El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Veo a los míos antes de llegar, y lo que veo me encoge el corazón en pleno vuelo: están todos fuera.

Padre en el risco gris, quieto como un mojón, oteando el norte.

Oisín bajando del brezal alto con dos perros, en líneas de rastreo, las de buscar cuerpos en la nieve.

Y en el corral, plantada de cara al desfiladero con un chal negro que no le conocía, mi madre, que no otea ni rastrea: espera, erguida, inmóvil, como esperan las mujeres de los marineros en las puntas de los acantilados, y comprendo desde el aire, con seis días de retraso, el tamaño exacto de lo que he hecho.

La tormenta negra más feroz en años. Una hija que no volvió. Seis días.

No me escondo tras el roble. Se acabaron los robles. Tomo tierra en mitad del brezal, a la vista del corral, hago el cambio bajo el cielo abierto y camino hacia mi madre desnuda de teatro, descalza en la nieve vieja, con el pelo de cobre al viento como una bandera de rendición.

Madre no corre. Camina. Cruza el corral y el brezal con el paso medido de toda su vida, y cuando llega me mira de arriba abajo, entera, contándome —los dedos, los huesos, la cicatriz del hombro, todo lo que una madre cuenta—, y entonces levanta la mano y me cruza la cara.

Una vez. Seca. Justa.

Y antes de que la mejilla me termine de arder ya me ha envuelto en sus brazos y en su chal negro, apretándome contra ella con una fuerza de la que no se sale, temblando entera, esta mujer que no tiembla, diciéndome al pelo, en gaélico antiguo, las palabras que les dicen las madres a los hijos que vuelven del agua.

Lloramos las dos de pie en el brezal, la bofetada y el abrazo fundidos en una sola cosa, que en esta familia siempre han sido una sola cosa.

—Seis días —dice al fin, apartándome para mirarme, las manos como tenazas en mis hombros—.

La negra más mala en veinte años, y mi hija en el aire.

Tu padre no ha dormido. Tu hermano ha rastreado hasta los ibones helados.

Yo he tejido un sudario, Bríde. Lo tengo a medias en el telar, por si la nieve te devolvía en primavera, porque a los míos los entierro yo y los entierro abrigados.

—La voz no se le rompe; se le afila—. Así que vas a entrar en esa casa, vas a comer caliente, y después me vas a contar dónde ha pasado mi hija seis días.

Y por primera vez en este invierno de mentiras, niña, vas a medir muy bien cuáles me cuentas.

No por ti. Por mí. Porque ya no me quedan fuerzas para fingir que me creo las endrinas.

Como caliente. Me dejo contar los huesos otra vez por cada uno: padre me abraza en silencio largo, oliéndome el pelo como huelen los pastores a las crías recuperadas, y noto que le tiembla la mano grande en mi nuca, esa mano que no ha temblado ni partiendo lobos; Oisín me suelta «tienes la cara de quien debe seis días de explicaciones y dos favores» y me aprieta la nuca con su manaza, y por debajo de la chanza le tiembla el pulso, y le veo en los ojos, antes de que los esconda en una broma sobre mi pelo de espantapájaros, que mi hermano pequeño ha llorado este invierno por primera vez desde crío.

Y a madre le doy la versión que puedo darle sin romper lo que no es mío: que la tormenta me cazó demasiado al norte, que me refugié donde pude, en piedra ajena, que el plazo me venció allí y pasé el mal trago a cubierto, cuidada, y que volví en cuanto el cuerpo y los cielos me dejaron.

Todo verdad. Toda la verdad, no. Madre me escucha con las manos quietas sobre el delantal, que es como escucha cuando está pesando, y al final asiente una sola vez, despacio, y no pregunta más, y esa renuncia suya me asusta más que todos los interrogatorios del invierno.

Cael llega a media tarde, avisado por los perros antes que por nadie, con la nieve del rastreo todavía en las botas.

Vino el segundo día de mi ausencia y no se ha ido: ha peinado conmigo en la cabeza media falda norte de las Highlands.

Me abraza como abraza él, con todo el oso, levantándome del suelo, y al dejarme en tierra hace lo que yo sabía que haría: huele.

Una vez, profundo, sin disimulo. Piedra fría, turba negra, cuero.

Y esta vez, además, lo otro, lo que un hermano lobo distingue como distingue el día de la noche: que el humo ajeno ya no está pegado a mi ropa, sino a mí.

No dice nada delante de los padres. Me lo dice en el corral, al anochecer, los dos solos con su carro a medio cargar, bajito y de frente: «Te refugiaste de la negra en el único techo que hay en seis leguas a la redonda de donde te cazó, hermana.

Yo también sé leer mapas». Espera. No niego, porque a Cael no se le niega: se le confía o se le calla, y callarle ya es decirle.

Asiente despacio, mastica, y al subir al carro me deja su veredicto entero en cuatro palabras, con esa voz suya de trueno educado: «Cuando estés lista, cuéntalo.

Esta familia aguanta verdades mejor que ausencias».

Y arrea, y se va hacia su mujer y sus lobeznos, llevándose en el morral medio secreto mío sin haberme pedido nada.

A padre se lo cuento entero esa noche, en el establo, porque hay una condición que se cobra sola.

—Me dijiste que si alguna vez ese hombre me miraba dos veces como se mira a algo que no es un ave, viniera a contártelo esa misma noche.

—Las cabras rumian. La luz de sebo talla a mi padre en los mismos planos duros de la otra vez—.

Ha pasado más que eso, padre. La tormenta me venció el plazo en su alféizar.

Cambié en sus brazos. —Dejo que lo encaje; lo encaja como encaja él, sin mover nada por fuera y envejeciendo un poco por dentro—.

Me cuidó la fiebre dos días con sus noches.

Me vistió, me veló, me escondió de su propio castillo.

Sabe lo que soy, Ronan Kyntire, y antes de que preguntes lo que vas a preguntar: no, no sabe de quién soy.

Le di mi nombre y le negué el vuestro, y lo aceptó sin regateo, porque si algo entiende ese hombre es lo que vale un secreto que protege a una familia.

Mi padre calla tanto rato que las cabras se duermen.

—El laird de Dargath —dice por fin, cada palabra pesada dos veces— sabe que existe una cambiante.

La ha tenido en sus manos. Seis clanes lo quieren muerto y la mitad de Escocia pagaría por tener algo con que doblegarlo, y ahora ese hombre carga un secreto que vale más que su castillo.

—Me mira—. No te pregunto si confías en él.

Te lo veo en la cara y me da más miedo que la respuesta.

Te pregunto otra cosa, la única que importa esta noche: si un día tiene que elegir entre su clan y tu secreto, ¿qué elige?

—Su clan —respondo, sin un latido de duda—. Siempre su clan. Por eso confío en él, padre. Porque sé exactamente qué elegiría, y elegiría lo mismo que tú.

Padre se queda con eso un rato largo, dándole vueltas como a una piedra de río, y al final suelta el aire por la nariz y dice, más viejo y más despierto que nunca: «La tercera condición, Bríde. Se acerca el día. Todavía no sé sus palabras, pero ya sé su peso». Y no quiere decir más.

Los días de casa pasan lentos y vigilados.

La piel humana hace su descanso; el sudario a medias desaparece del telar sin que nadie lo nombre; madre me tiene cosida a la cocina, a la mantequera, a la vista, con una dulzura nueva que es la forma que toma su miedo, y yo amaso, y canto con ella, y soy la Bríde de esta casa con toda el alma, porque a esta Bríde también la estuvieron llorando seis días.

Y todo el tiempo, debajo de todo, el norte tira.

Tira en la mesa, tira en el telar, tira de noche en el catre con una fuerza nueva que ya no es la fascinación del otoño: el otoño quería entender a un hombre.

Esto quiere volver a una torre. Son cosas distintas y ya no me molesto en confundirlas.

Al quinto día, madre me encuentra en el corral mirando el desfiladero, y se planta a mi lado, y miramos juntas el norte un rato, las dos arrebujadas en el mismo viento.

—Vas a volver a irte —dice. No pregunta.

—Sí.

—Al norte. A la piedra ajena que te cobijó.

—Tampoco pregunta—. Donde te cuidaron la fiebre y te vistieron, y de donde has vuelto con la mirada que yo tenía a tus años cuando volvía de ver a tu padre.

—Se ciñe el chal, y por primera vez en este invierno no hay cepo en su voz: hay una madre cansada de armarlos—.

Ve. No te diré que no, porque conmigo no pudieron y mírame el resultado.

Solo te digo una cosa, hija, y me la vas a cumplir: la próxima tormenta, sea del cielo o sea de otra clase, me mandas aviso.

Una pluma en el alféizar. Algo. Yo destejo sudarios muy mal.

La víspera, Oisín me cobra sus favores en el corral, con la solemnidad de un prestamista de feria: «Dos avisos de hermano salvados, una jarra de leche sacrificada y seis días de rastrear ibones.

Lo dejamos en que me debes la verdad antes que a nadie cuando la cuentes, y en que el águila apuesta de los cordales, si existe, me deba a mí la primera caza».

Le revuelvo el pelo, que lo odia, y no le prometo nada, que lo entiende.

Esta familia entera está esperando una verdad con la paciencia de quien ya la conoce y solo aguarda la ceremonia.

Vuelo al norte a la mañana siguiente, con el viento de cola y dos cuentas nuevas en el buche: un padre con una condición madurando y una madre que ya no persigue, que es su manera de decirme que la persecución ha terminado porque la presa ha sido identificada.

Y sobre el desfiladero, donde el aire se parte en dos reinos, me alcanza la prisa, una prisa absurda y caliente que me hace batir más fuerte sin que nadie me persiga:

Seis días de casa. Seis días sin el parte, sin la talla, sin la voz. A saber lo que ha pasado en esa torre sin mí.