El halcón de Dargath (Los hijos de Morvenna 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La tormenta entra en mis tierras a la hora de la cena, y en mi torre dos horas después, y entre ambas cosas cabe toda la mala conciencia de un hombre.

La vimos venir desde mediodía. Mandé lo que se manda: ganado a los establos bajos, doble turba a cada fuego, los viejos del arrabal dentro de la muralla, las rondas del muro suspendidas a partir de vísperas, que no quiero centinelas volando como estandartes.

Dargath sabe de tormentas negras; perdemos tejados, no gente.

A la hora de la cena, el mundo de fuera ya era un solo rugido blanco, y el salón, lleno de clan refugiado, tenía ese calor de cueva que tienen los sitios donde la gente se apiña agradecida, y yo presidí mi mesa y comí mi ración y reí incluso una vez, creo, de algo que dijo el herrero, como un hombre al que no se le está helando nada en ninguna parte.

Fue Domhnall quien me lo quitó. Vino a mi mesa con el relevo suspendido, empapado del trayecto entre dos puertas, cuadrándose como se cuadra él cuando trae algo que le pesa más que la disciplina.

—Mi señor. La moteada. —Tragó saliva—. No se ha ido. Está en vuestro alféizar, mi señor, en la cara norte. La he visto al cerrar la poterna, agarrada contra el postigo. He pensado... he pensado que querríais saberlo.

—Las aves saben cuidarse —dije, y la voz me salió del despacho de sentencias—. Sabrá irse cuando apriete. Vuelve a tu puesto.

Aguanté media hora más en la mesa. Lo sé porque conté las respiraciones, todas, una marea de barrigas que no acompasó nada, mientras el rugido de fuera crecía y el salón celebraba su cueva y yo veía, con los ojos de dentro, que son los únicos que no aprenden a cerrarse, un alféizar de la cara norte, el lado del viento, y una criatura del tamaño de mi antebrazo apretada contra la madera que yo cerré.

Torcall me observaba desde su puesto en la mesa, sin disimulo, como observa él: con paciencia de tasador. Cuando aparté el plato, habló por encima del estruendo del salón, solo para mí, las cinco palabras más insubordinadas de sus diez años de servicio:

—¿A qué esperáis, mi señor?

Las aves saben cuidarse. Es ley vieja: se van de donde no hay comida, se esconden de lo que mata.

Toda la sabiduría del cielo en dos reglas, y la mía lleva semana y media rompiendo las dos, porque la mía no es un ave como yo no soy un señor: somos dos animales tercos que se han encontrado, y ella no va a irse, no se va a esconder, va a aguantar esa tormenta contra mi postigo por la misma razón exacta por la que volvió a la casa de la lanza y se tiró contra seis arcos y vació seis cielos: porque decidió, la Madre sepa cuándo y por qué, que yo soy suyo de guardar.

Me levanté tirando el banco. La mitad del salón me vio salir corriendo escaleras arriba y no me importó entonces ni me importa ahora.

Mientras subía la torre a tres peldaños por zancada, la cabeza me iba escupiendo la cuenta de los días: semana y media de postigos.

Semana y media de fallebas, de partes rezados a la madera, de retiradas estratégicas, de proteger a la criatura cerrándole la única puerta caliente del norte en pleno invierno.

He librado guerras con menos bajas que esta maniobra.

Si está muerta contra mi postigo, helada montando una guardia que yo le cerré, no habrá tormenta, ni Usurpador, ni salón con suelo frío que me haya enseñado nada comparado con lo que voy a aprender esta noche.

La escalera de la torre era un tambor. Arriba, la alcoba estaba helada pese al fuego, con la tormenta golpeando los postigos de la cara norte a puñadas, la falleba bailando en su hembra, y crucé el cuarto en tres zancadas y la arranqué de cuajo, y el invierno entero me entró por la cara.

Nieve horizontal. Noche blanca. El viento como un animal. Y en el alféizar, donde la luz del fuego alcanzó a llegar, ella.

O lo que la tormenta había dejado: un bulto de plumas encajado en el ángulo de la piedra, escarchado entero, el plumaje del dorso vuelto una coraza de hielo que el viento ya ni despeinaba, la cabeza hundida en el pecho.

No se movió con la luz. No se movió con mi voz.

Solo cuando metí las dos manos en la nieve del alféizar y las cerré alrededor de su cuerpo, sentí, debajo del hielo y de las plumas, un temblor mínimo y un calor lejano, retirándose hacia dentro como se retira la gente de las murallas perdidas, y las garras intentaron cerrarse sobre mi muñeca y no pudieron: no le quedaba fuerza ni para agarrarse a mí.

—Te tengo. —No sé si lo dije o lo pensé. El viento se lo llevó igual—. Te tengo, te tengo.

Cerré los postigos con el hombro, con ella contra el pecho, y el silencio de la alcoba cayó de golpe como cae un telón.

La nieve que traje conmigo se derretía ya en el suelo, marcando mis botas con un charco oscuro, y el calor de la torre me golpeó la cara como un perdón que no había pedido.

Lo que siguió lo hice sin pensar, con las manos de los vivaques de demasiadas guerras: el plaid grande de la cama extendido junto al fuego, la criatura helada envuelta en él, no apretada —el hielo no se aprieta, se rinde—, dos troncos más a las brasas, y yo arrodillado en las losas con ella en el regazo, frotando apenas por encima de la lana, dándole mi aliento entre las plumas del pecho, hablándole sin parar, diciéndole de todo, insultos y súplicas y el censo entero de sus defectos, terca, insensata, ave del demonio, criatura mía, aguanta, que un cuerpo que se enfría se va detrás de las voces y la mía no pensaba callarse.

El temblor mínimo se le fue volviendo temblor entero, que en el frío es buena señal, la mejor: el cuerpo que tiembla es el cuerpo que pelea.

Las plumas empezaron a soltar el hielo en gotas sobre el plaid.

Abrió el ojo una vez, una rendija de ámbar empañado que me buscó, me encontró y se volvió a cerrar, como quien comprueba la guardia y se permite descansar, y a mí esa rendija me deshizo por dentro algo que llevaba semana y media tan bien apuntalado.

El tiempo que siguió no lo sé medir. La tormenta aporreando la torre, el fuego alto, y el señor de Dargath de rodillas en sus propias losas, meciendo apenas un bulto de plumas y lana, sin atreverse a más calor que el suyo, porque el frío grande no se cura con fuego cercano sino con cuerpo paciente, eso lo aprendí en los pasos de montaña con hombres que volvieron y hombres que no.

En algún momento le aparté con un dedo el hielo derretido de la cabeza, y me quedé con el dedo ahí, contra las plumas pequeñas del cráneo, sintiendo debajo el latido diminuto y disparado, un tambor de campaña tocando a no rendirse, y se me ocurrió, con esa claridad inútil de las peores noches, que toda mi vida cabe en esto: en haber aprendido todos los oficios de la muerte para acabar de rodillas pidiéndole a un latido del tamaño de una avellana que no se pare.

—Eso es —le dije—. Duerme. Estás en casa. Yo cierro las ventanas que haga falta, pero por fuera de ti, ¿me oyes? Nunca más entre los dos. Lo juro por el cuchillo de mi padre. Por la tumba de los dos. Nunca más.

Y entonces la tormenta de fuera quedó en nada, porque empezó la otra.

El cuerpo pequeño se arqueó en mis manos con una sacudida que no era de frío.

Otra. Las plumas del pecho ondularon como ondula el agua cuando algo enorme pasa por debajo, y un calor imposible le subió de dentro, de golpe, un calor de fragua que me atravesó el plaid y las palmas, y el aire de la alcoba se tensó como se tensa antes del rayo, oliendo de pronto a tormenta y a brezo y a algo más viejo que las dos cosas.

Quise sujetarla y no había qué sujetar: bajo mis manos, el cuerpo entero se estaba desdiciendo, deshaciéndose de su propia forma con un rumor de plumas que se pliegan hacia dentro, de huesos que cantan al alargarse, y el peso de mi regazo se multiplicó, y el plaid se llenó, y yo me quedé arrodillado en las losas de mi alcoba, a la luz del fuego, sin soltar lo que tenía en los brazos, porque soltar no se me ocurrió, porque lo único que mi cabeza alcanzó a hacer mientras el mundo entero cambiaba de forma fue sostener.

Donde había un halcón hay una mujer.

Joven. De pelo rojo cobrizo, empapado, pegado a la cara más blanca que la nieve que acabo de cerrar fuera.

Desnuda dentro de mi plaid, helada, con el hombro izquierdo marcado por una cicatriz pequeña y vieja con forma de lo que yo sé exactamente que tiene forma, porque la herida la hice yo, una tarde de otoño, en un camino de turba, con una lanza.

El mundo hace entonces una cosa extraña: se ordena.

Debería romperse y se ordena, todo a la vez, en cascada, como se ordenan los asedios cuando cae la última pieza: el ave que miraba como no miran las aves.

La que entendía las cuentas del grano y votaba en mi consejo con chasquidos.

La que se rio en el desfiladero con un sonido que ningún halcón ha necesitado nunca, la que no comía mi venado los días de hambre porque venía comida de otra mesa, la que juntó seis cielos porque sabía pedir, la que escuchaba como escuchaba Bran, como si le importara y no le diera miedo.

Nadie me ha mirado así desde la labor en el suelo, dije yo.

Y la que me miraba así tenía nombre de mujer, y un hogar en alguna parte del sur, y lleva una semana y media congelándose contra mi falleba.

Y que la Madre de los cielos me perdone o me condene, porque lo primero que piensa el monstruo de las canciones, lo primero de todo, antes que el asombro, antes que la pregunta, antes que el mundo entero puesto del revés,  todo se centra a: Está herida. Está helada. Hay que acercarla al fuego.