CAPÍTULO 29
Convalecer es un oficio que no aprendí nunca, y mi maestra es despiadada.
Tiene al señor de Dargath bajo un régimen que no le aplicaría yo a un prisionero de guerra: caldo cuando quiero carne, cama cuando quiero consejo, y el brazo izquierdo en cabestrillo «hasta que yo diga, y no he dicho».
Torcall despacha conmigo a la hora que ella autoriza y ni un minuto más, y lo peor no es que mi capitán acate las órdenes de una mujer que oficialmente no existe: lo peor es la cara de profundo alivio con que las acata, como quien por fin encuentra un mando superior en el escalafón.
He intentado sublevarme dos veces. Las dos veces ha cruzado los brazos y me ha mirado con el ámbar tranquilo de juzgar cenas, sin decir nada, hasta que el sublevado ha vuelto solo a sus almohadas. Seis clanes me temen.
Las curas son dos veces al día y son mi ruina.
Una le ha cedido el oficio entero —«tiene mejores manos y mejor genio, mi señor, y a usted le conviene lo segundo»— y dos veces al día esta mujer me desnuda el hombro, deshace el vendaje con esos dedos que fueron garras y aprendieron a ser exactos, limpia la herida, y vuelve a vendar.
Lo hace en silencio, concentrada, el ceño apenas armado, el pelo de cobre recogido a medias, y yo cuento respiraciones con la barriga y pienso en los aranceles del vado, en el deshielo, en la genealogía completa de los MacRath, en cualquier cosa que no sean esas manos tibias trabajándome la piel con un cuidado que nadie ha tenido con este cuerpo en treinta y tres años.
Treinta y tres años de manos que en este cuerpo solo supieron herir, vendar deprisa o medir un golpe; ninguna se había entretenido nunca en él sin un oficio violento por delante.
El cuerpo no sabe qué hacer con una mano que no le quiere nada.
Se queda quieto, como un perro apaleado al que por fin acarician, sin fiarse y sin querer que pare.
Anteayer, al terminar, no recogió las vendas. Se quedó mirando el mapa entero, el viejo, el de las cicatrices que censó una tarde de tina desde un respaldo, y empezó a recorrerlo con un dedo, despacio, nombrándolas.
—Glenmore, el vado, veinte años y más prisa que juicio.
—El dedo bajó a las costillas—. El jabalí de las malas ideas.
—Subió a la clavícula, a un dedo de la herida nueva, y la voz se le puso baja—: La de aprender.
El maestro de las flechas. —Y la ceja—: La escalera de la halconera.
A oscuras. Para no ser visto ni por las aves.
—Me miró entonces, con el dedo todavía en mi ceja, y remató—: Me las sé todas, Ciaran.
Las tuyas y las mías. Somos los dos mapas mejor estudiados de Escocia.
Aquella noche no dormí, y no fue del hombro.
El castillo, mientras tanto, ha resuelto el misterio de la torre a su manera, que es inventándose uno mejor.
La voz de mujer que algún centinela ha oído reírse en lo alto, la sombra de pelo claro tras la ventana al fuego, el platillo doble de la cocinera: todo está fallado ya en los corros, y el veredicto es que el señor tiene tratos con un espíritu del agua, una dama del lago grande que viene con las nieblas y se va con ellas, hermana o señora de la moteada, y que por eso Dargath comió en el peor invierno y por eso el laird sonríe.
Torcall deja correr la fábula con mano maestra —«ni la confirmo ni la niego, que las dos cosas son munición», me dijo— y Una la alimenta con silencios sabiamente administrados.
El resultado es que mi guarnición protege el secreto de mi torre con más celo que mi propia tesorería, convencida de que guarda un encantamiento, y no le falta razón en lo esencial.
Porque esa es la campaña que de verdad estoy perdiendo, y la pierdo en todos los frentes a la vez.
La pierdo en las curas. La pierdo en las tardes de tablas junto al fuego, que aprendió en tres noches y ya me gana una de cada tres partidas, y cuando gana levanta la barbilla con un descaro que debería estar penado en seis reinos.
La pierdo cuando se duerme en el sillón a media velada, vencida por sus propias guardias, y hay que despertarla o taparla y yo elijo taparla, siempre, y me quedo después con el plaid mal puesto entre las manos como un ladrón al que han interrumpido.
La pierdo cada vez que se ríe, que es a todas horas, porque esta mujer se ríe como ataca: sin avisar y en picado.
El cuerpo sana. Lo otro empeora por días, y tiene síntomas que ya ni me molesto en negar al inventario: que la tarde no empieza hasta el golpe de alas en el alféizar.
Que guardo frases del día entero —del consejo, del patio, hasta de los pleitos— solo porque sé el punto exacto en que la harán reír.
Que mi alcoba, esta celda de piedra que durante diez años tuvo lo justo de un vivaque, se ha llenado de cosas suyas sin que ella traiga nada: el biombo, la camisa del lino, el segundo cuenco, una cinta de cuero para el pelo que apareció un día sobre el arcón y que ninguno de los dos menciona.
El Usurpador decía que a un hombre se le conoce por lo que guarda en su cuarto.
En el mío, ahora mismo, lo que se guarda es una mujer que no está, y está en todas partes.
La noche que casi pierdo la guerra entera es una noche de nada, y así es como se pierden las guerras enteras.
Tablas junto al fuego. Me ha ganado dos seguidas, cosa que no había pasado, y celebra la segunda alzando los brazos como un capitán de mesnada, y al bajarlos tira el rey con la manga, y los dos vamos a por la pieza a la vez, y las manos se encuentran sobre el tablero, y ninguna se retira.
Lo que sigue dura tres respiraciones y me va a durar la vida.
Está cerca. No sé cuándo se ha acercado tanto o cuándo me he acercado yo, solo sé que el fuego le dora la mitad de la cara y le enciende el cobre del pelo, que huele a brezo y a viento y al jabón de esta casa, que tiene los labios entreabiertos por la risa que se le está muriendo despacio, y que sus ojos —los dorados, los verdaderos— me están haciendo la pregunta más vieja del mundo sin mover una pestaña.
Mi mano sigue sobre la suya en el tablero.
Me inclino. Ella no se aparta: se acerca, un dedo de aire, dos, su aliento ya es mío, y el mundo entero se reduce a la distancia exacta que queda, que es ninguna—
Y corto.
Me echo atrás como se sale de un río helado, de golpe, brusco, retirando la mano del tablero con tan poca gracia que tiro dos piezas más, y me levanto, y me voy hasta la ventana con el corazón a tambor de guerra, dándole la espalda, odiándome con una pureza que no me dedicaba desde los postigos.
El silencio de detrás pesa una tonelada. Cuando hablo, le hablo al cielo oscuro, porque a ella no puedo:
—Si empiezo, no sé parar. —Ahí está. Dicho.
La verdad entera con su miseria dentro—.
Tú no... tú no sabes lo que hay aquí dentro, Bríde.
Lo que el salón hizo conmigo. Yo no he querido nada en veintisiete años sin estrangularlo primero, no sé querer a media rienda, no sé querer sin miedo, y tú estás bajo mi techo, bajo mi palabra, y eres lo único en este mundo que no pienso permitirme romper.
Lo demás lo rompo todo. Pregunta en seis clanes.
La oigo levantarse. Recoger las piezas caídas, una a una, con una calma deliberada que es peor que cualquier portazo.
Y cuando pasa a mi lado camino del biombo, se detiene el tiempo justo de decirme, sin rabia, sin herida, con esa serenidad suya de tormenta aplazada que debió de aprender de su madre:
—Apuntada queda. —Y como yo me vuelvo, remata, ya desde el biombo, con la barbilla alzada de ganar a las tablas—: La deuda, Ciaran.
Esta me la debes, y yo las deudas las cobro.
Tú decides cuándo, que en eso te dejo mandar.
Pero que sepas una cosa de las criaturas del cielo, ya que tan estudiada me tienes: no se nos espera con la ventana cerrada.
Se nos espera con la ventana abierta. Tú ya sabes hacerlo. Lo aprendiste conmigo.
Hace el cambio detrás de la madera pintada, cruza la alcoba con las plumas puestas, y se va a su cielo cobrándose la última mirada, y yo me quedo solo con un tablero a medio caer, un hombro a medio sanar y la noche más larga desde los postigos.
Porque las razones, repasadas a oscuras, se me van quedando viejas en las manos.
«Está bajo mi protección»: lo estaba; ya camina, ya manda, ya me gana a las tablas.
«No sé querer sin romper»: no he roto nada en un año de quererla, ni una pluma, y lo que rompí —los postigos— lo rompí por no quererla a la cara.
«Todo lo que amo me lo quitan»: esa es la de verdad, la del salón, la que no envejece nunca.
Y contra esa, lo único que tengo es lo que ella me ha enseñado a su manera, tarde a tarde, sin sermones: que vivir guardándose es otra forma de que te lo quiten todo, solo que el ladrón eres tú y no hay a quién colgar.
Una me lee la cara al alba siguiente, con un solo vistazo de los suyos, y no pregunta nada.
Deja los tarros, cambia el vendaje ella misma por una vez, y al terminar me palmea el hombro sano con una familiaridad que no se permite desde que yo medía cuatro palmos: «Los hombres listos pierden las guerras a tiempo, mi señor.
Los tontos las ganan todas y se quedan con el campo de batalla por toda compañía».
He contado respiraciones contra el dolor, contra el miedo, contra el Usurpador y contra seis clanes, y todo se deja contar.
Contra ella no hay barriga que valga. La guerra está perdida y el general lo sabe, y lo único que está decidiendo ya es la fecha de la rendición.