El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Hay otra hembra en el cielo de Dargath y está haciendo mi liturgia.

Aunque lo primero, para ser justa con el orden del espanto, fue el vacío.

Crucé el desfiladero con la prisa de seis días en las alas, busqué la torre como se busca el norte, y la torre estaba ciega: la ventana abierta y nadie dentro, el fuego sin cebar, la percha sola.

Bajé un círculo. El patio, raro: sin su figura grande cruzándolo, sin la fragua a su ritmo, la guardia con otro pulso.

Dos latidos enteros me duró el frío viejo —los postigos, la tormenta, todas las maneras en que un castillo puede quedarse sin su señor— antes de verlos a lo lejos, en las obras del vado del este: Torcall, seis hombres y él, entero, vivo, repartiendo órdenes con el brazo.

El alivio me soltó los huesos en pleno aire.

Y en ese descuido exacto, con la guardia bajada, fue cuando la vi a ella.

La veo desde el desfiladero, antes incluso de ver el castillo: un halcón dando el círculo amplio sobre la torre, el círculo de pasar revista, mi círculo, el que inventé yo una tarde de otoño y que ningún ave del mundo tiene derecho a volar sobre esa piedra.

Es hembra, joven, de las que vinieron al tributo del cielo y no se fueron con el deshielo: plumaje limpio, vuelo bonito, esa seguridad insufrible de las que nunca se han roto un ala.

Baja en un planeo elegante, cruza el patio por encima de las cabezas que se alzan —se alzan, las muy traidoras, igual que se alzaban para mí— y va a posarse en la muralla sur, a diez pasos de donde el señor de Dargath revisa con Torcall las obras del vado.

A diez pasos de mi humano.

Me quedo suspendida en el viento del desfiladero, las alas quietas, mirando la escena completa con una sensación nueva subiéndome del buche a la cabeza, caliente y desagradable, parecida a tragar una avispa.

Seis días fuera. Y a la vuelta me encuentro el cielo de mi castillo ocupado, mi círculo volado, mis cabezas alzadas por otra, y a la otra de centinela en mi muralla con las plumas del pecho esponjadas hacia mi hombre.

En veinte años de cielo no había sentido esto ni una vez: yo, que comparto las térmicas con milanos y águilas sin reñir nunca un palmo de aire, lista de pronto para sacarle los ojos a una rapaz por diez pasos de muralla que no son míos por ningún derecho de caza que la Madre reconozca.

Instinto territorial, me digo. Cosa de rapaces. Cualquier halcón defiende sus términos de caza. Esto es eso. Esto es exactamente eso y nada más que eso.

Aguanto la mentira casi hasta el patio.

Porque entonces la veo hacerlo: la hembra se deja caer de la muralla, plana sobre las obras del vado, y deposita —con ceremonia, con intención, con un descaro que me arranca un grito que no autoricé— un topillo gordo en el murete, a dos brazos de Ciaran Dargath.

Un tributo. Le está llevando tributos. Está hablando mi lengua, la lengua de mi familia, la de la comida que es la palabra más seria que existe, con mi hombre, en mi patio, y el muy desgraciado de Domhnall, desde la torre este, exclama para que lo oiga media guarnición: «¡Mirad!

¡Como la moteada! ¡La nueva también trae presentes al señor! ».

La nueva.

Lo que ocurre a continuación lo contarán los corros de Dargath durante años, y que lo cuenten, porque no me arrepiento de nada.

Caigo del cielo del desfiladero como cayó la piedra con plumas de la emboscada, cruzo el patio en un rasante que despeina al despensero, y me planto en el aire de la muralla sur con un grito de guerra que no le había dedicado nunca a nadie que no llevara un arco.

La hembra remonta, sorprendida. La escolto.

La escolto como se escolta en mi familia, con cortesía de garras a un palmo, en círculos cada vez más anchos, muralla afuera, valle afuera, cordal afuera, hasta la linde misma del cielo de Dargath, y allí me cierno entre ella y mi castillo y le sostengo la mirada con todo lo que tengo, que es bastante, hasta que la muy sensata decide que los términos de caza del norte están ocupados por una loca y se va con su topillo y su vuelo bonito a buscarse otro patio.

De vuelta hacia el castillo, todavía con la sangre alborotada, paso revista a mi reino recuperado con dos círculos de propietaria —la torre, la muralla, el horno, las cabezas alzándose otra vez para quien deben— y al pasar sobre la torre este le dedico a Domhnall un picado de advertencia que lo sienta en el suelo de la garita, y que me perdone la Madre, porque el muchacho no tiene culpa de nada y aun así no me arrepiento de eso tampoco.

Abajo, lejos, el patio entero ha presenciado el duelo con las cabezas en el cielo, y juraría que alguien ha cruzado apuestas.

Y en el murete del vado, muy quieto, con los brazos cruzados y la cara levantada, el señor de Dargath lo ha visto todo.

Todo. Y aun a esta distancia, aun con estos ojos de halcón que ven la pulga en el lomo del ciervo, no consigo decidir si lo que le tiembla en la comisura es espanto o es la risa más grande de su vida pidiendo permiso.

Esa tarde, en la torre, hago el cambio detrás del biombo que ahora hay junto al fuego.

El biombo es la institución más nueva y más cómica de Dargath: lo subió él mismo la semana de mi convalecencia, «por mi salud», dijo, aunque mi salud nunca ha necesitado biombos y la suya se desmorona sin ellos, y desde entonces el ritual está fijado como están fijadas las cosas buenas, sin acta: entro por mi ventana con las plumas puestas, paso detrás de la madera pintada, y salgo con la camisa que me espera doblada en el arcón —siempre doblada, siempre limpia, siempre la del lino suave, y no me ha explicado nunca por qué la camisa buena es ahora la mía— y un plaid de la casa por los hombros.

Esta tarde, cuando salgo, está sirviendo el venado con una compostura tan perfecta que ya es una acusación.

—Buen vuelo el de hoy —comenta, neutro como un tratado—. Ha habido maniobras, me dicen. Sobre la muralla sur.

—Limpieza de términos. Cosa de rapaces. No lo entenderías.

—Claro. —Corta el venado, grueso, como a mí me gusta—.

Cosa de rapaces. —Una pausa de dos latidos exactos—.

Domhnall lleva una semana cebando a esa pobre hembra a escondidas, ¿lo sabías?

Por si era parienta tuya. El muchacho quería darte una sorpresa para tu vuelta.

—Otra pausa, y la comisura pierde la guerra—: La sorpresa, desde luego, ha sido completa.

—Que la cebe en otro cielo.

Y entonces se ríe. La carcajada entera, la de la rata, doblándolo sobre la mesa, y yo me cruzo de brazos con toda la dignidad que me queda, que cabe en un dedal, y espero a que escampe, y no escampa, y acabo riéndome yo también, de él, de mí, de la avispa tragada, de la cara del despensero despeinado, los dos riéndonos en su torre como dos personas a las que el invierno por fin les debe una.

Es después, con el fuego bajo, cuando él rinde el parte de mis seis días de ausencia, ordenado y atrasado como los de antes, con los intereses: el deshielo que ha abierto los pasos una semana antes de lo debido.

Las obras del vado del este, adelantadas, «porque la primavera que tú leíste en mis mapas la leyeron también otros».

El tributo del cielo menguando con dignidad, las rapaces volviendo a sus riscos a sus propios nidos, como debe ser, y el clan despidiéndolas cada alba con la barbilla alzada.

Y al final, dicho con cuidado de no alarmarme, que es la manera segura de alarmarme: dos jinetes sin colores vistos y perdidos en la linde este, dos tardes seguidas, mirando las obras desde lejos sin acercarse.

La espina me entra limpia y me la guardo donde guardo ahora las espinas: al lado del nombre nuevo, para que se vigilen entre ellos.

Y entonces, a solas conmigo mientras él talla, hago la cuenta que llevo todo el día esquivando.

No era instinto territorial. Los términos de caza me dan igual: que cacen en mi cielo todas las rapaces de Escocia, que para todas hay.

Lo que no soporto, lo que me cayó como una avispa en el buche, no fue verla volar mi círculo.

Fue verla cerca de él. Fue el topillo en el murete, la lengua de mi familia en otro pico, la posibilidad —ridícula, animal, da igual: la posibilidad— de que algo que no soy yo le alce las cabezas del patio y le ocupe las tardes y le traiga presentes.

Estuve seis días en el sur royendo la distancia, y he vuelto dispuesta a pelearme con el cielo entero por diez pasos de muralla.

La fascinación no hace eso. La fascinación quiere entender, y lo que yo quiero desde hace tiempo ya no es entenderlo: es que esté bien, y estar yo donde él esté, y que ninguna otra criatura del cielo o de la tierra le deje topillos en el murete.

Mi padre me lo avisó en el lago: entender del todo a alguien y quererlo son la misma puerta.

Pues la puerta está cruzada, y la crucé hace tanto que ya ni recuerdo el umbral, y solo me queda hacer lo que hace mi gente con las verdades grandes: dejar de marearlas.

Lo quiero. Ya está nombrado. Lo quiero como se quiere para quedarse, con las dos pieles y el solo corazón que la Madre me dio. Ahora a ver qué hago con él, que es lo que mi padre no me dijo del otro lado de la puerta.

No se lo digo. No esta noche, y quizá no la siguiente, porque las verdades de este tamaño no se sueltan como topillos en un murete: se eligen el día, la hora y la luz, y además hay un hombre al otro lado de esta verdad que lleva veintisiete años amputándose lo que ama, y a ese hombre las cosas grandes hay que acercárselas como me acerqué yo a su patio el primer otoño, en círculos, sin prisa, dejando que se acostumbre a la sombra antes de sentir las garras.

Me duermo en mi percha con el nombre recién puesto calentándome el buche, y el hombre que no sabe que ya tiene nombre dado vela un rato más junto al fuego, tallando despacio, en paz, sin saber que esta noche, en su torre, acaba de cambiar el mundo otra vez y no ha hecho falta ninguna tormenta.