CAPÍTULO 24
Despierto en la cama del Cuervo de Dargath, con su camisa puesta, su techo encima y sus ojos grises clavados en mí, y antes de todo eso, durante un instante raro y flotante, despierto en una alcoba que conozco entera y no he pisado nunca.
Porque la conozco de memoria y toda la memoria está a la altura equivocada.
La viga de la puerta, que era mi atalaya de luna, queda ahora arriba, lejos, una viga cualquiera.
La percha junto al fuego es un mueble pequeño y conmovedor, mucho más bajo de lo que mandaba mi dignidad.
El arcón de los herrajes, que sobrevolé cien veces, es un arcón al que ahora podría asomarme con solo cruzar el cuarto, con manos, con dedos, y dentro duerme un caballo de pata quemada que estas manos podrían sostener.
Todo está en su sitio y todo ha cambiado de tamaño, y comprendo, con la primera claridad del día, que así va a ser ahora el mundo entero: el mismo, y al alcance de la mano, que es la manera más peligrosa de ser el mismo.
Hasta el cuerpo me pesa distinto: los brazos largos, las piernas largas, todo este peso de mujer que no vuela y que el frío de la fiebre me ha dejado torpe, como si me hubieran prestado un cuerpo de otra y no me hubieran dicho las medidas.
Lo primero que hago de verdad, para que conste en mi descargo, es buscarle las manos: están ocupadas en un paño húmedo, a medio camino de mi frente.
Lleva días cuidándome. Lo sé por las manos, por las ojeras, por el cerco de cuencos y paños del suelo.
Lo segundo que hago es hablar, porque tengo boca por primera vez en esta torre y un año entero de cosas guardadas:
—Tu sanadora corta el venado demasiado fino.
La voz me sale rota de fiebre, ronca, nueva para los dos.
Él no se mueve. El paño gotea sobre las mantas.
Lo veo recorrerme la cara como quien busca a alguien dentro de un desconocido, y encontrarlo —lo veo encontrarlo, en el momento exacto, porque algo se le afloja en la mandíbula—, y cuando habla, su voz también sale rota, aunque su fiebre sea de otra clase:
—Tú. —No es pregunta. Es un veredicto que lleva dos días deliberándose—. Todas las tardes. Desde el principio. Eras tú.
—Siempre fui yo. —Me incorporo sobre las almohadas, y la cabeza me da un vuelco que disimulo regular—. La del camino de turba, la de la tina, la de la rata. Todas las tardes, todos los partes, todas las guardias. No hubo nunca un ave y una mujer, Ciaran. Solo yo, con dos pieles.
Oírme decir su nombre con boca de mujer le hace algo visible, un escalofrío de cuerpo grande, y durante un latido creo que vamos a saltarnos lo difícil.
No nos lo saltamos. Lo difícil llega como llega él a todo: de pie, despacio, poniéndose la armadura pieza a pieza.
Se levanta de la orilla de la cama. Deja el paño en el cuenco con un cuidado exagerado.
Camina hasta el fuego, me da la espalda, los hombros como una muralla, y cuando se vuelve ya no es el hombre del paño: es el del sillón de piedra.
—¿Quién sois?
Sois. Un año de censos de mis defectos, de criatura mía, de ave del demonio, y ahora sois. Me ha cerrado otra ventana, solo que esta la cierra con cortesía, y duele el doble.
—Bríde. —Mi nombre, solo, desnudo. El clan me lo guardo, y él lo nota, claro que lo nota, este hombre que cuenta hasta los silencios—. Del sur. De una familia que no es asunto de nadie, ni siquiera tuyo, y no por ti: por ellos. Mi nombre es mío y te lo doy. El suyo no me pertenece.
—Bríde. —Lo prueba como se prueba un filo. Asiente una vez, lo archiva—. ¿Y qué sois, Bríde del sur? ¿Bruja? ¿Castigo? ¿Cuento de los que mi cocinera no se atreve a contar entero?
—Cambiante. Nacida así, como se nace zurda o con tus ojos grises.
La Madre da dos pieles a algunos de los suyos y un solo corazón para las dos.
Hay reglas: la piel de plumas se cansa a la semana y reclama esta, quiera yo o no quiera.
Anoche no quise. —Sostengo sus ojos—. Llevaba seis días de plumas cuando olí la tormenta, y me quedé, porque tus postigos estaban cerrados y las tormentas negras se cobran rezagados, y no pensaba dejarte la noche más fea del invierno a solas con tu falleba.
La Madre me pasó la cuenta en tu alféizar. El resto lo viste.
—¿Cuántos? —pregunta, y es la pregunta del señor, no del hombre, y por eso mismo respeto que la haga de frente—. ¿Cuántos sois? ¿Dónde?
—Esa puerta no se abre, Ciaran. Ni a ti.
—Lo digo sin dureza y sin grieta, que las dos cosas se notan—.
Tú mejor que nadie sabes lo que vale un secreto que protege a una familia, y lo que cuesta cuando alguien le pone precio.
A ti te vendieron por dieciocho piezas, y solo eras un hombre.
A los míos los venderían por menos y valen más.
Pregunta de mí lo que quieras. De ellos, nada, nunca, y si eso te ofende, la ventana está ahí y mis alas vuelven en dos días.
—No me ofende. —Y por un instante, debajo del señor, asoma algo que se parece al respeto y a otra cosa más caliente—. Es la primera respuesta vuestra que entiendo entera.
—Lo vi. —Algo le cruza la cara, el recuerdo de aquello deshaciéndose en sus brazos, y lo entierra donde entierra todo—.
Una lanza. —La voz se le vuelve ceniza—.
Os tiré una lanza. A una mujer. Os rompí un hueso del ala que era un hueso vuestro, os tuve cinco días en un cesto junto a este fuego, herida por mi mano, y vos...
—Yo volví. Atiende a esa parte, que es la única que importa de esa historia.
—Es que esa parte es la que no se sostiene.
—Se pasa la mano por la cara, y debajo de la armadura le asoma la noche entera que lleva sin dormir—.
Y hay otra que se sostiene menos. —Me mira, y aquí baja la voz a ese terreno áspero donde guarda lo que no sabe decir—.
Os lo conté todo. Lo que no sabe Torcall, lo que no sabe Una, lo que no sabía la madera de esa puerta.
Os hablé creyendo que le hablaba al viento, Bríde del sur, y el viento tenía memoria, y manos, y juicio.
Decidme vos qué se hace con eso. Porque yo llevo dos días sentado en ese sillón sin saber si me han robado un año o me lo han regalado.
—Las dos cosas no son. —Me incorporo más, aunque el cuerpo proteste, porque esto se contesta de frente—.
Escucha la diferencia, que es toda: el que roba se lleva lo robado y no vuelve.
Yo lo guardé todo y volví siempre. Cada palabra tuya está donde la dejaste, Ciaran, en esta cabeza que ves, sin gastar, sin contar, sin enseñar a nadie; ni a los míos, que son la mitad de mi sangre.
No te he quitado nada. Te he acompañado.
Si eso es robo, entonces también me robaste tú a mí, tarde a tarde, sin saberlo, y estamos en paz y arruinados los dos.
—¿Por qué? —Y ahí se le rompe la cortesía, por fin, gracias a la Madre, y lo que asoma por la grieta no es furia: es la pregunta de verdad, la que lleva dos días sentado en ese sillón afilando—.
Eso es lo que no me sale en ninguna cuenta, Bríde del sur.
Lo demás lo entiendo: entiendo el disfraz, entiendo el secreto, hasta entiendo la lanza mejor que vos.
Lo que no entiendo es lo otro. Me habéis oído entero.
El arcón. La escalera de la halconera. La soga de Beathan.
El caballo de mi padre. Me habéis visto colgar hombres y firmar hambres, sabíais lo que soy con un detalle que no tiene nadie vivo, teníais el cielo entero para iros y una familia en el sur que no es asunto mío.
—Da un paso hacia la cama, y la armadura ya no le sirve, se le cae a pedazos por el camino—.
¿Por qué volvíais? ¿Qué clase de mujer escucha todo eso y vuelve cada tarde a la torre del monstruo?
Y aquí está. La conversación difícil, la de verdad, no la de qué soy sino la de por qué, y me incorporo del todo en sus almohadas, con su camisa y mi fiebre vencida, y le doy lo que tengo, que es la verdad sin pulir:
—Primero volví por curiosidad, que es mi pecado de cuna: quería saber qué clase de hombre cura a un ave que él mismo derribó.
Después volví por hambre de entenderte, porque eras la cosa más rara que había visto en veinte años de mirar el mundo desde arriba: un hombre al que le enseñaron a golpes que querer mata, abriendo ventanas.
Y después... —y aquí me detengo, porque la siguiente palabra es una linde y las dos Brídes se me juntan en la garganta— después dejé de saber por qué volvía.
Volvía como vuelve el viento norte, Ciaran.
Porque sí. Porque era para donde miraba todo lo mío.
Eso es lo que tengo. Si tiene nombre, todavía no se lo he puesto, y no pienso dejar que se lo pongas tú primero.
El silencio que sigue es el más largo que hemos compartido, y hemos compartido silencios de tres horas con talla y fuego. Él de pie junto a las brasas, yo en su cama, el año entero encima de la mesa entre los dos, sin plumas ya detrás de las que esconderse, ninguno de los dos.
—Deberíais descansar —dice al fin, y la cortesía vuelve a subirle como una marea fría, vos, deberíais, la falleba de las palabras—.
Sois mi huésped. Nadie en este castillo sabe nada y nadie sabrá nada: tenéis mi palabra y la de esta casa.
En cuanto podáis teneros en pie y los caminos abran, yo mismo os escoltaré a donde digáis. Al sur. Con los vuestros.
Recoge el cuenco y los paños, ordena lo que no hace falta ordenar, y se dirige a la puerta con su espalda de muralla, huyendo a su manera, que es despacio y con la cabeza alta, y la pregunta me sale como me salen a mí las cosas importantes: en picado.
—¿Y la ventana?
Se detiene con la mano en la tranca. No se vuelve.
—¿Qué ventana?
—La mía. La de la cara norte. La de la falleba rota. —Dejo que cada palabra baje sola—. Cuando me escoltes al sur con los míos, señor de Dargath, y esta huésped ya no sea asunto tuyo: ¿esa ventana va a quedarse abierta o la van a cerrar tus carpinteros?
La mano se le queda en la tranca lo que dura una tormenta pequeña. Después abre, sale y cierra sin responder, y yo me dejo caer en sus almohadas con el corazón a lo loco y una certeza recién nacida calentándome más que todas las mantas de esta torre:
No ha dicho que no.