El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Hay una mujer en mi torre y mi torre ha decidido que la mujer manda.

Tardó un día en levantarse y dos en tomar el poder.

Al tercero, la alcoba que llevo diez años gobernando con mano de hierro tiene el sillón girado hacia la ventana «porque la luz de la tarde entra por ahí, Ciaran, y tú lo tenías de cara a la puerta como un centinela castigado», las mantas dobladas de otra manera «que abriga más», y un orden nuevo en la mesa de los mapas que, me cuesta admitirlo, es mejor que el mío: las tablillas del grano con las del ganado, las rutas con las rutas, todo a la distancia de un brazo.

Veinte años de campañas para que venga una criatura del sur convaleciente a enseñarme logística en tres días.

A Una hubo que abrirle la puerta, porque hay asedios que no se pueden sostener.

Subió con sus tarros, vio a la mujer sentada junto al fuego con mi camisa puesta y el pelo de cobre suelto, y no se le movió un músculo de la cara: dejó los tarros, se acercó, le tomó la barbilla con dos dedos de vieja y le giró la cara hacia la luz, como hace con los heridos.

—Los mismos ojos —dictaminó—. Lo supe en la escalera, el día que me escuchaste entera y se te olvidó parpadear como parpadean los pájaros.

—Y a mí, sin soltarle la barbilla—: Os lo dije, mi señor.

Que era la más lista que había entrado nunca por esa ventana.

Lo que no dije fue cuánto. —Y a ella otra vez, ya con el tono de quien organiza—: ¿Comes caldo, criatura, o sigues con el venado crudo?

Que aquí cada cual tiene sus costumbres y yo ya estoy vieja para escandalizarme.

Y así quedó repartido el secreto de mi torre: tres personas y una falleba rota.

Y digo tres y no miento, porque el resto del castillo, sin saber qué guarda su señor arriba, lo nota igual: la cocinera sube ahora dos caldos sin que nadie se los pida, Domhnall monta la escalera de la torre con una devoción de guardia de reliquia, y Torcall, que no pregunta jamás, ha doblado por su cuenta la ronda de la cara norte.

Un castillo es un animal grande y viejo: huele lo que protege su cabeza aunque nadie le diga el nombre.

El cuarto día, el secreto estuvo a un pestillo de dejar de ser de tres.

Subió Domhnall la escalera sin avisar, contra toda costumbre, porque un correo de los MacRath había entrado en el patio y el muchacho lo creyó urgente.

Lo oí en el penúltimo recodo —diez años de no fiarme ni de mi propia piedra tienen este premio— y para cuando su nudillo tocó la madera ya había hecho tres cosas a la vez: plantarme contra la hoja, mandarla a ella detrás del biombo con un solo gesto, y abrir una rendija con la cara de tratado que despeja patios.

Le tomé el correo por la ranura. Domhnall estiró el cuello lo justo, que es soldado y mira por oficio, y vio lo que no debía ver: una manga de mujer, una mano blanca, una mata de pelo de cobre sobre el respaldo de mi sillón.

Se le quedaron los ojos un instante de más.

No dijo nada. Yo tampoco. Le sostuve la mirada hasta que entendió que aquella manga no existía, y cerré.

Cuando me volví, ella había salido del biombo, y por primera vez desde que la conozco no traía la calma del ámbar en la cara: traía miedo. Y no era por ella.

—Si se sabe lo que soy —dijo, y la criatura que se rió de seis arcos hablaba ahora muy bajo—, no me cazan a mí, Ciaran.

Te cuelgan a ti. Por brujo, por pactar con lo que no es de Dios, por lo que más rabia les dé.

Una mujer que es ave, en la torre del Carnicero del Norte.

Seis clanes llevan un año buscándote una grieta por donde meterte el hierro sin que el rey les pida cuentas.

—Señaló la puerta cerrada—. Acabas de enseñarle esa grieta a un hombre. Y es la mejor que les podrías regalar.

Y ahí, en su cara asustada, vi por fin el precio entero de lo que pasó en la tormenta, el que la dulzura de estos días me había dejado olvidar: que su secreto, desde el instante en que es mío, es también mi soga mejor trenzada, la que ni el Usurpador supo hacerme.

Domhnall callará; le dejaría la mano en el fuego.

Pero Domhnall es uno, y los castillos tienen oídos hasta en las juntas de la piedra, y acabo de aprender, por una manga de cobre vista al sesgo por una rendija, una cosa que ya no voy a desaprender nunca: que cuidarla a ella y cuidarme a mí son, desde hoy y para siempre, el mismo oficio.

Le he pasado a esta mujer, sin querer, la única llave capaz de abrir el cerrojo que diez años de guerra no han forzado.

Y en vez de espantarme, lo que siento —y esto sí que no se lo digo— es un alivio oscuro, indecente: que por fin hay alguien en el mundo que podría destruirme.

Que por fin tengo algo tan adentro que perderlo me costaría todo.

Un hombre que no tiene nada que perder no está a salvo: está muerto y aún no lo sabe.

—Hablaré con él esta noche —digo, guardándome el correo de los MacRath sin abrirlo, porque la guerra de fuera puede esperar a mañana y esto no—.

No por miedo a que hable, que no hablará.

Por darle el peso de saber lo que calla.

A los hombres buenos el peso los hace mejores; lo sé porque a mí, esta tarde, una manga de cobre me acaba de hacer mejor y más frágil a la vez, que por lo visto vienen juntas.

La convivencia es una guerra que pierdo con método.

Lo de la vergüenza, por ejemplo. Yo sabía, por la tina, que esta criatura no conoce el pudor; lo que no sabía es lo que eso significa cuando tiene cuerpo de mujer y vive en tu alcoba.

Se lava junto al fuego como quien se lava en un arroyo, sin más ceremonia que arremangarse mi camisa hasta donde haga falta, y soy yo, yo, el Carnicero del Norte, quien sale a inspeccionar almenas heladas a horas absurdas, quien encuentra urgencias súbitas en la sala de armas, quien ha aprendido a anunciar su propia entrada en su propia alcoba con un carraspeo de capellán.

Ella observa mis maniobras con un interés clínico que las empeora.

—Es fascinante —me dijo ayer, sinceramente intrigada, mientras yo le daba la espalda con escrúpulo de novicio—. En la tina eras tú el del agua y yo la del respaldo, y te escondías igual. Lo lleváis dentro los humanos, entonces. Mi madre tenía razón: os pesa más cuando os la quitáis.

—Tu madre, sea quien sea, no tiene por qué tener razón sobre mí dos veces.

—Tres. Lleva tres.

La guerra del vos la perdí el segundo día, con las reglas de mi propia casa vueltas contra mí.

Se incorporó en la cama, contó con los dedos como cuento yo cuando legislo, y proclamó: «Reglas nuevas de esta torre.

Regla primera: a mí no se me llama de vos, que el vos es la falleba de las palabras y aquí las fallebas están rotas.

Regla segunda: el sillón es mío hasta que me crezcan las plumas.

Regla tercera: si me vuelves a decir 'sois mi huésped' con esa voz de tratado, te dejo una culebra en la almohada, y ahora tengo manos para colocarla mejor».

Firmé la rendición completa. Torcall habría dimitido de verme.

Hasta la comida es una negociación que pierdo.

Una sube caldos dobles y la criatura los toma por cortesía, despacio, como quien honra una costumbre ajena, y después, cuando cree que no miro, le brillan los ojos a las tiras de venado del cuenco de la percha.

La tercera noche dejé de fingir y le corté el venado yo mismo, grueso, como a ella le gusta y como su sanadora del sur por lo visto no sabe cortarlo, y cenamos los dos junto al fuego, ella su caza y yo mi ración, en un silencio tan parecido al de las tardes de respaldo que tuve que mirarla dos veces para creerme las manos.

El parte del día volvió la tercera noche, y esa victoria es de ella y la apunto entera.

Se instaló en mi sillón —su sillón—, los pies recogidos bajo mi camisa, me señaló el arcón de enfrente y dijo: «Siéntate.

Debes dos partes y los intereses». Y el señor de Dargath se sentó en su arcón, en su propia alcoba, y rindió cuentas del grano, del deshielo y del herrero, y ella escuchó como ha escuchado siempre, con esa atención total que no arregla nada y lo sostiene todo, solo que ahora pregunta con palabras, y discute, y dos de cada tres veces tiene razón, y cuando la tiene levanta apenas la barbilla igual, exactamente igual, que cuando juzgaba mis cenas desde el respaldo.

Es ella. No me acostumbro a que sea ella y no quiero acostumbrarme: hay milagros que se gastan si los tratas de diario.

El caballo se lo puse en las manos el cuarto día.

No me lo pidió; lo miraba. Miraba el arcón desde el sillón con una pregunta que no hacía, y yo fui, aparté los herrajes, desenvolví el paño aceitado y se lo puse en las palmas abiertas, y me quedé mirando cómo las primeras manos que lo sostienen desde las de mi padre le recorrían la pata quemada con un dedo, despacio, como se toca una cicatriz ajena.

No dijo nada. Lo sostuvo el tiempo justo, ni un latido de más, y me lo devolvió con las dos manos, y al devolvérmelo me sostuvo los dedos un instante debajo de la madera, de modo que el caballo quedó un momento guardado entre las cuatro manos, y si esa no fue la conversación más larga de mi vida, fue la más entera.

La quinta noche hablamos del después, porque el después estaba sentado con nosotros desde el primer día y ya ocupaba sitio.

—Tu familia te estará buscando —dije, sobre los mapas, sin mirarla, que algunas cosas se dicen mejor a las tablillas.

—Mi familia estará peinando los brezales con perros. Seis días, Ciaran, y la negra de por medio. Mi madre habrá envejecido un invierno por cada noche. —Le oí tragarse algo—. He de volver. No mañana. Pasado. En cuanto el cuerpo me lleve.

—Lo sé. —Y como entre nosotros el silencio de después de los lo sé es terreno minado, lo crucé por donde sé caminar: por el oficio—.

Antes de que vueles, préstame ese juicio tuyo una vez más.

Con boca, ahora. Los MacRath. Sabes lo que yo sé y has visto lo que yo no veo. —Le giré el mapa—. ¿Primavera?

Se inclinó sobre el pergamino como se cernía sobre mis valles, el pelo de cobre cayéndole sobre mis tierras, y habló de vados y de pastos y de cuántos jinetes caben por dónde con una precisión que habría hecho llorar de envidia a mi consejo entero.

Primavera, dijo. Tarde, con el deshielo asentado, cuando crean que el hambre nos ha dejado de rodillas.

Y se equivocarán, dijo, porque no saben lo del tributo del cielo, o peor para ellos: lo saben y no se lo creen.

Y yo apunté cada palabra donde apunto las cosas que valen hombres, y pensé, mirándola mandar sobre mis mapas con mi camisa puesta, que seis clanes me temen por menos motivos de los que esta mujer junta en una sobremesa.

Y luego está lo otro, lo que un hombre carga, y que diré aquí una sola vez como dije lo de su hermosura: tener cerca a esta mujer es un oficio.

El pelo de cobre secándose al fuego. La risa, que ya no es cloqueo de halcón sino risa entera, frecuente, escandalosa, que sube por las escaleras y tiene a la guarnición convencida de que su señor esconde en la torre a un espíritu del agua.

La manera en que ocupa el mundo, sin pedirle permiso.

Hay momentos —ella dormida en mi cama mientras yo monto guardia en el sillón que me dejó en usufructo, la mano a un palmo de su pelo, sin tocarlo— en que el deseo deja de hacer cola y se asoma a ver cuánto falta.

Y yo le digo lo que se le dice a la tropa impaciente: que falta lo que haga falta.

Esta mujer está bajo mi techo, convaleciente, sin más ropa que la mía y sin más guardia que mi palabra, y mi palabra vale exactamente lo que valga en estas noches.

Protegerla va primero. De todo. También de mí.

Sobre todo de mí, que soy lo más peligroso que hay en esta torre con diferencia.

Se marcha al sexto día, con el cuerpo entero y los caminos del cielo abiertos, porque al sur hay una familia que debe de estar arrancándole los brezos a las Highlands.

La despedida es a su manera, que es sin despedida.

Me devuelve la camisa doblada —vuelvo a salir escandalizado a la escalera mientras hace el cambio, y la oigo reírse de mí a través de la puerta, y juro que oírla reírse de mí es mejor que todo lo que me han cantado los bardos—, y cuando entro de nuevo ya está en el alféizar la de siempre, la moteada, las plumas esponjadas, el ámbar tranquilo.

Como si la mujer hubiera sido la visita y esto fuera lo verdadero.

O al revés. Ya no sé cuál de las dos es el disfraz y sospecho que la respuesta es ninguna.

—La falleba —digo, porque me lo preguntó con boca de mujer y se le contesta antes de que se vaya—.

No la voy a arreglar. Ni esa ni ninguna.

El carpintero tiene órdenes de dejar esa ventana como está, aunque entre el invierno entero.

—Trago lo que no se puede decir todavía, lo que no pienso decirle nunca como una correa, y dejo solo el hueso—: Esta torre ya sabe lo que es estar cerrada. No le ha gustado.

Me sostiene la mirada un momento largo. Después se vuelve hacia el cielo del sur, se deja caer del alféizar, y a tres aletazos, donde el aire ya es suyo, gira sobre el ala y me cobra la última mirada, la de siempre, la del libro, restaurada y nueva: porque ahora los dos sabemos quién mira a quién.