CAPÍTULO 30
La deuda se cobra una noche de lluvia mansa, tres días después, y no la cobro yo: la paga él, entera, con los intereses de un año.
Los tres días de en medio fueron un estudio sobre la terquedad de los hombres en retirada.
Volví a la tarde siguiente del tablero caído como si nada, con una liebre de tributo y mi cara mejor administrada, y él me recibió con su compostura de tratado y un parte del día impecable, y los dos interpretamos nuestra obra como dos cómicos viejos: ni una mención a la deuda, ni un roce de manos sobre ningún tablero, distancias de capellán.
Solo que ahora la obra tenía un público nuevo, que era la deuda misma, sentada entre los dos en cada silencio, engordando con cada mirada esquivada, y las deudas que engordan, lo sabe cualquier despensero, acaban cobrándose solas y con apremio.
He venido a despedirme, que es lo que tiene gracia.
El plazo de la piel me reclama otra vez —llevo cinco días de plumas y visitas, apurando— y en casa me esperan la mantequera, el telar y los ojos de mi madre, así que la velada es de las tranquilas: el parte, el venado, una partida de tablas que dejamos a medias porque desde la otra noche el tablero es un campo minado y los dos jugamos con guantes.
Él está mejor del hombro y peor de lo otro: lo veo en cómo me mira cuando cree que no miro, en cómo no me mira cuando sabe que miro, en el cuidado de cirujano con que administra las distancias de su propia alcoba, dos pasos aquí, la mesa en medio allá, como un hombre defendiendo una plaza con el enemigo ya dentro.
La velada entera ha sido ese juego de plazas: él administra distancias, yo las acorto sin acortarlas.
Le he leído el parte por encima del hombro, más cerca de lo necesario, y lo he oído perder el hilo de su propia frase.
Le he ganado un alfil con el ámbar puesto en sus ojos en vez de en el tablero, y ha tardado tres jugadas en recuperarse.
No es crueldad: es justicia del cielo. Un hombre que decide deber una deuda no puede pretender que la acreedora no pase a verle el negocio de vez en cuando.
—Tres días —le digo, recogiéndome el pelo, ya de pie—. Cuatro si mi madre está fina. Te dejo dicho a Una lo del vendaje, y como te encuentre el cabestrillo en un rincón...
—Bríde.
Una palabra. Mi nombre, solo, dicho con esa voz que le sale del terreno áspero, y me vuelvo, y lo encuentro de pie junto al fuego, muy quieto, mirándome con la cara de quien ha terminado una cuenta larguísima y le ha salido un solo número.
—¿Qué?
—Que tenías razón. —Cruza la alcoba despacio, sin prisa ninguna, este hombre enorme que de pronto ocupa todo el cuarto—.
En lo de las criaturas del cielo. Se os espera con la ventana abierta.
—Se detiene a un paso, el paso exacto que la otra noche no cruzó, y lo veo elegir: lo veo elegir con los ojos abiertos, sin fiebre, sin tormenta, sin excusa—.
La ventana está abierta, Bríde del sur. Cóbrate.
No me cobro nada, porque no me da tiempo.
Me besa él. Cruza el último paso como cruzó la ladera de la emboscada, de frente y sin reservas, me toma la cara con las dos manos —las dos, también la del hombro malo, que gima Una lo que quiera— y me besa como no me han besado nunca y como sospecho que no ha besado él jamás: sin técnica, sin tregua, con un hambre de veintisiete años saliendo toda junta por la puerta estrecha de una sola boca.
No es dulce. No es cuidadoso. Es un dique cediendo, es la falleba arrancada de cuajo, es un hombre que no sabe querer a media rienda soltando la rienda entera, y me sostiene la cara como se sostienen las cosas que el viento puede llevarse, con una desesperación que me dobla las rodillas y me enciende la sangre de las dos pieles a la vez.
Y que quede dicho aquí, para los bardos que algún día canten mal esta historia: en ningún momento, ni uno, ni con el dique entero viniéndoseme encima, tengo miedo.
Lo busco por costumbre, como la muela con la lengua, en mitad de ese beso que dobla rodillas: el hombre más temido de Escocia me está besando con las dos manos y toda su hambre, y donde el mundo entero pondría el miedo yo tengo otra cosa, la de siempre, la que nunca supe nombrar en la muralla de la soga y ahora sí: tengo sitio.
Este es mi sitio. Llevo un año volviendo a él.
Y le devuelvo el beso con todo lo que tengo, que es exactamente igual de poco civilizado.
Porque eso es lo que él no sabía, lo que descubre ahora mismo con un sonido roto contra mi boca: que no hay nada que romper aquí.
Que no soy de porcelana ni de canción, que soy de la familia de las tormentas con trenzas, que me lancé contra seis arcos y aguanté la negra contra su falleba, y que llevo esperando este dique desde antes de saber que lo esperaba.
Le agarro el jubón con las dos manos y tiro de él hacia mí en vez de apartarme, le muerdo el beso en vez de recibirlo, y noto el instante exacto en que lo entiende —el cuerpo entero se le destensa y se le vuelve a tensar de otra manera, la desesperación mudando en otra cosa más honda y más lenta—: la mano que me sostenía la cara para que el viento no me llevara afloja el agarre de náufrago y se vuelve mano, sin más, una mano grande aprendiendo despacio que esta vez lo que sujeta no se va a ir, y a partir de ahí ya no es un dique roto: somos dos.
Cuando nos separamos, porque hasta a los tercos se les acaba el aire, nos quedamos frente con frente, jadeando los dos como después de una carga ladera arriba, sus manos todavía en mi cara, las mías todavía hechas puños en su jubón, y la lluvia mansa cosiendo la ventana abierta, y el fuego trabajando, y ningún año entero de liturgia nos preparó para el silencio nuevo de después.
—No voy a pedir perdón —dice al fin, ronco, los ojos grises a un dedo de los míos, y suena a desafío y a pregunta a la vez.
—Como pidas perdón te dejo una culebra en la almohada cada noche durante un año.
—Le suelto el jubón, le aliso la arruga que le he hecho, despacio, sintiéndole el corazón al galope bajo la palma—.
Y la próxima vez no esperes a que me esté despidiendo, que tienes un sentido de la oportunidad de piedra, como todo lo tuyo.
Se ríe. Roto, bajito, con la frente todavía en la mía, y es la mejor de todas sus risas, mejor que la de la rata, porque esta no se la arranca nadie: la suelta él.
Nos quedamos un rato así, frente con frente junto al fuego, hablando bajito de nada —del hombro, de las tablas, de si la lluvia abrirá los pasos— porque las palabras grandes ya están todas dichas en la otra lengua y a las pequeñas les ha tocado el turno de hacer guardia.
En algún momento me toma la mano, la mía entera dentro de la suya enorme, y se la queda mirando como se miró el caballo de madera entre las cuatro manos, con esa cara de inventario asombrado, y sé exactamente lo que está contando: está contando todo lo que ahora puede perder.
Le aprieto los dedos antes de que la cuenta lo gane.
«A mí no me cuentes en ese libro», le digo.
«Yo no soy de las cosas que se quitan. Soy de las que vuelven.
Tengo un año entero de pruebas y un clan entero de testigos. »
—Tres días —murmura después, y me aparta un mechón de la cara con un nudillo, con ese cuidado suyo de sostener cosas frágiles que ya sé que es mentira, porque acaba de comprobar que no me rompo—. Cuatro si tu madre está fina.
—Cuatro como mucho. —Me obligo a ir hacia el biombo, porque si no me voy ahora no me voy, y el plazo no negocia ni con esto—.
Y Ciaran... —me vuelvo desde la madera pintada, y le dejo la verdad a medias, la que se puede, la otra mitad que se la gane—: lo de la ventana abierta. No lo decía solo por las de piedra.
Marcharse, esta vez, cuesta de verdad, y el coste tiene la forma de todo lo que dejo atrás y que un año atrás no existía.
Dejo un cuenco con venado cortado grueso en la despensa, que Una renovará mañana «por si la mala noche tiene apetito» aunque la mala noche, esta vez, sea solo mi ausencia.
Dejo un biombo junto al fuego que un hombre subió con sus manos para mi pudor y para el suyo, y una camisa de lino doblada en el arcón que es la mía y nadie nombra.
Dejo una falleba rota por orden expresa y una percha que ya nadie llama jaula.
Dejo, sobre todo, a un hombre que acaba de soltar el dique de veintisiete años y al que voy a obligar a estrenar lo más difícil que le he pedido nunca: esperar sin saber, con la ventana abierta, a que vuelva algo que podría no volver.
Hago el cambio detrás del biombo más despacio de lo que necesito, robándole minutos al plazo, y cuando salgo al alféizar con las plumas puestas él está de pie a un paso, las manos abiertas a los costados, sin alargarlas, cumpliendo ya su parte del trato más caro de su vida: dejarme ir.
Me dejo caer al cielo de la lluvia mansa, y en el primer giro me cobro la mirada de costumbre, y lo que veo me acompaña media Escocia: el castillo gris bajo el agua, la torre, y en la ventana abierta de la cara norte una figura grande que no se mueve, que no me llama, que solo mira subir a su halcón como se mira amanecer, aprendiéndose el oficio nuevo de la espera a fuerza de aguantarlo de pie.
Dargath entero, desde aquí arriba, parece una sola cosa esperando: las cocinas con su cuenco, la vieja con su caldo, el centinela que alza la barbilla cuando cruzo la muralla, y el hombre de la ventana que no cierra.
Vuelvo, les digo a todos sin voz, en la lengua del cielo que ninguno oye. Cuatro días. Vuelvo.
Vuelo al sur bajo la lluvia mansa con la boca ardiendo y el corazón en fiesta, batiendo contra un viento de cara que esta noche no me pesa nada, y voy tan llena, tan alta por dentro, que tardo media legua en darle nombre a la otra cosa, a la pequeña sombra física que me acompaña desde antes del beso y que el beso me hizo olvidar: un calor raro bajo las plumas que no es el del corazón.
Un peso en las alas que no es del viento.
Un escalofrío menudo, a deshora, en mitad del batir.
Cansancio, me digo. Cinco días de plumas, un dique roto y media Escocia de vuelo. Cualquiera tendría escalofríos.
A mitad del desfiladero, el escalofrío vuelve, más largo, y las alas me pesan como después de una tormenta que no ha habido.
Considero media vuelta. La considero de verdad, suspendida un momento en el viento del paso, con la torre ya lejos a mi espalda y su ventana abierta y su fuego: allí hay calor, hay manos, hay un hombre que acaba de aprender a esperar con la ventana abierta.
Y precisamente por eso sigo al sur. Porque a casa me esperan tres días de plazo que no negocian, y porque si vuelvo ahora, con esta cara y este temblor, ese hombre recién rendido va a pensar que el cielo le pasa factura por atreverse a querer algo, y eso no se lo hago yo ni enferma.
Me lo digo durante todo el desfiladero, y casi me lo creo, y sigo al sur, y el sur, esta noche, queda mucho más lejos que ayer.