El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Desperté en el refugio de pastores con la fiebre vencida, el cuerpo molido y un misterio del tamaño de Escocia ardiendo en el hogar.

Porque yo me eché en ese rincón a morirme a oscuras, eso lo recuerdo: el frío de la piedra, la leñera vacía, el último pensamiento absurdo de que iba a darle a mi madre el disgusto del sudario después de todo.

Y amanecí con un fuego cebado para horas, la leñera partida y colmada, un pote de caldo junto a las brasas y dos piedras envueltas en arpillera todavía tibias contra los riñones.

Alguien me veló la peor noche de mi vida, me dio calor y caldo, me cambió las piedras como se cambian a un enfermo de cuna, y se fue sin esperar ni las gracias, dejando la nevada borrando sus huellas.

Un pastor, decidí, mirando el techo de brezo con los ojos llenos de lágrimas fáciles de convaleciente.

Un pastor de los viejos, de los que no preguntan qué hace una mujer sola y enferma en un refugio del cordal.

Que la Madre le llene las majadas de corderos dobles y le quite todas las piedras de todas las sendas, a él y a toda su descendencia, por los siglos.

Llegué a casa al mediodía siguiente, a pie y despacio, y pagué la enfermedad en la moneda de esta familia: madre me tuvo una semana entera entre la cama y la cocina, alimentándome con una ferocidad que no admitía prisioneros, y nadie le contó a nadie sudarios ni sustos porque oficialmente me retrasé por el tiempo, y el tiempo, bendito sea, estuvo de mi parte nevando tres días seguidos.

Solo padre me miró largo la primera noche, con la pregunta de los establos en los ojos, y yo le dije la verdad: enfermé en el camino, me refugié, un alma buena me cuidó sin dejarse ver.

«Un alma buena», repitió mi padre, despacio, mirando hacia el norte sin querer, y no dijo más, y yo tampoco, porque las dos cosas que pensábamos eran imposibles: nadie en Dargath sabía dónde caí, y ese hombre tiene un hombro a medio soldar y un clan que no puede quedarse sin señor por cruzar tierras ajenas detrás de una mujer.

La semana de casa tuvo sus propios capítulos.

Oisín, nombrado enfermero auxiliar contra su voluntad y la mía, me leyó dos tardes enteras el único libro de la casa, un santoral heredado, con unas voces tan ridículas para cada santo que madre tuvo que salir de la cocina a amenazarnos con el cucharón, y la amenaza perdió toda autoridad porque le temblaba de risa.

Aila vino con los pequeños y un queso «de los de enferma», que es su categoría más alta de queso, y se sentó a mi cabecera a no preguntarme nada con esa elegancia suya de saber esperar las verdades.

Y madre, mi madre, me alimentó con la ferocidad de los pueblos sitiados y me veló dos noches sin reconocerlo, fingiendo que cosía, cosiendo de verdad a oscuras, y en su silencio de aguja y dedal cupo más amor del que cabe en todos los sudarios destejidos del mundo.

Y yo, comida y velada en mi propia casa, pensaba en una piedra seca de un cordal y en unas manos sin nombre que me habían cambiado piedras tibias por horas, y no conseguía que las dos cosas dejaran de parecerse: el cuidado, esté donde esté, se hace siempre con la misma maña callada, y empezaba a sospechar, sin atreverme a decirlo, que solo conozco a dos personas en el mundo capaces de quererte sin pedirte las gracias, y a una la tenía cosiéndome a oscuras.

Vuelvo al norte con el deshielo definitivo abriendo los cielos, recuperada entera, y la torre me recibe como si hubiera estado conteniendo el aire: el venado del lomo, el fuego alto, y un hombre que al verme salir de detrás del biombo cruza la alcoba y me abraza sin palabra ninguna, largo, completo, con la cara hundida en mi pelo y los brazos temblándole apenas, mucho más estremecido de lo que justifican diez días de ausencia avisada.

—Estoy bien —le digo a su pecho, riéndome a medias—. Tu espíritu del agua es duro de matar.

—Lo sé —dice, raro, contra mi pelo, y se queda un latido más de lo que se queda él en ninguna parte, las manos abiertas en mi espalda como quien comprueba que lo que sostiene es de verdad—. Lo sé mejor de lo que crees.

Lo atribuyo a los diez días, y al dique roto, y a que este hombre está aprendiendo el oficio nuevo de tener algo que esperar.

Me suelta, se recompone con su dignidad de siempre recogida del suelo, y sirve el venado del lomo, grueso, doble ración, vigilando cada bocado mío con un disimulo que no engañaría a una gallina.

Le cuento la historia durante la cena, completa, porque es mía y es buena y tiene un héroe sin cara: la fiebre del camino, el refugio, la noche que no recuerdo, y el milagro del amanecer, el fuego cebado, las piedras tibias, el caldo del pastor fantasma.

La cuento bien, con detalles, con el techo de brezo y la leñera colmada, y le hago jurar que si algún día sus patrullas dan con un pastor viejo de las cañadas del sur que cuida caminantes sin dejarse ver, le compre el rebaño entero al doble de su precio.

Y este hombre, este hombre al que le tiembla la comisura cuando pierde a las tablas, me escucha la historia entera cortando venado, con una cara tan perfectamente quieta, tan atentamente conmovida en los puntos justos, que cualquiera diría que no sabe mentir.

—Al doble de su precio —concede al final, solemne—. Lo juro por esta casa. Si mis hombres dan con ese pastor, no le faltará de nada mientras yo viva.

—Lo que no encaja —insisto, porque el misterio es mío y lo mimo— es la maña. Las piedras envueltas en arpillera, cambiadas por horas: eso es oficio de sanador o de soldado viejo, no de pastor. Y el caldo, Ciaran. Llevaba carne. ¿Qué pastor de cordal le pone carne al caldo de una desconocida?

—Uno que habría preferido ponerle más —dice, y bebe, y cuando bajo la jarra ya tiene otra vez la cara de tratado—. Los pastores del sur son gente rara, me dicen. Hospitalarios hasta la extravagancia.

—¿Y no te parece increíble? Que alguien haga eso, todo eso, ¿y se vaya sin cobrarse ni las gracias?

—No. —Sirve más venado, los ojos en el cuchillo—.

Me parece lo único que se puede hacer con según qué deudas.

Hay cosas que se estropean si se cobran.

—Y levanta la vista, y por un latido hay algo en el gris, una puerta entornada a algo enorme, y luego la cierra con la comisura—: Pero tú dale las gracias al cielo igualmente, que el cielo lleva la cuenta mejor que todos.

La velada se hace de noche y la noche se hace tarde, y yo no me voy, porque ya casi nunca me voy: hago el cambio detrás del biombo y ocupo mis cuarteles de plumas, que desde el dique roto se han mudado oficialmente del poste de los pies al cabecero, a un palmo de su almohada, donde la guardia se monta mejor y se duerme oyendo respirar.

Él se tiende, se acomoda de cara a mí como se acomoda ahora siempre, la mano cerca del cuchillo de su padre por costumbre y abierta por convicción, y nos quedamos un rato en la penumbra del fuego bajo, el hombre y su halcón, en ese silencio nuestro que vale más que todos los partes.

Y entonces lo dice.

Lo dice bajito, ronco, medio dormido ya, con la voz de la frontera donde los hombres como él sueltan las verdades porque creen que no cuentan:

—Si no pensara que es una locura... —la mano se le mueve apenas sobre la manta, hacia mí, sin llegar— ...

ataría una de tus patas a mi lecho. Con un hilo de seda.

Solo para saber, al despertar, que lo de anoche no lo soñé.

—Un silencio largo. El fuego cruje—. Pero sé lo que es una atadura, ave.

Las he llevado todas. Así que duerme suelta, y vuelve si quieres, y yo aprenderé a despertarme sin saber.

Es lo más parecido a rezar que me queda.

Se duerme con la mano todavía tendida a medias, sin llegar, respetando hasta dormido la distancia que se ha jurado, y yo me quedo despierta en mi cabecero con el corazón hecho un tambor de fiesta, entendiendo lo que acabo de oír con todas sus capas, porque me sé el mapa de este hombre cicatriz a cicatriz: el niño al que ataron a una casa con la peor cuerda del mundo, el hombre que quemó hasta las anillas de las perchas, acaba de confesarle a la penumbra que desea atarme, y de renunciar a ello en la misma frase, y de llamarle a esa renuncia su manera de rezar.

Hay hombres que dicen te quiero. El mío fabrica el suyo con hilo de seda, locura confesada y una mano que no llega a tocar. Y que la Madre me perdone, pero no lo cambio por ninguno de los otros.

Bajo del cabecero sin ruido, me poso en la manta, junto a su mano tendida a medias, y meto la cabeza fiera bajo sus dedos dormidos, yo, por mi voluntad, que es la única atadura que pienso consentirle a nadie. La mano se cierra apenas en sueños, tibia, alrededor de nada y de todo.

Así dormimos. Sueltos los dos. Atados los dos. La diferencia, me dormí pensando, no la sabe ni la Madre.

Y lo último que pensé antes del sueño, con sus dedos tibios cerrados alrededor de nada y de todo, fue que el hilo de seda existe desde hace tiempo y no lo ha atado nadie: lo hemos ido hilando los dos sin mirar, tarde a tarde, parte a parte, tributo a tributo, y va de su muñeca a mi pata y de mi pata a su muñeca, y no sujeta: acompaña.

La próxima vez que diga que es una locura, pienso contestarle.

Con boca de mujer y todas las letras. Pero eso será mañana, o pasado, cuando elija el día y la luz, porque las verdades de este tamaño no se sueltan medio dormidas: se entregan despierta, mirando a los ojos grises del hombre que reza despertándose sin saber.