rescate, está diciendo mira lo que he hecho por ti, está atando, con cuerda de gratitud, que es la correa que peor se rompe.
Yo juré no seguirla para que cada vuelta suya fuera elegida.
La he seguido porque se moría, y no me arrepiento ni me arrepentiré.
Pero la deuda muere aquí, conmigo, en esta piedra seca: lo que se hace por amor no se factura.
Que despierte libre, sin saber, sin deber.
Que su historia de esta noche sea la que ella quiera contarse.
Y hay otra renuncia esa noche, más callada, que también me la apunto en la cuenta de las difíciles: el refugio está sembrado de su mundo.
Su zurrón de viaje en el rincón, su capa con un broche que no conozco, una hechura del vestido que diría de qué valles viene a quien sepa leer hechuras, y allá afuera, a no muchas leguas, está el hogar del que no me ha dado el nombre, el clan entero que es la mitad guardada de su vida.
Podría saber. Esta noche, aquí, con ella dormida y su mundo abierto alrededor, podría enterarme de la mitad de lo que me niega con solo mirar despacio.
No miro. Y no es virtud: es la única manera que conozco de demostrarle, a ella que duerme y no se entera, lo que no le dejo decirme con palabras todavía.
Atizo el fuego, le cambio las piedras y miro las llamas, que es lo único de este refugio que me pertenece, porque lo he hecho yo.
Su secreto me lo dará ella o no lo tendré, y las dos cosas están bien, y ninguna otra cosa lo estaría.
Dejo el fuego cebado para horas, la leñera del refugio partida y colmada como la encontraría cualquier caminante bendecido por un pastor decente, el caldo que queda en el pote junto a las brasas, las piedras calientes recién cambiadas.
Borro lo que se puede borrar y confío la nieve que empieza para lo demás.
Y antes de salir, un momento, uno solo, me permito lo único que pienso llevarme: mirarla dormir a la luz del fuego, viva, con el color volviendo, el pelo de cobre escapado de la capucha, la mano abierta y tranquila, y guardar esta imagen donde guardo las tres plumas, en la bolsa del cinto del alma, para los inviernos que vengan.
En el umbral está el verdadero precio, y nadie lo cobra porque nadie lo ve.
Tengo la mano en la madera de la puerta y el frío de fuera ya entrándome por la manga cuando ella se remueve en sueños, suelta un suspiro largo de fiebre vencida, y dice algo.
Una sílaba, dos. No llego a entenderlas y casi mejor, porque el cuerpo entero se me gira hacia el rincón de los corderos antes de que la cabeza decida nada, todo yo reclamado por ese murmullo como el hierro por la piedra imán.
Un paso. Doy un paso de vuelta hacia ella sin haberlo mandado.
Y me paro. Me paro con un esfuerzo que no le he hecho a ninguna muralla, a ningún enemigo, a ninguna soga: el esfuerzo de no volver a un sitio caliente donde me quieren, que es, descubro en ese umbral, el único asalto para el que mi vida entera de soldado no me entrenó.
Quedarse sería fácil. Quedarse sería tibio.
Quedarse sería atarla. Así que hago lo difícil, lo que ella me enseñó sin saber que me enseñaba: suelto la jamba, le doy la espalda al fuego, y salgo a la nieve a dejarla libre, que es la única manera que tengo de quererla a la altura que se merece.
La puerta se cierra a mi espalda con un golpe pequeño que me suena, en mitad del cordal vacío, a la cosa más definitiva que he hecho nunca.
Cabalgo de vuelta con la nevada cerrándose a mi espalda como una puerta cómplice, borrándome del sur legua a legua, y entro en Dargath por la poterna con el alba, un tratante pardo en un caballo bayo al que nadie mira dos veces.
Torcall me espera en el patio con el papel sin quemar y ninguna pregunta.
Se lo quito de la mano, lo echo al primer fuego, y subimos juntos la torre hablando del vado, del deshielo, de cosas que existen de día.
Hay cosas que se hacen para que se sepan, y de esas vive un señor: las horcas, los indultos, los milagros del patio.
Y hay cosas que se hacen solo para que existan.
Esta es de las segundas, la primera de las segundas de toda mi vida, y me la guardo donde no llegan ni los bardos ni las cuentas: hecha. Existe. Con eso basta.