El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Hay un orden para las noches imposibles y lo aprendí en la guerra: primero lo urgente, después lo necesario, y lo incomprensible se deja para el final, que es cuando ya no puede hacer daño.

Lo urgente es el frío. Tiene los labios de un color que he visto en los pasos de montaña y no me gusta, y tirita ya sin pausa, entera, con un castañeteo que suena enorme en el silencio de la alcoba.

La acerco al fuego con plaid y todo, le envuelvo los pies —dos pies pequeños y blancos, helados como dos piedras de río— en mi camisa de lana de repuesto, y le voy dando el calor por las orillas, como se debe: primero el tronco, después los miembros, nunca el fuego directo sobre la piel helada, que el calor brusco mata más rezagados que la propia nieve.

Le caliento manos contra manos, una y otra, soplándolas, y noto en las suyas, pequeñas y rígidas, los callos de quien ha tensado nasas y partido leña; manos de trabajo, no de dama, y no sé por qué eso me asienta algo por dentro.

En algún momento de la faena caigo en la cuenta de que estoy sosteniendo en brazos a una mujer desnuda envuelta en mi plaid, y de que mis manos hacen su trabajo sin temblar, y de que no hay en mí, buscándolo a conciencia, nada que no hubiera anoche: la misma fiereza de guardia, el mismo terror contable de perderla.

El cuerpo ha cambiado de forma. Lo mío por ella, por lo visto, no sabe de formas. Tomo nota y sigo frotando.

Lo necesario es el mundo. Atranco la puerta de la alcoba con la tranca que no usaba desde mis primeros años de señor.

Cuando Una sube al alba con sus tarros, le hablo a través de la madera, y es la primera mentira que le digo en diez años: que he pasado mala noche, que no se sube hoy, que dejen el caldo en el peldaño.

El silencio que me devuelve la madera dura dos respiraciones largas, y después su voz, seca y vieja: «El caldo va doble, mi señor.

Por si la mala noche tiene apetito». Los pasos se van escalera abajo sin una pregunta, y comprendo que esta mujer sabe desde Dios sabe cuándo, y que acaba de decirme que el secreto, sea el que sea, tiene su bendición y su sopa.

A Torcall lo despacho en el patio, a media mañana, con la verdad recortada que se le debe a un capitán: que el asunto de la torre es asunto mío, que no hay peligro para el clan, y que las rondas sigan su libro.

Me estudia con su paciencia de tasador, mide lo que no le cuento, y lo archiva donde archiva todo.

«A vuestras órdenes», dice. Y al irse, sin volverse, con esa puntería suya para los tiros por elevación: «La falleba de la cara norte cuelga de un clavo, mi señor.

¿Aviso al carpintero?». «No.» «Eso me parecía. »

Y luego, con la tormenta amainando hacia el alba y ella dormida por fin sin tiritar, en mi cama, bajo todas las mantas de esta torre, llega la hora de lo incomprensible, y me siento en el sillón de cara a la puerta, con el cuchillo de mi padre sobre la rodilla, a hacer lo que hace un hombre cuando su mundo entero se desdice: las cuentas.

Un año. Las repaso una a una, tarde a tarde, y cada memoria cambia de color al pasarla, como cambian las piedras al mojarse.

El ave que miraba como no miran las aves: era una mujer mirando.

Los chasquidos del consejo: era una mujer opinando del grano y de los MacRath, y opinando bien, mejor que mi consejo.

La tina —Dios de mis padres, la tina—: una mujer presenciando la maniobra del plaid del contorsionista, y el censo de cicatrices se lo conté a una mujer, flecha a flecha.

La rata fue el regalo de una mujer que no conocía otra lengua para decir lo que decía.

Las guardias nocturnas en el poste de mi cama.

El parte del día. Las virutas. El caballo de la pata quemada, sacado del arcón a media luz delante de unos ojos de ámbar que entendían cada palabra, el salón, la labor cayendo, calla y no salgas, todo, lo sabe todo, lo ha sabido siempre, no le he contado mi vida a un animal del cielo: se la he contado a alguien.

Espero a la furia. La conozco bien, sé por dónde llega, y le dejo la puerta abierta como se le deja a un acreedor inevitable: adelante, cóbrate, di lo tuyo, que me ha espiado un año, que entró en mi torre con un disfraz de plumas, que el Carnicero del Norte lleva doce lunas desnudándose en confesión ante una desconocida del sur.

La furia no viene. Viene otra cosa, despacio, con el primer gris del alba, y tardo en reconocerla porque no la había sentido nunca de este tamaño: alivio.

Un alivio bárbaro, vergonzoso, de rodillas.

Porque la cuenta verdadera es esta, y a oscuras no sé mentirme: todo lo que dije, lo dije creyendo que se lo decía al viento con plumas, y alguien lo escuchó.

Alguien lo sabe todo de mí, lo peor, lo del arcón y lo de la soga y lo del no sé qué hacer, todo lo que un hombre esconde para poder ser temido.

Y sabiéndolo entero, volvió. Cada tarde.

Volvió con ratas y con cielos llenos, volvió a la casa de la lanza, se heló semana y media contra mi falleba.

No me ha espiado un año. Me ha conocido un año.

Es la única criatura sobre la tierra que me conoce entero, y la cuenta dice que conocerme entero no la espantó.

Nadie me ha mirado así desde la labor en el suelo, le dije. Y resulta que quien me miraba tenía manos, y nombre, y eligió mirarme.

Hasta los miedos cambian de color con las cuentas nuevas.

El de la flecha barata, el que me hizo cerrar postigos, se deshace solo: el corazón que yo creía haber puesto en el escaparate no era un ave de cuatro libras a merced de cualquier arquero; era esto que duerme en mi cama, una criatura con dos pieles, juicio de general y una familia en alguna parte.

Y en el hueco que deja ese miedo se instalan los nuevos, en fila, con su equipaje, porque en mí los miedos nunca dejan la plaza vacía: que tiene un mundo entero al que volver.

Que tiene gente que la espera y la busca.

Que lo que un halcón hacía conmigo por las tardes quizá era todo lo que había, y la mujer, al despertar, recoja sus dos pieles y le devuelva al monstruo la medida exacta de su sitio.

El ave volvía siempre. De la mujer no sé nada. Ni siquiera el nombre.

Hacia media mañana le sube una fiebre de las de después del hielo, esperable y mala.

Pelea dormida: murmura, se revuelve, dice palabras sueltas en las que no hurgo —un nombre que suena a hermano, una disculpa a alguien que llama madre, y una vez, clarísimo, «la ventana», y a mí esa palabra me dobla sobre el sillón—.

Le pongo paños de agua de nieve en la frente, le doy el caldo doble de Una a cucharadas en los ratos de sosiego, a sorbos pequeños, sosteniéndole la nuca con una mano que aprendió este oficio exacto con un ave rota en esta misma alcoba, hace un año y una vida.

Abajo, mientras tanto, mi castillo vive su propio duelo, y me llega por la ventana y por las rendijas: el alba después de la tormenta ha pasado sin tributo.

Sin noria de alas, sin moteada al frente, el cielo limpio y vacío sobre un patio que mira hacia arriba y no entiende.

Oigo los corros desde aquí, el rumor creciendo con las horas.

Que la tormenta se la llevó. Que la vieron en la cara norte cuando cerró la negra.

Que el cielo da y el cielo quita. A media tarde, Domhnall en persona se planta bajo mi torre y grita a mis postigos, con la voz rota de crío grande, si el señor sabe algo de la moteada, y yo, con la moteada durmiendo la fiebre en mi cama a tres pasos, abro una rendija y le digo la única verdad que puedo darle: que el ave está viva, que lo sé de cierto, y que vuelva a su puesto.

El rumor cambia en una hora: el señor lo sabe.

El señor la guarda. Y Dargath entero decide creerlo, porque hay castillos que ya han elegido qué clase de cuento quieren ser.

La fiebre rompe con el sol bajo. Respira hondo, larga, y se acomoda en mis almohadas con un suspiro de propietaria que me arranca, en mitad de todo, media risa muda: hasta inconsciente ocupa el mundo como si fuera suyo.

La percha, el respaldo, el poste de mi cama, mi cama entera.

Esta criatura lleva un año conquistándome la torre palmo a palmo y yo llevo un año rindiéndosela con papeles.

Sobre lo otro, lo que un hombre nota, lo diré una vez y quedará dicho: es hermosa de una manera que no se parece a nada de lo que este castillo ha visto, con ese pelo de cobre encendido contra mis sábanas grises y esa cara que hasta dormida parece ir ganando una discusión.

Lo noto como se nota el filo de un arma en la mesa: registrado, respetado y fuera del alcance de la mano.

Esta noche, en esta torre, no hay una mujer hermosa.

Hay una criatura herida bajo mi techo y bajo mi palabra, la misma de siempre, la mía de guardar, y el deseo, si ha de venir, que haga cola detrás del resto, que aquí se atiende por orden de urgencia.

No reparo la falleba. La miro varias veces a lo largo del día, arrancada de cuajo, colgando de un clavo torcido, y las herramientas están a un grito de distancia, y no la reparo.

Esa falleba queda como queda: rota. Hay murallas que un hombre debe dejar en ruinas para acordarse de lo que le costaron.

Al segundo anochecer, mientras le cambio el paño, las pestañas se le mueven.

Una vez. Otra. Los ojos se abren despacio, empañados de fiebre vencida, dorados —dorados, no de ámbar: lo del ámbar era la otra forma; estos son más hondos y peligrosos— y giran por la alcoba reconociendo el techo de vigas, el fuego, la percha vacía, hasta encontrarme a mí, sentado en la orilla de mi propia cama con un paño en la mano y un año entero en la garganta.

Y nos quedamos así, el monstruo y el halcón, mirándonos por primera vez con los ojos verdaderos.